Hemeroteca de la sección “Rubén Abella”

   Alguien se sentó junto a él en el autobús y abrió una novela.
En sus páginas pudo leer cómo un hombre en gabardina se acercaba a una mujer en una esquina de luz macilenta. No llegó a saber qué le dijo, pues tuvo que levantarse a toda prisa para no pasarse de parada.
Caminó un trecho por la acera desierta, envuelto en el eco nocturno de sus propios pasos. En la esquina de las calles Bravo Murillo y Naranjo vislumbró a una mujer que esperaba bajo una farola enferma. Se acercó a ella con las manos hundidas en los bolsillos de la gabardina. Quiso hablarle, pero no le salieron las palabras. Ella lo miró con tristeza y dijo:
—Deberías haberte bajado en la siguiente, cariño.

Rubén Abella
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

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    PLANTEAMIENTO
Antes de firmar el contrato de alquiler, el propietario informó a Sancho de que en el piso vivía un fantasma.
—Es un poco travieso, pero no es malo —aclaró, para tranquilizarlo.
Sancho estampó su firma riendo para sus adentros, sin entender cómo un señor tan serio podía creer en esas tonterías.
NUDO
Dejó de reír al poco de instalarse, cuando empezaron a ocurrir cosas raras. Las luces tenían voluntad propia. Los objetos cambiaban de sitio en cuanto uno se daba la vuelta. Las puertas se abrían y se cerraban sin que nadie las tocara. Y para colmo, una mañana al despertarse Sancho vio horrorizado cómo sus zapatillas salían andando solas de la habitación. Incapaz de soportar la situación por más tiempo, decidió cambiarse de casa.
Esa misma noche, en la cama, le sucedió algo asombroso. Sintió que se pegaba a su piel una piel invisible, más suave y más fragante que la de sus amores más memorables. Dulcemente asaltado por aquel cuerpo de éter, envuelto en sus caricias sin carne, se abandonó a unos espasmos eléctricos, abismales, mucho más intensos que cualquier placer que hubiera experimentado hasta entonces. Así descubrió dos cosas: que el fantasma era mujer y que ya no quería mudarse.
DESENLACE
Han pasado cinco años. Cinco años de una felicidad perfecta, que recientemente el propietario ha puesto en peligro con un anuncio fatídico: el contrato de alquiler vence en un mes y no piensa renovarlo.
—Quiero dejarle el piso a mi hijo, que ya tiene edad para independizarse —ha dicho, sin presentir el verdadero peso de sus palabras.
Sancho lleva tres semanas siguiendo al hijo del propietario. Sabe a qué hora sale de casa por la mañana, qué ruta sigue, dónde trabaja.
Sabe también que por las tardes se desvía un poco de su camino para pasar por el parque del Retiro, a esas horas ya casi desierto y sumido en la penumbra.

Rubén Abella
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

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Ruben-Abella-copia   Compraba lotería a diario pero no se lo decía a su esposo, no fuera a ser que tocara.

Rubén Abella

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Ruben Abella  Es sábado de Carnaval.
Delfín y Eloísa se disfrazan de Mazinger Z y Afrodita A y van a divertirse a Las Vistillas.
Bailan. Ríen. Beben. Cantan.
Arrastrados por el bullicio, se unen a congas distintas y se pierden el rastro. Siguen la fiesta cada uno por su lado, hasta que, pasada la medianoche, vuelven a encontrarse en el Tinto Bar.
—Vamos a casa, diosa mía —dice Delfín, con la voz hecha deseo.
Por el camino se abrazan, se acarician, se besan. Están tan ansiosos, que al llegar caen enredados en la cama y hacen el amor sin quitarse los disfraces.
Por la mañana a Delfín lo despierta el ruido de las llaves hurgando en la cerradura. En la mitad vacía del lecho hay una nota con un número de teléfono y un mensaje: «Llámame cuando quieras. Por cierto, me llamo Bárbara».

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

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Ruben Abella  A las dos de la mañana Isabel llegó a casa. A las dos y un minuto su padre la interceptó en el pasillo y le echó la reprimenda de siempre, rematada esta vez con un comentario inédito: «Y si no te gusta, ahí tienes la puerta». A las dos y trece Isabel cogió la puerta y se fue. A las dos y veintiocho entró en la estación de Chamartín, consultó una pantalla y se enteró de que el próximo tren no salía hasta las seis. A las tres menos veinticinco se acurrucó en un banco y trató de dormir. A las cinco y media abrieron la ventanilla: Isabel se acercó a comprar el billete, pero al ir a pagar se dio cuenta de que no llevaba dinero encima. A las seis menos cinco se subió al tren de todos modos. A las siete menos diez el revisor la obligó a bajarse en Villalba. A las siete prosiguió su huida a pie. A las ocho y cuarto las rozaduras de los zapatos la hicieron detenerse a la entrada de Galapagar. A las ocho y diecinueve un hombre se acercó a ella, la miró de arriba abajo y le preguntó cuánto cobraba por un ratito de amor. A las ocho y media Isabel entró en una cabina telefónica, llamó a casa a cobro revertido y, rompiendo a llorar, suplicó a su padre que viniera a recogerla.

