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alonso-ibarrola2-300x200  Era fontanero y en sus horas libres -que eran muchas, dado que en la perdida localidad donde ejercía su profesión, los clientes eran escasos- se dedicaba a “inventar”. Nadie le tomaba en serio. Llevaba quince años trabajando en una bomba atómica de bolsillo. Creía haberlo conseguido. Se lo contó al corresponsal del diario de la capital, pero le tomó por loco y no envió ninguna línea. Consternado, dolido y despechado, preparó una explosión nuclear para el día del cumpleaños de su mujer. Al apagar las velas de la tarta de un soplo, un ingenioso dispositivo provocaría la explosión. Así ocurrió. El hongo atómico se divisó a varios cientos de kilómetros y el pueblo prácticamente desapareció del mapa y de la tierra. Dada la lógica ignorancia de los hechos, se hicieron muchas especulaciones en el país y en la capital se practicaron algunas detenciones..

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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leon_de_aranoa  Las chicas de los aeropuertos saben de aviones, de vuelos, de cielos ajenos. Hablan de países y ciudades lejanas, lugares de los que nunca antes has oído hablar. Taipei suena distinto en sus labios, Sri Lanka se deshace entre su lengua y su paladar, Bangkok restalla levemente al final, con resonancias de látigo oriental.
Las del mostrador de Air France, tan musicales, con sus ojos claros y el #rouge# de sus labios vivos. Las de Singapore Airlines, remotas, misteriosas, distinguidas. Las de Lufthansa, altas, rubias, impositivas; la clase de mujer en cuyas manos pondrías tu vida, en caso de descompresión de la cabina.
Con ellas uno tiene conversaciones muy distintas a las que tiene con las chicas normales. Te dicen, por ejemplo, que el vuelo procedente de Doha trae viento de cola y llegará un poco antes de lo previsto; que e1727 que viene de Dubai está ya en pista o que el aeropuerto de Denver está cerrado temporalmente por las malas condiciones de visibilidad.
Me gusta pasar la tarde con las chicas de los aeropuertos. Me acerco a sus mostradores y hablo con ellas de vuelos, horarios, aviones.
Luego regreso a casa, cierro los ojos y, sin que ellas lo sepan, viajamos juntos a todos los cielos del mundo.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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julio-cortazar5_b  No está convencido.
No está para nada convencido.
Le han dado a entender que puede elegir entre una banana, un tratado de Gabriel Marcel, tres pares de calcetines de nilón, una cafetera garantida, una rubia de costumbres elásticas, o la jubilación antes de la edad reglamentaria, pero sin embargo no está convencido.
Su reticencia provoca el insomnio de algunos funcionarios, de un cura y de la policía local.
Como no está convencido, han empezado a pensar si no habría que tomar medidas para expulsarlo del país.
Se lo han dado a entender, sin violencia, amablemente.
Entonces ha dicho: “En ese caso, elijo la banana”. Desconfían de él, es natural.
Hubiera sido mucho más tranquilizador que eligiese la cafetera, o por lo menos la rubia.
No deja de ser extraño que haya preferido la banana. Se tiene la intención de estudiar nuevamente el caso.

Julio Cortazar
La otra mirada – Antología del relato hispánico. – Menoscuarto Ediciones 2005

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Ana_MariaMatute  Al hijo de la lavandera le tiraban piedras los niños del administrador porque iba siempre cargado con un balde lleno de ropa, detrás de la gorda que era su madre, camino de los lavaderos. Los niños del administrador silbaban cuando pasaba, y se reían mucho viendo sus piernas, que parecían dos estaquitas secas, de esas que se parten con el calor, dando un chasquido. Al niño de la lavandera daban ganas de abrirle la cabeza pelada, como un melóncepillo, a pedradas; la cabeza alargada y gris, con costurones, la cabeza idiota, que daba tanta rabia. Al niño de la lavandera un día lo bañó su madre en el barreño, y le puso jabón en la cabeza rapada, cabeza-sandía, cabeza-pedrusco, cabeza-cabezón-cabezota, que había que partírsela de una vez. Y la gorda le dio un beso en la monda lironda cabezorra, y allí donde el beso, a pedrada limpia le sacaron sangre los hijos del administrador, esperándole escondidos, detrás de las zarzamoras florecidas.

