Hemeroteca del Autor

  Un estudiante alemán va una noche a un baile. En él descubre a una joven, muy bella, de cabellos muy oscuros, de tez muy pálida. En torno a su largo cuello, una delgada cinta negra, con un nudito. El estudiante baila toda la noche con ella.
Al amanecer, la lleva a su buhardilla. Cuando comienza a desnudarla, la joven le dice, implorándole, que no le quite la cinta que lleva en torno al cuello. La tiene completamente desnuda en sus brazos con su cintila puesta. Se aman; y después se duermen.
Cuando el estudiante se despierta el primero, mira, colocado sobre el almohadón blanco, el rostro dormido de la joven que sigue llevando su cinta negra en torno al cuello. Con gesto preciso deshace el nudo. Y la cabeza de la joven rueda por la tierra.

Kostas Axelos

Comentarios No hay comentarios »

  —¿Té o café?—preguntó la anfitriona.
Me gustan ambas cosas y aquí me obligaban a elegir. Eso quería decir que pretendían escatimar el café o el té.
Soy bien educado, de modo que no di muestras de cómo me asqueaba semejante tacañería. Justamente estaba ocupado conversando con el profesor, mi vecino de mesa, a quien estaba convenciendo de la superioridad del idealismo sobre el materialismo, y fingí no haber oído la pregunta.
—Té—contestó el profesor sin vacilar. Naturalmente, ese animal era un materialista e iba directo a atracarse.
—¿Y usted?—se dirigió a mí.
—Disculpe, tengo que salir.
Dejé la servilleta y fui al servicio. No tenía ninguna necesidad de hacerlo, pero quería reflexionar y ganar tiempo.
Si me decido por el café, perderé el té, y viceversa.
Si los hombres nacen libres e iguales, pues el café y el té también. Si escojo el té, el café se sentirá menospreciado, y viceversa. Semejante violación del Derecho Natural del café o del té es contraria a mi sentido de la justicia como Categoría Superior.
Pero no podía quedarme en el servicio eternamente, aunque sólo fuera porque no era la Idea Pura del Servicio, sino un servicio concreto, es decir, un servicio normal y corriente con azulejos. Cuando volví al comedor, todo el mundo estaba ya bebiendo el té o el café. Era evidente que se habían olvidado de mí.
Aquello me tocó en lo más vivo. Ninguna atención, ningún miramiento para con el individuo. No hay nada que deteste más que una sociedad desalmada, así que fui corriendo a la cocina a reivindicar los Derechos Humanos. Al ver encima de la mesa un samovar con té y una cafetera, me acordé de que aún no había resuelto mi dilema inicial: té o café, o bien café o té. Por supuesto, era preciso exigir las dos cosas en lugar de aceptar la necesidad de una elección. Sin embargo, no sólo soy bien educado sino también delicado por naturaleza. De modo que dije con amabilidad a la anfitriona, que trajinaba en la cocina:
—Mitad y mitad, por favor.
Luego grité:
—¡Y una cerveza!

Slawomir Mrozek

Comentarios No hay comentarios »

  Julio César Puppo, llamado El Hachero, y Alfredo Gravina, se encontraron al anochecer, en un café del barrio de Villa Dolores. Así, por casualidad, descubrieron que eran vecinos:
—Tan cerquita y sin saberlo.
Se ofrecieron una copa, y otra.
—Se te ve muy bien.
—No te vayas a creer.
Y pasaron unas pocas horas y unas muchas copas hablando del tiempo loco y de lo cara que está la vida, de los amigos perdidos y los lugares que ya no están, memorias de los años mozos:
—¿Te acordás?
—Si me acordaré.
Cuando por fin el café cerró sus puertas, Gravina acompañó al Hachero hasta la puerta de su casa. Pero después el Hachero quiso retribuir:
—Te acompaño.
—No te molestes.
—Faltaba más.
Y en ese vaivén se pasaron toda la noche. A veces se detenían, a causa de algún súbito recuerdo o porque la estabilidad dejaba bastante que desear, pero en seguida volvían al ir y venir de esquina a esquina, de la casa de uno a la casa del otro, de una a otra puerta, como traídos y llevados por un péndulo invisible, queriéndose sin decirlo y abrazándose sin tocarse.

Eduardo Galeano

Comentarios No hay comentarios »

  Los sacerdotes no peinan ni cortan sus cabellos, que caen grasientos, en mechones pegoteados por la sangre de los sacrificios.
Los sacerdotes han transmitido, de generación en generación, la profecía sobre los dioses barbudos que vendrán desde el Naciente para apoderarse del reino y señorearlo.
Los sacerdotes están arrepentidos. Ahora niegan la leyenda o vuelven a contarla de otro modo, buscando nuevas interpretaciones.
Sólo Cortés y su gente creen en esta nueva versión, tanto más aproximada a la idea que tienen de sí mismos, pero no parecen dispuestos a persuadir a los aztecas.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

Comentarios No hay comentarios »

