Hemeroteca de la sección “Alonso Ibarrola”

  Estaba casado, tenía seis hijos, pero presumía de “conquistador”. Según él, ninguna mujer se le resistía. Todas caían, enamoradas, en sus brazos. Los amigos le envidiaban, le admiraban. “¿Cómo lo haces, qué les dices?”. Pero él se encerraba en un mutismo enigmático. No era cuestión de descubrir la miserable realidad de sus promesas… de falso hombre soltero. Juraba amor eterno, fidelidad absoluta, más allá de la vida y la muerte; mostraba las fotos de sus ancianos padres; las cartas de una primera novia que murió (auténticas, desde luego) y la ambición de compartir un hogar cristiano. Ambicionaba tener seis hijos por lo menos y llegado a este punto, insistiendo en el mismo, es cuando conseguía su propósito. Porque para tener tantos hijos era preciso actuar de prisa y sin pérdida de tiempo…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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  “Lo que importa, muchachos, es el estilo”, afirmó el capitán, montado en su blanco alazán. Los soldados escuchaban en silencio con la espada desenvainada, mientras los caballos, quizá presagiando el combate, piafaban nerviosos. “La muerte no importa”, terminó diciendo el capitán y dicho esto gritó: ” ¡ Compañía! ¡A la carga…!”. En perfecta formación la caballería inició el ataque. Media hora más tarde en una extensión de veinte kilómetros, los cadáveres, tanto de soldados como de caballos, salpicaban el vasto campo de batalla. Toda la compañía había perecido. En tierra, los muertos componían bellas figuras. La mirada hacia adelante, el brazo erguido con la espada en alto, la chaqueta abotonada y el cuello de la guerrera perfectamente ajustado.

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  Lo achacaba a la postura adoptada en su mesa de trabajo y a su vida sedentaria… El hecho es que siempre le dolía el cuello, la espalda y las cervicales. Esto último lo sabía hoy el doctor que le atendió fugazmente en la -consulta de la Seguridad Social. La cosa, al parecer, no tenía remedio ni solución. Solamente podría encontrar alivio practicando la natación, relajándose, caminando al aire libre… y con los masajes. iAh, los famosos masajes de los que siempre estaban hablando sus compañeros de oficina a todas horas, entre bromas y risas! Él nunca les prestó atención. Pero ahora su salud le preocupaba. Se interesó por los masajes, y un compañero, solícito y sonriente, le mostró un periódico con decenas de masajistas ofreciendo sus servicios. Jamás hubiera supuesto que existieran tantos afectados por la artrosis. De otra manera, se decía, no se justificaría tanta oferta de masajistas. Probó con uno de los teléfonos reseñados en la sección de anuncios y una solícita voz femenina le informó del horario: de cuatro de la tarde a dos de la madrugada. Le pareció una exageración el horario nocturno. Quiso saber el importe de antemano, pero la voz femenina le dijo: “Eso lo aclararemos aquí, cariño”. Le molestó un poco la confianza que se tomaba aquella voz anónima, pero no le dio mayor importancia. Tomó nota de la dirección y al día siguiente se presentó. La enfermera que abrió la puerta de la consulta era muy atractiva. Él le explicó el motivo de la visita, el lugar exacto de las molestias y ella no pareció inmutarse. Le condujo a una salita, blanca, como un quirófano, con su mesa camilla donde le hizo tenderse, boca abajo, tras aconsejarle que se desnudara de cintura para arriba. Se quitó la chaqueta, la camisa y la camiseta, esta última prenda con cierto embarazo. La señorita le preguntó: “¿Servicio normal?”. “Normal”, respondió él. Y durante media hora aquella experta mujer hizo maravillas con los músculos de su cuello, con su espalda. No parecía fatigarse ni abrió la boca. Entregada por completo a su labor, concentrada, afanosa, hierática, profesional ciento por ciento. Al finalizar la sesión, el paciente se sintió tremendamente aliviado, relajado, satisfecho, feliz. Y la cantidad que la experta masajista le pidió tampoco le pareció ninguna exageración. Le prometió volver otro día. Ella le acompañó hasta la puerta amable y solícita. “Hasta cuando usted quiera”, le dijo como despedida. Y cuando el paciente comenzó a descender las escaleras, la masajista tuvo un impulso irresistible y asomándose a la barandilla de la planta, acertó a decir al cliente que se iba contento y feliz: “Oiga, señor, perdone la curiosidad pero me gustaría saber una cosa: ¿es usted policía?”. Respondió con un no rotundo con la mano, casi sin pararse en su descenso. En el portal, se detuvo a solas con sus pensamientos y se preguntó: ¿Los policías tendrían descuento? Pero no le pareció oportuno dar más vueltas a la cuestión.

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  Unas cartas anónimas iban a destrozar su vida… Unas cartas abyectas, groseras, infames, calumniadoras, estúpidas, que recibió el alcalde primeramente, luego el párroco, y después unas cuantas personas más de la pequeña localidad. El ignoraba la existencia de las mismas, pero observó, sin embargo, cómo poco a poco, paulatinamente, la gente dejó de hablarle. Lo mismo ocurrió con sus discípulos. Se preguntaba el maestro por la posible causa, si olería mal su aliento, si no aprobaban su sistema de enseñanza… El caso es que un día, harto de tanto vacío en torno suyo, abordó al alcalde, que paseaba por la plaza mayor, y le pidió hablar a solas… El alcalde se negó, enfurecido: “Por lo que pueda pensar la gente, más vale que no hablemos a solas…”. Al maestro aquella respuesta le pareció una solemne tontería y no insistió.

