Hemeroteca del 2 marzo, 2017

alonso-ibarrola2-300x200   El grupo de personas de severo aspecto se detuvo ante una de las puertas de los calabozos destinados a los condenados a muerte. Un vigilante abrió solícito. Una figura humana se perfilaba en el catre, oculta totalmente por una manta. Al oír el rumor de pasos, asomó justo la frente, un ojo y un mechón de cabellos, ocultándose nuevamente por completo. “iVamos, John, no nos hagas perder el tiempo! Sabes que esto nos disgusta tanto como a ti…”. John no se inmutó y el gobernador de la prisión, molesto, tiró de la manta. John, descubierto, se limitó a sonreír… Se irguió de la cama y efectuó unos movimientos gimnásticos. Uno de los vigilantes, visiblemente molesto, no pudo por menos que objetar: “iVamos, John, ¿para qué quieres hacer gimnasia?”. John acusó el impacto y de repente lanzó un grito terrible: “¡Mamá!”. Un grito que resonó en todos los pasillos y corredores de la prisión.
Un grito al que siguieron otro y otros… Lo llevaron de prisa y corriendo, lo sentaron en la silla eléctrica, le ataron de pies y manos y John se calmó. “Te pondremos la venda, John…”, le aclaró paternalmente uno de los verdugos. John sonrió tristemente. Dos gruesas lágrimas surcaban su rostro. Se hizo un profundo silencio y segundos más tarde el cuerpo de John se estremeció por un momento. Los testigos asistían mudos y graves al espectáculo. Cuando todo hubo terminado, uno de ellos comentó en voz baja con su compañero: “Hasta el último momento esperé que le indultaran. Al menos, en las películas siempre ocurre eso…”.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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