edgar-a-poe   No soporto la idea de que el universo tenga que destruirse cada vez que te marches.

Edgar Allan Poe

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manuel espada   —¡Parad! —gritó Moisés. —¡Hay erratas! ¡Olvidad lo que he dicho! —vociferó para aplacar la tormenta mientras la muchedumbre se masacraba.
El editor del profeta corrigió el texto en la segunda edición. Era demasiado tarde para la Humanidad, pero resultó un negocio redondo para la editorial.

Manuel Espada
http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/search/label/Concurso%20Tormenta

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marieta-alonso   En mi casa hablan todos a la vez, menos yo. Me miran y se .preguntan qué me sucede. Mi hermana sí que habla, ella sí que es de la familia. Comenzó a parlotear con catorce meses y no ha callado. Ellos dudan de si a mí no me cambiaron en Maternidad.
Somos seis, mi padre rozando los sesenta y mi madre los cincuenta, mi hermana con veinte, mi abuelo paterno con noventa, mi abuela materna, no sé, nadie ha logrado conocer su edad; y yo, a punto de salir de la niñez.
Lo de hablar sin parar debe de ser genético. Cada día se genera una tertulia a la hora del café, es una forma de hablar porque lo que es café no se toma, beben licor y otras infusiones. Mis amigas no logran captar todas las conversaciones.
No se explican cómo mi abuelo oye la radio, ve la televisión y lee el periódico sin que ello le impida mandarme quitar el dedo de la nariz.
Mi padre se preocupa por las finanzas, mi madre siempre pendiente del baño limpio, las camas hechas y el menú del día, mi abuelo no quiere llevar bastón, dice que ese artilugio es para viejos, mi abuela va detrás de su dentadura postiza, está convencida que se la escondo yo. En cambio, a mi hermana le preocupa la muerte, todas las mañanas nos despierta por temor a que hayamos fallecido durante la noche. Cada vez que visitamos un pueblo se va al cementerio. Le encanta pasear por entre las tumbas. Allí encuentra la paz. Mi madre consiguió quitarle, con mucho esfuerzo, la manía de visitar tanatorios. Dice que será médico forense. Por eso ha llamado tanto la atención que hoy su tema versara sobre la vida al decir:
—Estoy embarazada.
Y por vez primera en la historia de mi familia se hizo el silencio.

Marieta Alonso Más
Futuro imperfecto.Clara Obligado Ed. lit.- 2012

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jj millas2   Una niña telefoneó a un programa nocturno de la radio. A preguntas de la locutora dijo que tenía diez años y que llamaba desde el teléfono del pasillo de la casa donde veraneaba con sus padres, mientras ellos dormían en la habitación del fondo. Contó que al levantarse a beber agua había descubierto al canario en el fondo de la jaula, con las patas hacia arriba. Tomó el cuerpo del animal para ver si se movía, pero resultó que estaba muerto. Te imaginabas a la niña con el pájaro en una mano y el teléfono en la otra, en medio del silencio de la madrugada, y se te ponían los pelos de punta. Así debía de tenerlos la locutora, que no sabía qué decir.
Finalmente sugirió que despertara a sus padres y les contara lo sucedido, pero la niña dijo que le daba miedo que creyeran que había matado ella al animal, pues siempre le echaban la culpa de todo. Se expresaba de tal forma que la audiencia entera, creo yo, se dio cuenta al instante de que, en efecto, aquella cría acababa de cargarse al canario. La locutora pronunció dos o tres frases atropelladas y dio paso a la publicidad. Yo apagué la radio para no saber qué ocurría a la vuelta y me fui al salón a leer un poco. Lo malo del insomnio, contra lo que muchos creen, no es el hecho de permanecer en vela, sino de lo que te enteras mientras el mundo duerme.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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DiegoGolombek   Le traen el capuccino en un jarrito de vidrio; ella debe estar por llegar en cualquier momento. Él siempre pide el café en vaso, para verlo, para descubrir sus colores, su textura homogénea, su calor. Con el capuccino la espera se le hace menos terrible, y puede imaginar cómo vendrá vestida, cómo será la sonrisa que le dedicará apenas traspuesta la puerta del bar, qué tendrá para contarle. Pone su cabeza a la altura del jarrito y en un solo movimiento abre dos sobres de azúcar y los deja caer desde lo alto, esperando ver cómo penetran el capuccino marrón, grano a grano, como una pequeña revolución centrífuga en un apacible reino color café. Ella seguramente usará sacarina, piensa mientras el azúcar va cayendo por las paredes del jarrito como una lluvia, y él revuelve con la cucharita hasta lograr que la lluvia se convierta en una verdadera tormenta que puede mirar como a través de las paredes de una pecera, granos de azúcar que suben a cada giro y se empecinan en hundirse cuando deja de revolver. Se sorprende pensándose un poco así, un poco tormentoso y obligándose a levantarse a cada sacudida, para después dejarse caer sin nadar, caer hasta el fondo cuando descubre que no vale la pena la superficie, que siempre la corriente lo ata como una piedra. Saborea el último sorbo del capuccino y se convence de que ella no vendrá, como tantas otras tardes, como siempre, como la tormenta que ya pasó y ahora es calma, espantosamente calma. Paga y sale con pasos resignados a la calle en donde todavía brilla el último sol de la tarde.
Diez minutos después ella entra por la puerta y lo busca con la mirada, agitada por la tardanza de siempre, de todas las citas y todas las tardes, y se sienta a esperarlo.