  La casita del guardagujas está junto a la línea férrea, al pie de una montaña tan empinada que sólo algunos árboles especiales pueden escalonar a gatas, aferrándose con sus raíces afiladas, agarrándose a los terrones hasta llegar a la cumbre.
La casita de madera desvencijada a causa del estremecimiento constante y los fragores. La casita pequeña en un terraplén de veinte metros junto a tres líneas. Allí vive el guardagujas con su mujer, contemplando pasar los trenes cargados de fantasmas que van de ciudad a ciudad. Cientos de trenes, trenes del norte al sur y trenes del sur al norte. Todos los días, todas las semanas, todo el año. Miles de trenes con millones de fantasmas, haciendo crujir los huesos de la montaña. La mujer, como buena mujer, le ayuda a enhebrar los trenes por el justo camino. La responsabilidad de tantas vidas satisfechas les ha puesto un gesto trágico en el rostro. Apenas si pueden sonreír cuando se quedan como suspendidos mirando a su pequeña, una criatura de tres años, graciosa, delicada, con gestos de flor y de paloma.
Pasan los trenes con el fragor de hierros y largos metales arrastrados de toda una ciudad que soltara sus amarras, de tantos fantasmas desencadenados y ebrios de libertad.
La hija del guardagujas juega entre los trenes de su montaña con una confianza aterradora. Ignora que los niños ricos de la ciudad se entretienen con unos trenes pequeñitos como ratones sobre rieles de lata. Ella posee los trenes más grandes del mundo… y ya empieza a mirarlos con desprecio.
Es un encanto de niñita. Viva, despreocupada, suelta como si no quisiera apegarse a nadie. Se diría que un tren la arrojó allí al pasar como por casualidad. En cambio sus padres viven pendientes de ella, la contemplan, mientras todavía es tiempo, la miman, la adoran.
Ellos saben que un día la va a matar un tren.

Vicente Huidobro

Comentarios No hay comentarios »

  Nuestras dos compañeras llevan varios días amándose en las cocinas del Local y no dan señales de vida. Estamos tranquilos, y a la vez algo inquietos, porque en la cocina hay comida para varias semanas.
Nada más concluir los arreglos de la caseta del huerto, hemos ido a conversar con las amantes. Les hemos dicho a través de la puerta que ya estaba acondicionada la caseta y que podían trasladarse allí cuando quisieran. No se oía nada al otro lado del tabique. Les hemos comentado que en la caseta del huerto había ahora mantas, colchones, almohadas y una despensa. Que no la iban a conocer de lo preciosa que estaba. No han dicho nada, pero se oía algún movimiento.
Desde el otro lado de la puerta, las amantes han preguntado a voces si había calefacción en la caseta del huerto. Les hemos respondido que todavía no. Que conseguiríamos la estufa la semana que viene. Las amantes han dicho que no creen en la semana que viene.
Hasta nuevo aviso, seguiremos repartiendo las meriendas vecinales en la sala de baile.

Víctor García Antón
Volanderas. Ed Tres Rosas Amarillas.2014

Comentarios No hay comentarios »

 Se dedicó a dormir lo más que pudo. Desde al principio había descubierto, que el que está dormido no está preso.

Carol Yépez

Comentarios No hay comentarios »

  Gregor Samsa no soportó ver cómo, en un mercado de Shanghai, la gente comía escarabajos rebozados y fritos en aceite de soja. Tuvo que escapar corriendo hacia su hotel, donde no pudo reprimir el vómito. Eso ocurrió mucho antes de su transformación.

Ana Tapia

Comentarios No hay comentarios »

  Enrique Buenaventura estaba bebiendo ron en una taberna de Cali, cuando un desconocido se acercó a la mesa. El hombre se presentó, era de oficio albañil, a sus órdenes, para servirlo:
Necesito que me escriba una carta. Una carta de amor.
¿Yo?
Me han dicho que usted puede.
Enrique no era especialista, pero hinchó el pecho. El albañil aclaró que él no era analfabeto:
Yo puedo escribir. Pero una carta así, no puedo.
¿Y para quién es la carta?
Para… ella.
¿Y usted qué quiere decirle?
Si lo sé, no le pido.
Enrique se rascó la cabeza.
Esa noche, puso manos a la obra.
Al día siguiente, el albañil leyó la carta:
Eso ­dijo, y le brillaron los ojos­. Eso era. Pero yo no sabía que era eso lo que yo quería decir.

Eduardo Galeano

Comentarios No hay comentarios »

El mundo está lleno de tipos así. Usa el pelo largo y canoso como un hippy viejo o un linyera. No tiene familia. Le faltan dientes. Si Jesús hubiera llegado soltero a los cincuenta, se parecería a él. De vez en cuando los muchachos le pagan un vino para escucharlo hablar en arameo. El problema es el barrio, la solidaridad de esquina. El día de Nochebuena se esconde para evitar que le festejen el cumpleaños en vez de crucificarlo decentemente, como a otros más afortunados.

Ana María Shua

Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005

Comentarios No hay comentarios »