Con los ahorros de toda una vida trabajando en Ámsterdam se construyeron una casa en su aldea de los Montes de Toledo. Cuando se jubilaron se fueron a vivir en ella y conservan una mezcla de costumbres. Él, vigilante, se sienta a la puerta en una silla de nea y toma el fresco. Ella, en la ventana, rememora la vida allí.

Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2017/09/raices-y-costumbres.html

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  La muerte llegó sin utilizar la puertecita del jardín, por donde el poeta entraba en su casa a huéspedes especiales. Eligió la ventana para penetrar en la biblioteca. Los árboles del jardín eran la vida del escritor.
Bueno…-dijo la muerte.
¡Bueno! -respondió el poeta pero, antes, permíteme despedirme de mis guayacanes.
¿Guayacanes? -preguntó la muerte, y acompañó al poeta hasta el jardín, donde tres frondosos guayacanes, cargados de flores lilas, amarillas y rosadas, eran la fiesta de aquel lugar.
Son lo único que extrañaré -admitió el poeta. Y agregó, señalándolos:
¿Habrá algo parecido… allí?
Varias flores cayeron sobre la muerte.
Creo que no- respondió ella con desconsuelo- ¡Son hermosos! Nunca me los mostraron.
El suelo estaba tapizado de flores y cada instante, descendiendo en espiral, caían más a su lado, llevándolas y trayéndolas el viento.¿Verdad que sí?…Y, además de esto, espera a que se llenen de aves- advirtió el poeta.
Entonces, la muerte, ya sin prisa, lo invitó a sentarse bajo uno de ellos.

Umberto Senegal

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  “Lo típico”, acerté a responder cuando Eva me preguntó en el recreo que qué me habían traído los Reyes. Por suerte a ella los Magos le habían puesto un movil de última-nueva-súper-mega generación que la tenía bastante entretenida y no pidió muchas mas explicaciones. “Lo típico”. Se me escapó una sonrisa. Aquellas Navidades habían sido de todo menos típicas:
Después de dos años viéndose a escondidas, que ella cree que no, pero yo sé que si, mamá pensó que la cena de Nochebuena era el momento indicado para presentar a la familia a su novio Eduardo que llegó sonriente y ya nunca mas se fue. El que retiró mas temprano de lo normal aquella noche fue el tío Gerardo. Cuando fui a buscar la bandeja de los turrones a la cocina escuché a tía Berta decirle a mamá, “de saber que Eduardo era el antídoto contra el cuñadisimo, te lo hubieras traído antes”. Ambas se rieron.
Eduardo es médico pero no tiene trabajo así que desde Nochebuena ha tomado el mando de la casa. Cocina medio bien y hace un chocolate exquisito con una pizquina de sal con el que Martina se relame. Y él sonríe al verla disfrutar. Es un año y dos meses mayor que mamá pero no lo parece y menos cuando sonríe. Yo no le creía la edad hasta que me enseñó el pasaporte.
-¿Ves? 16 de julio de 1969″.
-Jo, pues pareces mas joven.
-Gracias… Muchas gracias, pero esto último no hace falta que se lo digas a tu madre.
Y vuelve a sonreír, reímos los dos.
Me cae bien porque canta mientras cocina, porque tiene a mamá entretenida y por su sonrisa enorme. A mamá… bueno ya os podéis imaginar a mamá lo bien que le cae Eduardo.
Y Martina… La verdad es que Martina está encantada porque cree que desde Nochebuena vive con nosotras en casa el Rey Baltasar.

Aitana Castaño Díaz
http://sairutsa.blogspot.com.es/2016/01/lo-tipico.html

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  Existe un frío brillante que se da algunos días de invierno. El sol está fuera y se aprecia su tacto, pero el aire helado y la temperatura, que pende de una nube para caer con escándalo, rompen toda la mañana limpia. Desde la casa se ve en la lejanía la Sierra; en días claros como éste uno parece volar por los valles, ríos y tierras que transcurren veloces hasta esa serranía que revienta enorme el horizonte. Así es la mañana; y el niño llega y encuentra a su caballo bregando con la muerte, tumbado y el costillar señalado como en un barco podrido de la marisma. El padre no habla, saca su escopeta y le pega un tiro en la frente tranquila, dura, y suena el eco como cayendo por la finca, tan alta, como rodando hasta el río que yace en la vaguada. El niño mira la casa, mira el enorme pino; todo es paz, la sombra mecida de los almendros se mueve sobre los surcos del terruño arado. Ahora hay silencio y ese sol leve, casi muerto pero luminoso, como si fuera el resto de una explosión lenta. El niño se pregunta todo, nada contesta. Entonces se va al coche y pone la radio, buscando entretener su aliento… Volverá años más tarde a la casa del pino y pensará en su caballo… y en su padre.

Francisco Silvera

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  Tras un tiempo en el paro fue lo único que encontró: aplaudidor. Jornada completa, disponibilidad absoluta. El salario era bueno y la Empresa se encargaba del transporte. El trabajo era sencillo: aplaudir, reír, levantarse, sentarse, gritar. Actos simples a indicaciones del regidor.
Entre platós pasó los años y las décadas y se convirtió en un verdadero profesional: un aplaudidor frío, aséptico, entregado a la causa. Ocultaba su pasado anterior a la Empresa. Si algún nostálgico le preguntaba, mentía. Aquel ser que entretejía utopías colectivas le parecía tan ajeno como un mal sueño, un pasado del que arrepentirse. La Empresa le había dado un motivo para vivir, un papel que cumplir en su tiempo y su espacio. Por eso cuando lo ascendieron a regidor se sintió orgulloso: después de tantos aplausos al final era él quien daba las órdenes.
El día del incidente, por fin, devolvió a la Empresa la confianza mostrada. Durante la entrevista semanal al presidente, tras él indicar aplausos, un joven aplaudidor había permanecido impasible. Un primer plano de público febril ante la locuacidad del mandatario y él sentado sin mover un músculo. Pero anduvo rápido: llamó a seguridad, que inmediatamente comenzó a golpear al joven con sus porras. Acabó cayendo al suelo, pero él ordenó con un ademán que los guardias siguieran con su labor. Mientras, el resto de aplaudidores permanecían impasibles, quietos. Los telespectadores miraban desde casa, inquietos. Y aún con miles, millones de ojos sobre sí, miró a su alrededor y ordenó, decidido, “¡qué continúe el espectáculo!”. Y todos, aplaudidores, espectadores y hasta el propio presidente, cumplieron con lo que les pedía. El júbilo desbordó el plató, las casas, las calles y las ciudades. Él, por su parte, sonrió como los héroes orgullosos por el deber cumplido.