Diego Golombek
Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005

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Enrique Anderson Imbert2   Eurídice soltó un carcajada, retrocedió un paso y se hizo invisible, toda ella menos la mano izquierda. Había transmigrado a un hueco del espacio.
Cuando me repuse del horror le pregunté cómo se sentía. No me respondió. Tomé su mano: tenía el calor de la vida pero estaba inerte. Le puse un lápiz entre los dedos y le acerqué un anotador. Inútil. No trazó ni un palote. Traté de enseñarle el lenguaje digital de los sordomudos. Tampoco pareció entenderme. Junto con la visibilidad había perdido la voz y la inteligencia. Solamente le quedaba la mano. Mano estúpida como una araña, como un cangrejo, pero era la mano de Eurídice, blanca, larga, con uñas que en ese mismo instante seguirían creciendo. Parecía una mano cercenada de un limpio tajo en la muñeca. Los círculos concéntricos de la piel, de la carne, del hueso lucían nítidos como en una muestra en cera para una lección de anatomía; sólo que en los cortes de las venas y arterias la sangre se renovaba. Con la delicadeza de un ciego palpé las formas del aire, más allá del muñón. Agarré a Eurídice de la mano —lo único que no se le había afantasmado—, la conduje al dormitorio y la acosté.
Nuestra vida conyugal continuó siendo satisfactoria. Eché de menos, sí, la coquetería de Eurídice, pero me bastaba con su mórbida languidez. En esas noches yo cerraba los ojos y, con la imaginación, la veía entre mis brazos hermosa como siempre.
Ha pasado el tiempo. Me cuesta recordar cómo era Eurídice. Le miro la mano y me digo: «Esta piel, sin que yo la vea, se está extendiendo por todo el cuerpo, llega a su rostro, ciñe sus facciones». Pero no puedo evocar la cara. Un día de éstos —ya lo estoy temiendo— Eurídice será el resto olvidado de una mano. Entonces la mano será mi mujer.

Enrique Anderson Imbert

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alonso-IbarrolaHuesca   Sonó el teléfono de mi despacho, era Ana. Me causó gran extrañeza porque jamás me había requerido directamente para nada. Era su marido quien trataba siempre conmigo. Una amistad íntima, fraterna, surgida hacía muchos años, que su posterior matrimonio no truncó ni enfrió. Ana estaba nerviosa, excitada… y yo no supe detenerla a tiempo. Tenía necesidad de desahogarse con alguien. Eso supuse al oír sus primeras frases. Luego, la confesión, de improviso, se tornó más íntima, más personal, más alusiva, más directa… ¿Estaba loca? Cuatro hijos a su cuidado y me proponía una huida… “! Compréndelo, Ana! No es posible…”. Pero Ana no quiso comprender nada y colgó. Aquella misma tarde hablé con su marido, le conté todo y no pareció sorprenderse. “Escucha —me dijo—, ¿por qué no aceptas?” Mi asombro fue tan grande que no pude replicar ni decir nada… “Pero si…”. El insistió: “Escúchame con calma. No dramaticemos. Ella necesita una aventura, un escape. Está harta de mí, del hogar, de los hijos… Sus nervios están desechos. Tú eres mi mejor amigo, tengo confianza en ti… Si no fuera así no me atrevería a decirte que, por supuesto, todos los gastos que ocasione vuestro viaje… —por cierto—, ¿a dónde iríais?— los pagaría yo… ¿Qué me dices a esto?”, “No sé balbucí—. Tendré que consultarlo con mi mujer…”

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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shua435   De las cañerías provenía un ruido fuerte y triste al que ella suponía la voz de su marido muerto. Todas las cañerías hacen ruido, argumentaban sus amigos. En todas las cañerías se manifiesta su espíritu, decía ella. Todas las cañerías hacían ruido cuando él estaba entre nosotros, argumentaban sus amigos. Pero solamente ahora me hablan de amor, decía ella.

Ana María Shua
Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005

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ama m shua   De vez en cuando, casi involuntariamente, el bebé muerde el pezón. Después sigue mamando. La madre lanza un breve grito pero inmediatamente recupera su placidez. Aunque progresivamente pálida, debilitada, mamá extraña durante el día a ese bebé gordo y rosado que sólo llega de noche, que se va gateando por el jardín poco antes del amanecer.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

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ana maria shua   Un hombre se tiró por el balcón delante de un grupo de amigos. Uno de ellos alcanzó a sujetarlo de una mano. Haciendo un esfuerzo descomunal, el suicida se izó lo suficiente como para morder la mano que lo sostenía y deslizarse definitivamente hacia el vacío. Esto no es un cuento. Este hombre, que era actor, tuvo el valor de luchar por su propia muerte, pero no el de matarse sin espectadores.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

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