El dictador se creyó vitalicio, hasta que una noche escuchó la angustiosa cercanía de la masa poniéndole fin a su delirio.

Carolina Lozada

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 Más pesado que el aire, apenas dirigible, testarudo y gruñón, consigue empero alcanzar su objetivo, con sus alas de chocolate.

Jules Renard

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 La amistad entre el recluso y el gendarme creció como una yerba silvestre, sin que ninguno hiciera el menor esfuerzo por estimularla. Se hizo grande abriéndose paso entre la hosquedad y el maltrato y sobrevivió a los temporales de odio incontenible que muchas veces los empujaban al uno contra el otro. Los remansos de paz y las conversaciones entrecortadas estimularon una relación casi infantil, animada por bromas y el tallado de troncos que cortaban del bosque de la prisión, e inventaron algunos juegos de azar y llegaron a intercambiar recuerdos de viejas añoranzas y de amores muertos. Pero el recluso nunca dijo una sola palabra de las razones por las cuales él estaba ahí, en esa cárcel llena de mosquitos y cercada por ríos de peces carnívoros y alambres de púas. Tan sólo el gendarme llegó a contarle varias veces que por caer en desgracia frente a un jefe abusivo me mandaron a hacer servicio en este lugar. Y sentían que aquel afecto les traía un poco de alivio a esa vida de aislamiento y de miseria. Hasta que el recluso le dijo al gendarme: si no te lo he dicho antes, te lo digo ahora, y no me preguntes nada ni creas que estoy loco, pero si eres mi amigo te pido que me dispares los tiros que se te antojen, con tal de que te asegures de que me he quedado bien muerto. Y lo animó incluso a que simularan una fuga, para que así te sea más fácil. Pero el gendarme se negó sin alternativa alguna, y entonces el recluso le acusó de cobarde, de verdugo frustrado, de hijo de puta y le escupió la cara, y el gendarme le respondió con un culatazo de su fusil, y la amistad entre los dos hombres se partió como de un hachazo, y les brotó para siempre un rencor imborrable, borrascoso, denso como el calor sofocante de esa maldita estancia.

Jorge Díaz Herrera
Más por menos. Sial Ediciones.2011

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  Me interesa mucho la botánica. Puede decirse que soy un autodidacta: tengo el cuarto lleno de hojas de diferentes formas y colores, de distinta dentición y ramificaciones. Las hojas son tantas que ya han comenzado a trepar las paredes, lamiéndoles la cal. Hermosas hojas lanceoladas que apuntan hacia el suelo, hojas escotadas, partidas; hojas aciculares, como agujas de cristal. Si camino el suelo cruje, por las que han caído y están secas. Todos los días rompo algunas, pero esto no constituye un problema: por las calles se encuentran millones, antes que los autos las destrocen o que los estudiantes las utilicen como proyectiles contra los soldados. El otro día presencié un combate entre los estudiantes y los soldados. Después un policía me llevó a prestar declaración: quería que testimoniara cómo una hoja de plátano lanzada por un joven fue a darle en la cara a un cabo y al rozarle un ojo, lagrimeó un poco. El joven fue reprimido violentamente por los demás soldados, quienes lo echaron sobre el suelo y lo rociaron con gasolina. Después de mojado, cada soldado se acercaba a echar un fósforo. Ardió durante unos minutos. Después se hizo cenizas. De todos modos el cabo tenía el ojo rojo, por lo cual el juez estaba muy preocupado. “A alguien hay que castigar por esto” —decía—. “Esto no puede quedar impune. ¿Qué dirá su señoría, el presidente, si no castigo a nadie?” Yo me negué a declarar, pretextando resfrío: conozco varios testigos que después de declarar han sido encarcelados, ante la ausencia del culpable. Nadie se anima a dejar una ofensa a la autoridad impune. Lo único que lamento es que uno de estos días tendré que desprenderme de mi colección de hojas. Así me lo aconsejó un abogado amigo mío, entendido en la materia. Desde que los estudiantes han adquirido la peligrosísima costumbre de enfrentar a los soldados con hojas caídas de los árboles, éstas han pasado a ser consideradas por el gobierno como armas ofensivas contra la seguridad del estado. Aunque mi conducta es irreprochable, mejor me deshago de ellas: todos los días hay allanamientos y no quisiera imaginar mi destino si las encuentran en mi cuarto. Ya no se puede estar seguro en ningún lado.

