Hemeroteca de la sección “General”

    Mi padre fallecía cada poco. Pero no lo hizo nunca por llamar la atención ni por fastidiar a nadie; simplemente se moría y ya está. Recuerdo que justo antes de expirar sonreía con cierta beatitud y, diciendo adiós con su mano velluda, dejaba de respirar. Lo mismo que la lavadora cuando para de centrifugar, poquito a poco y sin más. Mamá se ponía de luto, se apagaba la tele, porque era alegre, y todos llorábamos su partida. Luego, al volver a la vida, mamá lo recibía enfurruñada por su ausencia; con ese mohín que, según él, la ponía tan guapa. Entonces él la abrazaba y le hablaba al oído de angelitos, ánimas y purgatorios. Ella cedía, nos mandaba a la cama y se les oía cuchichear mucho rato. Papá era un vividor en eso de morir. Y mamá siempre se lo perdonó. Lo hizo hasta la muerte.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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    Esta mañana, la horrenda máscara que tengo por rostro me ha sobresaltado al mirarme de nuevo en el espejo. Mientras desayunaba en silencio, el ser que se hace llamar «tu hija» me ha rozado con su boca carnosa, poco antes de abandonar la casa, y yo he repetido mecánicamente sus mismas palabras: «Te quiero». Luego, la entidad que dice ser mi mujer ha anunciado que salía a hacer la compra, a lo que he asentido con un leve movimiento de mi apéndice superior. Ha sido un gran alivio quedarme a solas. Así, ha ido pasando un día más. Ya es otra vez de noche y sigo sin poder conciliar el sueño. Los sonidos guturales que esas criaturas emiten en la oscuridad me llenan de zozobra y de espanto. No sé cuánto tiempo más podré seguir ocultándoles que no sé quién soy, que no sé qué soy.

Manuel Moyano
Mar de pirañas. Ed Menoscuarto. 2012
*A Ángel Zapata

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   En el convento de San Agustín, de Sevilla criaban un carnero enano que discurría por toda la casa, dejando poco limpios los claustros, el Capítulo y los lugares más frecuentados. Acordaron los padres, por no tenerle encerrado, que le atasen una taleguilla debajo de la cola, que recogiera lo que caía en el suelo. Para esto, ofreció fray Juan de Velasco un saquillo, en que le habían traído de Nueva España un poco de chocolate. Pusiéronsele al carnero, de suerte que vino a caer hacia la parte de fuera el sobrescrito que la talega trajo de Indias, y que no se le había borrado; y decía: «Para fray Juan de Velasco».

Juan de Arguijo
Cuentecillos para el viaje – Editorial Popular – 2011

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    No estoy muerto; lo sé con certeza porque a los muertos no les despierta su madre un domingo a las nueve de la mañana para ventilar la habitación. No estoy muerto y, sin embargo, ¿no fue el paraíso donde anoche me llevaron tus besos?

Javier Alonso García-Pozuelo

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    Tiene tanto miedo a hablar en privado que siempre anda por ahí dando conferencias.

Jesús Alonso Ovejero

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    La dama llegó a la cita antes de lo previsto. Se la veía inquieta, ausente, asustadiza. Pero allí estaba al fin, haciendo realidad un sueño tan audaz como disparatado. El caballero la abordó de inmediato con voz temblorosa, pero sacando fuerzas de los contactos previos por teléfono, cuando ambos intentaban sintonizar sus pretensiones y especulaban con el aspecto que tendría cada cual. Hubo un instante de tensa vacilación por parte de la muchacha, un intento comprensible de volverse atrás y echarlo todo a rodar. Pero la voz de su galán, cada vez más sereno y confiado, logró tejer una nube de ensueño que aprestó el deseo y las ganas de dejarse llevar a cualquier parte. Y los dos salieron a la calle y pararon un taxi.
Al cabo de media hora, la otra mujer, la que de verdad había quedado con aquel hombre, hizo su aparición en el lugar acordado.

