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iwasaki  Ninguno de nosotros quería que viniera la muchacha nueva. Todas son iguales. Todas nos cuentan historias espeluznantes cuando papá y mamá salen. Todas nos clavan los alfileres del miedo en los ojos desvelados.
Luzmila decía que sus amigas del orfelinato eran malísimas. A una la abofeteó el diablo, a otra la perseguían almas en pena y hasta hubo alguna que no podía comulgar porque la hostia se le incendiaba antes de recibirla. Nosotros rezamos para que la botaran y entonces vino Juvencia. Juvencia había nacido en las montañas, donde las brujas roban a los niños para hervirlos en ollas negras y donde hay fantasmas que provocan vómitos de sangre a quienes rozan con sus cuerpos de telarañas. A Juvencia la acusamos y así llegó la Guillermina. Guillermina era mala porque desenterraba muertos para robarles los dientes y preparar sus venenos. En su cajón tenía los muñecos de todos nosotros para ahorcarnos en cualquier momento y una noche la vimos invocar al diablo con una calavera. Mamá nunca supo cómo desapareció y a nosotros nos daba miedo decirle la verdad.
Esta noche nos quedaremos solos y la muchacha nueva nos ha amenazado con sus historias, pero no la vamos a escuchar. Todavía tenemos la calavera y le pediremos al diablo que también se la lleve.

Fernando Iwasaki
Ajuar funerario. Ed. Páginas de espuma. 2009

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italo calvino2  Por la noche, cada uno de los habitantes salía con una ganzúa y una linterna para ir a saquear la casa de un vecino. Al regresar, al alba, cargado, encontraba su casa desvalijada.
Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno robaba al otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que robaba al primero. En aquel país el comercio sólo se practicaba en forma de embrollo, tanto por parte del que vendía como del que compraba. El gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos, y por su lado los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno. La vida transcurría sin tropiezos, y no había ni ricos ni pobres.
Pero he aquí que, no se sabe cómo, apareció en el país un hombre honrado. Por la noche, en lugar de salir con la bolsa y la linterna, se quedaba en casa fumando y leyendo novelas.
Llegaban los ladrones, veían la luz encendida y no subían.
Esto duró un tiempo; después hubo que darle a entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. Cada noche que pasaba en casa, era una familia que no comía al día siguiente.
Frente a esas razones el hombre honrado no podía oponerse. También él empezó a salir por la noche para regresar al alba, pero no iba a robar. Era honrado, no había nada que hacer. Iba hasta el puente y se quedaba mirando pasar el agua.
Volvía a casa y la encontraba saqueada.
En menos de una semana el hombre honrado se encontró sin un céntimo, sin tener qué comer, con la casa vacía. Pero hasta ahí no había nada que decir, porque la culpa era suya; lo malo era que de ese modo suyo de proceder nacía un gran desorden. Porque él se dejaba robar todo y entre tanto no robaba a nadie; de modo que había siempre alguien que al regresar al alba encontraba su casa intacta; la casa que él hubiera debido desvalijar. El hecho es que al cabo de un tiempo los que no eran robados llegaron a ser más ricos que los otros y no quisieron seguir robando. Y por otro lado, los que iban a robar a la casa del hombre honrado la encontraban siempre vacía; de modo que se volvían pobres.
Entre tanto los que se habían vuelto ricos se acostumbraron a ir también al puente por la noche, a ver correr el agua. Esto aumentó la confusión, porque hubo muchos que se hicieron ricos y muchos otros que se volvieron pobres.
Pero los ricos vieron que yendo de noche al puente, al cabo de un tiempo se volverían pobres. Y pensaron: “Paguemos a los pobres para que vayan a robar por nuestra cuenta”. Se firmaron contratos, se establecieron los salarios, los porcentajes: naturalmente siempre eran ladrones y trataban de engañarse unos a otros. Pero como suele suceder, los ricos Se hacían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.
Había ricos tan ricos que ya no tenían necesidad de robar o de hacer robar para seguir siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres porque los pobres les robaban. Entonces pagaron a los más pobres de los pobres para defender de los otros pobres sus propias casas, y así fue como instituyeron la policía y construyeron las cárceles.
De esa manera, pocos años después del advenimiento del hombre honrado, ya no se hablaba de robar o de ser robados sino sólo de ricos o de pobres; y sin embargo, todos seguían siendo ladrones.
Honrado sólo había habido aquel fulano… y no tardó en morirse de hambre.

