Esteban Padros de Palacios  La balsa, abandonada a los caprichos de la corriente y sin ninguna voluntad que la rigiera. Unas tablas carcomidas. Un palo con unos calzoncillos flotando al viento. Dos hombres echados sin que el sol pudiese herir, ya, sus pupilas ausentes. -Tengo sed —dijo García, que era un náufrago vulgar. La balsa entraba, en aquel momento, en la playa de Miami. Canoas, bañistas, mujeres extraordinarias.
-Oigo voces…
-Espejismo -sentenció García, siempre mirando al sol.
-Sí, espejismo…
Los bañistas comentaron:
-Qué gentes más raras. Ya no saben qué hacer para llamar la atención.
-Yo lo encuentro de mal gusto…
Y la corriente, poco a poco, arrastró de nuevo la balsa hacia el océano Atlántico. Los dos náufragos iban llegando a este punto en que resulta tan difícil morir…

Esteban Padrós de Palacios
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012

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Woody-allen-pic  Sólo existen dos cosas importantes en la vida. La primera es el sexo y la segunda no me acuerdo.

Woody Allen

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shua (3)  Cuando los malos narradores no saben qué hacer con un personaje, lo suicidan sin piedad y sin arte. Mi autor debe ser un desastre.

Ana María Shua
Ciempies. Los microrelatos de Quimera. Montesinos 2005

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Juan Epple, 2008 El profesor distribuye las copias del segundo poema, y luego explica:
-El oxímoron es la unión sintáctica de dos conceptos irreconciliables lógicamente, o que se contradicen entre sí…
El examen de hoy consiste en reconocer este tipo de imágenes literarias en el poema y explicar en una nota al margen por qué son contradictorias.
Recorre con la vista la clase, mientras los estudiantes revisan las imágenes y hacen sus anotaciones. Uno de ellos, sentado en la última fila,
se entretiene al comienzo doblando lentamente su copia, luego la aparta con fastidio y fija su mirada imperturbable en el profesor.
Al terminar la clase, los estudiantes se acercan al escritorio y entregan su trabajo. El último de la fila espera a que todos hayan salido y se acerca al profesor.
Éste titubea un momento, le pide la copia, la hojea, y componiendo un gesto profesional de asombro, le dice:
-Pero usted no ha escrito nada. ¿No ha podido encontrar ningún ejemplo aquí?
-Mire profesor, yo de estas vainas no entiendo nada, ni me interesan. A mí me han comisionado para venir a observar su clase y ver si se están haciendo críticas contra el supremo gobierno.
-¿Comisionado por quién?
-Servicio de inteligencia militar.
El profesor se encoge de hombros y le sonríe:
-Qué lastima. Le habría bastado escribir eso en su hoja para aprobar el examen.

Juán Armando Epple
Ciempies. Los microrelatos de Quimera. Montesinos 2005

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susana camps  Corríamos por todo el jardín, ¿recuerdas? Estaba lleno de escondites, unos mejores que otros, y lanzábamos bolas de ciprés que eran bombas. Tú siempre ganabas porque tenías mucha puntería, pero si me dabas en la cara mi drama de dimensiones interplanetarias atraía a los adultos. Las bicicletas eran caballos que nos llevaban de un lado para otro. Las aparcábamos junto a la comisaría o el saloon y yo podía ver realmente a mi caballo blanco esperándome, nervioso y fiel. Aunque a veces no, a veces era una bicicleta que cargaba una caja atada al portapaquetes con merienda dentro, y nos íbamos al bosque a compartir unas galletas María con chocolate. La misma caja volvía llena de piñas, piñones, y bayas que no nos dejaban comer.
El verano era largo y matabas algunas tardes leyendo. Entonces empecé a leer yo también. Leíamos tebeos viejos de papá, moteados de óxido, y algún libro de Enid Blyton que a ti no acababa de gustarte. Luego descubriste a Woodhouse. No teníamos horarios y sin embargo cabía casi todo.
Hasta un poco de tiro al blanco con la escopeta de balines que alguien robó saltando la verja. Un robo instantáneo, no podíamos ni creerlo. No volvimos a dejar nada en la mesa blanca del jardín. El mundo exterior podía entrar a quitarnos de pronto lo que era nuestro. De hecho, creo que fue por entonces cuando desapareciste.

Susana Camps
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012

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angel olgoso 2  El niño se inclinó sobre su proyecto escolar, una pequeña bola de arcilla que había modelado cuidadosamente. Encerrado en su habitación durante días, la sometió al calor, rodeándola de móviles luminarias, le aplicó descargas eléctricas, separó la materia sólida de la líquida, hizo llover sobre ella esporas sementíferas y la envolvió en una gasa verdemar de humedad. El niño, con orgullo de artífice, contempló a un mismo tiempo la perfección del conjunto y la armonía de cada uno de sus pormenores, las innumerables especies, los distintos frutos, la frescura de las frondas y la tibieza de los manglares, el oro y el viento, los corales y los truenos, los efímeros juegos de luz y sombra, la conjunción de sonidos, colores y aromas que aleteaban sobre la superficie de la bola de arcilla. Contra toda lógica, procesos azarosos comenzaron por escindir átomos imprevistos y el hálito de la vida, desbocado, se extendió desmesuradamente. Primero fue un prurito irregular, luego una llaga, después un manchón denso y repulsivo sobre los carpelos de tierra. El hormigueo de seres vivientes bullía como el torrente sanguíneo de un embrión, hedía como la secreción de una pústula que nadie consigue cerrar. Se multiplicaron la confusión y el ruido, y diminutas columnas de humo se elevaban desde su corteza. Todo era demasiado prolijo y sin sentido. Al niño le había llevado seis días crear aquel mundo y ahora, una vez más en este curso, se exponía al descrédito ante su Maestro y sus Compañeros. Y vio que esto no era bueno. Decidió entonces aplastarlo entre las manos, haciéndolo desaparecer con manifiesto desprecio en el vacío del cosmos: descansaría el séptimo día y comenzaría de nuevo.