Ana María Matute
La otra mirada – Antología del relato hispánico. – Menoscuarto Ediciones 2005

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Jaime Munoz Vargas2   Durante las primeras diez sesiones el profesor se dedicó a explicar que la delación era una de las manifestaciones más abyectas de la conducta humana. Los alumnos aprobaron el primer examen y el aprovechamiento fue total: las calificaciones no bajaron del 9 (nueve). Luego el maestro abordó otros temas: la mentira, la venganza, la irresponsabilidad. Lamentablemente, esos tópicos apenas fueron sobrevolados y la mayoría de los alumnos acusó notables tropiezos, y resultó entonces previsible que en los siguientes exámenes parciales se dieran caídas casi irreparables. Pero la nota final tuvo una posibilidad de mejoría. El profesor de ética reunió a los alumnos reprobados y, con voz suave, con ademán cómplice, persuasivo, les indicó que para salvar la materia podían llevarle, cada uno, mil pesos en efectivo. No hubo titubeos. Los alumnos desfilaron por el departamento del profesor para entregar la cuota. Luego todos aprobaron ese curso y nadie osó denunciar a su maestro. Los alumnos aprendieron muy bien la primera parte de su clase: la delación es una de las manifestaciones más abyectas de la conducta humana. Gracias a eso rescataron una nota final satisfactoria y el curso les dejó, como era de esperar, una lección indeleble.

Jaime Muñoz Vargas
La otra mirada – Antología del relato hispánico. – Menoscuarto Ediciones 2005

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javier puche2   ¿Podría decapitarme más deprisa, por favor?

Javier Puche
Cuentos de seis palabras
http://puerta-falsa.blogspot.com/2009/03/cuentos-de-seis-palabras.html

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adolfo Vergara   Catorce niños corrían descalzos por la nieves del Hindu Kush, pero desde el aire parecían terroristas.

Adolfo Vergara

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pedroherreroo   Cada noche, después de cenar, llevo al señor de paseo en limusina. Dejamos atrás la parte alta y noble de la ciudad, y bajamos hasta el muelle de pescadores, buscando señoritas que caminen despacio por la acera, con el bolso en una mano y el cigarrillo en la otra. El señor se fija en una que solo vista ropa interior y -tras quedar acuerdo en el precio- la invita a subir con él en el asiento trasero. Entonces me ordena que conduzca por calles solitarias en mal estado, sin esquivar los baches; que gire, frene y acelere a mi antojo, solo por darme ese gusto. Cuando se cansa me da las gracias, despide a la joven y regresamos a casa.
El señor es muy discreto, no suele comentar conmigo sus gustos ni sus caprichos. pero hoy me ha confesado que -por variar y sin que sirva de precedente- le gustaría experimentar qué se siente al volante. Hoy voy yo de pasajero y él se ha puesto la gorra de conductor. Al llegar a nuestro territorio de caza, me ha dejado que elija yo mismo la presa vulnerable, ligera de ropa. Cuando le he comunicado mi decisión, ha parado el coche junto a ella, y -tras quedar acuerdo en el precio- la ha invitado a subir con él en el asiento delantero.

Pedro Herrero

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microlocas   El niño se lleva la mano al pecho. Quiere asegurarse de que su corazón está latiendo. Lleva tanto tiempo sin moverse. El fotógrafo hace un gesto y pide paciencia. Quieto, musita el padre. Y la madre suspira, mi niña. Pasan cinco, diez minutos. El teatrillo incluye a papá, mamá, el niño y su hermanita, sentados a la mesa para cenar. Nadie hace el gesto de llevarse el tenedor a la boca. Ninguno sonríe. Y la niña mira a la cámara con los ojos muy abiertos, como si estuviera viva.

Microlocas
“Post Mortem”, incluído en Piedad y deseo. Otros hijos de la misma noche. Imagine Ediciones, Madrid, 2014.
https://www.facebook.com/microlocas

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orlando-van-bredam-5   Lo terrible sucede una mañana de éstas. Usted sale de su casa y olvida la cara en el espejo. Anda todo el día sin saberlo. Es decir, que nadie se lo dice. Nadie le reprocha tanta lisura, esa página neutra en lugar del rostro.
En realidad, usted piensa que nadie lo mira ni lo ha mirado nunca, preocupados como están los demás por sus propias arrugas. Pero no es así. Ellos murmuran. Y el murmullo crece como una música indeseable. En voz baja, con guiños cómplices y esquelas anónimas que cruzan la oficina, conspiran contra usted.
Tampoco sus vecinos o su mujer o sus hijos que señalan el olvido. Nadie parece advertirlo.Tampoco usted, lógicamente, que al mirarse nuevamente en el espejo, recupera su cara perdida

Orlando Van Bredam

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