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  Le aseguraban que la práctica del autostop entraña muchos peligros, pero él se negaba a admitirlo. ¿Cómo podía ser peligrosa, por ejemplo, la presencia de aquella dulce muchacha de ojos azules que llevaba sentada a su lado, recogida quince kilómetros antes? Quería llegar a Venecia. “¿Conoce usted Venecia?”. No, no conocía esa ciudad ni cualquiera otra de Italia. Jamás había estado en Italia. ¿Era normal?, se preguntó. No, no era normal. Fue un viaje maravilloso, turbado solamente por el recuerdo de la mujer, suegra e hijos que había dejado atrás. Intentó explicar lo ocurrido por carta, antes de afrontar el regreso.

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  Lo raptaron cuando salía, por la mañana temprano, de su casa camino del trabajo. Lo metieron en un coche a la fuerza y no tuvo oportunidad alguna de reaccionar. Quiso protestar, al tiempo que le colocaban la venda en los ojos, la mordaza en la boca y las ligaduras en las muñecas, pero un fuerte codazo en el vientre le hizo desistir. Les advirtió que no tenía dinero en cantidad apreciable en su cuenta corriente, pero los secuestradores no dieron importancia alguna al hecho. Ellos pretendían una buena suma de la empresa donde trabajaba y ocupaba un alto cargo… Y lo consiguieron. Cuando lo liberaron, corrió a abrazar a su mujer, a sus hijos, a los amigos y compañeros de trabajo. El abrazo más emocionado lo dedicó al Presidente del Consejo de Administración de la empresa, que días más tarde, cuando la emoción de los momentos vividos se hubo disipado, le comunicó que el importe de su secuestro corría en su mitad a cargo de la empresa, pero que de la otra mitad se haría cargo él, por supuesto en cómodas mensualidades a descontar de sus emolumentos. En diez años dejaría saldada la deuda. También le aconsejó que fuera armado en lo sucesivo.

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 ¿Qué fuerza, qué imán, qué poder oculto tenía aquel viaducto que inducía a la gente a arrojarse desde él? Nadie lo sabía. Un día, un hombre de aspecto modesto. En otra ocasión una señora de edad avanzada que, antes de saltar la barandilla con grandes dificultades, depositó el capazo con la compra del mercado cuidadosamente sobre la acera… En cierta ocasión, otro hombre que transitaba por el viaducto escuchando a un sacerdote abandonó de improviso la compañía de este último y se arrojó rápidamente al vacío. El sacerdote expresó un gesto de impotencia… Colocaron a un guardia de vigilancia y con el tiempo también el guardia se arrojó al vacío. Colocaron a otro guardia, al cual doblaron el sueldo, y éste continuó en su puesto, por fortuna, hasta el día de su jubilación… Murió también en el acto.

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  Las niñas correteaban a la hora del recreo en el jardín, felices y tranquilas, en aquella apacible tarde de invierno. La hermana religiosa vigilaba y, al tiempo, hacía calceta, sentada en uno de los bancos. Por el sendero, apareció un anciano de noble aspecto, con abrigo y bastón. Al llegar a la altura de la religiosa, se detuvo, se desabrochó el abrigo y se mostró en toda su patética desnudez. Rápidamente, se cubrió de nuevo al tiempo que la hermana profería un grito de espanto. Las niñas interrumpieron sus juegos y se acercaron a la hermana, mientras el anciano se alejaba presuroso. La hermana, turbada, se aturulló y no supo darles ninguna convincente explicación. Las niñas pensaron que habría sido culpa de aquel anciano exhibicionista que todos los días, cuando la hermana hacía calceta, se desabrochaba el abrigo delante de ellas y les regalaba caramelos…

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  El plan, en su primera fase, salió a la perfección. En pleno vuelo, conminaron al comandante del avión para que aterrizara en el aeropuerto más cercano. Ningún pasajero ni miembro alguno de la tripulación opuso resistencia. Una vez que hubieron tomado tierra, los secuestradores ordenaron tanto a los tripulantes como a los pasajeros que se desnudaran. Pensaban que así les resultaría más penosa una posible huída por las pistas de aterrizaje ante tantos miles de ojos. Porque la noticia había corrido como la pólvora y cientos de curiosos se agolpaban para ver el aparato secuestrado. La policía impedía que se aproximaran. Los secuestradores exigieron un millón de dólares. Las autoridades se negaron. Rebajaron sus pretensiones, pero la negativa persistía… Por último, dado que se conformaban con mil dólares, los mismos pasajeros reunieron la cantidad requerida y, previa devolución de sus vestidos, entregaron el dinero a los secuestradores y abandonaron el avión. Pero éste no podía despegar porque a juicio del comandante necesitaba combustible. Las autoridades pretendían cobrar su importe y los secuestradores, al ver que les tocaba poner algo de su bolsillo, decidieron entregarse. En medio de las carcajadas generales, se introdujeron abochornados y cabizbajos, en el furgón de la policía.

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  Ada y yo estábamos profundamente enamorados. Yo un día le había dicho: “No joyas, sino hijos te daré”. Ella se emocionó muchísimo. Al día siguiente me rogó le repitiera lo mismo. Y yo dije: “De ninguna manera joyas, cuestan mucho”. Se enfadó. Nuestras relaciones terminaron cuando yo un día imaginé: “Tú, paralítica, en una silla de ruedas y yo siempre a tu lado”. “No, no —decía ella—, no podría resistirlo. Te rogaría que me dejaras”. La muy imbécil no supo darme una contestación satisfactoria a sus palabras, porque se echó a llorar. La dejé por egoísta.

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