Hemeroteca de la sección “Pedro Herrero”

    La dama llegó a la cita antes de lo previsto. Se la veía inquieta, ausente, asustadiza. Pero allí estaba al fin, haciendo realidad un sueño tan audaz como disparatado. El caballero la abordó de inmediato con voz temblorosa, pero sacando fuerzas de los contactos previos por teléfono, cuando ambos intentaban sintonizar sus pretensiones y especulaban con el aspecto que tendría cada cual. Hubo un instante de tensa vacilación por parte de la muchacha, un intento comprensible de volverse atrás y echarlo todo a rodar. Pero la voz de su galán, cada vez más sereno y confiado, logró tejer una nube de ensueño que aprestó el deseo y las ganas de dejarse llevar a cualquier parte. Y los dos salieron a la calle y pararon un taxi.
Al cabo de media hora, la otra mujer, la que de verdad había quedado con aquel hombre, hizo su aparición en el lugar acordado.

Pedro Herrero
Los días hábiles. Serial Ediciones. 2016

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    Sentado en un rincón de la oscura taberna, el único cliente contempla en silencio el documental que pasan por televisión sobre la vida salvaje en la sabana africana. La joven camarera le ha servido un café bien cargado, con la misma indolencia que muestra la pequeña gacela del reportaje, mientras deambula por el prado lejos de la manada. El chacal la acecha, agazapado entre la maleza, y el locutor del programa asegura que las posibilidades que tiene la presa de romper el cerco del cazador son prácticamente nulas. Hay un cruce de miradas entre la fiera y el hombre, que sorbe lentamente su taza de café.También la gacela detiene su marcha, inquieta a causa de un ruido que llama la atención de la camarera, la cual deja un momento lo que está haciendo para fijar sus ojos en la pantalla. La vida, al parecer, se somete a unas leyes tan poco flexibles que acaban cuestionando nuestro romántico concepto de libertad. El locutor tiene una voz sedosa, profunda y convincente, y habla como si él mismo hubiera diseñado el comportamiento de todos los seres vivos del planeta. Ahora el chacal ha pedido la cuenta y la gacela, tras limpiarse las manos en el delantal, acude sin demora a cumplir con su destino.

Pedro Herrero
Los días hábiles. Serial Ediciones. 2016

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    Saber que los dos galanes que la cortejaban en el baile han salido a la calle a pelearse por ella hace que la dama en cuestión se sienta inicialmente halagada. Es algo de lo que podrá presumir con sus amigas, algunas de las cuales nunca tendrán ni dos, ni uno, ni medio pretendiente en toda su vida, aunque finjan que eso no les importa.
Ahora bien, resulta que sus dos enamorados han decidido pleitear para ver quién se queda con la hembra, sin que la opinión de la misma parezca tener importancia. Y eso convierte la ilusión de ser objeto de una disputa viril en la certeza de saberse únicamente el trofeo del vencedor. Por otra parte, es evidente que quien gane la pelea la defenderá en el futuro contra cualquiera que se atreva a importunarla. Pero puede que, además, acostumbrado a perder los estribos con quien le lleve la contraria, los pierda también con su pareja, que hará bien en no oponerse a nada, como en su día no se opuso a que luchara por merecer su amor.
Pensándolo bien, la situación es tan delicadamente incómoda que la dama en cuestión pide la cuenta al camarero y se va con disimulo a otro local, donde los hombres que se interesen por ella se limiten a pedir permiso.

Pedro Herrero
Los días hábiles. Serial Ediciones. 2016

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   Cuando las tropas del duque hubieron tomado al asalto el castillo situado en lo alto del promontorio, el duque en persona quiso subir a la torre de vigía para contemplar la magnífica vista que desde allí se divisaba. Incluso mandó llamar a su esposa para que compartiera con él aquella espectacular panorámica, que dibujaba a sus pies un valle de tarjeta postal, con verdes y ondulados prados tapizados de fina hierba y rodeados de frondosas arboledas. “Voy enseguida”, dicen que respondió la mujer, que acababa de bajar del caballo y necesitaba arreglar un poco su indumentaria.
Mientras tanto, las tropas del duque se iban acomodando en las inmediaciones y establecían los primeros asentamientos en el llano y en las colinas cercanas. Creaban las rutas de acceso y las principales vías de suministro; las calles y plazas que recortaban hileras de casas; la organización del comercio y el plan general de infraestructuras; las bases de la corporación municipal y el consejo regulador de las entidades locales; la comisión delegada de bienestar social y la asamblea de participación ciudadana; el mecanismo de inserción laboral y los programas de ayuda a la tercera edad, etcétera.
Cuentan que al duque lo sorprendió la muerte, cuando al fin giró la cabeza pensando que ya no estaba solo.

