Hemeroteca de la sección “Pedro Herrero”

    En su lecho de muerte, el moribundo tiene miedo a morir. Lo han conectado a una máquina que muestra, en una pequeña pantalla de color negro, su ritmo cardíaco en finos y fugaces trazos verdes. Parece su propio corazón subiendo y bajando montañas de vértigo con una agilidad inusitada. Es un pensamiento que debería confortarle en este trance tan delicado, pero no es así: se muere y punto. La ruptura con todo lo que le rodea es inminente e inevitable. Pronto dejará de estar presente y se convertirá en un frío dato para la estadística. Eso le entristece hasta tal punto que intenta desesperadamente ver el lado bueno de las cosas. Si después de la muerte no hay nada, es que no hay nada de qué preocuparse. Como tampoco le preocupan los miles de millones de años que han transcurrido antes de que él viniera a este mundo. Dentro de poco conocerá un nuevo orden, con reglas diferentes, aunque se limite a formar parte del polvo interestelar. No suena muy halagüeño, es verdad, pero también es cierto que su existencia en la Tierra no sólo ha pasado inadvertida para el universo exterior, sino incluso para los vecinos de su calle. Esto último le hace sonreír y por primera vez emite una sonora carcajada, que precipita su corazón desde lo alto de las escarpadas cumbres que aparecen en el monitor. Aunque cada vez se distancian más, como si fueran las estribaciones de una cordillera. Se ondulan y se hacen pequeñas, hasta desembocar en un valle aparentemente desértico, una línea infinita e inalterable, con forma de pista de aterrizaje, o de despegue.

Pedro Herrero
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pedro herrero  Al final se ha hecho justicia. El joven de origen desconocido, que ingresó en palacio haciéndose pasar por mozo de cuadra con el objetivo de desenmascarar al asesino de su padre, ha batido en duelo al malvado marqués que, además de arruinar a la familia del muchacho, urdía un plan siniestro para apoderarse del trono de la nación. El rey, en reconocimiento al valor demostrado por el joven paladín, le restituye el título nobiliario que le había sido arrebatado y le hace saber que está dispuesto a concederle lo que desee. El joven se apresura a pedir la mano de su hija, la princesa, de quien está locamente enamorado. Como respuesta, el rey se complace en anunciar de inmediato el enlace de la feliz pareja. El joven aprovecha para pedir que él y su nueva esposa puedan quedarse a vivir en palacio, de manera provisional, mientras duren las obras de reconstrucción del castillo que legítimamente le pertenece. El rey, manteniendo en su rostro la misma sonrisa comprensiva, accede también sin poner objeción alguna. El joven añade que -si no es mucha molestia- les dejen ocupar las dependencias del ala norte, frente al puente levadizo, por donde él debía trepar cada noche para ver a su amada en secreto. El rey, notando ya un ligero dolor de tipo nervioso en la mandíbula, asiente con la cabeza en señal de conformidad. Entonces el joven, abrumado por tanta generosidad, se dispone a pedir un último favor. Pero el rey lo interrumpe diciendo que, aunque sólo sea por cambiar de tema, le gustaría saber exactamente por qué mataron a su padre.

Pedro Herrero

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PedroHerrero  En principio, el hecho de enamorarme de una mujer que tenía una hermana gemela no debería resultar embarazoso, al margen de la anécdota inevitable. No soy el primero ni el último que pasa por esta situación. Pero reconozco que cuando conocí a la que había de ser mi cuñada experimenté una extraña familiaridad, como si besara a mi novia por segunda vez consecutiva. A ello contribuyó (todo hay que decirlo) la buena disposición con la que ella correspondió a mi saludo, como si aquella no fuera la primera vez que nos veíamos. Y cuando descubrí que la sintonía entre las dos mujeres se extendía a los mínimos detalles de su carácter, dejé a un lado la estabilidad que esa compenetración significara para ambas y empecé a hacerme preguntas que no sabía responder. No pude -aunque lo intenté- dejar de mirar a mi cuñada con el mayor disimulo, cada vez que coincidíamos los tres para tomar unas copas o celebrar un cumpleaños. Ni pude dejar de evocarla haciendo el amor, imaginando que su cuerpo reaccionaría con el mismo abanico de gestos y gemidos que yo ya conocía. Llevé lo mejor que supe la inconfesable obsesión por resolver mis dudas enfermizas, que no menguaron con el paso de los años, y estuve de acuerdo en que -conforme a la educación que me habían inculcado de pequeño- mis pensamientos lascivos merecían un castigo ejemplar. Ahora bien: que la hermana de mi mujer haya acabado enamorándose de alguien idéntico a mí, me parece una condena –a todas luces- excesiva.