Italo Calvino

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espido_freire  El cantante de los ojos divinos llegó a la ciudad. Ella le siguió. Acudió al concierto. Logró arrojarle una carta que él, por casualidad, leyó. Concertó una cita; charlaron, pasaron la noche en un hotel. Se despidieron con pena. Le dedicó una canción. Ella estaba casada. Nunca pudo contárselo a nadie.

Espido Freire
Cuentos malvados. Paginas de espuma. 2010

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Lorena escudero  Hace tiempo que esta ciudad caducó. Solo mamá sigue acercando a su nariz las flores que encuentra, aunque siempre las abandone defraudada. Como si le fuera la vida en encontrar una sola que conserve su esencia. Aún hay quien, como ella, intenta adiestrar sin éxito ruiseñores en el canto, o exprime a diario limones para beber su insípido néctar.
Quizá son los únicos que conservan algo de fe…
No. Tampoco ellos creen en la posibilidad de que todo vuelva a ser como antes, de recuperar lo que estropeamos. Simplemente son más escurridizos al desengaño.

Lorena Escudero
Futuro imperfecto.Clara Obligado ed. lit. 2012

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martin gardella  Ubique en el mapamundi una zona rocosa donde se permita la pesca costera. Consiga una red de deriva con dimensiones suficientes. Embárquese solo, preferentemente en una nave sin motor. Proteja sus oídos con cera marina y no olvide perfumarse con abundante agua de colonia. Al arribar al lugar de la captura, eche a flotar algún objeto dorado como carnada. Mantenga silencio mientras dure la espera. Cuando una cola de pez se sacuda entre las olas, recoja la red en forma suave y envolvente. Es recomendable liberar a su presa en un lugar seguro y retirado. Disfrute de su nueva compañía conforme su voluntad. Mientras la haga sentir a gusto, ella sabrá como satisfacerlo. Pero recuerde: jamás intente fotografiarla. Y, antes que anochezca, regálele el objeto dorado y regrésela al agua.

Martín Gardella
http://livingsintiempo.blogspot.com.es/2012/03/breves-lecciones-para-pescar-una-sirena.html
* a Javier Perucho

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  a_m_SHUA43Un hombre demasiado joven se acerca a una mujer. No sabe todavía qué desea de ella. Quizá solamente eso: estar cerca. Sentir su olor. Mirar detalladamente sus manos, la filigrana de su piel. Tocarla. Comer, con una salsa liviana, un bife de su nalga derecha a la parrilla. 0 pedirle que le preste dinero.

Ana María Shua

Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009

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abraham omar lugo  Érase una vez, una niña rusa, que tenía una niña interior, que tenía una niña interior, que tenía una…

Abraham Omar Lugo

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leon_de_aranoa  Escondía palabras en ella. Las dejaba en cada hueco de su cuerpo, aprovechando sus descuidos. En su pelo escondió Cielo, escondió Urgencia. En la curva pronunciada de sus clavículas escondió Deseo, y Amor bajo el lóbulo de su oreja derecha. Escondió Siempre en su ombligo, y quiso esconder también Ternura, pero no pudo porque su ombligo era pequeño, y tuvo que elegir.
Y escondió Celos en su espalda, entre los omóplatos. Y Piedad bajo el brazo izquierdo. Y Violencia primero, tras los dientes, y después Perdón.
Un día, mientras dormía, en sus manos cerradas escondió Pan y escondió Hijos. En el vello rizado de su pubis escondió Miedo, y escondió Luz en lo más profundo de su sexo, donde, calculó, nunca nadie alcanzaría.
Pensaba que así un día, si alguien ocupaba sus lugares en ella, las encontraría. Y al pronunciarlas en voz alta le recordaría, sin proponérselo, las razones de su amor.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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jorge-luis-borges1  Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.

Jorge Luis Borges

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eduardo berti  Mi existencia es muy curiosa: todo hecho vuelve a sucederme, no importa su relevancia. Condenado a la repetición, espero otra vez los buenos momentos y temo el retorno de aquellas desgracias que he sabido soportar. De mi vida, existe un solo hecho que no se ha repetido: mi nacimiento; aunque me parece recordar otro parto y otro vientre que no es el de mi madre. Pocas veces aguardé en vano que un episodio volviera a ocurrirme. En tales casos, si algo no consigue repetirse, de inmediato descubro mi obtusa confusión: aquel acontecimiento que yo suponía primero renueva, en verdad, algún hecho olvidado. Este texto, por ejemplo, a veces pienso que volveré a escribirlo, otras veces creo que es la copia de otro.

Eduardo Berti
Por favor sea breve 2. Ed. Páginas de espuma. 2009

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