Te quedaste quieto mientras el grupo esperaba tu reacción al anzuelo recién lanzado. “Sí, yo duermo con ella hoy”; y te pareció increíble la anuencia de los adultos, sin bromas maliciosas de tus primos.
En la cima del volcán la noche se fabrica de silencio. Cuando al fin se callan las canciones y la hoguera no crepita, el silencio crea oscuridad y frío. Bosque y estrellas mudos, cabaña muda. Tú mismo enmudecido y rígido en el catre junto a su cuerpo maduro de quinceañera.
Te quedaste quieto al sentir sus dedos buscando tu bragueta, insoportablemente enamorado, disimulador experto. Tenías su carne morena ofrecida a tus manos, la cercanía de su rostro, y cerrados los ojazos negros que siempre evadiste al conversar, y te quedaste quieto. Ella hizo de ti lo que quiso mientras ni una de tus yemas acarició sus pezones. Estabas paralizado por el ardor de cumplir tus gastadas fantasías de darle un beso en sus labios carnosos, “tus gastadas fantasías” así lo dijiste quince años después en un lapsus poético, pero aquella noche ni la boca de tus amores logró hacerte eyacular. El mínimo ruido les hubiera traído la mañana.

Yunuén Rodríguez
http://yunrodriguez.blogspot.com.es/

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    Cuenta la leyenda que en la tierra existía un hombre que amaba obsesivamente las palabras. Las pensaba, las decía, las olía en esporas de polvo. De noche tras horas de desvelo las leía en sombras, traduciéndolas luego al papel. Eran su alimento. Como todo enamorado, sospechaba en momentos el desaire de su amante y sufría en continuos insomnios. Ante tal incertidumbre, la musa decidió darle muestra de su recíproca fidelidad.
Y fue así que durante el danzar efímero del fuego de una vela, el mortal, que buscaba en la profundidad del espejo, vio el lento transmutar de su semblante, alargándose la nariz hasta formar una detallada Jota, los rizos de su cabeza se cubrieron de Eses y Zetas, su tronco adelgazó en una enorme Te; brazos y piernas fueron reemplazadas por Pes y Bes, una U cubrió sus labios, y a sus ojos As redondas que desprendían suavemente alegres gotas saladas desde su palito.
Desde entonces los hombres amanecen con residuos en los lagrimales, y al no saber por qué, atribuyen falsamente el hecho a meros procesos químicos.

Rosa Razo González

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    El incendio se propagó rápidamente por todo el inmueble, uno de los más altos de la ciudad. Acudieron los bomberos, pero sus esfuerzos por dominar las llamas resultaban inútiles. Casi todos los ocupantes del edificio ascendieron a la azotea. A través de los megáfonos se les advirtió que tuvieran paciencia y aguardaran a que la lona estuviera dispuesta, ya que las escaleras de salvamento no alcanzaban semejante altura. Algunos, semiasfixiados por el humo y no pudiendo contener sus nervios, se lanzaron al vacío, estrellándose contra el suelo, ante la horrorizada mirada de millares de transeúntes curiosos, que se arremolinaban en torno al edificio. Finalmente se tendió una lona, sostenida por medio centenar de bomberos. Algunos caían sobre la lona, pero otros no… Un concejal, nostálgico, a propósito de lo que estaba viendo, comentaba a un colega el espectáculo que ofrecen en México unos mestizos que se arrojan al mar, entre las rocas, desde una impresionante altura, ante la curiosidad de los turistas, sin sufrir percance alguno. “Todo es cuestión de entrenamiento”, afirmó.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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    La prostituta ha decidido dejar la calle y buscar un trabajo digno. Por recomendación de una persona caritativa, se dirige a la oficina de colocación laboral. La recibe un secretario con un traje barato y corbata oscura. Impresionado por su decisión y su belleza, le aconseja pensarlo antes de precipitarse. Todavía es joven y goza de buena salud. Llaman por el interfono al secretario, que acude al despacho del director. Le explica el caso de la prostituta. «Envíemela: veré qué puedo hacer por ella», le dice. Una hora después, el director y la mujer abandonan la oficina en el coche oficial. ¿Acaso hacia una nueva vida?

José Alberto García Avilés
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

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    Me desprendo del brazo, salgo a la calle. En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna. La luna tiene dos noches de edad. Yo, una.

