Hemeroteca de la sección “Alonso Ibarrola”

  El plan, en su primera fase, salió a la perfección. En pleno vuelo, conminaron al comandante del avión para que aterrizara en el aeropuerto más cercano. Ningún pasajero ni miembro alguno de la tripulación opuso resistencia. Una vez que hubieron tomado tierra, los secuestradores ordenaron tanto a los tripulantes como a los pasajeros que se desnudaran. Pensaban que así les resultaría más penosa una posible huída por las pistas de aterrizaje ante tantos miles de ojos. Porque la noticia había corrido como la pólvora y cientos de curiosos se agolpaban para ver el aparato secuestrado. La policía impedía que se aproximaran. Los secuestradores exigieron un millón de dólares. Las autoridades se negaron. Rebajaron sus pretensiones, pero la negativa persistía… Por último, dado que se conformaban con mil dólares, los mismos pasajeros reunieron la cantidad requerida y, previa devolución de sus vestidos, entregaron el dinero a los secuestradores y abandonaron el avión. Pero éste no podía despegar porque a juicio del comandante necesitaba combustible. Las autoridades pretendían cobrar su importe y los secuestradores, al ver que les tocaba poner algo de su bolsillo, decidieron entregarse. En medio de las carcajadas generales, se introdujeron abochornados y cabizbajos, en el furgón de la policía.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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  Ada y yo estábamos profundamente enamorados. Yo un día le había dicho: “No joyas, sino hijos te daré”. Ella se emocionó muchísimo. Al día siguiente me rogó le repitiera lo mismo. Y yo dije: “De ninguna manera joyas, cuestan mucho”. Se enfadó. Nuestras relaciones terminaron cuando yo un día imaginé: “Tú, paralítica, en una silla de ruedas y yo siempre a tu lado”. “No, no —decía ella—, no podría resistirlo. Te rogaría que me dejaras”. La muy imbécil no supo darme una contestación satisfactoria a sus palabras, porque se echó a llorar. La dejé por egoísta.

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  Quisiera violar a todas las mujeres del mundo. Una por una. Blancas, negras, amarillas, esquimales… Pero temo que mi vida se extinga antes. En cincuenta años de existencia, hasta la fecha, solamente he anotado un nombre en mi agenda: el de mi mujer. Se dice pronto: me muero. ¿Y las funestas consecuencias que acarrea? ¿Y las tristezas que promueve? ¡La muerte, qué responsabilidad! Mi mujer y yo, cuando nos encontramos en el lecho común, ni tan siquiera nos rozamos. Nuestros cuerpos permanecen separados, como nuestras mentes, nuestras ideas, nuestras ilusiones… Yo creía que la muerte venía de repente. Pero ahora sé que no, que no ocurre así, que anuncia su llegada, que se hace esperar, que nos acecha, que nos vigila, que nos susurra al oído ¡pronto!, complaciéndose en molestarnos, en asustarnos… “Pálpese el cuerpo. Toque. Toque. ¿Dónde está ese cáncer que tanto teme usted? ¿Dónde…?”. Y la angustia me hace sollozar en la oscuridad del cuarto. “¿Te ocurre algo?”, pregunta la mujer, semidormida. “Nada, nada”. A gusto le diría: “Es el cáncer, ¿sabes?”. Al día siguiente me levanto silbando una cancioncilla de moda y salgo a la calle. Le besaría al portero.

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   Gracias a sus periódicas remesas de dinero vivía con holgura su familia en el pueblo. Sus padres esperaban con ansia que volviera junto a ellos para que disfrutara por lo menos de unas vacaciones bien ganadas, pues llevaba ya cinco años seguidos en el extranjero. Ignoraban cuál era su ocupación. Se lo habían preguntado en varias cartas, pero respondía siempre confusa y vagamente. Trabajaba por las noches, desde luego. Sus padres lamentaban que, fuese en lo que fuese, tuviese un turno nocturno. En otra carta añadió que no podía ser de otra forma, lo que provocó todavía mayor confusión. Por fin un paisano llegó al pueblo de vacaciones v aclaró la ocupación del hijo. Actuaba en Una sala de fiestas. Aparecía ante el público, arrastrando una ternera, y empuñando un taburete. Luego se subía, mejor dicho, se sentaba… (el paisano por poco se equivoca) en el taburete y ordeñaba a la ternera.
Todos se reían y aplaudían. Los padres no terminaron de comprender aquella estupidez, pero pensaron que ciertamente era un trabajo cómodo y bien pagado.

