Hemeroteca del mes Abril 2017

    Es cierto, mis ojos están en blanco. Duros. De mármol. Cómo quisiera ver a Bernini y sentir el mejor de los flechazos.

Lilian Elphick

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   Buscó en su cara un gesto, un parpadeo… un signo cualquiera que la ayudara a reconocer en aquel desconocido al hombre que esperaba. Pero el muy bastardo seguía sin aparecer, y ella cobró el servicio.

José Manuel Ortiz Soto

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    “Clara, con su cuerpo enredado entre las sábanas, exhala el humo del cigarrillo. El aroma a tabaco inunda la habitación”, leí en una página de aquella novela que me había llevado a la cama. “’Toma nota de mi teléfono:6076784539, dijo Clara”. No sé por qué lo hice, pero marqué el número. Me sentí estúpido. ¿Qué hacía llamando a un personaje de ficción? “Soy Clara, esperaba tu llamada”, dijo una voz rasgada. “Acabo de leer el cuento en el que marcas mi número”, añadió despacio. Una bocanada de Malboro apareció en el lado derecho de mi cama, anegándolo todo.

Manu Espada

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    Hay cerca de la urbanización un viejo agricultor, ya jubilado, que conserva una gallina. Por la tarde, los veraneantes acuden con sus hijos pequeños para mostrarles el animal y revelarles de dónde vienen los huevos, pues normalmente creen que vienen de la nevera. Los padres lo hacen con la mejor intención, convencidos de que ese conocimiento será enriquecedor para sus vástagos, pero lo cierto es que éstos regresan a casa espantados y no vuelven a probar un huevo frito hasta la universidad. La situación se repite desde hace tres o cuatro años sin que las autoridades prohíban al agricultor tener esa gallina de carne al aire libre.
A veces, discuto con estos padres poseídos por un afán educador absurdo. Después de todo, resulta más verosímil (y también más higiénico) que el huevo proceda de la nevera que del culo de ese frenético animal, que quizá no sea de este mundo. Está la cuestión de la verdad, claro, pero todos sabemos que sólo hay algo peor que una mentira: una verdad inútil, y ésta lo es. Por si fuera poco, tras dos horas de discusión, cuando el crío se rinde y acepta por fin que tal vez el huevo proceda de la gallina, no hay modo de evitar que pregunte de dónde viene la gallina. Y ningún padre tiene las agallas suficientes para colocar a su hijo frente a la realidad desasosegante del círculo vicioso.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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    La Muerte vino a buscarme, pero yo fui más rápido que ella. Me escondí. Pasó de largo. Desde entonces, han transcurrido los siglos, los milenios. No sé cuánto tiempo hace que nuestras orgullosas ciudades fueron borradas de la faz del planeta. Los pocos hombres que aún quedan sobre la Tierra habitan en lóbregas cavernas y se alimentan de vísceras de cadáveres o de insectos inmundos. Un cuchillo mellado y unos sucios andrajos constituyen todo mi patrimonio. He sido lapidado, apuñalado, aplastado, mordido y lanceado, pero mis heridas se obstinan siempre en cicatrizar. Aborrezco esta existencia indigna más allá de lo imaginable. Hace mucho tiempo que no ceso de buscar a la Muerte; sin embargo, ahora es ella quien se esconde de mí.

Manuel Moyano
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

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    En el armario familiar las cazadoras de mi padre abrazaban los jerseys de mi madre, y los tacones de ella pisaban las botas de él. Al cabo de unos años, lo cambiaron y compraron uno de dos cuerpos, y de paso sustituyeron la cama matrimonial por dos colchones de látex. Ahora cada uno tiene su propia habitación, su propio armario, y sus calcetines se enredan, muy de vez en cuando, en la lavadora.

Beatriz Alonso Aranzábal
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

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    Para qué huir de ella. No puedes guardarte ni escapar. Antepone tu persecución a toda otra idea. Más pronto o más tarde, a la menor oportunidad, te atrapará. Con paso poderoso, como una sombra leonada, buscará hasta encontrarte. De nada te sirven la Capa de Invisibilidad y su caperuza cubierta de rocío, las Botas de Siete Leguas con las que corres treinta y dos veces más rápido que el más veloz de los hombres, la Hierba de Glauco que hace saltar las cerraduras de todas las puertas, el Tapete de Rolando que te permite convocar cualquier alimento que desees, la Flor Mágica capaz de colorear y perfumar cada una de tus desdichas. De nada te servirán cuando ella —ávida, arrogante, burlona— cierre los caminos y te cerque con infalible celeridad. Puede que llegue sin aliento —es vieja y seca—, que su jadeo delate lo agotador de la incesante tarea que la ocupa desde siempre, pero no puedes albergar dudas sobre el desenlace.

Ángel Olgoso
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

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Eduardo-Berti1    El camello había pasado ya la mitad de su cuerpo por el ojo de la aguja cuando dijo una mentira, le crecieron algo más las dos jorobas y quedó allí atrapado para siempre.

Eduardo Berti
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

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Carlos Almira   El poeta de moda murió y levantaron una estatua. Al pie grabaron uno de los epigramas que le valieron la inmortalidad y que ahora provoca la indiferencia o la risa, como la chistera, el corbatín y la barba de chivo del pobre busto. El Infierno no es de fuego ni de hielo, sino de bronce imperecedero.

Carlos Almira
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

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PILAR-ADON   La señorita Ramírez nació en Tijuana. Tiene cerca de setenta años, pero sigue siendo señorita porque nunca se casó. Enseña unos dientes oscuros cuando afirma que ya no lo hará jamás: los hombres que ha conocido en su vida han sido demasiado aburridos o demasiado cobardes.
Se mueve con discreción por los pasillos con poca luz. Sabe espiar por el ojo de las cerraduras. Tiene buen oído y, lo más importante, un coche que conduce su amigo, el sargento Job, que se detiene con suavidad cerca de la primera chica que atrae la atención de la señorita, y habla por ella: «Sube». Y la chica obedece mientras la señorita repite que no quiere que nadie insulte a sus muchachas. «No se está muy bien ahí fuera», dice.
Por las tardes pasean en grupos por la carretera. Ella avanza más deprisa, sin querer ver el brillo que los faros de los coches producen en los ojos rasgados de sus chicas. Algunas se cogen de la mano y se aprietan los dedos con fuerza. Esa es solo una de las pruebas que la señorita Ramírez impone antes de seguir. Si quieren largarse, ese es el momento.
Pero no se van. Tras un buen baño y tres palabras de consuelo, todas cambian. Unas horas en la casa y ya parecen cándidas maestras de escuela. Y si alguien, alguna vez, pregunta que por qué solo chicas orientales, la señorita sonríe con sus oscuros dientes, y dice: «¿No lo sabe? En China no quieren niñas».

Pilar Adón
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

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