Hemeroteca de la sección “Juan José Millás”

    Cuando murió mi padre, me tocó vaciar su armario. No me dieron problemas las camisas, de las que extraía la percha como si les arrancara el esqueleto, ni los pantalones, ni siquiera la ropa interior. Pero las chaquetas me lo hicieron pasar mal. Sostengo que es en esa prenda donde se concentra más identidad que en ninguna otra. Veía una chaqueta y veía a mi padre entero. Tenía una de espiguilla que por alguna razón le gustaba muchísimo. Cuando envejeció, comenzó a usarla para andar por casa, como si fuera un albornoz. Y le sentaba extrañamente bien, pese a que los bolsillos se habían convertido en bolsas y las solapas habían perdido el apresto de sus mejores días. Lo recuerdo sin afeitar, sentado frente a la tele, con aquella chaqueta vieja que le daba un aire un poco bohemio, descuidado. Parecía un viejo interesante.
Pues bien, ahí estaba la chaqueta, en el armario, de donde la saqué como el que extrae un órgano de un cuerpo. Sentí la tentación de ponérmela, pero no me atreví. Era como meterse en otra piel. Si persistía en hacerme mayor, ya tendría yo mi propia chaqueta. Revisé los bolsillos, por si hubiera algo en ellos. Cuando los padres mueren, los hijos buscamos desesperadamente mensajes suyos en cualquier parte. Siempre tenemos la impresión de que se fueron sin decirnos algo esencial para la vida. Quizá esa información esencial se encuentre en un libro, en el interior de una sopera, dentro de una caja de zapatos… Los bolsillos de la chaqueta esencial de mi padre estaban vacíos, pero al ir a doblarla noté una dureza en la manga. Introduje la mano con miedo, como si la estuviera metiendo dentro de una madriguera, y tropecé con un as de copas sujeto al forro con un alfiler.
Mi padre guardaba un as en la manga. Durante unos minutos permanecí perplejo. No era jugador de cartas, ni de ninguna otra cosa, por lo que aquello sólo podía tener un carácter simbólico. Lo curioso es que mi padre tenía un pensamiento muy literal. La carta en la manga lo delataba. Fui al cajón donde guardaban la baraja con la que se jugaba en Navidad y no le faltaba el as. Lo había traído de otro sitio. Mi padre me dejó de herencia, además de la chaqueta, un secreto.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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    Es conocido que sólo tomamos conciencia del cuerpo cuando nos duele algo. Carecemos de cabeza, por citar un órgano, hasta la aparición de la primera migraña (o de la primera idea obsesiva). Personalmente, prefiero que me duela algo. No que me duela mucho, se entiende, pero sí lo bastante como para que me resulte imposible olvidar que soy frágil, que tengo que morir, que la plenitud no es de este mundo (ni de ningún otro, que se sepa). Una pequeña dolencia crónica, no demasiado molesta, le obliga a uno a relativizar las cosas y lo mantiene atado a la tierra, al polvo (es decir, al cuerpo). Por alguna razón, yo soy mejor persona cuando me duele algo que cuando no me duele nada (no descarto que estos ataques de bondad estén relacionados con las medicinas, sobre todo las que incluyen alguna porción de codeína, una sustancia que me inclina al bien).
En cualquier caso, tampoco es habitual que no duela nada. Un cuerpo estándar de hombre (1,75 de estatura y 70 kilos de peso) posee más complejidades que un rascacielos de doscientos metros. Los rascacielos disponen de un servicio de mantenimiento preparado para reparar en el acto cualquier desperfecto. Los cuerpos tienen la Seguridad Social, que no es tan solícita como los fontaneros o los albañiles de los hoteles de 400 habitaciones. De ahí la automedicación y, en general, la autoayuda. ¿Que hay una migraña en el último piso? Pues analgésico al canto (mejor con codeína). ¿Dolor en las lumbares? Ibuprofeno a toda pastilla (y perdón por la redundancia). ¿Dificultades con el sexo? Viagra a granel. Y así, mal que bien, vamos tirando.
