Hemeroteca de la sección “Fernando León de Aranoa”

    Detectar a un turista resulta sencillo. Por regla general caminan detrás de un papel grande que consultan cada siete pasos exactos, tratando inútilmente de doblarlo en contra de los elementos, más concretamente el viento. Dicho papel representa el lugar por el que el turista transita. Resulta habitual hallar en ellos marcas, inscripciones que nos darán información sobre los pasos que ha dado (ver Usted está aquí, en este mismo volumen).
El turista camina a menudo con la cabeza levantada, mirando al cielo. No lo tome por un gesto de arrogancia. Miran los edificios circundantes, tratando de reconocer en ellos un valor estético o histórico del que habitualmente carecen. Este rasgo resulta distintivo, y permite diferenciar con facilidad a los turistas de los nativos, que caminan por lo general mirando al suelo. Caminar mirando al cielo requiere una gran destreza, sobre todo en un terreno desconocido, lo que es algo connatural al turista. Conviene en todo caso tener cuidado, ya que podría tratarse también de un nativo que busca piso.
Se sabe que hay un índice elevado de casamientos entre turistas y vecinas que gustan de asomarse al balcón en pisos altos, y por azar cruzan sus miradas. Si es usted una de esas mujeres, tenga cuidado por tanto al asomarse, o no lo tenga, dependiendo de sus gustos y necesidades.
Resulta sencillo encontrar turistas en restaurantes típicos de comida autóctona, en los que los precios son altos y la calidad de la comida baja.
Algunos estudios revelan un alto índice de coincidencia entre los turistas y los aficionados a la fotografía: muchos de ellos llevan cámara.
Las relaciones entre el turista y el nativo son objeto de amplios estudios y análisis que no tienen cabida aquí. En todo caso conviene señalar que, en general, el nativo muestra por el turista un cierto rechazo al que no se le han podido atribuir razones antropológicas de peso.
Como paradoja, el nativo muta en turista en cuanto adquiere un viaje de fin de semana a una ciudad del extranjero, en la que éste, a su vez, se torna nativo. Los usos y costumbres de unos y otros permutan por tanto con sorprendente facilidad, por lo que conviene no denostarlos: cualquiera puede devenir turista y todos, aunque algunos lo nieguen, lo hemos sido en alguna ocasión.
El turista presenta algunos rasgos distintivos, como el vestuario o su color de piel, que nos permiten diferenciarlo con facilidad. En el caso de que todos a su alrededor presenten dichos rasgos ándese con cuidado: es muy posible que el turista sea usted.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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    En los entierros de la ficción siempre llueve. Llueve en los callejones sórdidos, donde los borrachos dirimen sus diferencias a botellazos. Llueve indefectiblemente tras las violaciones, mientras la víctima alcanza con dificultad el portal de su casa y se encoge llorosa en el segundo peldaño de la escalera. Llueve cuando los personajes se entristecen y miran por las ventanas de sus áticos, añorando algo o a alguien. Cuando no reciben la ansiada llamada, cuando la distancia se hace insalvable. Llueve, por supuesto, en el abrazo doliente de una madre a su hijo, cuando carga con su cuerpo pequeño por el centro exacto de la calle, y llueve sin remisión en el momento definitivo de la muerte.
Si los meteorólogos lo advirtieran, quizá basarían sus predicciones en el ánimo de las personas. Laura ha sido abandonada por su novio y duda si interrumpir el embarazo de su tercer hijo, por lo que se aproxima un frente nuboso a última hora de la tarde. A Martín le han echado hoy del trabajo. Mezcla Tanqueray con cerveza en la barra de un bar de mala muerte (¿acaso la hay de algún otro tipo?), mientras selecciona escrupulosamente las palabras con las que se lo contará a su mujer, de modo que las precipitaciones alcanzarán hoy los seiscientos metros cúbicos en su calle. Manuel está a punto de averiguar que su madre, a la que creía haber perdido cuando sólo era un niño, está recluida en una institución psiquiátrica de la que no podrá salir jamás, por lo que Protección Civil recomienda a la población que no salga de su domicilio ante el riesgo de que la intensidad de las lluvias desborde ríos y pantanos.
Llueve sobre los diagnósticos desfavorables, sobre las despedidas, sobre los abandonos y los descubrimientos trágicos. Llueve sobre las estaciones y los cementerios, sobre las ausencias transitorias y las definitivas. Llueve sobre rupturas y reconciliaciones, sobre la soledad y el miedo; llueve sobre el dolor de las madres, que es tres veces dolor. Llueve, digámoslo ya, por no llorar.
Llueve también ahora que termino estas líneas, y me pregunto qué inevitable tragedia estará a punto de sobrevenir.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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leon_de_aranoa  Juntos fundamos un país al norte, al que llamamos Nuestro. En él fuimos los reyes y los súbditos, abolimos la noche y el miedo, decretamos la risa y el juego. Declaramos prohibidos los lunes y las estatuas ecuestres, derogamos los paraguas, se rindió culto al postre. Pusimos a nuestro nombre las nubes, las tormentas de verano y el roce perfecto de las sábanas limpias.
