Hemeroteca del 7 Julio, 2017

    No la encontró esta mañana al despertar. ¡Qué inmenso le pareció el lecho, con la mitad vacía! Era la segunda vez que lo abandonaba, ¿por qué? El silencio le pesaba como un fardo y la soledad echaba hacia delante sus hombros; se asomó al cuarto contiguo, y ahí la encontró, blandamente recostada en el sofá. Alzó la cabeza y lo miró con ojos interrogantes; pero su resentimiento era demasiado grande para decirle una palabra, un reproche. El la miró triste y largamente y con el mismo silencio en los labios y en el corazón, fue a preparar el café, su café cotidiano y reconfortante, que bebió lentamente con el alma y el cuerpo encogidos. Nuevamente volvió hacia donde estaba y la contempló: ahora dormía plácidamente, sin la menor inquietud, ni la menor preocupación. ¡Cómo le lastimó su indiferencia! Empezó a sentir un hueco dentro de su ser, que se iba agrandando por momentos, hasta no caberle en el cuerpo. ¿Por qué lo rehuía? ¿Por qué había pasado la noche en la otra estancia, cuando siempre al entregarse al sueño en dulce y apacible refugio, se comunicaban mutuamente su calor, después de un día de fatiga? Pero no; no le hablaría, no le diría nada, se marcharía a su trabajo calladamente; de alguna manera tenía que hacerle sentir su resentimiento; el pecho se le hundía y las imágenes temblaron ante sus ojos deformadas por sus lágrimas. ¡No le hacía falta a ella, no le hacía falta a nadie! Se dirigió hacia la puerta, mas se contuvo: ¿y si no era tan culpable? Tal vez había sido un capricho, un femenino capricho como tantos otros. No ignoraba su nerviosismo. Se tornaba quebradiza y a veces era casi temeraria. ¿Cómo podía saber qué sombra había pasado por su cerebro, obligándola a alejarse; o acaso inconscientemente la había ofendido? ¿Por qué no comprenderla? Se volvió a acariciarla. Entonces ella movió su cola y tímidamente lamió sus manos.

Ana María Espinoza Monteverde

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