Nellie-Campobello   Samuel Tamayo le tenía vergüenza a la gente. No lo hacían comer delante de nadie. Cuando hablaba, se ponía encendido, bajaba los ojos y se miraba los pies y las manos. No hablaba. Cuenta Betita que siempre se iba a comer a la cocina. El general Villa no lograba hacer que se le quitara la timidez.
“Entre hombres no es así ?le decía el general a Betita?; si lo vieras, hijita, pelea como un verdadero soldado. Yo quiero tanto a Samuel; cuando andábamos en la sierra, cuando cruzamos Mapimí, muertos de hambre y de sed, este muchacho, hijita, tan vergonzoso como tú lo miras, venía y me daba pedacitos de tortilla dura que me guardaba en los tientos de su silla. Me cuidaba como si fuera yo su padre. Mucho quiero a Samuel. Por eso te lo encargo.”
Un día Samuel, aquel muchacho tímido, se quedó dormido dentro de un automóvil; Villa y Trillo también se quedaron allí, dormidos para siempre. Cosidos a balazos. Samuel iba en el asiento de atrás, ni siquiera cambió de postura. El rifle entre las piernas, el cigarro en la mano, sólo ladeó la cabeza.
Yo creo que a él le dio mucho gusto morir, ya no volvería a tener vergüenza. No sufriría más frente a la gente. Abrazó las balas y las retuvo. Así lo hubiera hecho con una novia. El cigarro siguió encendido entre sus dedos vacíos de vida.

Nellie Campobello

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Carolina Castro Padilla  Cae la tarde reclinándose en el horizonte y asomando levemente su mirada clara entre los velos rojos que ha dejado tras de sí el sol; se adormece en el vaivén del mar que orla de espuma la arena compacta y fría.
Una risa aviva mis pasos: es ella contestando al romper las olas. Ella que corre, brinca, desaparece entre el agua, vuelve a salir y ríe; ríe pulsando el arpa dormida de mis sueños. Voy hacia ella, nuestros ojos se encuentran y somos un mismo juego con el azul. Mis manos rozan sus cabellos que huyen entre las ondas acuosas. Cierro los ojos al escozor salobre. Tiendo los brazos y logro asir sus piernas. Siento la dureza joven de sus músculos, pero, quieren huir también, resbalan, se adelgazan y un frío extraño me sacude. Sin soltarla, grito para detenerla. Abro los ojos que se llenan de noche. Nuevamente estoy aquí convulso, asido fuertemente con ambas manos a los barrotes de mi celda.

Carolina Castro Padilla

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eduardo galeano35  Ellos son dos por error que la noche corrige.

Eduardo Galeano

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corazon herido mandarinitha  Hacer el amor es bueno porque mitiga el deseo de hacer el amor es bueno porque mitiga el deseo de hacer el amor es bueno porque mitiga el deseo de hacer el amor es bueno.

Jeremías López

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gabriela darbel  Los ladrillos se desprenden de los cimientos. La casa avanza con lentitud, como un dinosaurio viejo. Cruza la calle, es un buque de dos pisos que se aleja. Por unos segundos pienso que se derrumbará, pero sigue moviéndose como si nada. Desbarata los patios, revienta los tendederos donde la ropa blanca intenta sostenerse. Su torre cuadrada se lleva los cables de luz. Parte en dos la calzada y captura a las palmeras. Se aleja de mí. Sólo entré una vez y el recuerdo también se va, viaja con ella, lo puedo ver en el balcón central, es una mancha llena de imágenes que con los minutos se van desvaneciendo.
No puedo creer que ya no esté en su lugar, duró tantos años quieta, muy quieta, haciéndose vieja, tan familiar para los vecinos. Víctima de abandonos, de maltratos, de restauraciones. Quiero seguirla, pero avanza rápido y se pierde en las espaldas de los edificios. Desciende la noche, a pesar de la negrura, ahora es más fácil verla. En su andar la luna se atora en la torre, una mujer de lentes intenta liberarla. La casa no deja de avanzar. Puedo verla porque lleva su propio, inmenso foco encendido, todo lo demás es oscuridad. Es codiciosa porque en ella navegan los fantasmas que se fueron refugiando, con el tiempo, sobre las macetas del patio, dentro del sótano, entre la ropa del closet, en el horno cálido de la cocina.
Ya no la veo, sólo a la luna que desistió de luchar por zafarse, se resigna a perder su rumbo y sigue el mapa que va dejando la casa por toda la ciudad. Ahora yo formo parte del caos que dejó a su paso, mi mente está vacía, mis pensamiento se fueron con ella.

