Hemeroteca de la sección “Carlos Iturra”

carlos iturra   Muchas veces jugaron juntos, cuando niños y muchachos, en la populosa calle donde eran vecinos. Pero después sus derroteros se apartaron vertiginosamente, y mientras que Gonzalo siguió siendo un vecino de su calle, el flaco Pancho llegó a ser un político famoso. Era ya diputado por segunda vez y proyectaba ir a senador, contó Gonzalo al volver a casa, después de cruzarse con él en el centro. «El muy farsante —comentó—, a mí no me engaña: yo sé de dónde salió y quién es realmente, por debajo del personaje agrandado que se inventa. No lo habré visto sacándose los mocos a la carrera detrás de una pelota rota…».
En suma, el vecino de antaño se había convertido para él en un presumido, engreído, vanidoso, trepador, arribista, falso… Quedaba fuera de su alcance la idea de que el flaco Pancho en verdad hubiese crecido, mejorado, progresado, y que al ir encontrando hacia arriba espacios más y más amplios sus condiciones hubiesen podido desplegarse proporcionalmente, y que quizás a él le habría pasado lo mismo de haber estado en el lugar del otro, y que, en definitiva, aquel flaco Pancho insignificante que él conociera ya no existía, salvo en su propio recuerdo enconado.

Carlos Iturra
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010

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carlos iturra  El señor Pereira conoció a su asesino en un banco de la plaza de armas. Atardecía, era verano, y el chico reposaba lánguidamente, echado hacia atrás, cuando él lo descubrió; cuando él, por esas tretas del destino, lo eligió. No era tan chico después de todo, porque iría camino de los treinta. Parecía obrero, pese a cierta arrogancia de su actitud, como la de quien sabe que vale; el gesto de su boca era el de alguien convencido de merecer en la vida un puesto mucho más cómodo que el de obrero. Pereira dio aún otra vuelta antes de decidir que no podía menos que sentársele al lado: era una versión casi gloriosa del trabajador promedio en estado puro, la quintaesencia del hombre de pueblo común y corriente, algo que él estimaba de sumo interés, aunque quizá nadie más en esa plaza viera tales virtudes en el sudoroso y tostado ejemplar. Se llamaba Gerardo, había llegado del sur un año antes, vivía con parientes en las afueras de Santiago, trabajaba reponiendo mercaderías en los estantes de un supermercado… Y tenía más de treinta, pero se negó a precisar, riendo. Pereira, que podía ser su padre, pues tenía sesenta y ocho, tampoco quiso confesar la edad cuando le tocó el turno de las respuestas: vivía solo, sí, a un par de cuadras de ahí, era dentista y estaba retirado, se había divorciado hacía décadas, sus dos hijas vivían en Buenos Aires… «¿Por qué no seguimos conversando en tu casa, mejor?», preguntó por último Gerardo, repentinamente inquieto, «no me gusta que nos vean aquí…» ». «Posupuesto, vámonos. Te abro una botella de whisky envejecido que me llegó». Se internaron en el anonimato de la muchedumbre y, aunque anochecía, los dos opinaron que la temperatura estaba lejos de bajar.

Carlos Iturra

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 «No es bueno que Dios esté solo», pensó, y extrajo al hombre de las costillas de la nada. «No es bueno que el hombre esté solo», pensó, y se puso a concebir una buena compañía; luego la llamó Dios.

Carlos Iturra

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