Hemeroteca de la sección “Martín Gardella”

    En horas de luz, simula estar dormido sobre el piso del salón. Por las noches, se levanta sigilosamente y sale a devorar algún cazador.

Martín Gardella

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    Ella escoge a sus víctimas en una discoteca del conurbano. Los atrae con un perfume dulce que les hace perder el juicio y enseguida los invita a conocer su casa. Allí disfruta del sabor de sus besos desmedidos, del roce con sus pieles transpiradas, de la tibieza de los fluidos y los resuellos sobre la almohada. Para el final, siempre tiene listo un champagne frío en la cocina, y un pozo abierto en el jardín del fondo del tamaño suficiente para sepultar sus huesos.

Martín Gardella

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   –¡Él me golpeó primero, mamá! –argumentaba Caín.

Martín Gardella

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   Una llamativa publicidad ofrecía una solución para escritores carentes de imaginación. Por unos pocos pesos, se recibía una encomienda por correo postal. “Para poder escribir una buena historia, nada mejor que vivirla”, era el lema del producto. El escritor quiso probar.
Al abrir el paquete, encontró simplemente un frasco de pastillas anaranjadas. Se sentó frente al computador y escribió el título de un cuento como disparador. Apenas ingirió una de las píldoras, comenzó a visualizar una historia inspirada en ese encabezado. Así, en sólo dos días, pudo escribir tantos relatos como pastillas tenía el frasco. Agotado, observó con satisfacción el envase vacío. Aún faltaba una historia increíble. La tituló “Un paseo por la muerte”, y engulló nervioso la última cápsula.

Martín Gardella

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    Cuando dijo que la amaba tanto como para pasar el resto de su vida con ella, la mujer le planteó un desafío para comprobarlo. Lo observaría comportarse durante todo un día. Cada vez que él hiciera algo que a ella le agradaba, trazaría un corazón en un anotador. En cambio, si él actuaba de manera negativa, ella iba a dibujar una pequeña calavera. Al otro día, contarían los corazoncitos y las calaveritas y, dependiendo de cual fuera el símbolo más repetido, ella tendría una respuesta.
A la mañana siguiente, él logró el primer corazón por llevarle el desayuno a la cama. Pero olvidó que ella prefería edulcorante en vez del azúcar, y sumó también así su primera calavera. Más tarde, la invitó al cine y le regaló un vestido que ella ansiaba. Pero también cometió algunos errores, como olvidar levantar los platos de la mesa o arrojar sus medias al costado de la cama.
Al anochecer, en el anotador había ocho corazoncitos e igual cantidad de calaveras. Todo indicaba que la prueba terminaría en paridad. Quizás por eso, aquella noche, él se fue a dormir nervioso. Y, cuando eso ocurre, es normal que él haga ruidos molestos durante el sueño. Y ella odia los ronquidos.
Él lo supo al día siguiente, al encontrar el anotador con nueve calaveritas sobre la mesa de luz. Afuera, ella se alejaba para siempre en un coche repleto de valijas. En el asiento trasero, sus hijos en común lloraban por no haber podido siquiera despedirse.

Martín Gardella

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   Todo comenzó un domingo a las nueve de la mañana, con la inesperada muerte de mi vecino, después de una enérgica discusión por el alto volumen de la música. Una señora chismosa presenció cómo él se desplomaba frente a mí sin oponer resistencia. Aunque traté de explicarle que había sido un accidente, ella comenzó a gritarme todo tipo de improperios, tan excesivos como imperdonables. No me dejó, entonces, más remedio que matarla, ya que una testigo confundida sólo hubiera empeorado el asunto.
Apesadumbrado, fui corriendo a ver al cura párroco, creyendo que la confesión me ayudaría a aliviar el peso de mi conciencia. El sacerdote me escuchó en silencio, pero luego tuvo la desafortunada idea de decirme que yo estaba enfermo, que debía visitar a un psiquiatra, que esos pecados eran muy graves. Me pareció exagerada su reacción frente a una simple cadena de accidentes. Por las dudas, decidí asfixiarlo dentro del confesionario. No fuera a ser que su manía por cumplir el octavo mandamiento me terminara ocasionando algún problema.
Es por eso que vine a consultarlo, doctor. Quizás usted pueda recetarme algún calmante o indicarme un tratamiento. Pero luego entenderá que deberé matarlo. No confío en el secreto profesional. Y ya sabe que prefiero no tener testigos.