Pedro Herrero

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   Por no poder atender. Pastor alemán, rubio, precioso, con el morro azabache, muy inteligente y amante de los juegos en el parque. Atiende al nombre de Bronco. Lo adoptamos de cachorro, mi mujer y yo, y ha sido siempre un miembro más de la familia. Solía llamar la atención cuando iba por la calle (mi mujer) y por ello lo entrenamos para que acudiera en su defensa. Pero sus gustos exclusivos (los del perro) nos llevaron a gastar más de lo necesario, y hacía tiempo que soportábamos algunas privaciones, que tarde o temprano habían de pasarnos factura. Por eso tuve que darles una paliza (primero al chucho, luego a mi mujer), y era natural que los dos se pusieran en mi contra. Aunque al volver del trabajo yo seguía encontrando mis pantuflas en la alfombra (descubrí que se turnaban para dejarlas allá). Pero una familia no funciona bien si hay grietas insondables detrás de los gestos amistosos. Las broncas fueron en aumento, y últimamente hablábamos los tres el mismo idioma. Así no hay quien se entienda. Una noche en que discutíamos (el perro y yo), mi mujer me preguntó a quién le ponía el bozal y la correa. No pude más, quise matarlos a los dos, pero Bronco supo defenderse a tiempo. Ahora se ha quedado sin dueño, porque en la cárcel no permiten animales fuera de las celdas. También regalo todos sus complementos.

Pedro Herrero

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    En su lecho de muerte, el moribundo tiene miedo a morir. Lo han conectado a una máquina que muestra, en una pequeña pantalla de color negro, su ritmo cardíaco en finos y fugaces trazos verdes. Parece su propio corazón subiendo y bajando montañas de vértigo con una agilidad inusitada. Es un pensamiento que debería confortarle en este trance tan delicado, pero no es así: se muere y punto. La ruptura con todo lo que le rodea es inminente e inevitable. Pronto dejará de estar presente y se convertirá en un frío dato para la estadística. Eso le entristece hasta tal punto que intenta desesperadamente ver el lado bueno de las cosas. Si después de la muerte no hay nada, es que no hay nada de qué preocuparse. Como tampoco le preocupan los miles de millones de años que han transcurrido antes de que él viniera a este mundo. Dentro de poco conocerá un nuevo orden, con reglas diferentes, aunque se limite a formar parte del polvo interestelar. No suena muy halagüeño, es verdad, pero también es cierto que su existencia en la Tierra no sólo ha pasado inadvertida para el universo exterior, sino incluso para los vecinos de su calle. Esto último le hace sonreír y por primera vez emite una sonora carcajada, que precipita su corazón desde lo alto de las escarpadas cumbres que aparecen en el monitor. Aunque cada vez se distancian más, como si fueran las estribaciones de una cordillera. Se ondulan y se hacen pequeñas, hasta desembocar en un valle aparentemente desértico, una línea infinita e inalterable, con forma de pista de aterrizaje, o de despegue.

Pedro Herrero
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pedro herrero  Al final se ha hecho justicia. El joven de origen desconocido, que ingresó en palacio haciéndose pasar por mozo de cuadra con el objetivo de desenmascarar al asesino de su padre, ha batido en duelo al malvado marqués que, además de arruinar a la familia del muchacho, urdía un plan siniestro para apoderarse del trono de la nación. El rey, en reconocimiento al valor demostrado por el joven paladín, le restituye el título nobiliario que le había sido arrebatado y le hace saber que está dispuesto a concederle lo que desee. El joven se apresura a pedir la mano de su hija, la princesa, de quien está locamente enamorado. Como respuesta, el rey se complace en anunciar de inmediato el enlace de la feliz pareja. El joven aprovecha para pedir que él y su nueva esposa puedan quedarse a vivir en palacio, de manera provisional, mientras duren las obras de reconstrucción del castillo que legítimamente le pertenece. El rey, manteniendo en su rostro la misma sonrisa comprensiva, accede también sin poner objeción alguna. El joven añade que -si no es mucha molestia- les dejen ocupar las dependencias del ala norte, frente al puente levadizo, por donde él debía trepar cada noche para ver a su amada en secreto. El rey, notando ya un ligero dolor de tipo nervioso en la mandíbula, asiente con la cabeza en señal de conformidad. Entonces el joven, abrumado por tanta generosidad, se dispone a pedir un último favor. Pero el rey lo interrumpe diciendo que, aunque sólo sea por cambiar de tema, le gustaría saber exactamente por qué mataron a su padre.