Rubén Abella

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Ruben-Abella-copia  Tras décadas de rencor enquistado, malas pasadas y aborrecimiento mutuos, Landelino Ortega murió y, para asombro de sus seres queridos, Pepe Villa se presentó en el funeral con una corona de flores, sollozando como un viudo estragado.
Por la noche se bebió dos botellas de orujo en el bar Oasis. Antes de perder la lucidez, le dijo a Virgilio que no había querido ofender a nadie yendo a la iglesia. Pensara lo que pensara la gente, su dolor era sincero.
—Porque sin el odio —confesó con los párpados a media asta, en los instantes previos al desplome—, ya no tengo excusas para seguir viviendo.

Rubén Abella

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Ruben Abella  Mario giró el volante y enfiló la calle Arenal a ciegas, súbitamente deslumbrado por el sol de cara. Iba a poner el quitasol cuando sintió un golpe en el parachoques y, acto seguido, una violenta sacudida que lo obligó a frenar en seco para no salirse de la calzada. Al bajar del coche vio un mastín muerto en el asfalto y, arrodillada junto a él, a una mujer deshecha en lágrimas.
—Lo siento. Lo siento mucho —dijo, acercándose a ella.
Llamaron a la policía, que a su vez llamó al depósito canino municipal para que se hiciera cargo del cadáver. La mujer seguía llorando. Mario, vencido por la culpa, trató de calmarla.
—¿Le apetece tomar algo? —propuso, ante el fracaso de las palabras.
—Bueno, pero mejor vamos a mi casa. Vivo aquí mismo —gimió ella, secándose los ojos con un pañuelo, y señaló un portal cercano.
Presionado por las circunstancias, Mario aceptó la invitación.
No paró de disculparse durante el corto trayecto, en el ascensor, mientras ella lo invitaba a sentarse en el sofá del salón, entre sorbo y sorbo del primer ron con hielo.
Tras la segunda copa se acabaron las lágrimas. Aliviado, Mario dio las gracias y dijo que tenía que irse, pero la mujer no le dejó: se desabrochó un botón de la blusa y, lanzándole una sonrisa en llamas, propuso otra ronda.
—La del estribo —dijo, con las pupilas brillantes. A Mario la culpa se le disolvió en deseo, y accedió. A mitad del tercer ron, empezó a sentirse indispuesto.

Rubén Abella

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Ruben Abella  La enemistad entre Landelino Ortega y Pepe Villa echó a andar una lluviosa tarde de primavera, cuando el segundo quiso comprar un paraguas y el primero, con la excusa de que era la hora de cerrar, se negó a vendérselo. Pepe Villa no tardó en resarcirse del desplante, aparcando su coche en la plaza que, por tradición vecinal, Landelino Ortega tenía reservada frente a la mercería.
Había estallado la guerra.
Al principio no fueron más que desaires de vecinos mal avenidos, sin víctimas ni consecuencias de peso. Pero con el tiempo la mera discordia se les fue de las manos y se convirtió en inquina. Pepe Villa compartía su ático con tres gatos mestizos que entraban y salían a través de la terraza. Un día los halló muertos entre espumarajos en la alfombra del recibidor, y no tuvo dudas sobre quién los había envenenado. En represalia, llamó a Hacienda e hizo caer sobre Landelino Ortega una inspección por sorpresa que lo dejó al borde de la ruina.
Así se colmó el vaso.
No se sabe a quién de los dos se le ocurrió la idea de batirse en duelo. Lo que sí se sabe es que una madrugada de septiembre se dieron cita en la Casa de Campo, junto al puente de la Culebra, sin testigos y armados con unas viejas pistolas Astra. Había tan poca luz que apenas podían distinguirse el uno al otro. Dispararon casi a ciegas y, sobresaltados por el eco de las descargas, se desplomaron creyéndose muertos.
Benigno los halló tumbados en la hierba, entumecidos pero ilesos.
—A ver si aprenden a arreglar sus diferencias jugando al dominó, que ya no tienen edad para hacer idioteces —les dijo, camino de la comisaría.
Desde entonces no han vuelto a atacarse.
Pero cualquiera que los conozca un poco sabe bien que esto no es la paz, sino sólo una tregua.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

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Ruben Abella  Tras una Nochebuena de whisky y olvido, Zenón despertó en un pesebre lleno de paja, con la mejilla apoyada en el vientre de escayola del Niño Jesús. A un lado estaban San José y la mula. Al otro, la Virgen María y el buey.
Tiritando, doblegado por la resaca, Zenón bajó como pudo del pesebre, se abrió paso entre las familias que lo observaban perplejas y se escabulló murmurando:
-Tengo que dejar de beber.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

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Ruben Abella  Siempre que podía, Melquiades se daba un paseo por la plaza de Oriente, no para ver el Palacio Real, ni para admirar los tesoros de la Almudena, sino para colarse en las fotos de los turistas. Se detenía con disimulo junto a una pareja posando. O se sumaba como quien no quiere la cosa a un grupo en formación futbolística. O pasaba silbando por detrás de una familia en escala. Luego, en la intimidad de su buhardilla de La Latina, abría el atlas y se imaginaba a sí mismo multiplicado, metido en marcos y álbumes junto a todos aquellos desconocidos, descansando sobre un aparador de Nagoya, o un anaquel de Dortmund, o un escritorio de Staten Island, o una mesa de noche de Monterrey.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

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