Con los países sucede algo parecido a lo que ocurre con los cuerpos: que no los notas hasta que no te duelen. Y España lleva una temporada que, con perdón de Unamuno, no deja de dar la lata. Que nos duela un poco no está mal, así somos conscientes de ella. Pero lo de los últimos tiempos, por unas cosas o por otras, es un sinvivir. El problema es que acudes a los médicos (o sea, a los políticos) y a la segunda frase adviertes que no tienen ni idea de nada (ni del diagnóstico ni de las soluciones), están tan desconcertados como uno. Lo malo es que la automedicación, en lo que se refiere a la patria, es verdaderamente peligrosa.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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    Hay cerca de la urbanización un viejo agricultor, ya jubilado, que conserva una gallina. Por la tarde, los veraneantes acuden con sus hijos pequeños para mostrarles el animal y revelarles de dónde vienen los huevos, pues normalmente creen que vienen de la nevera. Los padres lo hacen con la mejor intención, convencidos de que ese conocimiento será enriquecedor para sus vástagos, pero lo cierto es que éstos regresan a casa espantados y no vuelven a probar un huevo frito hasta la universidad. La situación se repite desde hace tres o cuatro años sin que las autoridades prohíban al agricultor tener esa gallina de carne al aire libre.
A veces, discuto con estos padres poseídos por un afán educador absurdo. Después de todo, resulta más verosímil (y también más higiénico) que el huevo proceda de la nevera que del culo de ese frenético animal, que quizá no sea de este mundo. Está la cuestión de la verdad, claro, pero todos sabemos que sólo hay algo peor que una mentira: una verdad inútil, y ésta lo es. Por si fuera poco, tras dos horas de discusión, cuando el crío se rinde y acepta por fin que tal vez el huevo proceda de la gallina, no hay modo de evitar que pregunte de dónde viene la gallina. Y ningún padre tiene las agallas suficientes para colocar a su hijo frente a la realidad desasosegante del círculo vicioso.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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j j millas   Estaba en la cocina, preparando unas verduras para la cena, cuando se me apareció un tipo raro. Le pregunté si venía del espacio exterior, pues soy de los que creen en los extraterrestres, y me dijo que no, que venía del cuarto de estar.
—¿Entonces hay vida en el cuarto de estar? —pregunté asombrado.
—Sí —dijo, invitándome a que le acompañara.
(Como inciso, he de añadir que no entraba en el cuarto de estar desde que murió mamá porque da al norte y es muy frío. Hago la vida entre el dormitorio, donde duermo, lógicamente, y la cocina, donde como, veo la tele y leo el periódico. Entre la cocina y el dormitorio hay un leve trecho de pasillo donde nunca, en todos estos años, había observado nada anormal.)
Le seguí, pues, hasta el fondo del pasillo y entramos en el cuarto de estar, donde descubrí, en efecto, una  familia compuesta por el padre, la madre y una hija, además del marido de ésta, que era el marciano que se me había aparecido en la cocina. Daban la impresión de llevar allí años, si no siglos. Les pregunté si habían pensado abducirme y me dijeron que no tenían ningún interés, pues ya conocían mis costumbres y mi idioma, pero que agradecerían que les invitara a una pizza.
—¿Tampoco queréis operarme para ver cómo soy por dentro?
—Pues no, la verdad —respondió el padre de familia.
Al principio me decepcionó un poco que no quisieran abducirme ni operarme, porque me habría gustado contar la aventura en la revista del más allá a la que estoy suscrito, pero después me pareció una ventaja, pues la anestesia tiene muchos efectos secundarios. El caso es que me hice un hueco entre ellos y vimos juntos la tele hasta las tantas. Les gustaba Mira quién baila y las pizzas congeladas, de las que tengo un cargamento en la nevera. Llevo varios meses viviendo con ellos, prácticamente sin salir del cuarto de estar y he comenzado a preguntarme si habrá vida en el dormitorio, pero aún no me he atrevido a comprobarlo, pues no todos los marcianos son tan pacíficos como los del cuarto de estar.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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jj millas2   Cada vez que la poli se da una vuelta por los almacenes situados en la periferia de las grandes ciudades, descubre algo de interés. Ahora acaba de encontrar, en un hangar de las afueras de Madrid, un millón de peluches falsos de los Lunnis, esos personajes de la tele con los que los niños se van a la cama, o se levantan de ella, ahora no caigo. El titular de la noticia hablaba, literalmente de «peluches falsos», lo que evidentemente es erróneo. Un peluche sólo puede ser falso si es un falso peluche, es decir, si está hecho de un tejido que no es. Un peluche de piel, por ejemplo, no sería un peluche. Los peluches incautados en esta ocasión por la policía eran  verdaderos porque poseían todos los atributos que se esperan de un peluche, incluso el de dar miedo. Lo que el redactor de la noticia quiso decir es que aunque parecían Lunnis no eran Lunnis, pues carecían de documentación, de papeles, de carné de identidad. En todo lo demás eran idénticos a los Lunnis. Quiere decirse que el DNI hace al monje.
