Hemeroteca de la sección “Manu Espada”

    “Clara, con su cuerpo enredado entre las sábanas, exhala el humo del cigarrillo. El aroma a tabaco inunda la habitación”, leí en una página de aquella novela que me había llevado a la cama. “’Toma nota de mi teléfono:6076784539, dijo Clara”. No sé por qué lo hice, pero marqué el número. Me sentí estúpido. ¿Qué hacía llamando a un personaje de ficción? “Soy Clara, esperaba tu llamada”, dijo una voz rasgada. “Acabo de leer el cuento en el que marcas mi número”, añadió despacio. Una bocanada de Malboro apareció en el lado derecho de mi cama, anegándolo todo.

Manu Espada

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Manu Espada (1)   Suena el teléfono de juguete que su hija tiene sobre la repisa del dormitorio. La niña aún no ha llegado a casa. Desde que murió su madre pasa horas en la calle con ese aparato hablando con algún amigo imaginario, pero en esta ocasión no se lo ha llevado. El padre de la niña descuelga, se acerca el auricular al oído y pregunta incrédulo: “¿Diga?” Una voz de mujer responde: “Se ha ido. Le he contado lo que me hiciste”.

Manu Espada

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manuel espada   Tras la última discusión decidí poner punto final a nuestra crisis de pareja. Al principio no supe qué hacer con tu cuerpo, así que te tuve tres días recostada en el sofá hasta que decidí enterrarte bajo las losetas del sótano. Fue entonces cuando comencé a imitar tu voz. Escuché el contestador hasta que hice mía esa forma de arrastrar la letra “erre”, como un gourmet francés. Luego estudié nuestros vídeos. Copié tus gestos rotundos, tu peinado caótico y esa manía tan tuya de mordisquearte la lengua con los paletos, como hacen los niños traviesos. Han pasado diez años desde que desaparecí y ahora te acusan de un crimen. Creen que me has hecho algo. Mi abogado ha presentado una apelación en el juzgado, pero mi única opción es que no registren la casa. Cariño, veo tu cara en el espejo y recuerdo que nunca fuiste rencorosa. Por favor, deja que recupere mi aspecto. Al fin y al cabo, yo te devolví la vida.

Manu Espada

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manuel espada   A la paciente le parecían preciosas las notas de amor que el médico le escribía en las recetas, por eso se enamoró del farmacéutico que se las leía.

Manu Espada

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Manu Espada (1)  Cuando me abandonaste tuve que aprender a hacerme la colada. Utilizaba un programa de agua caliente, y mis pantalones y jerseys encogían tanto que parecían de bebé. Un día me olvidé un billete de cincuenta euros. Después del centrifugado se convirtió en uno de cinco. El día que me dejé el móvil recogí un celular diminuto, del tamaño de un pulgar. En otra ocasión la lavadora convirtió un balón de reglamento en una canica insignificante. Decidí meter una novela. Cogí una al azar de la estantería: Parque Jurásico de Michael Crichton. Tras el programa de lavado salió el cuento del dinosaurio de Monterroso. Hoy me he metido yo dentro de la lavadora. Te escribo esta nota con el corazón encogido: Ya he superado lo nuestro.

Manu Espada
I Concurso de Microrrelatos LdN

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Manu Espada (1)  —Señor Ashe, usted es fantástico, encajará bien lo que tengo que decirle —sentenció el escritor—. Le quedan veinticinco líneas de vida —añadió con un tono de rabia contenida. Sorprendido, el personaje preguntó qué le ocurría, qué extraña dolencia padecía para que su existencia estuviera a punto de extinguirse de esa manera tan expeditiva y fulminante. A continuación, Herbert Ashe miró el retrato que el cuentista tenía sobre la mesa de su escritorio. María Kodama, a la que acababa de dejar desnuda en el motel con un beso de buenas tardes y un «luego te veo, cariño», posaba en la instantánea abrazando al escritor con el gesto afectivo y cálido de una esposa. El sonido de un cajón hizo que Herbert alzara la vista y fijara la mirada en los ojos coléricos de Jorge Luis Borges. Al ver la punta del bolígrafo apuntando al folio, el personaje supo que su tiempo se había acabado.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto, 2015

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Manu Espada (1)  —Señor Pasternak, usted es realista, encajará bien lo que tengo que decirle —sentenció el médico—. Le quedan veinticinco segundos de vida —añadió con un tono de rabia contenida. Sorprendido, el paciente preguntó qué le ocurría, qué extraña dolencia padecía para que su existencia estuviera a punto de extinguirse de esa manera tan expeditiva y fulminante. A continuación, Boris Pasternak miró la foto que el matasanos tenía sobre la mesa de su consulta. Larisa Antípova, a la que acababa de dejar desnuda en el motel con un beso de buenas tardes y un «luego te veo, cariño», posaba en la instantánea abrazando al doctor con el gesto apasionado y entusiasta de una amante. El sonido de un cajón hizo que Pasternak alzara la vista y fijara la mirada en los ojos coléricos del doctor Zhivago. Al ver el cañón del revólver apuntándole al pecho, el escritor supo que su tiempo se había acabado.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto, 2015

