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eduardo galeano34  El miedo seca la boca, moja las manos y mutila. El miedo de saber nos condena a la ignorancia; el miedo de hacer nos reduce a la impotencia. La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convirtió en sordomudos. Ahora la democracia, que tiene miedo de recordar, nos enferma de amnesia; pero no se necesita ser Sigmund Freud para saber que no hay alfombra que pueda ocultar la basura de la memoria.

Eduardo Galeano
El libro de los abrazos – Ed Siglo XXI – 2009

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eduardo galeano32  El 20 de marzo del año 2003, los aviones de Irak bombardearon los Estados Unidos.
Tras las bombas, las tropas iraquíes invadieron el territorio norteamericano.
Hubo numerosos daños colaterales. Muchos civiles estadounidenses, en su mayoría mujeres y niños, perdieron la vida o fueron mutilados. Se desconoce la cifra exacta, porque la tradición manda contar las víctimas de las tropas invasoras y prohibe contar las víctimas de la población invadida.
La guerra fue inevitable. La seguridad de Irak, y de la humanidad entera, estaba amenazada por las armas de destrucción masiva acumuladas en los arsenales de los Estados Unidos.
Ningún fundamento tenían, en cambio, los rumores insidiosos que atribuían a Irak la intención de quedarse con el petróleo de Alaska.

Eduardo Galeano
Los hijos de los días – Ed. Siglo XXI – 2012

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eduardo galeano34  Los banqueros de la gran banquería del mundo, que practican el terrorismo del dinero, pueden más que los reyes y los mariscales y más que el propio Papa de Roma. Ellos jamás se ensucian las manos. No matan a nadie: se limitan a aplaudir el espectáculo.
Sus funcionarios, los tecnócratas internacionales, mandan en nuestros países: ellos no son presidentes, ni ministros, ni han sido votados en ninguna elección, pero deciden el nivel de los salarios y del gasto público, las inversiones y las desinversiones, los precios, los impuestos, los intereses, los subsidios, la hora de salida del sol y la frecuencia de las lluvias.
No se ocupan, en cambio, de las cárceles, ni de las cámaras de tormento, ni de los campos de concentración, ni de los centros de exterminio, aunque en esos lugares ocurren las inevitables consecuencias de sus actos.
Los tecnócratas reivindican el privilegio de la irresponsabilidad:
-Somos neutrales -dicen.

Eduardo Galeano
El libro de los abrazos – Ed Siglo XXI – 2009

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eduardo galeano35  Mientras dura la mala racha, pierdo todo. Se me caen las cosas de los bolsillos y de la memoria: pierdo llaves, lapiceras, dinero, documentos, nombres, caras, palabras. Yo no sé si será gualicho de alguien que me quiere mal y me piensa peor, o pura casualidad, pero a veces el bajón demora en irse y yo ando de pérdida en pérdida, pierdo lo que encuentro, no encuentro lo que busco, y siento mucho miedo de que se me caiga la vida en alguna distracción.

Eduardo Galeano
El libro de los abrazos – Ed Siglo XXI – 2009

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eduardo-galeano-ii  Me firmo Galeano, que es mi apellido materno, desde los tiempos en que comencé a escribir. Esto ocurrió cuando yo tenía diecinueve años, o quizá apenas unos días, porque llamarme así fue una manera de nacer de nuevo.
Antes, cuando era un chiquilín y publicaba dibujos, los firmaba Gius, por la difícil pronunciación española de mi apellido paterno. (Hughes se llamaba mi tatarabuelo galés, que a los quince años se echó a la mar en el puerto de Liverpool y llegó al Caribe, a Santo Domingo, y tiempo después a Río de Janeiro, y finalmente a Montevideo. Allí arrojó su anillo de masón al arroyo Miguelete, y en los campos de Paysandú clavó las primeras alambradas y se hizo dueño de tierras y de gentes, y hace más de un siglo murió, mientras traducía al inglés el Martín Fierro.)
A lo largo de los años he escuchado las más diversas versiones sobre este asuntito de mi nombre elegido. La versión más necia, que ofende a la inteligencia, me atribuye una intención anti-imperialista. La versión más cómica supone fines de conspiración o contrabando. Y la versión más jodida me convierte en la oveja roja de mi familia: me inventa un padre enemigo y oligárquico, en lugar del padre real que tengo, que es un tipo macanudo que siempre se ha ganado la vida con su trabajo o con la buena suerte que tiene en la quiniela.
El pintor japonés Hokusai cambió de nombre sesenta veces para celebrar sus sesenta nacimientos. En el Uruguay, país formal, lo hubieran enjaulado por loco o alevoso simulador de identidad.

Eduardo Galeano
El libro de los abrazos – Ed Siglo XXI – 2009

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ana maria shua 3_b  Se pregunta si los médicos saben en realidad de qué se trata o sólo le han puesto un nombre a ese conjunto de síntomas que lo aterroriza. Se pregunta si lo llaman síndrome de Coats-Bergman como podrían llamarlo Hache, como podrían llamarlo Juanita, por ejemplo y en ese caso quizás fuera posible ofrecerle dinero, seducirla sexualmente, contratar a un par de matones para que le den un susto, convencerla de cualquier modo de que se vaya de una vez, Juanita, de que por favor deje a mi hijo en paz.

Ana María Shua

Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009

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ramon g de la serna  El hielo se derrite porque llora de frío.

Ramón Gómez de la Serna
Greguerías

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Pedro Herrero_110921  Miraré con recelo el catálogo de obras de la editorial que se atreva a publicar mi libro.

Pedro Herrero

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ana maria shua 3_b  Hixem el III, de la dinastía de los omeyas cordobeses, tuvo (según el historiador Al-Forkad) un sueño profético en el que Alah le anunciaba la victoria de sus tropas (después confirmada) sobre los berberiscos.
En realidad Hixem el III soñó muchas veces con la victoria y con la derrota y también soñó muchas noches seguidas con su padre o con la barba de su padre. El viejo o la barba le aconsejaron, alguna vez, enfrentar a los berberiscos, pero otras veces lo conminaban a la huida y otras le proponían evitar la batalla mediante las artes de la diplomacia.
Pero sólo los sueños confirmados merecen formar parte de la historia.

Ana María Shua

Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009

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aranoa_4  Llegaba tarde a todas partes. De la comida, alcanzaba sólo a probar los postres. De las películas, los finales.
Jamás asistió a primer acto, presentación o preludio. Se ahorró prolegómenos y palabras introductorias. Se especializó, por contra, en las prórrogas y en los bises, en los epílogos de los libros, en su fe de erratas.
Con los años empeoraron los síntomas.
Encontraba cerrados sin remedio cines, bares y librerías. Iba a comer, pero llegaba a cenar. Acudió a su primera entrevista de empleo, pero llegó a su despido fulminante. Del amor de su vida conoció sólo el humo de las cenizas. Partió a la guerra para olvidarla, pero llegó a la paz.
Vivió la vida a destiempo, y hace ya meses que le aguarda la muerte, pero él, que lo sabe, se hace esperar.

* A mis victimas

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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