roberto-perinelli   Enterado de que su llegada produce tristeza y melancolía entre las gentes, el Crepúsculo se disfrazó de Amanecer. La Noche, licenciada con el cambio, se tomó descanso en una playa caribeña, tostándose con los rayos de un Sol cada vez más exhausto y desconcertado.

Roberto Perinelli

Comentarios No hay comentarios »

alphonse_daudet_2   A la vez, innumerables compañías de francotiradores se organizaron con gran entusiasmo: “Los hermanos de la muerte”, “Los chacales de la Narboresa”, “Los trabucos del Ródano”. Los había de todos los nombres, de todos los colores, como centáureas en un campo de avena, y llevaban penachos, plumas de gallo, sombreros gigantes, cintos anchos de tras palmos… Para parecer más terribles, los francotiradores se dejaban crecer la barba y los mostachos de tal modo, que en el paseo nadie se reconocía. A lo mejor, de lejos, veíase un bandido de los Abruzzos, que se echaba sobre vosotros, con los mostachos retorcidos como garfios, los ojos llameantes, haciendo un terrible ruido de sables, revólveres y yataganes; y luego, cuando se acercaba, conocíais que era Pegoulade, el recaudador. Otras veces os tropezabais en la escalera con Robinsón Crusoe en persona, con un sombrero puntiagudo, su cuchillo de sierra y un fusil en cada hombro; a fin de cuentas, resultaba ser Costacalde, el armero, que volvía de comer fuera de casa. El caso es que, a fuerza de adoptar aspectos feroces, los tarasconenses acabaron por aterrorizarse unos a otros, y al poco tiempo nadie se atrevía a salir de casa.

Alfonso Daudet

Comentarios No hay comentarios »

ximena-rubio-del-valle  Cansada de encontrarlo al acecho, esperando el menor descanso para abordarme, el mínimo descuido para iniciar el asalto, la más leve pausa para dejarme en pedazos, resolví matarlo.
Disparé hacia donde confluyen los ríos sobre los que él navega; cerré las tomas de aire; corté con navaja todas las vertientes que alimentan su mundo; ahorqué cada uno de los instantes que vivimos juntos; desintegré las partículas de pasión que formaban remolinos de ausencia, y cuando finalmente miré dentro de mí, lo vi al fondo, disfrazado de burla, danzando con sus propias carcajadas.

Ximena Rubio del Valle

Comentarios No hay comentarios »

 sumalavia  Para qué perder tanto tiempo, se dijo el artista, antes de colgar a sus modelos directamente en las paredes de la galería.

Ricardo Sumalavia
Enciclopedia plástica

Comentarios No hay comentarios »

jesus-alonso-ovejero   Qué bueno sería ser ubicuo para estar contigo y al mismo tiempo estar en otro lugar con esa alegría que me entra cuando sé que te voy a ver enseguida.

Jesús Alonso Ovejero

Comentarios No hay comentarios »

adolfo_bioy  El peluquero del club me contaba sus aventuras. Una noche, aprovechando que el marido estaba en el Rosario, salió con la mujer de un verdulero. “Yo era joven, entonces”, explicó, “y de mucho arrastre”. Mirando de lado, hacia arriba, agregó: “Yo era alto” (no aclaró cómo podía ser apreciablemente más alto que ahora). “Fuimos a un baile, lo más paquetones, en el teatro Argentino. Yo era imbatible para el tango y cuando empezamos la primer piecita un malevo con voz ronca me dijo: “Joven, la otra mitad es para mí”. Yo le repliqué en el acto que tomara ahí no más a mi compañera, que yo estaba sinceramente cansado de bailar. Salí del teatro a la disparada, no fuera a incomodarse tamaño malevaje. Al día siguiente la mujer me visitó en la peluquería, que entonces yo tenía por la calle Uspallata al 900, y me prohibió absolutamente que volviera a hacer un papel tan triste en el baile. Otra vez, dormíamos la siesta, lo más juntitos, y tuvimos unas palabras sin importancia. ¿Qué me dice usted cuando lo veo que se levanta de todo su alto, abre el baúl y saca el cuchillo Soligen, para cortar un poco de pan y dulce? Yo lo que menos pensé fue en el pan y en el dulce; caí de rodillas, como un santo, y con lágrimas en los ojos le imploré que no me matara”.