Angel Olgoso
Relatos para leer en el autobus. Ed. Cuadernos del Vigia. 2006

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leon_de_aranoa  Se despertó sabio, como otros se despiertan tarde, cansados, o con dolor en las articulaciones. Comprendió el orden natural de las cosas mientras se cepillaba los dientes, ante el espejo del cuarto de baño. No fue a trabajar, lo que consideró un síntoma de su recién adquirida sabiduría.
En el transcurso de un paseo por un parque próximo, cifró en veintitrés grados la inclinación del eje de rotación de la Tierra con respecto al plano por el que se desplaza, fue capaz de formular la fragante sensación de humedad que sentía en el rostro en la relación entre la cantidad de vapor de agua que contiene el aire y la que necesita para saturarse a esa misma temperatura, y por primera vez supo dar nombre a los diecisiete músculos de la cara que, tirando de aquí y de allá, articulaban su sonrisa.
Acarició la cabeza de un perro y entendió el desánimo de su mujer, su triste balance de alegrías y derrotas, el carácter progresivo y geométrico de sus decepciones. Dando patadas a una lata vacía comprendió la naturaleza irracional de su prolongado desencuentro con la vecina de arriba. Se entretuvo contemplando las piruetas de una joven patinadora rubia, y al momento se le apareció como un juego de niños el sentido de las revelaciones religiosas. Corrigió a San Agustín y anotó a Descartes, pero compró castañas en el pequeño puesto que, a la salida del parque, atiende un señor al que le falta una mano.
Supo, al fin, quién era. Comprendió la razón última de su presencia aquí, la necesidad de sus contadas aportaciones al orden de las cosas. Entendió su dimensión exacta como pieza, la magnitud del rompecabezas del que formaba parte, que completaba y al que daba sentido.
Su inesperada omnisciencia le permitió también calcular la velocidad adquirida por la locomotora diésel Burlington Zephyr de treinta toneladas de carga con motores de tracción eléctricos, en el momento exacto del impacto que acabó con su vida. Eligió la muerte, pero no sabremos nunca si fue por plenitud, o por tristeza.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

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j j millas  «Esto es inaudito», dijo mi marido mientras desayunábamos, delante del niño, refiriéndose a una noticia de la radio. Él jamás había utilizado esa palabra, inaudito, así que me quedé sorprendida, y un poco preocupada, como cuando los hombres cambian de colonia, de ropa interior o de peinado. No dije nada, pero esa noche, mientras cenábamos, volvió a repetir el término. Esta vez estaba prevenida y vi todo el recorrido de la palabra, desde la garganta oscura hasta el borde de los labios, como cuando sorprendes a una cucaracha apareciendo por el sumidero del bidé. Abrió los labios en forma de grieta, y repitió: «Esto es inaudito, inaudito.» El segundo inaudito no salió del todo. Asomó las antenas y se escondió debajo de la lengua, como si algo le hubiera asustado.
Aunque la palabra inaudito viene en el diccionario, apenas significa nada, sobre todo cuando la repites muchas veces seguidas, inaudito, inaudito, inaudito… Es un ruido, y un ruido molesto, para decirlo todo. Temí que se le quedara al niño en la cabeza y luego se le escapara en el colegio, por lo que le pedí que no dijera esas cosas delante de su hijo. «¿Qué cosas?», preguntó con cara de extrañeza. «Ya sabes, inaudito», dije y comprobé que me retiraba la mirada avergonzado. Entonces, para hurgar en la herida, comenté que en esta época, con el calor, empiezan a deambular toda clase de insectos por los desagües a menos que se desinfecten. «Así que haz gárgaras con agua oxigenada, o con lejía. No quiero ver el inaudito ese entrando por la oreja del niño. Y me da asco verlo salir de tu boca. Un poco de higiene, por favor.»
Al día siguiente le llamé al despacho y hablé con su secretaria porque él estaba reunido. «Es inaudito que se reúnan a estas horas», comentó ella y comprendí que acababa de descubrir el nido de los inauditos. Por la noche, después de que el niño se acostara, hablé con mi marido y le dije que las cochinadas que hiciera con su secretaria eran cosa suya, pero que no estaba dispuesta a que me llenara la casa de inauditos. Seguramente di en el clavo, porque se puso rojo. Pero ayer, intentando describirme a su jefe, le salió por la boca un «impertérrito». Este hombre no tiene arreglo.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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max_aub2  Estábamos en el borde de la acera, esperando el paso. Los automóviles se seguían a toda marcha, el uno tras el otro, pegados por sus luces. No tuve más que empujar un poquito. Llevábamos doce años de casados. No valía nada.

Max Aub
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012

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luisa-valenzuela22  Hay dramas más aterradores que otros. El de Juan, por ejemplo, que por culpa de su pésima memoria cada tanto optaba por guardar silencio y después se veía en la obligación de hablar y hablar y hablar hasta agotarse porque al silencio no podía recordar dónde lo había metido.

Luisa Valenzuela
Ciempiés. Los microrelatos de quimera. Ed. Montesinos

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