Pedro Herrero

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pedro herrero  Hacía tanto tiempo que no sabía nada de mi amigo de juventud, que me he quedado de una pieza al enterarme de que a partir de ahora trabajaremos juntos en la misma empresa. Rápidamente he buscado su destino en la relación de nuevos empleados y lo he llamado por teléfono. Es curioso cómo la voz es lo que menos cambia en las personas: un poco más débil, más ronca, pero manteniendo los matices que la habían fijado en mi memoria. Se lo he comentado y me ha contestado que también mi voz es la de siempre, en términos generales, y qué alegría volver a coincidir conmigo. Enseguida hemos evocado nuestros años de estudiantes, la precariedad, la actitud contestataria, la audacia inconsciente con la que proyectábamos el futuro. Hemos continuado con los rumbos -tan distintos- que tomamos desde entonces y que nos han llevado, de manera diversa, hasta un presente del que no tenemos derecho a quejarnos, aunque buena parte de nuestra energía se ha perdido en el camino. Así hemos ido pasando revista a todos los asuntos pendientes, y al final hemos quedado en vernos hoy mismo, para comer juntos a la salida del trabajo. Al colgar el teléfono, aún con la sonrisa en los labios, me he dado cuenta de que, en realidad, ya nos hemos dicho todo lo que había que decir.

Pedro Herrero

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pedroherreroo  Yo llevaba muerto muchos años, pero sentía curiosidad por saber si la mujer con quien había compartido mi vida seguía viva y qué tal le iban las cosas. Me dijeron que esa curiosidad no tenía sentido, que nada lo tenía después de haber muerto. Pero yo sólo quería saber si ella se encontraba bien. Ellos insistieron en que era inútil insistir, que si ella vivía no podríamos entrar en contacto y que si había muerto tampoco. Me repitieron que todo había acabado y que nada podían hacer al respecto. Sin embargo, la ansiedad por recibir noticias de mi amada iba en aumento de manera imparable y no pensaba renunciar a mi propósito. Al final tuvieron que admitir que tal vez yo no había muerto del todo. Supongo que el sobresalto fue tan violento que acabé por despertarme.
Mi mujer dormía plácidamente a mi lado, en la oscuridad, con el pelo revuelto y la sábana cubriéndole apenas la cintura. La abracé con insistencia hasta que ella despertó y le hice el amor como si acabáramos de conocernos. Luego le confesé que había tenido una horrible pesadilla, en la que la echaba mucho de menos. Por su parte, ella también había soñado algo muy extraño, según me dijo. Alguien, al parecer muy obstinado, la perseguía sin descanso para saber cómo vivía y todo lo demás. Cuando le pregunté quién era esa persona me dijo -entre bostezos- que no lo recordaba, pero que cuando yo la desperté estaba a punto de lograr que la dejara en paz.

Pedro Herrero
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Pedro Herrero_110921  ¡Oh, Señor!, líbranos de ti.

Pedro Herrero
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pedro herrero  La papelera encestar el borracho no consiguió dentro de la botella.

Pedro Herrero
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PedroHerrero  Como rió el último, rió dos veces. La segunda, sin saber exactamente de qué.

Pedro Herrero
Nanorelatos

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pedroherreroo   Cada noche, después de cenar, llevo al señor de paseo en limusina. Dejamos atrás la parte alta y noble de la ciudad, y bajamos hasta el muelle de pescadores, buscando señoritas que caminen despacio por la acera, con el bolso en una mano y el cigarrillo en la otra. El señor se fija en una que solo vista ropa interior y -tras quedar acuerdo en el precio- la invita a subir con él en el asiento trasero. Entonces me ordena que conduzca por calles solitarias en mal estado, sin esquivar los baches; que gire, frene y acelere a mi antojo, solo por darme ese gusto. Cuando se cansa me da las gracias, despide a la joven y regresamos a casa.
El señor es muy discreto, no suele comentar conmigo sus gustos ni sus caprichos. pero hoy me ha confesado que -por variar y sin que sirva de precedente- le gustaría experimentar qué se siente al volante. Hoy voy yo de pasajero y él se ha puesto la gorra de conductor. Al llegar a nuestro territorio de caza, me ha dejado que elija yo mismo la presa vulnerable, ligera de ropa. Cuando le he comunicado mi decisión, ha parado el coche junto a ella, y -tras quedar acuerdo en el precio- la ha invitado a subir con él en el asiento delantero.

Pedro Herrero

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pedro herrero  El mago me ha invitado a que coja una carta de la baraja y la guarde en el bolsillo sin enseñársela a nadie. Luego ha colocado el mazo ante sus ojos, ha fingido atravesarlo con la mirada y, tras pronunciar en voz alta el nombre de la carta ausente, me ha pedido que la recupere y la muestre al público.
Yo vengo a menudo a este local nocturno. Y no precisamente a dejarme engatusar por las argucias de un intruso con chistera, sino a ser yo el que seduzca a toda hembra apetecible que se me ponga por delante.
Sabía que era solo cuestión de tiempo, que algún día el mago querría hacerme el numerito. Suele rondar por las mesas de la sala y elige grupos concurridos, ante los cuales pueda dejar en evidencia a quien lleve la voz cantante.
Esta noche tengo suerte, soy el centro de atención de varias ninfas predispuestas, con las que llevo un buen rato tomando copas como si fuera un pachá. Por eso respondo a la propuesta del mago con una sonrisa díscola, que él, de momento, parece no querer entender. La entenderá enseguida, cuando de mi bolsillo -previamente lleno de cartas- saque aquella que él no espera.

Pedro Herrero
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