Hemeroteca de la sección “César Gavela”

cesar_gavela   Empecé a perder el pasado poco a poco, pero ahora es el presente el que se me escapa; ya hay agujeros en mi vida. Veo los boquetes negros entre las casas y la calle. Crecen, se unen unos a otros; solo me quedan unos recortes. Trato de mirar por ellos.

César Gavela
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010

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cesar_gavela   Entonces creía que era eterno. Como una estatua que podría pensar y mirar siempre. Hasta que salí del mármol.

César Gavela
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010

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cesar_gavela  El novelista humilde Antonio Selmo subió la persiana, se sentó frente a la máquina de escribir, encendió un cigarrillo y miró por la ventana la plaza del comandante Toral, con su trajín de la gasolinera, las flores del parterre, la fuente bajo las acacias y una mujer que se perdía al fondo por la esquina de la calle del teólogo Peláez.
Muy poco después, todavía sin ponerse a escribir, Antonio Selmo notó que sobre su cuerpo descendía un gran pájaro transparente, como una gota gigantesca de lluvia que fue atravesando su mente y su vida hasta convertirlo en un hombre lejano y tenso, arrojado a las aguas del estupor.
Como algunas otras veces le había sucedido, Antonio Selmo creyó que se encontraba en los albores de un gran momento de creatividad que se traduciría en unas cuantas páginas felices, mecanografiadas con gran rapidez, en las que construiría un personaje, un diálogo, un capítulo o un tono.
Nunca hubiera podido imaginar que se estaba muriendo.

César Gavela
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

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cesar-gavela  Le pregunté a mi madre por qué ya no hablaba del tío Marcos, del que mataron en el norte, y ella me contó que era porque se le habían terminado las lágrimas. Que cada persona tiene un cupo para cada muerto, como si ellos se las dieran, y cuanto más triste la muerte, más lágrimas. Pero que también se acaban terminando, y un día no salen más. Eso fue lo que le pasó a mi madre, que cuando aparecía mi tío Marcos en la conversación, ya no lloraba aunque quisiera, y de ahí pasó a pedirme que nunca le hablara de él, que era muy triste no poder llorarle. Y así mi tío empezó a desaparecer, y poco a poco se volvió penumbra; y ya ni siquiera eso.

César Gavela
Velas al viento. Los microrelatos de la Nave de los Locos. Ed cuadernos del vigía. 2010

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