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Manu Espada (1)  Desde que Azarías se tira del balcón hasta que su cuerpo revienta contra el suelo, tarda en caer exactamente un segundo con setecientas centésimas, tiempo en el que un terremoto arrasa San Francisco, Germán roba una manzana en un supermercado, un satélite se estrella en el Pacífico, mil seiscientos hombres de cuarenta años sufren un paro cardíaco en el Reino Unido, Carmen besa a Mario en un parque de Granada, las bolsas europeas caen a su mínimo histórico, un niño saborea una gominola sabor cola en el recreo, una multinacional china compra la mayor empresa de coches del mundo, Menganita da calabazas a Fulanito en la azotea de su casa, se suicidan cuatro mil doscientas cincuenta y ocho personas, doce personas avistan platillos volantes en Siberia, un niño dice por primera vez «agua», se realizan setecientos millones de llamadas telefónicas y cien trasplantes de corazón, una anciana se lava el pelo con un champú que le recuerda a su infancia, se consumen ciento diez millones de litros de agua, quinientos millones de personas tienen un orgasmo, cuatro camioneros lloran con el final de #Cinema Paradiso#, varios adolescentes se afeitan por primera vez la pelusa del bigote, Nieves da a luz a su primer hijo, ciento doce madres pierden a sus primogénitos en varios tiroteos, Alfredo se emociona en un concierto de piano, y Azarías comienza a perder su condición humana para convertirse en el número cuatro mil doscientos cincuenta y nueve.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto, 2015.
*Definición de «Estadística» según la RAE.

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manuel espada  Para ahorrar gastos, el Gobierno despidió al funcionario que se inventaba las palabras. Cuando era niño y mi padre me leía por la noche, yo me preguntaba por qué un «cuento» se llamaba así, «cuento», de esa forma tan sosa, y no, por ejemplo, «voltereta», que es una palabra mucho más bella y dinámica. En cambio, ¿por qué a «mentira», que suena tan bien pero tiene un significado feo, no podían haberle puesto un vocablo gris y deslucido, como «hormigón»? ¿Por qué a un «árbol» lo llamamos «árbol», y no «vaso», o a una «computadora» no le decimos «croqueta», o a la «ficción» (un sustantivo muy aséptico en comparación con los buenos momentos que nos ha dado) no la bautizaron «libélula», un término mucho más estético? Desde que echaron al funcionario, nadie supo cómo llamar a las nuevas cosas. En mi edificio llamábamos telmad al objeto que sirve para dibujar tracllos, en cambio, en el colegio de mis hijos lo llamaban jelmior, en el barrio de mis tíos lo denominaban higoptro, y en el de mis padres, olco. En unos meses, y ante la falta de consenso, cada persona tenía un nombre para cada concepto, para cada objeto. El país se convirtió en un galimatías, y los del Ministerio se vieron obligados a convocar otra plaza de funcionario. Me hice con el temario y me presenté a las oposiciones. Saqué el número uno y me dieron el trabajo. Lo primero que hice fue poner nombre a las cosas que aún no lo tenían. Luego dediqué mi tiempo a cambiar nombres, a rebautizar las cosas de una manera justa, de tal manera que todo lo que sale en esta voltereta es hormigón. Pura libélula.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto, 2015.

*A Javier Gómez

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Manu Espada (1)  Al llegar a casa, le había brotado un actor secundario en el suelo de la cocina.
-Soy Steve Buscemi me conocerás por películas como El gran Lebowski Fargo cameos en las cintas de Adam Sandler soy el actor fetiche de los hermanos Coen y un icono del cine independiente aunque también he hecho teatro de bajo presupuesto y estoy situado en el puesto cincuenta y dos de la lista de las cien mejores estrellas de cine de todos los tiempos realizada por la revista Empire pero sobre todo te sonará mi cara porque hago de ti en Reservoir Dogs -le dijo del tirón, sin ni tan siquiera hacer una coma para coger aire. El personaje mira con horror a Buscemi, le palpa la comisura de los labios, le frota el pelo. Huele sus manos. Le apunta con la pistola a la cabeza. Dispara. En ese momento, la cara del señor Rosa desaparece. Se borran sus ojos saltones. Se transforman sus facciones.
-Nunca había visto a nadie morirse tan bien; ¡qué irse!, ¡qué apagarse! -sentencia el señor Rosa con el rostro de Luis Ciges.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto, 2015.

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