Alonso Ibarrola
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    Alguien dijo que todos estamos de antemano condenados a muerte y que la vida no es más que una espera del momento ignorado de la ejecución. Todas las noches duermo ojo avizor, porque he visto muchas películas y sé cómo suceden estas cosas… por lo menos en América. De repente se abre la puerta de la celda y aparecen los guardias, un capellán, el director de la cárcel… Te ofrecen antes un buen menú, y yo lo tengo ya pensado. Agua mineral sin gas, desde luego. No me veo eructando en la cabina de cristal, ante los ojos de los curiosos, mientras me colocan esos aparatos para la descarga eléctrica; o esperando a que salga el gas…

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    Paseaba solo por el monte, en un terreno solitario, y repentinamente experimenté una extraña sensación. El viento movía los árboles y creí desvanecerme. ¿Serán éstos los momentos previos a una aparición milagrosa? Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Podía echar a correr, pero permanecía quieto, clavado en el suelo. Mentalmente repasaba las preguntas que le formularía, las entrevistas que posteriormente me harían en la televisión y en los periódicos, lo mucho que podría obtener con una entrevista en exclusiva, y las posibilidades de venta del agua milagrosa, previamente embotellada. ¿En qué lugar exactamente surgiría el chorro? Por un momento llegué a pensar en la posibilidad de pedirle… me da vergüenza decirlo. Empieza por p… Una nube negra ocultó el sol por unos momentos e intuí que toda posibilidad me había sido denegada.
Lentamente, perezosamente, reanudé mi camino… De todas las maneras los negocios petrolíferos resultan muy complicados.

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    Todas las mañanas el muchacho, huérfano de madre, antes de ir a la escuela, preparaba el desayuno para su padre, postrado en el lecho desde hacía varios años, víctima de una enfermedad incurable, y sus hermanitos. Al volver al mediodía, preparaba la comida y por la tarde, lavaba, planchaba, cosía, y al anochecer, cuando todos dormían, hacía sus deberes. También estudiaba idiomas. Era el muchacho más bueno del pueblo. El párroco se interesó por él y consiguió que le nombraran “el muchacho más bueno del año”, en un concurso patrocinado por la emisora regional. Todas las vecinas se brindaron a ayudarle para que pudiera disfrutar del premio, “un viaje a París de diez días, para dos personas”. Le acompañó la maestra. En un mes no dieron señales de vida. Luego, su padre, en el lecho leyó lloroso una carta, del hijo, pidiéndole perdón, y advirtiéndole que se quedaban en París.

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     Encontraron el cadáver de la gloriosa y anciana actriz flotando en la piscina de su espléndida mansión. Pronto la policía detuvo a un muchacho, su notorio acompañante se declaró culpable de su muerte. Aprovechó sus últimos meses de vida en la cárcel, para escribir una especie de biografía o “memorias”. Las vendió en exclusiva, a buen precio, a un semanario sensacionalista. Indicó que los emolumentos le fueran entregados a su anciana madre. Lo ejecutaron en la cámara de gas antes de que la revista pudiera dar por finalizada la publicación de su biografía. Precisamente el último capítulo se publicó una semana después de su fallecimiento. En el mismo contaba y explicaba con todo género de detalles la muerte ocasional de la actriz que, borracha perdida, tuvo la desgraciada ocurrencia de arrojarse a la piscina repentinamente, sin que él pudiera impedirlo. Explicaba también que se había confesado culpable porque le hacía mucha ilusión ver publicada su biografía en una revista y rogaba a su madre que recortara todos los capítulos y los pegara en un álbum. La madre, compungida, así lo hizo y todas las noches, antes de apagar la luz, besaba con ternura y emoción el álbum de los recortes.

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    A., en el lecho, se percató de que la única solución aceptable era rezar. Con grandes esfuerzos mentales, acertó a decir: “‘Santa Gema y San Gabriel, amparadme!”. Repitió la jaculatoria, que tantos sudores le había costado recordar, cien veces pues no recordaba bien si había que repetirla cien veces para ganar un día de indulgencia o bastaba con pronunciarla tan sólo una vez para ganar cien días de indulgencia. Por si acaso empleó el sistema más fatigoso… Resulta increíble la buena voluntad que es capaz de desarrollar una persona cuando cree que su última hora está cercana.

Alonso Ibarrola
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    Ochocientos carromatos aguardaban ante la línea divisoria. Al otro lado se abría un vasto panorama de tierras vírgenes, ricas, fértiles y sin dueño. Quien llegara primero podría escoger la parcela que más le gustara. Bastaba con delimitar con estacas. Los caballos piafaban nerviosos, quizá contagiados por sus dueños. Resultaba un espectáculo grandioso y emocionante observar a los ochocientos carromatos, con sus lonas blancas, cargadas de gente y utensilios, aguardando la señal de salida… Un señor de chistera, blandiendo una bandera blanca en su mano derecha, se subió a duras penas a un barril y explicó a voz en grito que daría la salida, contando “Un, dos, tres…”. Se hizo un silencio impresionante en medio del desierto, castigado por el sol. ‘A la de una…”, empezó a decir. Exactamente no se sabe cómo ocurrió, pero el hecho es que un carromato se puso en movimiento, y al instante le siguieron en loca carrera los setecientos noventa y nueve restantes, levantando una gran polvareda. Rabioso, indignado, enfurecido, el señor de la chistera, subido en el barril, solo, en medio del desierto, gritaba: “iNo vale, hay que volver a repetir…!”.

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