Hemeroteca de la sección “Miguelángel Flores”

 No hay tormenta más grande y bienvenida que la que comienza con ese relámpago que escapa de tus ojos y llega derechito a los míos anunciando tempestades. La borrasca que se genera en tu boca y que gira una y otra vez tronando sobre la mía. La que se inicia chispeando sobre mi cuello para terminar haciendo que un aguacero baje por mis piernas. La que consigue que se inunde la cama, aunque ya nos pille flotando. La que hace que acabemos como siempre, para recuperarnos de tanto desbordamiento, nadando, con besitos, sobre las aguas mansas de las sábanas.
Y es que no, no quiero que salga el sol en nuestro cuarto, no quiero que llegue el buen tiempo y se pase la época de lluvias. Quiero que sigas diluviándome y que me atormentes de parte a parte con tormentas que descampan en mis brazos. Y que en cada temporal acabes calándome una y otra vez con ese te quiero continuo de gotera que se filtra por mi oído.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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 Le pide un cartucho de cerezas, granates como besos. Y ella, con la visión de la fruta acurrucada en la cárcel de sus dedos grandes, oye por dentro claramente un clic. Un cortocircuito que le hace parpadear seguido, y abrir de nuevo el abanico. Algo más, señora, le dice él. Y a ella, que quisiera decirle qué más querría, solo le sale por la boca, un par de limones y la cuenta.
En la penumbra fresca del hostal, imagina que son ahora dos puñados de cerezas sus pechos, apresados entre esas manos morenas; que es cautiva, ella entera, de los brazos y piernas del frutero. Y el techo se le cubre de frutos encarnados que maduran, que revientan a un tiempo, que la inundan sin prisa con su jugo. Rojo que le va y le vuelve de dentro a fuera.
Cuando llega el fin del soliloquio de sus dedos, con los mismos abre la ventana. Él está enfrente, ante la puerta de su tienda, mirándola, jugando en su boca con lo que, está segura, es un hueso de cereza.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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  Gandules, dijo el médico que tenía yo los espermatozoides tras leer los resultados del análisis; se lo digo así para que ustedes me entiendan, añadió. No sé qué debió pensar mi mujer. No me atrevía a mirarla. Me sentía fatal. Ella siempre me recrimina que ayudo poco en casa, que me pirra espachurrarme en el sofá, que nunca muevo un dedo. Y ahora esto.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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   Sé que no te has dormido porque oigo el ruido que haces al pensar, que es más pedregoso que el de los sueños, como de ladera desmoronándose. Y si encendiera la luz, no me cabe duda de que estarían todos tus pensamientos desparramados por la cama. Pero no me atrevo a verlos. Cuando al fin, empujo sin convicción un «qué piensas» cauteloso por lo oscuro del espacio, contestas. Y ese «nada» tuyo suena como un disparo en el cuarto. Es como una guillotina que corta la cama en dos. Y yo me quedo a vivir, ya para siempre, en la parte más helada.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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    A mi marido me lo trajo una tormenta. Y no es un decir, me lo entregó envuelto en lluvia. Estaba de romería con mis amigas, las pocas que quedamos, cuando empezó a caer un chaparrón de los que empapan el ánimo. Salimos corriendo mientras nos tapábamos con las sillas plegables. Y al pasar por el abrevadero viejo lo vi allí tirado. Hice como si no lo hubiera visto, seguí mi camino con ellas. Cuando llegamos a casa, esperé prudentemente a que cada una llegara a la suya. Me puse la gabardina y salí a buscarlo. Estaba empapadito. No hablaba. Me lo llevé a casa, lo bañé, le di de comer, y hasta hoy. Lo llamo Paco, y él a mí, vida mía. No sabe de dónde viene, y ni falta que me hace. A ellas les he dicho que lo conocí en el Carrefour de la capital y que se quedó prendado de mí. Yo no sé si me creen, pero tampoco me importa. Que se alegran, me dicen. Ya, les digo yo. Ahora a la romería voy de su brazo. Y si llueve, nos quedamos en casa, recuperando lo que la vida me debe.