Hemeroteca de la sección “Eugenio Mandrini”

   Entonces vi que ese pájaro, como es costumbre en ellos, estaba posado en su rama, rígido, como de piedra, mirando allá, muy al fondo, donde el cielo se extravía en la distancia. Y de pronto salió disparado como una flecha en dirección a aquello que le afilaba los ojos, y lo hizo con tal decisión y premura como si hubiera descubierto lo imposible, algo así como el origen del tiempo o de la luz.
No llegó lejos. Como de la nada surgió un halcón y de una sola punzada le comió la vida, el vuelo y la sombra.
La inusual escena me llevó a pensar que a ese halcón lo había enviado Dios, perturbado o acaso temeroso de que ese pájaro, que no era un pájaro cualquiera sino un mirlo hablador, se atreviera a contar lo que había visto allá, muy al fondo, donde el cielo se extravía.
Si yo hubiera sido Dios, habría hecho lo mismo.
Si yo hubiera sido el mirlo, también habría hecho lo mismo.

Eugenio Mandrini
http://nalocos.blogspot.com.es/2014/04/eugenio-mandrini-1.html

Comentarios No hay comentarios »

 eugenio mandrini-2  En mitad de la noche la sábana se levantó y salió a trabajar.

Eugenio Mandrini

Comentarios No hay comentarios »

eugenio mandrini-2  Todo el tiempo aullidos.
Aullidos de amantes destronados. Aullidos de tenores desesperados por querer que los sordos oigan y aplaudan. Aullidos del viento en las hendijas de paredes de cartón. Aullidos del que increpa al sol porque no es cierto que él alumbre para todos. Aullidos de los perros que perdieron el regazo del último baldío. Aullidos del odio en el amor y del amor en el odio. Aullidos cuando el cielo se desploma en forma de bomba. Aullidos del que soñó con la muerte y al despertar e ir al espejo, el espejo no lo vio. Aullidos de ambulancias aun en esas perfumadas noches de primavera. Aullidos del microcuentista que se extravió en los laberintos de la poesía. Aullidos del martillazo en el dedo y del aceite en el fuego. Aullidos de Dios en el octavo día. Aullidos de por no saber dónde estamos, ni qué fuimos a buscar tan lejos, ni por qué volvemos siempre al lugar de la ausencia. Aullidos del hambre que está solo y sin mesa. Aullidos de lujuria de los trenes nocturnos que se desvían de los rieles y persiguen a las vacas solitarias.
Todo el tiempo aullidos.
¿Cómo desoír entonces la música de la época?
En cuanto a mí, ya estoy aprendiendo a gruñir.

Eugenio Mandrini
Las otras criaturas (Menoscuarto, 2013)

Comentarios No hay comentarios »

eugenio mandrini  A diferencia del ojo lujurioso de los Cíclopes y de las acometidas insaciables de los Centauros, la leyenda de los amores del Ogro y la Ogra nos relata que en los momentos de vitalidad y estruendo sanguíneo, ellos comienzan a devorarse entre sí, a dentelladas él, a mordiscos ella, a mordiscos él, a dentelladas ella (sin detallar aquí los recovecos de uno y otro donde más se deleitan, pues ello haría despertar a los caballos muertos y enardecer a las estatuas), hasta que por último del gran festín quedan indemnes solo sus lenguas chasqueando en el vacío ante la ausencia de los cuerpos.
Dicha leyenda nos revela, por un lado, el porqué de la desaparición de los Ogros y, por el otro, nos advierte que ellos ocupan el sitial más elevado entre las grandes parejas de amantes de la historia romántica universal, por ser los únicos seres que devorando y dejándose devorar, alcanzaron la suprema y monstruosa belleza del deseo carnal practicado hasta el fin.
Gloria a los Ogros.

