Hemeroteca de la sección “Miguel Ángel Molina López”

 Miguel Angel molina2   Ella encendió el tocadiscos y sentada en la cama comenzó a desnudarse. Él se acomodó y se limitó a mirar.
Ella fue desvistiéndose sin prisa. Primero la chaqueta, luego la blusa y después la falda. Él no quiso perder tiempo y fue bajándose la bragueta.
Mientras tarareaba una canción, ella se quitó el sujetador y el tanga. Él se acariciaba y solo era capaz de escuchar a su corazón desbocado.
Cuando ella se desnudó por completo apagó la luz, corrió las cortinas y bajó la persiana. Él se subió la cremallera y entre maldiciones arrojó los prismáticos al suelo.

Miguel Ángel Molina López
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Miguel Angel molina2    Al salir, la patera estaba inundada de sueños. Hoy los vómitos, el miedo y la muerte se han adueñado de los 12 por 2,5 metros en los que viajan. Solo les queda acurrucarse entre ellos y rezar para soportar el oleaje, el hambre y el frío.
Cuando la esperanza ya está lista para morir, divisan la costa y son rescatados. Es entonces cuando descubren sorprendidos el curioso comportamiento de aquellos a los que quisieran parecerse. Al ver a los pescadores llevarse la gasolina y a los vecinos arramblar con las herramientas y el ancla, sus sueños comienzan a esfumarse.

Miguel Ángel Molina López
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Miguel Angel molina2   «Cariño, antes de que vuelva papá debes recordar que nada de lo que crees haber visto o escuchado es verdad. Aquí no ha pasado nada. Todo está en tu imaginación». Cuando la madre se aleja, convencida de haber dejado las cosas claras, el niño se queda apenado pensando en el vecino que acaba de marcharse. Le da miedo pensar qué ha podido hacerle su mamá a ese señor. Cree que no debe ser nada bueno, porque tras marcharse ella acaba de repetirle las mismas palabras que a él le dice su papá cuando cada noche sale de su habitación.

 Miguel Ángel Molina López
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Miguel Angel molina2   El infierno se había trasladado a la Colina del Suicidio. Bajo un ruido ensordecedor los brigadistas mantenían sus posiciones, esperando a la muerte lo más dignamente posible.
Charlie Donnelly, el irlandés, nunca imaginó acabar sus días junto al Jarama. Tenía veintitrés años y muchos poemas por escribir, pero prefirió luchar por sus ideas.
Tras un olivo, mientras mantenía a raya al enemigo dicen que exclamó: «Hasta las aceitunas están sangrando». Un tiro en el brazo, otro en el costado y el mortal en la cabeza silenciaron su fusil y su pluma para siempre. Hoy descansa sepultado en el olvido.

Miguel Ángel Molina López
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http://elpais.com/diario/2010/02/28/madrid/1267359864_850215.html
http://www.brigadasinternacionales.org/index.php?option=com_content&view=article&id=82:charlie-donnelly&catid=42:cronicas&Itemid=62

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