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hipolito-gnavarro3  El dinosaurio estaba ya hasta las narices.

Hipólito G. Navarro

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fabian_vique4  Cuando despertó, el dinosaurio le dijo: «Buenos días».

Fabián Vique

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susana revuelta  Me desesperaba que apareciera por casa cuando le daba a ella la gana, sin avisar; así, claro, siempre me cogía desprevenido. Hace apenas unos días descorrió la cortina de la ducha mientras me estaba jabonando, pero al intentar retenerla me sacó burlona la lengua y se escapó; en otra ocasión me pilló friendo unas croquetas y cuando fui a ver qué quería, casi se quedan pegadas a la sartén; anteayer se plantó a mi lado en la ventana mientras tendía la colada y por su culpa se me cayó al patio un calcetín. Muchas noches incluso me he quedado dormido en esta silla frente a la pantalla encendida del ordenador, esperándola. Qué duros estos destierros.
Pero hoy por la tarde me pareció oír un ruido en el pasillo: era ella, que se acercaba de puntillas a mi habitación. Entonces aguardé paciente a que entrara, aporreé con saña el teclado y por fin pude atraparla.
El caso es que ahora, que son ya las cuatro de la madrugada y llevo escritas varias páginas de mi novela, no me atrevo ni a levantarme para ir al baño. No sea que se escabulla otra vez.

Susana Revuelta
http://estelasdetinta.blogspot.com.es/

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gabriel de biurrun  En ocasiones, desde el auto, observo compañía a un lado. Un pájaro. No es siempre el mismo. No puede ser. Por un instante acomoda su aletear secreto al bárbaro petardeo de la máquina. Lo veo por la ventanilla. Es un instante, no más. La memoria se encarga de ralentizarlo, de hacerlo dos instantes, tres; lo que tarda en dibujarse un sueño, lo que tarda uno en darse cuenta de que rueda a velocidad de pájaro.
Pero es un instante, no más. El pájaro no vuela más tiempo junto al auto. No es idiota. Sí es curioso, sin embargo, y quiere saber qué animal viaja en la panza del monstruo; a quién dejará perplejo con la máxima demostración de libertad.

Gabriel de Biurrun

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melanie Taylor  Érase un país de donde exiliaron a los escritores. O quizás fueron ellos los que se autoexiliaron al realizar que sus creaciones, incluso las más descabelladas, se teñían de realidad aún antes de que sus libros salieran de la imprenta. ¡Qué terrible era imaginar una escena y verla como noticia del telediario! ¡Qué imposible cenar cuando el monstruo del cuento se sienta al lado del plato de sopa! Cuando el gobierno anunció una guerra, los escritores soñaron escenas innombrables que no desearon escribir. Huyeron del país escritoras con maletas hechas de retazos de poemas, escritores de barbas grises con historias arrugadas en los bolsillos y jóvenes con la esperanza oculta en la suela de las zapatillas. Todavía quedan algunos escritores. Se sientan a beber café, se ahogan de insomnio y atrapan sus ideas antes de que puedan volar lejos de ellos, las estrujan hasta que quedan hechas menos que sombras, menos que polvo…, nada.

Melanie Taylor
http://nalocos.blogspot.com.es/2013/06/melanie-taylor.html
https://melanietaylorherrera.wordpress.com/

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angel guache2  En los acantilados cercanos bramaba el viento. Se oía el rugido de las olas. Se adensaban las nieblas. Nos habían rogado en tono grave: “No os acerquéis a esos acantilados”. En las proximidades se habían despeñado unos jóvenes. Asomarse era tomar conciencia del abismo. Sabíamos que allí estaba la atracción del precipicio, la flor que crece en las rocas, el corazón abismándose en las aguas. El margen de una vida. A unos pasos, tan sólo a unos pasos, estaba el vacío, esperándonos.

Ángel Guache

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pilar galan5  Así he vivido yo,con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño,sabiendo que jamás me he equivocado en nada,sino en las cosas que yo más quería.
L. Rosales

