Hemeroteca de la sección “Cristina Grande”

      Cuando dijo soy una buena persona supe de inmediato que me había vuelto a confundir de hombre. Tantos años de mostrador me han enseñado que hay ciertas frases que siempre significan lo contrario de lo que dicen. Las buenas personas no están tan seguras de sí mismas como para afirmarlo en voz alta. Mi corazón empezó a desbocarse en plan delator cuando a continuación dijo no soy una persona violenta.
Miré alrededor buscando la puerta de salida. Él no se dio cuenta de mi nerviosismo, o pensó que sus palabras me estaban excitando y que por eso mi respiración iba tan acelerada. Se acercó a la silla donde me había sentado a beber una coca-cola. Se quedó frente a mí de pie, tan cerca que seguramente oía mi corazón. Una gota de sudor cayó de mi codo a su zapato. En ese momento la nevera se puso a hacer un ruido espantoso. Sólo veía su bragueta y sus zapatos cuando agaché la cabeza para que me acariciara la nuca. Todo iba muy deprisa.
Era día 13. Después de comer me había tragado casi sin masticar media rosquilla de San Antonio. Bendecida, dijo la clienta que me la regaló, para que encuentres novio este año. Es una vieja gorda y simpática a quien el aparato de la tensión apenas le entra en el brazo. Esa misma tarde vino el representante de Lisartis a la hora de cerrar. No suelo comprarle nada pero es de los pocos a los que soporto porque no insiste, como si le diera lo mismo vender que no vender.
Acepté su invitación para cenar. Me pareció más guapo que otras veces. La rosquilla aún me bailaba en el estómago y de alguna forma podría ser que estuviera empezando a surtir efecto. La conversación era fluida, como de viejos amigos, y me sentí a gusto cuando en el coche me acarició el brazo.
Aún era de día cuando llegamos a su casa, un décimo piso en el Rabal. Lo primero que hizo fue llevarme a la ventana de la cocina y señalar al frente. En el horizonte se veía el Moncayo a la luz del crepúsculo y me pareció un espejismo maravilloso, allí en medio de la ciudad ardiente. No me iba a costar nada enamorarme.
La nevera se paró en seco justo en el momento en que le bajé la cremallera del pantalón. No me atreví a levantar la vista hasta su cara. Agradecí que de repente se hubiera hecho de noche. Hice lo que tenía que hacer con una facilidad asombrosa. Cuando estaba a punto de correrse dijo mi nombre con voz cavernosa y atribulada, como si él fuera Dios y yo Abraham matando a mi hijo. Luego me terminé la coca-cola y le ofrecí mi ayuda para preparar la cena. Con la rasera en la mano le dije que yo también me consideraba buena persona.

Cristina Grande
Más por menos. Antología de microrelatos hispánicos actuales. Sial ediciones-2011

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    Era marino y se parecía a Conan el Bárbaro. Yo estaba en paro. Con el finiquito me fui a Amsterdam con mi amiga Marcia. No éramos de esas amigas que hablan sin parar de sus cosas. Nos gustaba beber juntas y ligar por separado.
No recuerdo su nombre. Lo cierto es que no llegué a entenderlo aunque se lo pregunté varias veces. Creo que era alemán. Hablaba un inglés macarrónico y entendí que estaba separado, que vivía en Sidney y que le gustaría vivir en Costa Rica.
Marcia y yo habíamos tomado la penúltima en el bar de nuestro hotelucho junto al puerto. Él estaba en la otra punta de la barra, y sólo se dirigió a mí cuando ya nos retirábamos tambaleantes a nuestra asquerosa habitación. La suya no era mejor, pero me sentía a gusto con aquel bárbaro. Pensé que en sus enormes maletas cabrían mis cuatro cosas, incluso yo misma. Vi un osito de peluche muy viejo encima de una de ellas. Por la mañana me dijo que debía irme, y ya junto a la puerta supe que eran vanas mis ilusiones de que al menos me regalara el osito.

Cristina Grande
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

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cristina-grande   Tengo treinta y ocho años. Quince arriba, quince abajo, mis dos amantes se llevan treinta años. Yo soy un puente entre ellos. O una pasarela peatonal. Tienen cosas en común. Son casi una misma persona en dos momentos de su vida. Entre ellos no tengo edad. Se aprecian. Aunque no quieren saber más que lo justo el uno del otro. Como si tuvieran un acuerdo tácito de mutuo respeto. Si alguna vez coincidimos los tres con más gente, nos ignoramos amablemente. Casi evitamos mirarnos. Delatarnos. Somos un triángulo misterioso en la sombra. Un triángulo equilátero, o isósceles, tres momentos de una sola vida. No podría elegir entre ellos.
El mayor me ha insinuado que quiere casarse conmigo. Pelo entre rubio y cano. Pero le he dado largas. No pienso casarme. Y no ha insistido. Qué pena. El pequeño se disgustaría si me casara. El pequeño ama a su novia pero se aburre con ella. Dice que si sigue con su novia es porque me tiene a mí. Me alegra su desfachatez, la naturalidad con la que miente. Me gustan las venas abultadas de la parte interior de sus antebrazos. Frente despejada. Qué suerte tengo, me digo cuando le veo abrazar a su novia con esos brazos fibrosos tostados solo por arriba como las barras de pan.
Al mayor lo veo más a menudo. Me ha llevado varias veces de excursión por la sierra de Guara. Conoce la montaña. Me conoce bien. Nos reímos de todo el mundo. Hacemos fotos. Buscamos setas o mariposas raras, según la época del año. Inventamos palíndromos. Una vez follamos sobre el musgo y él dijo «Ah cipote meto picha», que es un palíndromo que le copió a un amigo suyo. Nos habíamos bebido una botella de Margaux a morro. Yo pillé pulgas ese día. Luego él se reía de mis picaduras en el culo. Su trabajo le tiene muy ocupado. Tiene escolta. Me llama una o dos veces por semana. Es un roble con magníficas piernas de coloso.
El pequeño también es guapo. Siempre que le llamo viene. No sé qué excusas le dará a su novia. Nunca nos desnudamos del todo. Conocemos nuestros complejos. Nos parecemos. Nos reímos de cualquier cosa. De nosotros mismos. Qué guapos somos, decimos por decir algo. Nuestros ojos se miran. Se reconocen constantemente como los ojos de los depredadores. No es solo amor. Es impudicia. Algo incestuoso. Imprescindible.
Sobre la pasarela. Ni pasado ni futuro. Ida y vuelta. Por delante y por detrás. Soy el eje de su simetría. Y espero que todo siga igual para siempre. «La ruta nos aportó otro paso natural», le contesté al mayor sobre el musgo cuando sacó el cipote de mi culo. Es un increíble palíndromo que le copié a un amigo que nunca querría ser mi amante.

Cristina Grande
Mar de pirañas- Ed.Menoscuarto – 2012

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