Cristina Peri Rossi
Más por menos. Sial Ediciones.2011

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  Las hueveras de alpaca relucían en la mesa y el café humeaba igual que una chimenea, pero eso no era lo que en realidad llamaba la atención a Prudens, no, ciertamente no eran esas relucientes hueveras sobre la mesa con mantel bordado…, El vestido de rosas rojas y mangas bombachas estaba listo; ella lo habría recogido a primera hora del día, realmente eso era lo que la hacía feliz, lo que la exaltaba, de modo que allí estaba pendiendo de una percha en su habitación, cada cual lo habría visto y alguien habría dicho que era un vestido superfluo, anodino. El dolor que sintió Prudens cuando oyó eso fue el mismo dolor aquel, que Helena le produjo cuando le perforó el lóbulo de las orejas, si, realmente fue ese pinchazo el que la habría hecho derramar lágrimas en silencio…,
Hubiera preferido recibir mil azotes; hubiera preferido asentir a las tediosas clases de costura los miércoles y los viernes, pero no fue así; realmente el suelo se hundió bajos sus pies mientras retumbaba en las paredes de la sala el desprecio absoluto y la negación de lo que, para ella era evidente; por lo tanto la tarde habría caído y la noche habría llegado y Prudens habría derramado otra vez aquellas lágrimas en silencio.

María Gladys Estévez

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  Cuando se sometió a trasplante de corazón, pidió que le entregaran el órgano averiado, conservado en formalina. Temía que al abandonar el corazón viejo olvidaría sus recuerdos más preciados. Descubrió que mientras más lejos dejaba la cajita metálica, esos recuerdos se hacían más borrosos. Un día olvidó la cajita en un café al que iba habitualmente. Cuando regresó a buscarla, había desaparecido. Desde entonces siente en su corazón nuevo un vacío inexplicable, que se acentúa cuando el día está nublado y se llena de ecos cuando comienza a llover.

Juan Armando Epple
Más por menos. Sial Ediciones.2011

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   Me desperté con sed. Lola dormía. Me levanté con cuidado, sin dar la luz, salí de la habitación, avancé a oscuras por el pasillo. Entonces tropecé con alguien. Unos pasos apresurados se perdieron hacia la cocina y la puerta se cerró tras ellos.
Tardé un momento en reaccionar. Seguí por el pasillo hasta alcanzar el interruptor de la luz y luego, decidido, abrí de golpe la puerta de la cocina.
El hombre se había subido en el alféizar de la ventana abierta.
—No, por Dios -dijo-, no avise a la policía.
En su rostro el terror allanaba el gesto de su mirada enferma.
—Ángel -musité, como si de pronto mi memoria sufriera una sacudida.
—Martín -respondió con incredulidad instantes después. Lola llamaba excitada desde el pasillo.
Cuando llegó a la cocina vio abrazados a aquellos dos amigos de la infancia, y su irrevocable decisión de llamar a la policía fue lo que motivó el inicio de la definitiva crisis de nuestro matrimonio.

Luis Mateo Díez
Más por menos. Sial Ediciones.2011

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  El fotógrafo prepara su trípode y mete la cabeza bajo la manga. Aprieta el botón. Todo lo que hay delante del objetivo se precipita hacia él. Queda en el mundo un hueco incomprensible y ya no se podrá llenar con nada.

Antonio Fernández Molina
Más por menos. Antología de microrelatos hispánicos actuales. Sial ediciones-2011

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  Gandules, dijo el médico que tenía yo los espermatozoides tras leer los resultados del análisis; se lo digo así para que ustedes me entiendan, añadió. No sé qué debió pensar mi mujer. No me atrevía a mirarla. Me sentía fatal. Ella siempre me recrimina que ayudo poco en casa, que me pirra espachurrarme en el sofá, que nunca muevo un dedo. Y ahora esto.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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  Ada y yo estábamos profundamente enamorados. Yo un día le había dicho: “No joyas, sino hijos te daré”. Ella se emocionó muchísimo. Al día siguiente me rogó le repitiera lo mismo. Y yo dije: “De ninguna manera joyas, cuestan mucho”. Se enfadó. Nuestras relaciones terminaron cuando yo un día imaginé: “Tú, paralítica, en una silla de ruedas y yo siempre a tu lado”. “No, no —decía ella—, no podría resistirlo. Te rogaría que me dejaras”. La muy imbécil no supo darme una contestación satisfactoria a sus palabras, porque se echó a llorar. La dejé por egoísta.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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