Usted, querido lector, y yo somos idénticos el uno al otro en la medida en que lo son los Lunnis. Estamos hechos del mismo material, tenemos el mismo número de órganos, de extremidades, quizá de pelos en la cabeza, e idéntico número de huesos. También damos miedo, que es algo que nos une con los Lunnis y los peluches en general. Pero si la policía me pillara en la periferia de Madrid haciéndome pasar por usted, me detendría porque yo no soy usted. Es lo que ocurre con ese millón de Lunnis, que siendo idénticos a los verdaderos no disponían del certificado que acreditara su identidad. Eran unos indocumentados, unos «sin papeles».
Sorprende que para entrar en un país se pida a las personas lo mismo que a los muñecos de peluche. El problema de los que vienen en pateras no es que no sean hombres y mujeres como nosotros, sino que no tienen certificado de autenticidad. Usted los mira por arriba, por abajo, por el interior y se dice: «Coño, es como yo, o como mi cuñado.» De acuerdo, es como usted o como su cuñado de usted, pero no tiene papeles, lo que lo convierte en un hombre ilegal. Los Lunnis incautados en las afueras de Madrid son peluches idénticos a cualquier otro peluche, incluso pueden estar mejor cosidos que los peluches legales. Pero no tienen papeles, vaya por Dios,  de modo que la policía los ha requisado y se encuentran detenidos en comisaría a la espera de que el juez decida qué hacer con ellos. Lo normal es que el juez ordene destruirlos para que no se confundan con los verdaderos. Generalmente, se queman. Un millón de peluches quemados es un genocidio de peluches, un peluchicidio, pero las leyes están para cumplirse, aunque nos pongan los pelos de punta.
Ahora bien, imaginemos que un policía (corrupto o caritativo, no sabríamos cómo calificarlo) salva a uno de estos muñecos de la hoguera. Imaginemos que lo esconde y se lo lleva a casa y se lo regala a su hija pequeña como si se tratara de un peluche legal. La niña lo recibiría con gran alborozo y jugaría con él y dormiría con él y lo metería con ella en la bañera, etc. Los peluches son muy resistentes, duran toda la vida (toda la vida de ellos y la nuestra), de modo que la niña y el muñeco crecerían juntos sin que la hija del poli supiera que ha pasado su infancia junto a un muñeco ilegal, un muñeco que no debería estar en España porque no tiene papeles, no tiene carné de identidad, no tiene acreditación.
¿Sería esa niña, de mayor, igual que las demás niñas que crecieron con peluches legales? No lo sabemos. El peluche imprime carácter. El peluche puede ser cualquier cosa menos ingenuo. Los peluches tienen un alma pequeña con la que se comunican con los niños, empujándoles a ser obedientes o rebeldes, nerviosos o tranquilos, estudiosos o vagos, bondadosos o vengativos. Los peluches son los auténticos educadores de los niños, más en esta época en la que los padres están tan poco tiempo en casa.
Sostengo que, tal como haya sido tu peluche, así serás tú de mayor. Si tu peluche fue tranquilo, serás tranquilo; si nervioso, nervioso; si con tendencias criminales, con tendencias criminales… Si tu peluche fue chino, serás chino. El millón de peluches incautados en las afueras de Madrid procedía de China. Es probable que muchos de ellos —quizá veinte o treinta mil— desaparezcan en el trayecto que va de la comisaría al horno crematorio. Caerán en veinte o treinta mil hogares cuyos niños, de mayores, sin que ellos mismos lo sepan, serán chinos. Lo crean ustedes o no, así son las cosas.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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millas23   El otro día, en el contestador automático de mi teléfono, una voz angustiada había dejado el siguiente mensaje: «Mamá, soy yo, Cristina, que si puedo cenar hoy en tu casa, sólo te llamo para eso, para saber si puedo cenar contigo esta noche, avísame, por favor, no dejes de avisarme, estaré toda la tarde aquí, soy Cristina.»
Evidentemente, no soy la madre de Cristina, así que se quedó sin cenar la pobre, y yo también, pues no fui capaz de freír un par de huevos conociendo el drama de esa pobre chica. Algunas voces anónimas son como microorganismos que te infectan el día, y no hay Frenadol que las pare.