Nadie podía madrugar en Nuestro. La población permanecía en la cama hasta bien entrado el día.
Entonces llegaron los otros. Aparecieron de noche, sin aviso ni delicadeza. Se quedaron con nuestro país, y lo llamaron Suyo.
Soy, desde entonces, un pueblo errante.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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leon_de_aranoa   Los partidarios del No aparecieron en grupos pequeños. Silenciosos, enfadados, tan seguros de sí mismos como suelen. Los seguidores del Tampoco llegaron después, respaldando a los anteriores con su presencia redundante. Los del Nunca adoptaron las actitudes más radicales. Desplegaron pancartas y convicciones ante la perpleja mirada de los que postulan el Puede, con su amplio margen de duda y su puerta siempre abierta. Cerca, los del Depende, reciente escisión causalista de los anteriores, obtuvieron, como tantas veces antes, el beneficio de la duda. Mientras, los partidarios del Tal Vez, antes Quién Sabe, hacían gala de su tradicional indecisión a la hora de posicionarse. Tras largas discusiones internas, decidieron disolverse antes de que lo hicieran las Fuerzas del Orden. Fuentes del Ministerio de Interior agradecerían más tarde al grupo su iniciativa.
Luego llegaron los otros.
Los partidarios del Sí, amistosos, positivos, a favor siempre. Los militantes del A Veces, cargados de encuestas, variables y porcentajes. Y los resueltos defensores del Claro, dándolo, como suelen, todo por hecho.
Todos manifestaron sus posturas.
A todos los disolvió la policía.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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leon_de_aranoa  Raúl Santos Garciátegui, oficial del ejército de Pancho Villa, recibió el encargo de elaborar una lista con las últimas voluntades expresadas por los condenados ante el pelotón de ejecución, instantes antes de morir. Su redacción final consigna entre paréntesis, después de cada petición, el número de veces que fue realizada, y constituye un variado muestrario de los caprichos, miedos y debilidades de la naturaleza humana, a saber:
Fumar un cigarrillo (132)
Tomar un último trago (204)
Ser escuchado en confesión por un sacerdote (78)
Ser ejecutado sentado (32)
Ser ejecutado de espaldas (17)
Rezar una oración (64)
Escuchar el himno nacional (12)
Cantar un corrido muy mentado (3)
Contemplar a una mujer desnuda (6)
Contemplar a una mujer (24)
Revelar un crimen cometido u otro acto vergonzante (8)
No recibir disparos en la cara (7)
Hacer llegar una misiva a esposa e hijos (41)
Hacer llegar una misiva a una mujer sin especificar (32, de los cuales 30 son coincidentes con los anteriores; no se extraen conclusiones)
Conocer los nombres de los soldados que componen el pelotón (9)
Estrechar sus manos (5)
Abrazarles uno a uno (3)
Bailar con el capitán al mando (1)
Dar él mismo las órdenes al pelotón de ejecución (1)

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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leon_de_aranoa  El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, en la misma piedra.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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leon_de_aranoa  En su camino de regreso a casa, Eusebio recorrió otras muchas ficciones. Novelas respetadas por la crítica, guías de viaje ilustradas y manuales de autoayuda. Transitó por biografías no autorizadas de estrellas del pop, por historias basadas en hechos reales, con su probada capacidad para llegar al corazón de la gente, y hasta por un libro de poemas, donde se le hizo rimar con Armenio. Un lamentable error le llevó a las notas a pie de página de una importante novela contemporánea, de las que le costó mucho tiempo salir.
Cuando llegó a su cuento, Ángela había muerto ya.
Desde entonces la visitó cada tarde en el cementerio. Sentado junto a su lápida, Eusebio narraba para ella las extraordinarias aventuras que había vivido: la vez que ayudó a Sandokán a retornar a nado, con el costado herido, a la isla de Mompracem; sus correrías junto a los cosacos de Taras Bulba a orillas del Don, o aquella vez que, escapando de los nazis, cruzó a la carrera el frente en el norte de Italia, en dirección a las tropas aliadas. Prudentemente, evitó mencionar los buenos ratos vividos con Shanon en los capítulos más tórridos de Hotel Lujuria.
Fue allí también, junto a la tumba de su mujer, donde Eusebio juró quedarse en su cuento y cuidar de su memoria para siempre. Puede que fuera un cuento triste, pero era, a fin de cuentas, el suyo.

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Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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leon_de_aranoa  Se despertó sabio, como otros se despiertan tarde, cansados, o con dolor en las articulaciones. Comprendió el orden natural de las cosas mientras se cepillaba los dientes, ante el espejo del cuarto de baño. No fue a trabajar, lo que consideró un síntoma de su recién adquirida sabiduría.