Pedro Herrero

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PedroHerrero  En principio, el hecho de enamorarme de una mujer que tenía una hermana gemela no debería resultar embarazoso, al margen de la anécdota inevitable. No soy el primero ni el último que pasa por esta situación. Pero reconozco que cuando conocí a la que había de ser mi cuñada experimenté una extraña familiaridad, como si besara a mi novia por segunda vez consecutiva. A ello contribuyó (todo hay que decirlo) la buena disposición con la que ella correspondió a mi saludo, como si aquella no fuera la primera vez que nos veíamos. Y cuando descubrí que la sintonía entre las dos mujeres se extendía a los mínimos detalles de su carácter, dejé a un lado la estabilidad que esa compenetración significara para ambas y empecé a hacerme preguntas que no sabía responder. No pude -aunque lo intenté- dejar de mirar a mi cuñada con el mayor disimulo, cada vez que coincidíamos los tres para tomar unas copas o celebrar un cumpleaños. Ni pude dejar de evocarla haciendo el amor, imaginando que su cuerpo reaccionaría con el mismo abanico de gestos y gemidos que yo ya conocía. Llevé lo mejor que supe la inconfesable obsesión por resolver mis dudas enfermizas, que no menguaron con el paso de los años, y estuve de acuerdo en que -conforme a la educación que me habían inculcado de pequeño- mis pensamientos lascivos merecían un castigo ejemplar. Ahora bien: que la hermana de mi mujer haya acabado enamorándose de alguien idéntico a mí, me parece una condena –a todas luces- excesiva.

Pedro Herrero

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pedro herrero  Hacía tanto tiempo que no sabía nada de mi amigo de juventud, que me he quedado de una pieza al enterarme de que a partir de ahora trabajaremos juntos en la misma empresa. Rápidamente he buscado su destino en la relación de nuevos empleados y lo he llamado por teléfono. Es curioso cómo la voz es lo que menos cambia en las personas: un poco más débil, más ronca, pero manteniendo los matices que la habían fijado en mi memoria. Se lo he comentado y me ha contestado que también mi voz es la de siempre, en términos generales, y qué alegría volver a coincidir conmigo. Enseguida hemos evocado nuestros años de estudiantes, la precariedad, la actitud contestataria, la audacia inconsciente con la que proyectábamos el futuro. Hemos continuado con los rumbos -tan distintos- que tomamos desde entonces y que nos han llevado, de manera diversa, hasta un presente del que no tenemos derecho a quejarnos, aunque buena parte de nuestra energía se ha perdido en el camino. Así hemos ido pasando revista a todos los asuntos pendientes, y al final hemos quedado en vernos hoy mismo, para comer juntos a la salida del trabajo. Al colgar el teléfono, aún con la sonrisa en los labios, me he dado cuenta de que, en realidad, ya nos hemos dicho todo lo que había que decir.

Pedro Herrero

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pedroherreroo  Yo llevaba muerto muchos años, pero sentía curiosidad por saber si la mujer con quien había compartido mi vida seguía viva y qué tal le iban las cosas. Me dijeron que esa curiosidad no tenía sentido, que nada lo tenía después de haber muerto. Pero yo sólo quería saber si ella se encontraba bien. Ellos insistieron en que era inútil insistir, que si ella vivía no podríamos entrar en contacto y que si había muerto tampoco. Me repitieron que todo había acabado y que nada podían hacer al respecto. Sin embargo, la ansiedad por recibir noticias de mi amada iba en aumento de manera imparable y no pensaba renunciar a mi propósito. Al final tuvieron que admitir que tal vez yo no había muerto del todo. Supongo que el sobresalto fue tan violento que acabé por despertarme.
Mi mujer dormía plácidamente a mi lado, en la oscuridad, con el pelo revuelto y la sábana cubriéndole apenas la cintura. La abracé con insistencia hasta que ella despertó y le hice el amor como si acabáramos de conocernos. Luego le confesé que había tenido una horrible pesadilla, en la que la echaba mucho de menos. Por su parte, ella también había soñado algo muy extraño, según me dijo. Alguien, al parecer muy obstinado, la perseguía sin descanso para saber cómo vivía y todo lo demás. Cuando le pregunté quién era esa persona me dijo -entre bostezos- que no lo recordaba, pero que cuando yo la desperté estaba a punto de lograr que la dejara en paz.

Pedro Herrero
http://www.humormio.blogspot.com.es/

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