Juan Darias

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  Al llegar a casa, ella se sienta en su vieja mecedora, y se balancea suavemente. Los cuadros están todos descolgados, las paredes extrañamente desnudas, todos los cajones abiertos, como si alguien los hubiera estado registrando. A la cocina no quiere ni asomarse, pero puede ver, por la puerta abierta, los cubiertos esparcidos, los cajones desordenados, y el viejo mantel rojo abierto sobre el suelo.
Acaba de incinerar a su esposo. Veinte años bajo el mismo techo. Sólo un hijo. Y muchos recuerdos que ahora parecen querer salir todos a la vez. La ceremonia ha sido breve, concisa. Poemas de Keats y música de The Doors de fondo. Mientras recuerda la cronología de lo acaecido, piensa en cada palabra, cada abrazo, la emoción flotando como un viejo duende que atenaza la voz. Trata de relajarse, pese al desorden reinante, pese a lo acontecido en su ausencia. El balanceo es rítmico, suave, mientras los ojos parecen querer cerrarse. Al final de la ceremonia algunos quieren acompañarla a casa, pero ella no deja que eso ocurra. Prefiere estar sola, con sus pensamientos, sus temores, sus ilusiones. Y con la urna de cenizas. Solos de nuevo.
Ella, por primera vez, esboza una ligera sonrisa. En el contestador hay un par de mensajes, el piloto rojo parpadea. Decide pulsar el botón. Escucha indiferente el primero de ellos. El segundo es de una voz que amplía su sonrisa: ¿Nos vemos esta noche, donde siempre, a las nueve? Igual estás demasiado cansada, lo entendería perfectamente.
Ha dejado de mecerse. Se levanta y sube a su habitación. Abre el armario y saca vestidos que apenas se ha puesto. Prendas alegres, de colores vivos, llamativos. Elige uno. Se quita las prendas negras que cubren su cuerpo, y en su desnudez, frente al espejo, comprueba que aún se siente viva, joven. Elige un vestido de color fucsia y blanco y selo pone, hasta que queda ceñido, ajustado a cada curva. Se calza unos zapatos de tacón no muy alto. Mientras termina de acicalarse le entra una duda: la urna con las cenizas. No quiere dejarla sola, aunque tampoco puede llevársela. Sin pensarlo dos veces, en un acto repentino, coge la urna, se la lleva hasta el cuarto de baño y, tras darle un último beso, la vacía en la bañera. Echa un poco de agua hasta que toda la ceniza desaparece, desagüe abajo.
Últimos retoques, y se lanza a la calle. En el primer local que entra, pide una copa. Y entonces no puede dejar de oír un extraño ruido que crece pero que solo ella parece escuchar. Un sonido por las tuberías y bajantes del local, un movimiento inusual, como si alguien tratara de liberarse de los tubos de pvc, como si quisiera, de nuevo, revolverlo todo, hacer daño.

Antonio Luis Ginés

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  Lo siento moverse en su elemento líquido, chocando contra las paredes que le cierran el paso y tengo la confirmación de que se trata de un pez, un gran pez escamoso con doble hilera de dientes que crece inmoderadamente en mi vientre, un pez que pariré cerca del mar porque su felicidad (la de mi hijo) es más importante que la mía, la que su proximidad (un gran acuario de cristal) podría darme.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

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  Para dormir cómoda, me despojo de todo lo superfluo. Sentada en el borde de la cama me quito lentamente la ropa. Dejo caer los brazos, que se estiran sobre la alfombra como gruesas serpientes. Con un movimiento brusco me desprendo de las piernas y sacudiendo la cabeza hago volar mis facciones (ojos, boca, nariz) por todos los rincones de la habitación. Y continúo, hasta que no queda entre las sábanas más que mi sexo, que de todas maneras nunca duerme.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

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 Para los vampiros golosos, mujeres gordas, lánguidas, diabéticas, con cuello de Modigliani. Para vampiros francamente perversos, bestialistas, juguetonas jirafas. Para vampiros que se complacen en su propio sufrimiento, ciertas botellas de vidrio, importadas de Italia (en las que el vino ha sido reemplazado), cuyos cuellos estallan al ser mordidos con gozoso dolor.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Casa de Geishas Ed. Páginas de Espuma.2009

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  Detrás de una puerta cerrada es posible encontrar los más inverosímiles horrores y también extraordinarias formas de la felicidad. Cuando la puerta se abre, el número de posibilidades, que era infinito, se reduce a uno y entramos, por ejemplo, en un baño (es lo más común) o en nuestro propio dormitorio. Y cómo probar que esa realidad que se alza sólidamente ante nuestros ojos es la misma que nos aguardaba, agazapada, cuando estábamos tan cerca pero fuera de ella, detrás de esa puerta que volveremos a cerrar al salir para permitir una vez más el auge y la decadencia de los innumerables universos.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

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