Gabriela d’Arbel

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Ruben Abella  Siempre que podía, Melquiades se daba un paseo por la plaza de Oriente, no para ver el Palacio Real, ni para admirar los tesoros de la Almudena, sino para colarse en las fotos de los turistas. Se detenía con disimulo junto a una pareja posando. O se sumaba como quien no quiere la cosa a un grupo en formación futbolística. O pasaba silbando por detrás de una familia en escala. Luego, en la intimidad de su buhardilla de La Latina, abría el atlas y se imaginaba a sí mismo multiplicado, metido en marcos y álbumes junto a todos aquellos desconocidos, descansando sobre un aparador de Nagoya, o un anaquel de Dortmund, o un escritorio de Staten Island, o una mesa de noche de Monterrey.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

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antonio fernandez molina  Esperaba tranquilo en la celda. Aunque me hubieran condenado a muerte, confiaba en que un rasgo de súbita inspiración me ayudaría a salvarme en el último momento.
Llegó la hora y la comitiva abrió la puerta de la celda. -Buenos días -dijo un sujeto con acento convencional-, le deseo -siguió en una ya absoluta metedura de pata que me hizo reír y contagió a todos los presentes. Cuando disminuyó el sonido de las carcajadas, pudo seguir.
-Bueno, bueno. Ha llegado el momento y usted puede formular su último deseo.
-Quiero… -titubeaba con la intención de ganar tiempo-. De pronto tuve un rasgo de súbita inspiración y seguí:
-Quiero mirarme en un espejo de cuerpo entero. Hubo silenciosas y rápidas consultas en el grupo y él me contestó:
-Enseguida.
No tardaron en traer un espejo de grandes dimensiones. Al colocarme ante él, sentí una voz susurrarme con energía: «¡Ahora!». Crucé el espejo con decisión y pude salvarme.

Antonio Fernandez Molina
La huellas del equilibrista. Ed Menoscuarto, 2005

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jose-maria-merino2  El tirano Gerión, para mostrar a sus miserables súbditos su desprecio por ellos y la grandeza de su poder, ordenó construir la mayor vivienda inhabitable del mundo, un edificio gigantesco, de ciento trece pisos contrahechos, centenares de escaleras que no conducían sino al vacío, miles de habitaciones desprovistas de suelo y de pasillos que enlazaban paredes sin salida, innumerables ventanas ciegas. Cuando Hércules derrotó a Gerión, en vez de matarlo lo condenó a vivir en aquel lugar inhabitable hasta el final de sus días. Se dice que el tirano enloqueció muy pronto y que acabó suicidándose. Pero también se dice que verse recluido en aquel lugar le hizo considerar lo descomunal de su caprichosa soberbia, y que murió arrepentido. El caso es que, desaparecido el tirano, con el paso de los años las gentes sin hogar fueron desmantelando el edificio para aprovechar sus elementos arquitectónicos, las piedras de los muros, las columnas de los pórticos, los peldaños de las escaleras, los dinteles de las puertas y las ventanas. Así, la vivienda inhabitable suministró material para la construcción de infinidad de modestos cobijos, y cuando la memoria de Gerión y de su tiranía se habían perdido, las mujeres parían al resguardo de las habitaciones levantadas con los restos de aquel edificio infame cuya existencia ya nadie conocía.

José María Merino
Después de Troya. Ed. Menoscuarto – 2015

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Ruben-Abella-copia  Los periódicos dijeron que todo fue por una deuda atrasada, pero no es verdad. La verdad es que iban ya por el quinto aguardiente cuando Jonás mencionó que había estado en Las Rozas y que a la vuelta lo había cogido el atasco en Moncloa. Matías dejó el vaso vacío sobre la barra, hizo un gesto a Virgilio para que lo rellenara y dijo con sorna que a quién se le ocurría venir por ahí.
-¿Y por dónde quieres que venga? -replicó Jonás, irritado.
-Pues por la carretera de Castilla, que pareces bobo.
-Bobo lo parecerá tu madre, perdona.
-O la tuya, no te jode.
-No me busques, Matías, que me encuentras. Matías cogió el vaso lleno y dio un sorbo.
-¡Tonto del culo! -exclamó, y escupió en el suelo. Jonás se fue del bar con el rostro enrojecido. Regresó enseguida, blandiendo la escopeta de caza. A partir de ahí, lo que cuentan los periódicos es cierto.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

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Lorena escudero  Beber como quien ha acumulado toda la sed de los desiertos de los que regresa. Saciar con succión profunda el anhelo de cien gargantas abrasadas. Fagocitar al otro sin opción ni remordimiento.
Abrir los ojos, lamer la gota última de quien prestó su boca y morir otra vez de sed.

Lorena Escudero
Negativos. Ed. Torremozas, 2015

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