Hemeroteca de la sección “General”

  Érase un mascarón que vivió en la proa de un barco viajando a lo largo y a lo ancho de los mares. No hubo rincón ni playa ni paraje alguno que pasara desapercibido a sus ojos ávidos de todo. Pero a lo largo de los años comenzó a sentir el deseo de asentarse en tierra firme, de conocer a alguien que llenara con besos el vacío que no llenaban ya los mares. Para entonces, su hermoso traje azul y sus ojos soñadores habían perdido el color consumidos por la sal.
Cierta vez, en uno de los puertos a que arribó la nave, descubrió en un pequeño escenario de titiritero a una hermosa marioneta que soñaba con viajar. Había vivido siempre en ese puerto mirando llegar y partir los barcos, y había soñado con conocer a alguien que la llevara a recorrer el mundo, a visitar con sus ojos lo que sólo visitaba con la imaginación. El viento marino despeinaba sus cabellos lacios y su cuerpo de madera repetía, mecánicamente, las palabras del titiritero.
Así se conocieron el mascarón y la marioneta. Se besaron. Visitaron la playa cercana y se amaron en la arena, prometiéndose una colección de muñequitos de madera a los que darían un nombre y llevarían a la escuela, ayudarían a crecer y a ser felices. Y así durante varias noches, en las que el barco estuvo anclado en la bahía a la espera de buen tiempo y después durante varios inviernos, hasta que el cansancio del mar y el cansancio de la tierra les trajeron la indiferencia y el desamor.

Fernando López
El límite de la palabra. Ed. Menoscuarto – 2007

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   Huang, discípulo del famoso Tse-Liu, le dijo así: “Maestro, tengo hambre”. Éste contestó que él era maestro de sabiduría, no de cocina, y que además ésa era una manifestación indigna de un alma libre. Huang dijo entonces: “Maestro, mi alma es libre, pero mi estómago no se ha enterado de ello”. A lo que Tse-Liu lo despidió considerando el desnivel que había alcanzado el diálogo. Con el corazón dolorido, pues apreciaba la buena enseñanza que hasta entonces recibiera, Huang partió a ganarse el pan. Al cabo de unos años había prosperado grandemente. Tenía dos casas, tres hijos, cuatro granjas y una multitud de parientes y animales. Una noche de invierno golpearon débilmente a la puerta de su casa. El propio Huang abrió e hizo entrar a quien así golpeaba, un hombre al parecer de edad, macilento y cubierto de harapos. El hombre no vaciló y dijo: “Soy Tse-Liu y he venido a recibir las enseñanzas que quieras impartirme”.

Rodolfo Modern
El límite de la palabra. Ed. Menoscuarto – 2007

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    Fiel al oficio secular, trabajadora todo el año, bajo el pico trae su viejo hatillo con un niño dentro, dormido, que a la vez bajo el brazo trae un pan. Un pan de yemas y boniato. Demasiado peso para ave tan nómada y torrontuda. Gran desgaste del espinazo, supones al vislumbrarla, como los arcoíris, lenta y cargada desde la rayita del horizonte. Pero las gratitudes que despierta esa supina abnegación de recadera menguan, y cómo, al descubrirse un buen día cuán cruel puede llegar a ser la cigüeña con sus propias crías más débiles: si una cigüeñita aún casi sin plumas no da oportunas señales de vitalidad, si se muestra apocada y remisa ante la comida, la mamá la echará fuera del nido con una seca patada, sin advertencias, desde lo alto del campanario. ¡Abusadora! Vamos a ver, qué carajo pasará por esa cabeza cuando rige a partes iguales la conducta de una buena comadrona y la de una mala madre.

Anelio Rodríguez Concepción
Mar de pirañas. Ed Menoscuarto. 2012

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    En horas de luz, simula estar dormido sobre el piso del salón. Por las noches, se levanta sigilosamente y sale a devorar algún cazador.

Martín Gardella

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    Al principio, me preocupaba que mi propia imagen no se reflejara en el espejo del baño. Luego me tranquilicé cuando una mañana descubrí, que, a pesar de esa ausencia, el otro lado me devolvía el eco de mi voz.

Giselle Aronson

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    Ciertos pescadores sacaron del fondo una botella.
Había en la botella un papel, y en el papel estas palabras: “¡Socorro!, estoy aquí. El océano me arrojó a una isla desierta. Estoy en la orilla y espero ayuda.¡Dense prisa. Estoy aquí!”
–No tiene fecha. Seguramente es ya demasiado tarde. La botella pudo haber flotado mucho tiempo –dijo el pescador primero.
–Y el lugar no está indicado. Ni siquiera se sabe en qué océano –dijo el pescador segundo.
–Ni demasiado tarde ni demasiado lejos. La isla “Aquí” está en todos lados –dijo el pescador tercero.
El ambiente se volvió incómodo, cayó el silencio. Las verdades generales tienen ese problema.

Wislawa Szymborska

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    Me dicen que algunas brújulas,
no muchas,
empiezan a tomar conciencia,
y, avergonzadas,
arrepentidas de su tradicional actitud,
obcecada, tendenciosa, conservadora,
comienzan,
algunas,
no muchas,
a señalar hacia el Sur.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

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    Todas las mañanas el muchacho, huérfano de madre, antes de ir a la escuela, preparaba el desayuno para su padre, postrado en el lecho desde hacía varios años, víctima de una enfermedad incurable, y sus hermanitos. Al volver al mediodía, preparaba la comida y por la tarde, lavaba, planchaba, cosía, y al anochecer, cuando todos dormían, hacía sus deberes. También estudiaba idiomas. Era el muchacho más bueno del pueblo. El párroco se interesó por él y consiguió que le nombraran “el muchacho más bueno del año”, en un concurso patrocinado por la emisora regional. Todas las vecinas se brindaron a ayudarle para que pudiera disfrutar del premio, “un viaje a París de diez días, para dos personas”. Le acompañó la maestra. En un mes no dieron señales de vida. Luego, su padre, en el lecho leyó lloroso una carta, del hijo, pidiéndole perdón, y advirtiéndole que se quedaban en París.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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    Algunos padres serán hijos de sus hijos en el Cielo. Los esperarán, absurdamente jóvenes, como lo eran cuando los despidieron a la puerta de casa para ir a una guerra o al viaje que los mataría. O cuando los besaron por última vez, en una cama de hospital, tragándose las lágrimas, pensando “qué será de ellos cuando yo me vaya”, mirando ansiosamente hacia el Futuro en esos ojos asustados por el beso demasiado largo y demasiado intenso.
Pero ellas, sobre todo, no podrán entenderlo. Las que se fueron cuando eran casi niñas y los parieron con su propia muerte. Esos bebés, pequeños como muñecos, a los que abrazaron apenas un momento, llegarán con una fotografía, un retrato, un camafeo, entre las manos incrédulas. Viejos o viejas, encorvados, renqueantes, con dentaduras postizas, con dedos deformados por la artritis, las encontrarán por fin entre la multitud de madres muertas y se apretarán contra su pecho y buscarán el latido remoto de su corazón y el olor inconfundible que nunca más se repitió sobre la tierra.

María Rosa Lojo
El límite de la palabra. Ed. Menoscuarto – 2007

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    —No mamá, te equivocas de papel, a mí me toca con el lobo.

 María Guadalupe Rangel

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