Hemeroteca del 14 julio, 2017

    La encuentra tendida sobre un lecho, pálida. Se compara a la estatua fúnebre de su propia tumba. Él la toma entre sus brazos conteniendo un grito convulso. Acerca los labios temblorosos y la besa. Se quedan unidas las dos bocas inmóviles, una que retiene el aliento y la otra que no respira. Necesita llorar, necesita aferrarse a ella con rabia mientras hunde la cara en ese cabello que todavía huele a jazmines. No lo acepta. Arranca los listones y desgarra el vestido para pegar la oreja al pecho desnudo. Se queda así un rato, escuchando el enorme silencio de su corazón. En el beso de despedida la tersura y languidez predominan sobre la frialdad. La descubre de cuerpo entero. Se despide de su frente, se despide de su cuello, se despide de sus senos y de su abdomen, de los dedos de sus pies, del doblez de sus rodillas.
Cerca de ahí, una aparición siniestra avanza rumbo a la ciudadela en ruinas. Los carroñeros y las espinas retroceden ante su paso calmo. En el interior de los salones tétricos, voces fantasmales quiebran aullidos evanescentes, anunciándola. Aquélla asciende hasta la celda más remota donde encuentra al hombre dormido, solitario. Encaneció pero conserva la belleza de sus facciones y aún firme la espada entre sus piernas.

Yunuén Rodríguez
http://yunrodriguez.blogspot.com.es/

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