Eugenio Mandrini

http://nalocos.blogspot.com.es/2013/10/las-otras-criaturas-libro-de.html

Comentarios No hay comentarios »

eugenio mandrini Malísima, es. Y por eso el recién llegado dijo que la podía curar, que solo él la podía curar. Así fue que lo eligió al Luis, un muchachote de una cara de tristeza sepulcral y de labios del color de las tardes cuando empiezan a envejecer, y lo hizo sonreír. Para ello se valió de un hilo casi invisible de tan fino, con el cual cosió cada comisura de los labios y las unió a cada lóbulo de las orejas. El Luis, su familia y la gran mayoría del pueblo quedaron satisfechos y extasiados con esa sonrisa desmesurada que era como todas las sonrisas a la vez. Solo unos pocos, los escépticos de siempre, persisten en afirmar que, de algún modo, el curador de la tristeza fracasó, porque no supo borrarle de los labios al Luis ese insoportable color de las tardes cuando empiezan a envejecer.

Eugenio Mandrini

Comentarios No hay comentarios »

AAAMandrini No entendía por qué no podía aullar como los amantes de la pared de al lado. No entendía que, de tanto oírlos, había aprendido a aullar como los perros, y como los locos que se miran la garganta en los espejos, y como los trenes cuando pujan los vientos de la noche, y aún como Vallejo cuando le pegaban duro con un palo y duro también con una soga, y sin embargo, sin embargo no podía aullar como los amantes de la pared de al lado. No entendía por qué los aullidos de ellos resonaban tan armoniosos y los suyos tan monocordes. No entendía que los amantes de la pared de al lado aullaban en dúo, como Tosca y Cavaradossi, Aída y Radamés, Andrea Chenier y Madeleine de Coigny. No entendía que en los tenores solitarios la ausencia de soprano engendra sólo aullidos de dolor, es decir, de perro, de loco, de tren o de Vallejo. No entendía nada de aullidos de placer. No entendía nada de ópera. No entendía nada de amantes. No entendía.

Eugenio Mandrini
Por favor sea breve 2
Ed. Páginas de espuma 2009

Comentarios 1 comentario »

eugenio mandrini Él era uno de esos predestinados que ven más allá. No desde el balcón de los dioses, sino desde aquí, desde este lugar común llamado Tierra.
Él, como ejemplo, veía el dolor (para ser más preciso: el temblor) del bosque cuando al amanecer los pájaros lo abandonan para entrar en el aire.
También, al encenderse la luz, él veía cómo las sombras se contorsionaban (en realidad, se resistían) en ese fugaz y fulminante instante antes de desaparecer.
Y si, por caso, en el horizonte aparecía una veladura, él, de una sola mirada, sabía si aquello era un remolino de niebla, la polvareda de una estampida, una invasión enemiga o un espejismo.
Hasta llegó a ver, cierta vez, frente al espejo, el lento trazado de un lápiz invisible, o dicho de otro modo, el nacimiento de una arruga.
Y sin embargo no vio llegar al dulce animal amargo del amor, y eso que este animal, antes de dar el salto y atraparlo, lo miró hondo a los ojos.
Eugenio Mandrini

Comentarios No hay comentarios »

eugenio mandrini32 Primero faltó a la cita la niña de la caperuza roja.
Después, un eclipse oscureció la luna y debió morderse el aullido.
Por último, la manada lo declaró nada feroz, por esas gotas de soledad que le apagaban los ojos, y fue desalojado del bosque.
Hoy lame zapatos en la ciudad y en invierno busca el abrigo del sol como una abuela.

Eugenio Mandrini

Comentarios No hay comentarios »

eugenio mandrini Si evaporada el agua el nadador todavía se sostiene, no cabe duda: es un ángel.

Eugenio Mandrini

Comentarios No hay comentarios »

AAAMandrini Con el último golpe del hacha, el árbol cae pesadamente al suelo. Sin embargo, los pájaros permanecen inmóviles donde antes estuvieron las ramas. Acaso porque sólo son la sombra de aquellos pájaros. Acaso porque la distancia, con su hipnotismo, suele paralizar a los pájaros. O acaso porque la memoria del árbol muere después.

Eugenio Mandrini

Comentarios No hay comentarios »