Al día siguiente de lo de Cristina llegué a casa, le di a la tecla del contestador y alguien dijo: »Pedro, que lo de Luis, por fin, era maligno y encima Marisol se ha roto un brazo. A mamá no le hemos dicho nada todavía porque con las crisis respiratorias que tiene últimamente no lo soportaría. Nacho, por fin, va a repetir el COU.» Evidentemente, tampoco soy Pedro, no conozco a Luis ni a Marisol, y me importa un rábano que Nacho repita el COU, pero me amargó la vida esa acumulación de desgracias ajenas, qué quieren que les diga. Cuando llevas dos días seguidos escuchando mensajes de este calibre, el receptáculo donde se aloja la cinta del contestador empieza a parecerte un nicho ecológico donde se reproducen microorganismos perjudiciales para la salud emocional, así que desinfecté la cinta, pero al regresar del trabajo escuché: «Miguel, es la última vez que me das un plantón porque esta misma tarde me voy a suicidar.» Tampoco soy Miguel, pero estuve tres días con mala conciencia buscando una muerte violenta en la sección de sucesos, y así no se puede vivir.
De manera que hoy, decidido a defenderme, he marcado al azar unos números hasta dar con un contestador en el que he grabado el siguiente mensaje: «Marta, que vengas enseguida porque Manolito se ha caído por el hueco de la escalera y Ricardo se ha tragado una cuchilla de afeitar, pero no me puedo mover de casa porque no tengo con quién dejar al bebé. Date prisa.» Ha sido un desahogo, la verdad, me he quedado más ancho que largo. Y pienso subir el tono si la guerra se prolonga. El que avisa no es traidor.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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millas23   Cada vez que se cumple algún aniversario de la llegada del hombre a la Luna, me llaman de la radio y me preguntan que qué hacía yo mientras sonaba en todo el mundo la frase histórica del pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la humanidad. Y digo lo mismo, claro, porque las cosas son como son y yo siempre he estado más interesado en labrarme un porvenir que en forjarme un pasado. O sea, que me estaba comiendo un bocadillo de calamares fritos en un bar con el suelo lleno de cáscaras de mejillones y cabezas de sardinas. Tenían encendida en un extremo de la barra una televisión grasienta hacia la que mirábamos todos porque nos habían dicho que se trataba de un acontecimiento histórico, aunque lo verdaderamente histórico para nosotros habría sido que el bocadillo fuera de jamón de Jabugo, o, mejor aún, que no hubiera sido un bocadillo, sino un chuletón de Ávila, pongo por caso, con pimientos fritos.
Dirán ustedes que Armstrong no pisó la Luna a la hora de comer, pero es que yo lo vi en diferido, al día siguiente, y pensé que sucedía en ese momento, de manera que cada vez que contemplo aquellas imágenes, se me repite el bocadillo de calamares, que estaban fritos en un aceite que merecería haber sido de colza. No me pareció mal que el hombre llegara a la Luna, sino que tenía la sensación de que se trataba de un asunto que no me concernía. A veces se da este divorcio entre lo histórico y lo personal, como entre la macro y la microeconomía, que cada una va por su lado, qué le vamos a hacer.
Es sabido que hay quien hace la historia y hay quien la padece. La habilidad de quienes la hacen consiste en hacer creer a los que la padecen que son protagonistas de algo. Pero no es cierto: aquel pie que pisó hace no sé cuántos años el improbable suelo lunar no era el mío. Mientras se pisaba la Luna, en este planeta nuestro se pisoteaban demasiadas cosas. Aún se pisotean. Y la hora de comer continúa siendo la hora del hambre para mucha gente. Eso es lo histórico. Vale.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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jj millas2   Es conocido que sólo tomamos conciencia del cuerpo cuando nos duele algo. Carecemos de cabeza, por citar un órgano, hasta la aparición de la primera migraña (o de la primera idea obsesiva). Personalmente, prefiero que me duela algo. No que me duela mucho, se entiende, pero sí lo bastante como para que me resulte imposible olvidar que soy frágil, que tengo que morir, que la plenitud no es de este mundo (ni de ningún otro, que se sepa). Una pequeña dolencia crónica, no demasiado molesta, le obliga a uno a relativizar las cosas y lo mantiene atado a la tierra, al polvo (es decir, al cuerpo). Por alguna razón, yo soy mejor persona cuando me duele algo que cuando no me duele nada (no descarto que estos ataques de bondad estén relacionados con las medicinas, sobre todo las que incluyen alguna porción de codeína, una sustancia que me inclina al bien).