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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    Al principio siempre se lo toman a broma, y cuando ven que va en serio, ya no pueden hacer nada. Mi madre los trata muy bien y, mientras beben, les habla con mucho cariño. Nosotros, debajo de la mesa, no aguantamos la risa cuando se empiezan a quedar como tontos. Y les pellizcamos las piernas al ver que ya no pueden moverlas. Me gustan esos días, son divertidos. Me chiflan sus caras cuando despiertan, y quemar la ropa. Pero, sobre todo, que mamá nos guarde a los más pequeños las orejas, y que las fría mucho para que crujan.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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    Mi padre fallecía cada poco. Pero no lo hizo nunca por llamar la atención ni por fastidiar a nadie; simplemente se moría y ya está. Recuerdo que justo antes de expirar sonreía con cierta beatitud y, diciendo adiós con su mano velluda, dejaba de respirar. Lo mismo que la lavadora cuando para de centrifugar, poquito a poco y sin más. Mamá se ponía de luto, se apagaba la tele, porque era alegre, y todos llorábamos su partida. Luego, al volver a la vida, mamá lo recibía enfurruñada por su ausencia; con ese mohín que, según él, la ponía tan guapa. Entonces él la abrazaba y le hablaba al oído de angelitos, ánimas y purgatorios. Ella cedía, nos mandaba a la cama y se les oía cuchichear mucho rato. Papá era un vividor en eso de morir. Y mamá siempre se lo perdonó. Lo hizo hasta la muerte.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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    Al acabar de tender la colada, ella queda aquí; su marido, al otro lado fumando al sol. Entonces se lanza.
—Rolando, ya no te quiero. No digas nada, espera que termine. He ido desamándote poco a poco. Y hoy he acabado del todo. No sé qué pensarás, tampoco me importa. Ni con qué cara estarás mirando esta sábana que me oculta, pero así no te tengo miedo, hijo de puta.
Rolando se levanta con toda la rabia concentrada en los ojos, en los músculos y la boca. Arranca la tela del tendedero y asombrado, sobrecogido, descubre que detrás ya no hay nadie.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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miguel angel flores  Aunque en casa se empeñaron en ocultármelo, pronto supe que soy un monstruo. Desde que los descubrí al otro lado, siempre los observo. Sueño con hacer deberes como ellos, con dormir sin frío, con llorar por algo, sonreír por nada. Cómo desearía que el escondite fuera solo un juego, no una condena.
Todos los niños saben que existimos. Todos. Y conocen de sobras dónde nos ocultamos. Pero nunca se asoman solos. Siempre se esperan a que haya algún adulto con ellos para hacerlo. Hasta se dejan convencer, por esa noche, de que tan solo nos están imaginando. Y un día crecen y dejan de creer para siempre en nosotros, rompiendo así cualquier posibilidad de comunicarnos. Si no lo creo, no lo veo. Así es para ellos.
De todas formas, yo no pierdo la esperanza de que alguna vez un niño se atreva, antes de que lleguen sus padres, a mirar bajo la cama, en el armario, tras la puerta o en ese rincón oscuro, y me descubra al fin. Si eso ocurriera, me hallará preparado para tirar con fuerza de su mano, de su pierna, de su ropa, y saliendo de mi escondite haré que, entonces, le toque a él.

Miguelángel Flores
http://estanochetecuento.com/escondidos/
http://www.eternidadesypegos.blogspot.com

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Flores2  El incómodo cadáver del mediador familiar seguía en la alberca flotando. El chacho lo empujaba con el cayao, empeñado en hundirlo y olvidarse. Mi madre, en enterrarlo junto a las tomateras; que le daría jugo a los tomates, decía. Papá, que cerrara esa boca, que picado los marranos se lo comerían tan ricamente. Barbacoa, gritó el abuelo, que aún estamos a tiempo, y en mi casa mando yo. Los niños suplicábamos, chillones, ponerlo de espantapájaros mientras durara. De nuevo todos una jauría. Volvieron las amenazas, los juramentos. Y lo peor es que, aunque seguía allí como buscando en el fondo, ya no podíamos contar con él.

Miguelángel Flores
VIII Edición de Relatos en Cadena, de la SER
Ganador Semana 27

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