Hemeroteca de la sección “Alonso Ibarrola”

    Alguien dijo que todos estamos de antemano condenados a muerte y que la vida no es más que una espera del momento ignorado de la ejecución. Todas las noches duermo ojo avizor, porque he visto muchas películas y sé cómo suceden estas cosas… por lo menos en América. De repente se abre la puerta de la celda y aparecen los guardias, un capellán, el director de la cárcel… Te ofrecen antes un buen menú, y yo lo tengo ya pensado. Agua mineral sin gas, desde luego. No me veo eructando en la cabina de cristal, ante los ojos de los curiosos, mientras me colocan esos aparatos para la descarga eléctrica; o esperando a que salga el gas…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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    Paseaba solo por el monte, en un terreno solitario, y repentinamente experimenté una extraña sensación. El viento movía los árboles y creí desvanecerme. ¿Serán éstos los momentos previos a una aparición milagrosa? Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Podía echar a correr, pero permanecía quieto, clavado en el suelo. Mentalmente repasaba las preguntas que le formularía, las entrevistas que posteriormente me harían en la televisión y en los periódicos, lo mucho que podría obtener con una entrevista en exclusiva, y las posibilidades de venta del agua milagrosa, previamente embotellada. ¿En qué lugar exactamente surgiría el chorro? Por un momento llegué a pensar en la posibilidad de pedirle… me da vergüenza decirlo. Empieza por p… Una nube negra ocultó el sol por unos momentos e intuí que toda posibilidad me había sido denegada.
Lentamente, perezosamente, reanudé mi camino… De todas las maneras los negocios petrolíferos resultan muy complicados.

Alonso Ibarrola
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    Todas las mañanas el muchacho, huérfano de madre, antes de ir a la escuela, preparaba el desayuno para su padre, postrado en el lecho desde hacía varios años, víctima de una enfermedad incurable, y sus hermanitos. Al volver al mediodía, preparaba la comida y por la tarde, lavaba, planchaba, cosía, y al anochecer, cuando todos dormían, hacía sus deberes. También estudiaba idiomas. Era el muchacho más bueno del pueblo. El párroco se interesó por él y consiguió que le nombraran “el muchacho más bueno del año”, en un concurso patrocinado por la emisora regional. Todas las vecinas se brindaron a ayudarle para que pudiera disfrutar del premio, “un viaje a París de diez días, para dos personas”. Le acompañó la maestra. En un mes no dieron señales de vida. Luego, su padre, en el lecho leyó lloroso una carta, del hijo, pidiéndole perdón, y advirtiéndole que se quedaban en París.

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     Encontraron el cadáver de la gloriosa y anciana actriz flotando en la piscina de su espléndida mansión. Pronto la policía detuvo a un muchacho, su notorio acompañante se declaró culpable de su muerte. Aprovechó sus últimos meses de vida en la cárcel, para escribir una especie de biografía o “memorias”. Las vendió en exclusiva, a buen precio, a un semanario sensacionalista. Indicó que los emolumentos le fueran entregados a su anciana madre. Lo ejecutaron en la cámara de gas antes de que la revista pudiera dar por finalizada la publicación de su biografía. Precisamente el último capítulo se publicó una semana después de su fallecimiento. En el mismo contaba y explicaba con todo género de detalles la muerte ocasional de la actriz que, borracha perdida, tuvo la desgraciada ocurrencia de arrojarse a la piscina repentinamente, sin que él pudiera impedirlo. Explicaba también que se había confesado culpable porque le hacía mucha ilusión ver publicada su biografía en una revista y rogaba a su madre que recortara todos los capítulos y los pegara en un álbum. La madre, compungida, así lo hizo y todas las noches, antes de apagar la luz, besaba con ternura y emoción el álbum de los recortes.

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    A., en el lecho, se percató de que la única solución aceptable era rezar. Con grandes esfuerzos mentales, acertó a decir: “‘Santa Gema y San Gabriel, amparadme!”. Repitió la jaculatoria, que tantos sudores le había costado recordar, cien veces pues no recordaba bien si había que repetirla cien veces para ganar un día de indulgencia o bastaba con pronunciarla tan sólo una vez para ganar cien días de indulgencia. Por si acaso empleó el sistema más fatigoso… Resulta increíble la buena voluntad que es capaz de desarrollar una persona cuando cree que su última hora está cercana.