En cualquier caso, tampoco es habitual que no duela nada. Un cuerpo estándar de hombre (1,75 de estatura y 70 kilos de peso) posee más complejidades que un rascacielos de doscientos metros. Los rascacielos disponen de un servicio de mantenimiento preparado para reparar en el acto cualquier desperfecto. Los cuerpos tienen la Seguridad Social, que no es tan solícita como los fontaneros o los albañiles de los hoteles de 400 habitaciones. De ahí la automedicación y, en general, la autoayuda. ¿Que hay una migraña en el último piso? Pues analgésico al canto (mejor con codeína). ¿Dolor en las lumbares? Ibuprofeno a toda pastilla (y perdón por la redundancia). ¿Dificultades con el sexo? Viagra a granel. Y así, mal que bien, vamos tirando.
Con los países sucede algo parecido a lo que ocurre con los cuerpos: que no los notas hasta que no te duelen. Y España lleva una temporada que, con perdón de Unamuno, no deja de dar la lata. Que nos duela un poco no está mal, así somos conscientes de ella. Pero lo de los últimos tiempos, por unas cosas o por otras, es un sinvivir. El problema es que acudes a los médicos (o sea, a los políticos) y a la segunda frase adviertes que no tienen ni idea de nada (ni del diagnóstico ni de las soluciones), están tan desconcertados como uno. Lo malo es que la automedicación, en lo que se refiere a la patria, es verdaderamente peligrosa.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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millas23   Tengo que averiguar si los bolsillos, como los armarios empotrados, se comunican entre sí secretamente. En tal caso, igual que ahora puedo entrar en el armario de un hotel para aparecer al instante en el de tu dormitorio, también sería posible que un objeto cualquiera introducido en el bolsillo de mi chaqueta —un anillo, una flor, una postal— cayera en realidad en el de la tuya.
A ver si puedo confirmar esta hipótesis y encontrar el conducto que une todos los bolsillos del universo mundo, porque de esta manera, al meter mi mano en el bolsillo del pantalón, podría aparecer en el bolsillo de tu falda; así, en lugar de sentir a través del forro mi muslo, presentiría el tuyo, y al rascarme rascaría tu pierna, y al alcanzar con la punta de los dedos mi sexo estaría en realidad rozando el tuyo. Mientras esperara el autobús, metería distraídamente las manos en los bolsillos y nadie sospecharía que al acariciar mis ingles y sus alrededores estaría en realidad explorando la periferia de las tuyas.
Y tú, dondequiera que estuvieras —quizá en el metro o en otra parada de autobús—, percibirías mis caricias y meterías las manos en los bolsillos de tu falda, pero en lugar de alcanzar tu sexo tropezarías con el mío, porque tus dedos se habrían trasladado de bolsillo. Y así, aunque separados por calles y edificios, yo me ocuparía de tu excitación y tú de la mía sin que los transeúntes ni los guardias llegaran a percibir este tráfico de manos y de sexos. Y dejaríamos dispuesto que al morirnos nos enterraran con las manos en los bolsillos para no dejar de tocarnos, primero con nuestras fallecidas huellas dactilares y después con la punta de los huesos. Y así no importaría que nuestras tumbas estuvieran muy separadas, porque por entre los forros de nuestras mortajas intercambiaríamos uñas y falanges y gusanos de seda.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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jj millas2   Una niña telefoneó a un programa nocturno de la radio. A preguntas de la locutora dijo que tenía diez años y que llamaba desde el teléfono del pasillo de la casa donde veraneaba con sus padres, mientras ellos dormían en la habitación del fondo. Contó que al levantarse a beber agua había descubierto al canario en el fondo de la jaula, con las patas hacia arriba. Tomó el cuerpo del animal para ver si se movía, pero resultó que estaba muerto. Te imaginabas a la niña con el pájaro en una mano y el teléfono en la otra, en medio del silencio de la madrugada, y se te ponían los pelos de punta. Así debía de tenerlos la locutora, que no sabía qué decir.
Finalmente sugirió que despertara a sus padres y les contara lo sucedido, pero la niña dijo que le daba miedo que creyeran que había matado ella al animal, pues siempre le echaban la culpa de todo. Se expresaba de tal forma que la audiencia entera, creo yo, se dio cuenta al instante de que, en efecto, aquella cría acababa de cargarse al canario. La locutora pronunció dos o tres frases atropelladas y dio paso a la publicidad. Yo apagué la radio para no saber qué ocurría a la vuelta y me fui al salón a leer un poco. Lo malo del insomnio, contra lo que muchos creen, no es el hecho de permanecer en vela, sino de lo que te enteras mientras el mundo duerme.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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