Rogelio Guedea  Me sucedió mientras leía un libro de Walter Benjamin en el aeropuerto de Berlín. Al levantar la mirada de aquellas páginas tan hondas, me di cuenta de que había olvidado si acababa de llegar o estaba a punto de partir. Quise reflexionar por un instante, pero fue inútil. Las personas entraban y salían, llegaban y se retiraban. Una mujer me sonrió justo en el momento de mi desacierto. Esa mujer se parecía a mi país pero tal vez no era mi país. Estaba solo, con el equipaje recargado en mis piernas. Me abandoné a la desmemoria, me inmiscuí en sus pasillos de sombra. ¿Alguien podría darle ahora un calendario y una habitación propia a aquella sensación única? Encuentros, desencuentros, eso fue todo lo que empezó a significar la vida para mí.

Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto,2010

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Queta Navagomez  Dio cuerda a diminutos murciélagos que revolotearon en la reducida cocina de su departamento en condominio, y los contempló arrobada. Cuando los animalillos cayeron al suelo, despertó del sueño. Introdujo la poción mágica en el horno de microondas, aventó al sofá su negro gato de peluche mientras maldecía el reglamento que prohibía los animales domésticos, se colocó la máscara antigases, y en su flamante aspiradora salió a dar su acostumbrado paseo por la ciudad, en esa hermosa noche de luna llena.

Queta Navagómez

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Guillermo Samperio  Las cosquillas son las hormigas del cuerpo.

Guillermo Samperio

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Woody-allen-pic  No es que tenga miedo de morirme. Es tan sólo que no quiero estar allí cuando suceda.

Woody Allen

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Alexandr Zchymczyk  Luego de su célebre victoria en Troya, Ulises se sintió con todo el derecho de tomar unas largas vacaciones, así que zarpó junto con su tripulación dispuesto a recorrer los siete mares. Pasó diez años celebrando magníficas veladas y gloriosas bacanales. Hasta que un día, sin darse cuenta, desembarcó en Ítaca, su isla natal. La Odisea es sólo una excusa presentada para calmar a la furibunda Penélope.

Alexandr Zchymczyk

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luisa-Maria-martin-alonso  La volvió a ver después de demasiado tiempo. Ya eran como desconocidos, nada que ver con lo que eran en un principio. Se volvió a fijar en ella (imposible no hacerlo). Siempre le había llamado la atención su perfecta sonrisa, pero a él no le engañaba como a los demás, veía a kilómetros sus ojos oscuros, de mirada triste. Iba caminando sola, con su melena suelta, la que tantas mañanas había acariciado él al despertarse. Se dio cuenta de que él la miraba y empezó a jugar con un mechón de pelo para distraerse. De repente, los recuerdos empezaron a inundarla.  Recordó quién era él y los momentos que habían pasado juntos se le vinieron encima. Recordó lo mucho que le había echado de menos y empezó a lloverle por dentro, aunque no notó mucho el cambio, ya tenía el alma congelada desde que él se había ido. ¿Qué hacía él ahí? Porque estaba segura de que no venía a por ella. Él se preguntaba lo mismo, no sabía por qué razón había vuelto allí, sabiendo que se la iba a encontrar. Supuso que la echaba de menos, pero su orgullo no le permitía aceptarlo. Ella se le acercó y le dijo,”Hola, he notado que me mirabas.”
Él solo pudo afirmar con la cabeza. Ella había aprendido bien eso de ser una hija de puta, lo había aprendido de él, y para hacerle más daño le dijo, “¿Te conozco? Me suena tu cara.” Él se quedó frío, se esperaba cualquier cosa menos eso. “Ah sí, a ti ya te he olvidado antes.” Dijo ella. “Bueno, espero que no te importe que no me acuerde de ti, me centro en las cosas importantes, lo siento. Ten un buen día.” Le sonrió y se dio la vuelta para irse. Él se sintió morir, no se imaginaba que ella hubiera podido olvidarle tan rápidamente cuando aún se acostaba cada noche pensando en ella. Lo único que le consolaba era saber que su sonrisa era forzada, y que sus ojos seguían con la mirada triste desde que él no estaba. El orgullo les había ganado esa batalla.

María Martín Alonso

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manuel moya  Durante el día se dedicaba a desenredar minuciosamente la madeja de su cabeza y a veces encontraba versos y otras escapaban liebres por entre unos cabos tan trabajosamente liberados, que a ella le parecían, de tan intrincados, matorrales. Por la noche -¿pero con qué oscuro propósito?- la madeja volvía a enredarse, las liebres copulaban a sus anchas bajo los matorrales y ella se sentía, ignoraba por qué, atrozmente liberada.

Manuel Moya

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ana vidal  ¿Qué significa siempre, cuánto dura? Siempre fue el instante en que dijiste que me querías; hasta siempre, el momento en que te marchaste, porque aquello no podía ser, porque no te venía bien. Y yo que te querría siempre, pero tú nunca volvías, ni siquiera cuando aquel chico del barrio me sonrió, habló conmigo, me pidió el teléfono y lo apuntó en su agenda –y no en un papel, como hiciste tú-. Entonces pensé que siempre significaba otra cosa, que a veces no entendemos las palabras cuando las decimos.
Allá voy, a mi primera cita con otro, con el vestido que siempre me decías que te gustaba tanto, que me quedaba tan bien, y veo a dos enamorados en un café, las manos entrelazadas, y un anillo de para siempre. Y otra vez, como siempre, pienso en ti.

Ana Vidal
Érase de una vez, editorial Enkuadres

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Julio Cortazar  Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Julio Cortázar
Rayuela

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rafael perez estr22  Los amantes sigilosos se ovillan y hacen sedas.

Rafael Pérez Estrada

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