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    Ochocientos carromatos aguardaban ante la línea divisoria. Al otro lado se abría un vasto panorama de tierras vírgenes, ricas, fértiles y sin dueño. Quien llegara primero podría escoger la parcela que más le gustara. Bastaba con delimitar con estacas. Los caballos piafaban nerviosos, quizá contagiados por sus dueños. Resultaba un espectáculo grandioso y emocionante observar a los ochocientos carromatos, con sus lonas blancas, cargadas de gente y utensilios, aguardando la señal de salida… Un señor de chistera, blandiendo una bandera blanca en su mano derecha, se subió a duras penas a un barril y explicó a voz en grito que daría la salida, contando “Un, dos, tres…”. Se hizo un silencio impresionante en medio del desierto, castigado por el sol. ‘A la de una…”, empezó a decir. Exactamente no se sabe cómo ocurrió, pero el hecho es que un carromato se puso en movimiento, y al instante le siguieron en loca carrera los setecientos noventa y nueve restantes, levantando una gran polvareda. Rabioso, indignado, enfurecido, el señor de la chistera, subido en el barril, solo, en medio del desierto, gritaba: “iNo vale, hay que volver a repetir…!”.

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   La reunión en casa de los señores de B. estaba resultando francamente animada. Era una reunión de matrimonios. Todos parloteaban: se contaban anécdotas de viajes, de caza, problemas de circulación, chistes políticos, de actualidad o subidos de tono… En uno de esos lapsos que inevitablemente se producen en toda conversación general, el dueño de la casa, un señor más bien grueso, de gafas negras, que casi no había abierto la boca en toda la velada, afirmó alegremente: “Pues a mí me han hecho la vasectomía…”. Se hizo un profundo silencio. Minutos más tarde los invitados iniciaron una discreta retirada…

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    Le llamaban todos “Búffalo Bill“, por su vestimenta y por su manera de comportarse. Cogió su revólver y disparó al exterior subido a lo alto del muro que circunda el sanatorio psiquiátrico y que da a un huerto. “Un búfalo menos”, dijo enfundando el revólver, y soplando antes para dispersar el humo producido. Fuera, en el exterior, un campesino quedó tendido en el suelo, mientras una mujer lanzaba gritos desgarradores arrodillada a su vera. “Búffalo Bill” contempló el espectáculo y no se inmutó. Minutos más tarde se retiraba. De esta manera no pudo observar cómo el campesino y la mujer se ponían en pie. La pareja estaba ya acostumbrada a estas “actuaciones de Búffalo Bill”. Pertenecían al personal del sanatorio y cobraban un plus que la familia del enajenado pagaba religiosamente.

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    El incendio se propagó rápidamente por todo el inmueble, uno de los más altos de la ciudad. Acudieron los bomberos, pero sus esfuerzos por dominar las llamas resultaban inútiles. Casi todos los ocupantes del edificio ascendieron a la azotea. A través de los megáfonos se les advirtió que tuvieran paciencia y aguardaran a que la lona estuviera dispuesta, ya que las escaleras de salvamento no alcanzaban semejante altura. Algunos, semiasfixiados por el humo y no pudiendo contener sus nervios, se lanzaron al vacío, estrellándose contra el suelo, ante la horrorizada mirada de millares de transeúntes curiosos, que se arremolinaban en torno al edificio. Finalmente se tendió una lona, sostenida por medio centenar de bomberos. Algunos caían sobre la lona, pero otros no… Un concejal, nostálgico, a propósito de lo que estaba viendo, comentaba a un colega el espectáculo que ofrecen en México unos mestizos que se arrojan al mar, entre las rocas, desde una impresionante altura, ante la curiosidad de los turistas, sin sufrir percance alguno. “Todo es cuestión de entrenamiento”, afirmó.

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 alonso-Ibarrola2   Cuando la muchacha habló de matrimonio, no quisieron escucharla. Opinaban sus padres que “aquello” era una locura. “¿Qué diría la gente?”. A la muchacha no le importaba nada la opinión de la gente. Tampoco le importaba vivir como los gitanos, de ciudad en ciudad, porque su marido actuaba en las plazas de toros. Se querían y eso, a su entender, era suficiente. No lo entendieron así sus padres y un día ella desapareció para siempre. Años más tarde, en el lecho de muerte, el padre los perdonó. El matrimonio acudió junto al moribundo. La hija besó con emoción la frente de su padre y luego aupó a su marido —un famoso torero-enano, figura destacada de un espectáculo cómico-taurino— para que hiciera lo propio…

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