Adolfo Bioy Casares

Comentarios No hay comentarios »

garcia-aviles   Si no hubiera cruzado el paso de cebra con el semáforo en rojo no habría girado por esa calle justo en el momento en el que la señora se puso a gritar como una loca y el chico de las bermudas azules echó a correr con el bolso mientras el guarda jurado del banco de la esquina sacaba su arma reglamentaria, le daba el alto y disparaba al aire primero y, maldita puntería, al frente después, de modo que la segunda bala esquivó a los transeúntes, rebotó contra el buzón de correos y, sin que afectara a órganos vitales ni hubiera que lamentar mayores desgracias, fue a alojárseme de refilón en la pantorrilla.

José Alberto García Avilés
Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005

Comentarios No hay comentarios »

Carmela Greciet   Mi madre me llevó a las rebajas y, después de unas horas siguiéndola, la perdí de vista en la sección Calzados. Pensé en ir al punto de Atención al Cliente, como tantas otras veces, Se ha perdido un niño…, por favor, pasen a recogerlo, pero me contuvo una nueva y liberadora sensación. Que me reclame ella —resonaba en mi cabeza, mientras deambulaba tocándolo todo por Electrónica, Música y Juguetes. A última hora, agotado, me senté en un sofá de la sección de Muebles y con el runrún de fondo de los anuncios de ofertas, me quedé dormido, que me reclame ella…
Aquí sigo. Los dependientes, que son muchos, me alimentan, y por las noches juego a la Play con los guardias jurados. Gano siempre.

Carmela Greciet
Mar de pirañas- Ed.Menoscuarto – 2012

Comentarios No hay comentarios »

ana maria shua 3_b   De la canilla brota un chorro de sangre que no cesa. La visión me tranquiliza: se trata de una pesadilla clásica que no han desechado como tópico ni la literatura ni el cine. Pasados los primeros meses, sin embargo, comienzo a inquietarme. A los dos años emprendo su comercialización a través de una fábrica de embutidos y también como proveedora de clínicas y hospitales. La progresiva anemia de la población favorece mis negocios. A los diez años mis influencias políticas me permiten resistir una investigación ordenada por el consorcio del edificio. Cuarenta años después, rica, anciana y poderosa, accedo al despertar que me devolverá a la pobreza y al agua, pero también a la juventud.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

Comentarios No hay comentarios »

alonso-ibarrola2-300x200  Soy enemigo de la injusticia. Me lo repito todos los días ante el espejo, en el cuarto de baño. Mi protesta ante una situación injusta no tiene límites… Perdón, los tiene. Lo admito noblemente, no soy capaz de arrodillarme en medio de la calle, rociarme con gasolina y prenderme fuego. Soy tímido, vergonzoso y mis alaridos de terror provocarían ciertamente la atención de todos. No me gusta llamar la atención. Hay otras maneras y otras formas. “Clic”, la radio no deja de hablar. Resulta más difícil hacer lo mismo con el televisor. Mi familia protesta. Y entonces ¿qué puede hacer uno? Un amigo mío no soporta que nadie le contradiga. Su negativa la respalda con violentos puñetazos en la mesa, estrella botellas, vasos y platos contra la pared. ¿Sería yo capaz de hacer lo mismo?, me dije un día. ¿Por qué no? Y estrellé una jarra contra la pared. Estábamos todos sentados, ocupando un tresillo y el locutor decía estupideces. Hecha añicos, los cristales se esparcieron por la habitación. “¡Recoge!”, dijo ella, con voz seca y autoritaria. No tuvo la más mínima consideración hacia mi persona, hacia mi dignidad de padre. Delante de nuestros hijos tuve que recoger, uno por uno, todos los trozos de la jarra, arrodillado… Al estirar el brazo para recoger un trozo de cristal alejado, mi hija protestó: “Papá, agacha la cabeza que no me dejas ver…”.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

Comentarios No hay comentarios »

  • ............................................................................................................................................................................. Los derechos de los cuentos publicados en este blog, son propiedad de sus respectivos autores. .............................................................................................................................................................................