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antonio fernandez molina2  Cuando dentro de la ciudad de Gamud un hombre mata a otro, aunque sea en legítima defensa, ha de pagarlo con la vida. Únicamente puede salvarle una cosa. Si el muerto era casado, y el que lo mató no tiene inconveniente, vestir su ropa y acicalarse de modo que se le asemeje lo más posible, presentarse ante la mujer del difunto ataviado de esa manera y así conseguir hacerle comprender que en todo caso ella no perderá en el cambio. Si la mujer acepta, el hombre está salvado y desligado de anteriores compromisos. Su mujer, en ese caso, queda en la misma situación que si fuera soltera.
Así se han solucionado muchos conflictos de alcoba.

Antonio Fernández Molina
Las huellas del equilibrista. Ed. Menoscuarto 2005

huellas equilibrista

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diego munoz valenzuela  La sirena se había descuidado en las últimas centurias: estaba rolliza, desgreñada y hosca. Uno que otro bergantín capitaneado por algún trasnochado y bajo el imperio de la neblina caía en su hechizo precario. Cuando el infortunado se percataba del mayúsculo error, ya era tarde: estaba encima de los arrecifes y los tritones comenzaban a dar cuenta de la carga interesante.
De tanto en vez, la espantosa sirena se encaprichaba con algún tripulante y los tritones lo arrojaban ante su cola escamosa y desvencijada. Lo convencían de hacerle la corte a cambio del perdón de la vida, promesa vana, de falsedad absoluta, que jamás se cumplió. A la ignominia de la posesión de la sirena senil, se agregaba la muerte.
El negocio iba de mal en peor y la banda se empobrecía. Más de una vez un tritón propuso conseguir una sirena encantadora, pero los mayores le hacían ver que ya no las había. Al fin la criatura feneció y a poco nadar los aburridos tritones siguieron su ejemplo.

Diego Muñoz Valenzuela
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

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Flores2  El incómodo cadáver del mediador familiar seguía en la alberca flotando. El chacho lo empujaba con el cayao, empeñado en hundirlo y olvidarse. Mi madre, en enterrarlo junto a las tomateras; que le daría jugo a los tomates, decía. Papá, que cerrara esa boca, que picado los marranos se lo comerían tan ricamente. Barbacoa, gritó el abuelo, que aún estamos a tiempo, y en mi casa mando yo. Los niños suplicábamos, chillones, ponerlo de espantapájaros mientras durara. De nuevo todos una jauría. Volvieron las amenazas, los juramentos. Y lo peor es que, aunque seguía allí como buscando en el fondo, ya no podíamos contar con él.

Miguelángel Flores
VIII Edición de Relatos en Cadena, de la SER
Ganador Semana 27

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Rogelio Guedea  Lo único que tengo son estas palabras que, al escribirlas, dejan de pertenecerme.

Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto,2010

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oliverio girondo  Llega un momento en que aspiramos a escribir algo peor.

Oliverio Girondo

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perecalders_vert  Le tocó un entrevistador de aquellos que se quieren lucir con preguntas impertinentes. El invitado al programa era un prohombre ilustre y el locutor le preguntó de pronto:
-¿Sería Usted capaz de dar la vida por una idea?
El entrevistado se abrió de corazón y, ofreciendo el perfil favorecedor a la cámara, dijo:
-No. Me gustaría más encontrar una idea que me salvara la vida.

Pere Calders

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antonio serrano cueto  Lejos de la carretera y los caseríos, flanqueada por roquedales que inunda la pleamar y sin accesos visibles en la bajamar, Cala Dorada, llamada así porque el crepúsculo baña con oro la espuma de las olas, es frecuentada por una veintena de nudistas que han
sellado un pacto de silencio, a fin de mantener la playa alejada del conocimiento de los mortales. Cada año, al cumplirse el aniversario del naufragio, acuden allí desde lugares remotos y entregan por unas horas sus cuerpos salitrosos a los rayos del sol.
El fragor de las olas, el bramido rasante del viento y la queja solitaria de alguna gaviota ponen música al silencio sepulcral de los nudistas. Cuando el sol comienza a humear por Poniente, levantan sus cuerpos descarnados, se miran melancólicos y regresan a las profundidades.

Antonio Serrano Cueto
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía.2010

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Ruben-Abella-copia  Solo en el cuarto de estar, Plácido escucha Habla con Norma, un consultorio radiofónico para atribulados insomnes. A través de las ondas, una mujer al borde del llanto se duele de la infeliz relación que mantiene con su esposo.
-Hace mucho que he dejado de quererlo -dice-. Estoy decidida. En cuanto cuelgue el teléfono, lo abandono.
Plácido piensa con satisfacción en lo bien que les va a él y a Dolores. No hablan mucho, las cosas como son, pero nunca discuten y hacen el amor casi a diario.
Bosteza. Mira el reloj. Apaga la radio. Se levanta del sillón y va hacia el dormitorio. Encuentra a Dolores sentada en el borde de la cama, llorando, con el teléfono aún en la mano.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

ojos_peces

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antonio fernandez molina2  La idea de que las sardinas son irresponsables es falsa. Las sardinas son susceptibles de recibir una educación.
Cójase una sardina y colóquesela desnuda en una palangana, cuidando antes de poner sal en el agua. Después se la puede amaestrar con mucha paciencia. Váyanse anotando los progresos cada siete horas, no se cambie de educador ni se la deje abandonada durante más de setenta y cinco minutos. Cuando la sardina retrocede en sus progresos es muy difícil hacerla avanzar.
Al mismo tiempo hay que evitar que la sardina se aburra, darle el clima apropiado y cuidar de que asista a espectáculos que la reconforten.
Convencer a una sardina se la convence con facilidad. Basta encontrar a la persona adecuada. Nace una cada ciento siete años. Usted pone un anuncio y espera la contestación.

Antonio Fernández Molina
Las huellas del equilibrista. Ed. Menoscuarto 2005

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leon_de_aranoa  Se conocieron un lunes de tiernas y calladas esperanzas. Se enamoraron un martes, coincidiendo con la celebración de un congreso de cardiología en la ciudad. Se casaron un miércoles de secretas complicidades, de síes pero noes, de arroz y nubes altas. Un jueves de cosecha concibieron a sus hijos, que nacieron de su amor y de sus manos. Llegaron puntuales, un viernes de invierno, con una esperanza debajo del brazo y una pregunta en el paladar. Lloraron juntos, un sábado adulto de cucharillas, de reproches mudos y cristales rotos. Sucedió de madrugada, con la dulce amargura de la vida que se escapa. Se separaron al fin un domingo no festivo, con el paso inseguro del que sigue los consejos de los mapas antiguos.
Compartieron una vida, tan intensa que hoy parece una semana.
Desde entonces caminan ficciones paralelas, se recuerdan con dolor bisiesto, mienten cada mañana ante el espejo y se saludan con afecto, pero duermen en silencio.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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