En el transcurso de un paseo por un parque próximo, cifró en veintitrés grados la inclinación del eje de rotación de la Tierra con respecto al plano por el que se desplaza, fue capaz de formular la fragante sensación de humedad que sentía en el rostro en la relación entre la cantidad de vapor de agua que contiene el aire y la que necesita para saturarse a esa misma temperatura, y por primera vez supo dar nombre a los diecisiete músculos de la cara que, tirando de aquí y de allá, articulaban su sonrisa.
Acarició la cabeza de un perro y entendió el desánimo de su mujer, su triste balance de alegrías y derrotas, el carácter progresivo y geométrico de sus decepciones. Dando patadas a una lata vacía comprendió la naturaleza irracional de su prolongado desencuentro con la vecina de arriba. Se entretuvo contemplando las piruetas de una joven patinadora rubia, y al momento se le apareció como un juego de niños el sentido de las revelaciones religiosas. Corrigió a San Agustín y anotó a Descartes, pero compró castañas en el pequeño puesto que, a la salida del parque, atiende un señor al que le falta una mano.
Supo, al fin, quién era. Comprendió la razón última de su presencia aquí, la necesidad de sus contadas aportaciones al orden de las cosas. Entendió su dimensión exacta como pieza, la magnitud del rompecabezas del que formaba parte, que completaba y al que daba sentido.
Su inesperada omnisciencia le permitió también calcular la velocidad adquirida por la locomotora diésel Burlington Zephyr de treinta toneladas de carga con motores de tracción eléctricos, en el momento exacto del impacto que acabó con su vida. Eligió la muerte, pero no sabremos nunca si fue por plenitud, o por tristeza.

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Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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leon_de_aranoa  Quería abandonar su relación con ella, pero no encontraba el camino. Cada vez que adivinaba una salida la bloqueaba un reproche, un silencio, una cuenta pendiente. La promesa de unos días en el campo, hecha a destiempo. O su propia conciencia, atravesada en el camino y en llamas, bloqueando el paso.
A veces eran simples recuerdos los que le impedían avanzar: fotografías desenfocadas, un jersey azul tejido a mano, viejas canciones de los ochenta grabadas en una casete. O el recuerdo de su olor, una tarde en el cine, como un muro infranqueable. Otras fue el roce perfecto de su piel, la sugerencia de sus pechos todavía firmes bajo la blusa, sus brazos como un refugio. Las más, una corriente profunda, difícil de vadear, en la que nos vemos reflejados y a solas, y eso nos asusta.
Se había perdido en ella. En sus callejones, en sus bifurcaciones, en sus rotondas mal señalizadas. Traspapelado para siempre en los archivos sin índice de su burocracia, deambulaba sin rumbo por la oscuridad de sus descampados, extraviado bajo la densa niebla.
Y se cruzó con otros. Con Clemente Marina, su novio de toda la vida. Con el bueno de Ismael Fuentes, con el que al parecer había mantenido una relación breve en el instituto. Con Ángel sin apellido aún, un becario joven, recién llegado a su departamento. Y con al menos otros dos tipos, cuyas caras no le sonaron. Allí seguían, perdidos también en ella. No pudo evitar preguntarse qué hacían allí. La muy hija de puta.
Parecía una mujer, pero era una trampa mortal: carretera de montaña con curvas, discoteca sin salidas de emergencia. Cuando se conocieron le pareció fácil, sin recodos, pero escondía en su interior un laberinto, un desierto sin sol ni estrellas; un colosal vertedero de brújulas, cubierto por las cenizas de todos los mapas.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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leon_de_aranoa  La configuración de nuestros rasgos, la sonrisa bobalicona, el pelo ralo… prefiguran un nombre.. Uno viene al mundo con las facciones inequívocas de un Alfredo, con el labio inferior grueso de los Simones o la expresión estupefacta de los Marcos.
Los Danis, tan rubios; los meticulosos Alejandros o las Isabeles, incapaces de matar una mosca: todos traemos preasignado un nombre. De la habilidad de nuestros padres dependerá que el que nos den coincida con el que en justicia nos corresponde.
Porque, ¿quién no ha llamado alguna vez Luis a un Alberto? ¿Quién no le dijo Pablo a un Ramón? No es nuestra memoria la que se equivoca en tales ocasiones: fueron sus padres al nombrarles.
La exacta correspondencia entre el nombre otorgado y el nombre que biológicamente traemos impreso garantizará una existencia feliz. Por el contrario, un desacuerdo entre esos dos niveles conducirá a una quiebra íntima, y dará como resultado una existencia desgraciada, infeliz.
Se sabe de un Jorge al que llamaron grandilocuentemente Hernando, y nunca fue nada en la vida. También de una Margarita a la que llamaron Luisa: fue desdichada en amores. Pero nunca nadie tuvo una existencia tan exacta, tan merecida, como la de un Juan al que llamaron Juan.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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