Pedro Herrero
Los días hábiles. Serial Ediciones. 2016

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    Paseaba solo por el monte, en un terreno solitario, y repentinamente experimenté una extraña sensación. El viento movía los árboles y creí desvanecerme. ¿Serán éstos los momentos previos a una aparición milagrosa? Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Podía echar a correr, pero permanecía quieto, clavado en el suelo. Mentalmente repasaba las preguntas que le formularía, las entrevistas que posteriormente me harían en la televisión y en los periódicos, lo mucho que podría obtener con una entrevista en exclusiva, y las posibilidades de venta del agua milagrosa, previamente embotellada. ¿En qué lugar exactamente surgiría el chorro? Por un momento llegué a pensar en la posibilidad de pedirle… me da vergüenza decirlo. Empieza por p… Una nube negra ocultó el sol por unos momentos e intuí que toda posibilidad me había sido denegada.
Lentamente, perezosamente, reanudé mi camino… De todas las maneras los negocios petrolíferos resultan muy complicados.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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  Érase un mascarón que vivió en la proa de un barco viajando a lo largo y a lo ancho de los mares. No hubo rincón ni playa ni paraje alguno que pasara desapercibido a sus ojos ávidos de todo. Pero a lo largo de los años comenzó a sentir el deseo de asentarse en tierra firme, de conocer a alguien que llenara con besos el vacío que no llenaban ya los mares. Para entonces, su hermoso traje azul y sus ojos soñadores habían perdido el color consumidos por la sal.
Cierta vez, en uno de los puertos a que arribó la nave, descubrió en un pequeño escenario de titiritero a una hermosa marioneta que soñaba con viajar. Había vivido siempre en ese puerto mirando llegar y partir los barcos, y había soñado con conocer a alguien que la llevara a recorrer el mundo, a visitar con sus ojos lo que sólo visitaba con la imaginación. El viento marino despeinaba sus cabellos lacios y su cuerpo de madera repetía, mecánicamente, las palabras del titiritero.
Así se conocieron el mascarón y la marioneta. Se besaron. Visitaron la playa cercana y se amaron en la arena, prometiéndose una colección de muñequitos de madera a los que darían un nombre y llevarían a la escuela, ayudarían a crecer y a ser felices. Y así durante varias noches, en las que el barco estuvo anclado en la bahía a la espera de buen tiempo y después durante varios inviernos, hasta que el cansancio del mar y el cansancio de la tierra les trajeron la indiferencia y el desamor.

Fernando López
El límite de la palabra. Ed. Menoscuarto – 2007

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   Huang, discípulo del famoso Tse-Liu, le dijo así: “Maestro, tengo hambre”. Éste contestó que él era maestro de sabiduría, no de cocina, y que además ésa era una manifestación indigna de un alma libre. Huang dijo entonces: “Maestro, mi alma es libre, pero mi estómago no se ha enterado de ello”. A lo que Tse-Liu lo despidió considerando el desnivel que había alcanzado el diálogo. Con el corazón dolorido, pues apreciaba la buena enseñanza que hasta entonces recibiera, Huang partió a ganarse el pan. Al cabo de unos años había prosperado grandemente. Tenía dos casas, tres hijos, cuatro granjas y una multitud de parientes y animales. Una noche de invierno golpearon débilmente a la puerta de su casa. El propio Huang abrió e hizo entrar a quien así golpeaba, un hombre al parecer de edad, macilento y cubierto de harapos. El hombre no vaciló y dijo: “Soy Tse-Liu y he venido a recibir las enseñanzas que quieras impartirme”.

Rodolfo Modern
El límite de la palabra. Ed. Menoscuarto – 2007

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    Fiel al oficio secular, trabajadora todo el año, bajo el pico trae su viejo hatillo con un niño dentro, dormido, que a la vez bajo el brazo trae un pan. Un pan de yemas y boniato. Demasiado peso para ave tan nómada y torrontuda. Gran desgaste del espinazo, supones al vislumbrarla, como los arcoíris, lenta y cargada desde la rayita del horizonte. Pero las gratitudes que despierta esa supina abnegación de recadera menguan, y cómo, al descubrirse un buen día cuán cruel puede llegar a ser la cigüeña con sus propias crías más débiles: si una cigüeñita aún casi sin plumas no da oportunas señales de vitalidad, si se muestra apocada y remisa ante la comida, la mamá la echará fuera del nido con una seca patada, sin advertencias, desde lo alto del campanario. ¡Abusadora! Vamos a ver, qué carajo pasará por esa cabeza cuando rige a partes iguales la conducta de una buena comadrona y la de una mala madre.

Anelio Rodríguez Concepción
Mar de pirañas. Ed Menoscuarto. 2012

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