Hemeroteca de la sección “David Lagmanovich”

     El teniente me dijo que yo era un negro roñoso. Le contesté negro sí, no lo niego, pero yo me aseo todos los días, mi teniente. El teniente me dijo que me había desacatado y me condenó a tres días de calabozo. Cuando salí, el teniente me volvió a decir lo de negro roñoso y no contesté nada. Después el teniente me dijo algo sobre mi hermana, que había venido del interior a visitarme. Le pedí con todo respeto que no hablara así de mi hermana. FA teniente me dijo entre risas que él me hablaba como quería, y que ya éramos cuñados. Entonces sentí en la mano el fierro que llaman arma reglamentaria y apreté el gatillo. El teniente no volverá a decir nada nunca más.

David Lagmanovich
El límite de la palabra. Ed. Menoscuarto – 2007

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david_lagmanovich_jmv Apenas entró en el laberinto se sumergió en las tinieblas. Tonto de mí, pensó, además del ovillo debía haber traído una antorcha, cualquier fuente de luz. Pero ya estaba dentro: esperó que sus ojos se acostumbraran un poco a la oscuridad y avanzó tanteando las paredes. Iba dejando caer el tosco hilo del ovillo y temía que se le acabara, impidiéndole regresar. En más de una ocasión dudó en la intersección de dos pasajes, y varias veces rehizo sus pasos por haber tomado el camino equivocado. A medida que avanzaba, sin embargo, crecía su confianza: lo encontraré, pensaba, esta vez no se me escapará. ¿Qué haría ella, mientras tanto, allá arriba, casi en otro mundo? Después de un tiempo que le pareció infinito comenzó a advertir, no todavía la luz, sino una suerte de adelgazamiento de la oscuridad. Se movió con más facilidad en el tramo final. En el extremo del último pasillo vio una puerta o, más bien, una abertura en la que titilaba una luz temblorosa. Allí estaba el ser que buscaba: inmóvil, sentado de espaldas a la abertura en el muro, concentrado en la serie bélica que mostraba la pantalla del televisor.

David Lagmanovich
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

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DAVID LAGMANOVICH   De su isla maravillosa las sirenas emigraron a la ciudad, donde los hombres no comprendieron su naturaleza mágica. Por eso dieron su nombre al ulular inmisericordioso de los coches policiales, mensajeros de todas las desgracias. Las verdaderas sirenas, que en pro de la convivencia entre minorías ya habían eliminado sus colas de pez, quisieron evitar ser delatadas por su canto. Desde entonces se mantienen silenciosas, viven en casas de departamentos y aportan a la Seguridad Social.

David Lagmanovich
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

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DAVID LAGMANOVICH  Vaciló al escribir el comienzo. Trazó la primera palabra, que resultó ser «En», pero luego dudó. ¿Dónde ubicar la acción? Mientras pensaba, la tinta se había secado en la punta de la pluma. La miró un rato y se le ocurrió una idea: ¿por qué no aquí mismo, en esta tierra árida, en esta amada sequedad? Mojó nuevamente la pluma y prosiguió: «un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…».

David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007

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DAVID LAGMANOVICH  El martes ocurrirá un cambio importante, decía el horóscopo del periódico. Marte ejercerá su ascendente sobre Cáncer y esa conjunción traerá efectos desastrosos para la armonía de la pareja, el éxito en los negocios y el control del colesterol. No había consejos para revertir la situación; quizá la amenaza había superado al redactor. José, fiel lector de esas columnas, estaba asustado. Al llegar el domingo advirtió que no estaría en condiciones de trabajar mientras no pasara el día fatal. El lunes dio parte de enfermo, ante la sorpresa de su mujer, que creía en la quiromancia pero no en la astrología. El martes salió como si se dirigiera a la oficina, pero tomó un tren al Tigre y pasó gran parte del día caminando por lugares próximos a la ribera. Los lugareños comentaron más tarde que pocas veces se había visto un tornado tan violento allí, a orillas del agua. También dijeron que habían visto a un hombre que caminaba cerca del río, pero que no se volvió a saber de él.

David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed. Menoscuarto.2007

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david_lagmanovich_jmv  Vaciló al escribir el comienzo. Trazó la primera palabra, que resultó ser «En», pero luego dudó. ¿Dónde ubicar la acción? Mientras pensaba, la tinta se había secado en la punta de la pluma. La miró un rato y se le ocurrió una idea: ¿por qué no aquí mismo, en esta tierra árida, en esta amada sequedad? Mojó nuevamente la pluma y prosiguió: «un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…».

David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007

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DAVID LAGMANOVICH  Venían de tierras lejanas y se sentían extraviados en Judea, no por desconocer el camino, sino por la extrañeza que les producían las gentes y el paisaje. El ambiente natural, tan inhóspito; los hombres de la región, tan primitivos y supersticiosos. Los tres mercaderes se habían desviado de la ruta habitual porque en ese pueblo insignificante trabajaba un carpintero que labraba muy buenos muebles y podría interesarse en las riquísimas maderas que iban a ofrecerle. A la entrada del pueblo, bajo un techado semejante al de un establo, advirtieron el alboroto que causaba un grupo de pastores. Curiosos, detuvieron sus camellos y se aproximaron. Por cortesía, cuando vieron los aspavientos de los pastores, se inclinaron reverentes ante la parturienta y su hijito recién nacido, suponiendo que ésos eran los modales de los lugareños en casos semejantes. Así nació la leyenda que los transformó en reyes orientales, venidos expresamente a rendir homenaje a aquel niño cuyo nombre no alcanzaron a conocer.

David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007

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DAVID LAGMANOVICH  La Virgen ganó la batalla a falta de cosa mejor que hacer.

David Lagmanovich

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david_lagmanovich_jmv  José aceptó el anuncio del ángel sobre el embarazo de su mujer, María, con tranquilidad y sin demasiadas averiguaciones. No prestó mucha atención al asunto, pues estaba preocupado por las condiciones de una madera, desconocida para él, de que había oído hablar. Al parecer ese material procedía de Oriente: tendría que esperar el paso de una caravana para obtener algunos tablones. Con ellos elaboraría muebles para sus amos romanos, los únicos que pagaban un buen precio por su trabajo. La cuestión del Mesías le interesaba también, pero menos. Después de todo, un buen carpintero no tenía por qué meterse en política.

David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007

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david_lagmanovich_jmv  Mi mente es literal. Cuando les sugerí que probaran la fruta del árbol, quise decir exactamente eso. No es culpa mía si ellos tomaron mis dichos, inocentemente gastronómicos, en un sentido metafórico que irritó al dueño del jardín -dijo la serpiente.

David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed. Menoscuarto.2007

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