Hemeroteca de la sección “Yunuén Rodríguez”

   Recuerdo cuando iba a parir en domingo. Mis tías y mi suegra me llevaron a la sala de urgencias del Seguro Social. Estando ahí recapacité y pedí que me llevaran a una clínica privada, pero ya tenía puesta la bata, y mis datos ingresados. Éramos las únicas. Los asientos blancos fijos al piso marcaban el perímetro de la sala, todos de espaldas hacia los ventanales sin cortina, que me mostraban una ciudad nublada y quieta. Ni un auto, ni un perro en la calle, ni otra puerta abierta además del hospital.
La jefa de enfermeras, una mujer pálida, obesa y de labios delgados me miró con fastidio y exclamó sin disimular: “¡Es domingo, hay partido de futbol!”. Vino hasta donde yo estaba y sin dirigirse a mí ni una vez ordenó que me prepararan para cesárea. Se apartó. La morena novata de recepción me dijo en confidencia: “¡Uf, los domingos no esperan por ningún parto, a todas las abren y las sacan rapidito!”.
Yo me exalté y les decía que sólo necesitaba un poco más de tiempo, ¡que me dieran tiempo! Y me descalcé y empecé a caminar al rededor de una mesita de centro rectangular, con mi gigante barriga embatada. El corazón me latía rápido y yo apuraba el paso. La morena me veía con compasión, “¿No sientes contracciones? ¿Quieres una inyección para provocarlas?” Y yo le volteaba el rostro y apuraba más el paso repudiando los fármacos. “¡Quiero una partera! ¡Consíganme una partera!” Pero las parientes que venían conmigo me miraban condescendientemente sin mover ni una ceja.
Nadie toma en serio a una parturienta primeriza, más que su hombre. Pero el mío no estaba ahí para defenderme y hacer cumplir mi voluntad. ¡Él hubiera derrumbado el hospital con una mirada de puños apretados! Me concentré en mi bebé y le pedí que naciera, caminaba más lento con ojos cerrados visualizando mi cuerpo flotar dentro del agua. De repente, me entró un terror indescriptible a sentir los dolores, pero también a la anestesia que te inyectan en la médula espinal, ¡y al bisturí! Tuve un ataque de pánico…
Entonces desperté amedrentada y palpé mi vientre plano y vacío. El sol estaba alto como todos los domingos cuando nos levantamos tan tarde, ordenamos un almuerzo a domicilio, vemos películas y cogemos sin tregua hasta que nos vuelve a dar hambre. Luego anochece y tardo mucho en conciliar el sueño, y me duermo pensando que aquello no puede ser todo en la vida.

Yunuén Rodríguez

Comentarios No hay comentarios »

    La encuentra tendida sobre un lecho, pálida. Se compara a la estatua fúnebre de su propia tumba. Él la toma entre sus brazos conteniendo un grito convulso. Acerca los labios temblorosos y la besa. Se quedan unidas las dos bocas inmóviles, una que retiene el aliento y la otra que no respira. Necesita llorar, necesita aferrarse a ella con rabia mientras hunde la cara en ese cabello que todavía huele a jazmines. No lo acepta. Arranca los listones y desgarra el vestido para pegar la oreja al pecho desnudo. Se queda así un rato, escuchando el enorme silencio de su corazón. En el beso de despedida la tersura y languidez predominan sobre la frialdad. La descubre de cuerpo entero. Se despide de su frente, se despide de su cuello, se despide de sus senos y de su abdomen, de los dedos de sus pies, del doblez de sus rodillas.
Cerca de ahí, una aparición siniestra avanza rumbo a la ciudadela en ruinas. Los carroñeros y las espinas retroceden ante su paso calmo. En el interior de los salones tétricos, voces fantasmales quiebran aullidos evanescentes, anunciándola. Aquélla asciende hasta la celda más remota donde encuentra al hombre dormido, solitario. Encaneció pero conserva la belleza de sus facciones y aún firme la espada entre sus piernas.

Yunuén Rodríguez
http://yunrodriguez.blogspot.com.es/

Comentarios No hay comentarios »

    El inconsciente surge a la primera provocación ¿y qué puede hacer una? Sino rabiar de celos disimuladamente y admitir que sus celos son irracionales y no pronunciar reproche, censurando cualquier gesticulación delatante, y frustrarse porque comprende que no merece el desquite,  puesto que el inconsciente ajeno es ajeno pues, incapaz de sutilezas ni consideraciones al amor propio que no sea el propio. Y entonces desviar su ira hacia el objeto/sujeto de sus celos, y concentrarse mucho para que sufra de combustión espontánea o tropiece dentro de un nido de hormigas carnívoras, y en caso de que fallare la concentración, preguntarse ¿qué clase de mecanismo fisiológico de autoconservación son los celos? ¿qué hubieran hecho mis abuelas ancestrales en este caso? Y lamentar que una carezca de caverna y mazo; y envidiar a las mujeres de arrabal que han preservado su derecho a desgreñar, rasguñar y maldecir; y recordar que una es muy decente y reprimir los instintos hasta que le duela a una la barriga o hasta que la plática de alguien le distraiga; e inhalar profundo y exhalar y girar los hombros y relajar el cuello, y hacerle una bromita ingenua al que mostró sin querer sus deseos ocultos “jajaja ya mostraste tus deseos ocultos jajaja qué risa”, y pensar para una misma “pero ya vendrá el turno de que surja mi inconsciente a la primera provocación y reza porque no esté sujetando una plancha o la sartén”.

Yunuén Rodríguez
http://yunrodriguez.blogspot.com.es/

Comentarios No hay comentarios »

   Te quedaste quieto mientras el grupo esperaba tu reacción al anzuelo recién lanzado. “Sí, yo duermo con ella hoy”; y te pareció increíble la anuencia de los adultos, sin bromas maliciosas de tus primos.
En la cima del volcán la noche se fabrica de silencio. Cuando al fin se callan las canciones y la hoguera no crepita, el silencio crea oscuridad y frío. Bosque y estrellas mudos, cabaña muda. Tú mismo enmudecido y rígido en el catre junto a su cuerpo maduro de quinceañera.
Te quedaste quieto al sentir sus dedos buscando tu bragueta, insoportablemente enamorado, disimulador experto. Tenías su carne morena ofrecida a tus manos, la cercanía de su rostro, y cerrados los ojazos negros que siempre evadiste al conversar, y te quedaste quieto. Ella hizo de ti lo que quiso mientras ni una de tus yemas acarició sus pezones. Estabas paralizado por el ardor de cumplir tus gastadas fantasías de darle un beso en sus labios carnosos, “tus gastadas fantasías” así lo dijiste quince años después en un lapsus poético, pero aquella noche ni la boca de tus amores logró hacerte eyacular. El mínimo ruido les hubiera traído la mañana.

Yunuén Rodríguez
http://yunrodriguez.blogspot.com.es/

Comentarios No hay comentarios »