Martín Gardella

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    La mujer hermosa llega, sin saberlo, hasta un hotel plagado de monstruos. El lugar se ve muy diferente al sitio acogedor que mostraban las borrosas fotografías del folleto. Sospecha que sucede algo raro cuando nota que el único ser viviente que le da la bienvenida es un gato tuerto que la observa desde un viejo sofá orejero. Mientras espera ser atendida, recorre la recepción con su mirada. Piensa que la decoración es absurda, que los azulejos de un muro no combinan con los de la pared contigua, que son extraños esos murales de palmeras y ríos que cubren las columnas, y que, en cambio, son geniales esos cuadros con imágenes de montaña incrustados casi a martillazos en las paredes. En el aire, percibe un olor desconocido, una mezcla entre humo de chimenea y moqueta húmeda.
Siente miedo, pero piensa que ya es demasiado tarde para marcharse, que a esa hora sería difícil conseguir otro hospedaje. Además, la estadía fue pagada con anticipación, y no está dispuesta a perder su dinero.
Entonces, vuelve a tocar la campanilla del mostrador. Pero nadie aparece. Los monstruos se han escondido detrás del mobiliario o las cortinas, a excepción de algunos pocos que gozan del don de la invisibilidad (y tienen la ventaja de poder acercarse). La observan en absoluto silencio, absortos ante la belleza de esa mujer tan delicada e interesante. Temen asustarla y que decida abandonar el lugar repentinamente. Por eso, le ruegan al brujo anciano que esgrima uno de sus trucos para hacerlos parecer seres humanos normales y corrientes, al menos por esa noche. El viejo los satisface.
Cuando los hombres hacen su entrada en la recepción, ella sonríe y se tranquiliza. Su estadía transcurrirá sin sobresaltos y la joven regresará a su casa a la mañana siguiente. En poco tiempo, ella habrá olvidado aquel sitio tan peculiar. En cambio, los monstruos sufrirán por su partida eternamente. Y jamás podrán volver a dormir.

Martín Gardella

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martin gardella  Con cuatro horas diarias de gimnasio, una dieta estricta y largas sesiones de bronceado, el anciano logró cambiar su aspecto en pocos meses. Afeitó barba y se mudó al Hemisferio Sur, donde cambió la calurosa chaqueta roja por una guayabera multicolor. Luego, vendió el viejo trineo para comprar un descapotable último modelo, y contrató a un fotógrafo prestigioso para que lo retratara en una playa, exhibiendo sus brazos recién tatuados.
Esa Navidad, repartió juguetes en tiempo récord, con la vitalidad de un hombre nuevo. Eso sí, con su imagen diferente impresa en las tarjetas, aquel año Unicef no vendió ni una postal.

Martín Gardella

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martin gardella  Ni siquiera el jaque mate que sufrió su consorte afectó tanto a la reina como la movida en que el alfil contrario se comió al peón del medio.

Martín Gardella
http://www.livingsintiempo.blogspot.com.es/2011/09/amor-real.html

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martin gardella  Ubique en el mapamundi una zona rocosa donde se permita la pesca costera. Consiga una red de deriva con dimensiones suficientes. Embárquese solo, preferentemente en una nave sin motor. Proteja sus oídos con cera marina y no olvide perfumarse con abundante agua de colonia. Al arribar al lugar de la captura, eche a flotar algún objeto dorado como carnada. Mantenga silencio mientras dure la espera. Cuando una cola de pez se sacuda entre las olas, recoja la red en forma suave y envolvente. Es recomendable liberar a su presa en un lugar seguro y retirado. Disfrute de su nueva compañía conforme su voluntad. Mientras la haga sentir a gusto, ella sabrá como satisfacerlo. Pero recuerde: jamás intente fotografiarla. Y, antes que anochezca, regálele el objeto dorado y regrésela al agua.

Martín Gardella
http://livingsintiempo.blogspot.com.es/2012/03/breves-lecciones-para-pescar-una-sirena.html
* a Javier Perucho

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