A la hora en que abren las panaderías, se apagan los neones y se encienden los árboles, con las últimas luces de la madrugada, espantas los fantasmas del pasillo.
No has querido mirarte en el espejo del coche, ni en el del ascensor, ni contemplar siquiera tu reflejo en el mármol ajado del portal, por si acaso cualquiera de ellos te devuelve una imagen exacta de tu ausencia. Sin alzar los ojos, te lavas la cara, te quitas la poca pintura que te queda, sin respirar casi, no vaya a ser que de nuevo, te invadan los olores conocidos.
Porque hueles a él, por qué ocultarlo, a sus manos fuertes, al tabaco que fuma, a su colonia de hombre. Por más que frotes, hay un olor que no puede abandonarte: la herida del deseo insatisfecho.
Él duerme, como siempre, o como siempre también, se hace el dormido.
Te cuelas en tu lado de la cama, tu almohada, el hueco de tu cuerpo, tu mesilla de noche, tus pendientes, los nombres de las cosas conocidas.
Te gustaría despertarlo, comértelo a besos, como antes, abrir tu piel para sus manos amigas. Llorar como un niño que ha hecho travesuras, pedir perdón, que te lo concediera.
Bendita sea tu pureza, y eternamente lo sea, la muda blanca, los baños de los viernes, preguntarle a papá cuándo falló todo, que mamá pasara sus manos por tu pelo.
Pero tienes cuarenta años, un piso a medias, un trabajo, un marido, dos hijos, un híper a la vuelta de la esquina, algún amigo, un amante.
Y un hueco en el estómago que se parece al hambre.
Y dolor al tragar como si tuvieras sed.
Solo que no hay nada en este mundo que calme tu deseo insatisfecho, mientras el reloj se empeña en recordarte que llegará mañana, y aún no estás dormida.

Pilar Galán
Tecleo en vano. Ed. De la Luna libros. Marzo 2014

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ana maria shua  He tenido pesadillas de látex. He sufrido pesadillas de plumas. Sé que ninguna almohada garantiza la calidad de los sueños.

Ana María Shua

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Rene Aviles Fabila 2  El crimen perfecto —dijo a la concurrencia el escritor de novelas policíacas— es aquel donde no hay a quien perseguir,  donde el culpable queda sin castigo; es, desde luego, el suicidio.

René Avilés Fabila

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alzheimers-  Al despertarme, compruebo que el otro lado de la cama está vacío. Cuando no puede conciliar el sueño camina por las mañanas. Vuelve con el pelo graso y revuelto, y de ella mana un olor desagradable, pero siempre llega a tiempo de prepararme el desayuno.
-¡María! -grito.
Miro el despertador. Tarda más de lo habitual. El armario está intacto. Si me hubiera abandonado, se habría llevado algo de ropa. Tampoco ha cogido dinero de mi cartera. La llamo por teléfono y su móvil suena sobre la cómoda.
-No sé qué ponerme -digo-. ¡Cómo voy a ir a la oficina si no sé qué ponerme!
Las ocho en punto. No llegaré a mi hora. Recorro la habitación una y otra vez. En una ocasión golpeo la cama.
-¡Voy a llegar tarde!
Entonces escucho el sonido de la puerta de la calle y poco después aparece ella.
-Me he perdido -dice-. No sé qué me ha pasado, pero de pronto no sabía dónde estaba. Tampoco podía recordar mi nombre. He estado sentada en la acera como una niña, durante varios minutos, intentando recordar cómo me llamo.
Le señalo el despertador con el dedo.
-Llego tarde -le digo, con una calma que me sorprende.
-Te estoy diciendo que he perdido la memoria ¡No recordaba quién era, ni dónde estaba! Era como si nunca hubiera existido. No podía recordar absolutamente nada.
Me levanto y voy hacia ella hasta que mi cara queda a pocos centímetros de la suya.
-No he desayunado y tampoco sé qué ropa ponerme -le digo, apuntándola con el dedo-. Y tú me vienes con que has olvidado tu nombre. Pues bien, quiero que recuerdes que voy a llegar tarde al trabajo por primera vez en mi vida.
Se sienta en la cama y empieza a llorar.
-Podías ducharte -continúo-. Tienes el pelo grasiento y hueles a vinagre. Es un olor que me repugna. Pareces una salvaje.
Saca un pañuelo del bolsillo y se suena la nariz.
-Ya tengo bastante con tu aspecto y con tu olor como para tener que escuchar tus narices -añado-. ¡Compórtate como una mujer!
Se levanta y abre el armario. Saca uno de los trajes y lo tiende sobre la cama, luego extrae la muda de un cajón y la deja al lado. Los zapatos están debajo de la cama.
-No has limpiado los zapatos -le digo-. Tienen manchas aquí.
Ella los mira, va hacia la cocina, trae un paño con betún y quita las manchas. Mientras me visto prepara el desayuno. Me lo tomo a regañadientes.
-¡Voy a llegar tarde! -digo-. Que sea la última vez que me levanto y no estás en casa.
Al salir me doy el gusto de cerrar con un portazo. Es la primera vez que llego tarde en treinta años y ella llora porque ha olvidado quién es. Como si olvidarse de uno mismo fuera una tragedia.

José Carrasco
Futuro imperfecto.Clara Obligado ed. lit. 2012
Ilustración: http://www.meedicina.com/etiquetas/alzheimer/

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