Eduardo Galeano

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    Ser Alicia y Conejo y perseguirse por túneles variados y encontrarse y fundirse iniciar la mitosis dividirse ser Alicia y Conejo perseguirse.

Ana María Shua

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    En su lecho de muerte, el moribundo tiene miedo a morir. Lo han conectado a una máquina que muestra, en una pequeña pantalla de color negro, su ritmo cardíaco en finos y fugaces trazos verdes. Parece su propio corazón subiendo y bajando montañas de vértigo con una agilidad inusitada. Es un pensamiento que debería confortarle en este trance tan delicado, pero no es así: se muere y punto. La ruptura con todo lo que le rodea es inminente e inevitable. Pronto dejará de estar presente y se convertirá en un frío dato para la estadística. Eso le entristece hasta tal punto que intenta desesperadamente ver el lado bueno de las cosas. Si después de la muerte no hay nada, es que no hay nada de qué preocuparse. Como tampoco le preocupan los miles de millones de años que han transcurrido antes de que él viniera a este mundo. Dentro de poco conocerá un nuevo orden, con reglas diferentes, aunque se limite a formar parte del polvo interestelar. No suena muy halagüeño, es verdad, pero también es cierto que su existencia en la Tierra no sólo ha pasado inadvertida para el universo exterior, sino incluso para los vecinos de su calle. Esto último le hace sonreír y por primera vez emite una sonora carcajada, que precipita su corazón desde lo alto de las escarpadas cumbres que aparecen en el monitor. Aunque cada vez se distancian más, como si fueran las estribaciones de una cordillera. Se ondulan y se hacen pequeñas, hasta desembocar en un valle aparentemente desértico, una línea infinita e inalterable, con forma de pista de aterrizaje, o de despegue.

Pedro Herrero
http://humormio.blogspot.com.es/search/label/D

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    De niño me perfeccioné en la crianza de gusanos de seda. Llegados los primeros calores primaverales, el patio del colegio se transformaba en un zoco oriental donde los chicos traficábamos con hojas de morera. Muchos se afanaban en alimentar a aquellas larvas diminutas, pero eran pocos los que perseveraban y menos aún quienes alcanzaban a ver el lento y voraz crecimiento del gusano, su misteriosa hilatura, de la que emergía, al cabo de un tiempo, el prodigio nocturno de la crisálida, luego el revoloteo de su apareamiento, la apremiante puesta de huevos que tapizaba las paredes y por último la muerte, sobrevenida sin estertores en la noche sencilla. Yo supe muy pronto que el mundo de un escritor cabe en una caja de zapatos.

Juan Gracia Armendáriz
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

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    Mientras cabalgo sobre mi esposo, escarbo en las filigranas del cabecero y busco tras los pliegues de las cortinas. «Oh sí, mi amor sí», hurgo en los cajones, indago en el joyero, miro bajo las alfombras. «Oh sí, mi amor sí», sigo buscando, me estiro, alcanzo la puerta, me rompo, me desintegro, mi mano sale disparada del dormitorio, corre a gatas por el pasillo, entra en la cocina, abre la nevera y entonces sí, «oh sí, mi amor sí», acaricia quién sabe qué, lichis de Madagascar, frutas exóticas, mermelada de maracuyá. «¡Ah!»

Isabel González
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

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    Había tantos niños en el parque que volví a casa con uno que no era elmío. Éste traía a un padre de la mano y un par de palomas pegadas a las migas de la cazadora. Entre baños y prisas cuando me quise dar cuenta ya era tarde, una se encariña enseguida y además este crío dormía mejor que el mío. El padre cocinaba, hacía unos masajes de pies que me quitaban los atisbos incómodos de la conciencia y las dos palomas, instaladas junto a los geranios, cagaban sin cesar a la vecina antipática del tercero. La situación era perfecta, ellos no parecían haber cambiado de madre y daban a la vida un aspecto de continuidad natural y desenvuelta. Tanto, que me pareció extraño, pero cuando quise volver al parque para dejarlos de nuevo en su sitio no hubo forma de darles esquinazo. Ni ese día, ni los siguientes, y así llevamos quince años.

María Fraile
http://mariafraile75.blogspot.com.es/2016/01/parques-que-lugares.html

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