Hemeroteca del mes septiembre 2017

    Yo hablaba de envejecer juntos, no de arrugarnos mutuamente.

Saturnino Rodríguez Riverón

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   Cuatro amapolas muy negras corretean por el prado. Ríen a carcajadas, se empujan, se soplan detrás de las orejas que, en este caso, son los pétalos. Dan carreras, se zambullen en los charcos y, por fin, llegan al pie de la carretera. Se miran asustadas porque tienen que cruzar para seguir retozando. Están enrojecidas por el esfuerzo. Allí las atrapamos y enterramos sus pies en el suelo. Se quedan quietas para siempre y rojas, terriblemente rojas de sudor, esfuerzo e ira.

Federico Fuertes Guzmán
Mar de pirañas. Ed Menoscuarto. 2012

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     Nadine y yo somos un matrimonio como cualquiera, en un bonito dúplex con jardín. No muy lejos de aquí pasan los años y se suceden las demoliciones. Pero Nadine y yo somos felices. Nuestros hijos han crecido rápido. Uno, el mayor, estudia en Boston. El mediano se fue a las misiones (a estornudar, nos dijo; no supimos por qué). Y el pequeño, que no mostró afición por los estudios, sigue aún con nosotros; y se entretiene haciendo el cocodrilo, los fines de semana, en el foso que rodea el jardín.
—¿En qué piensas? —me pregunta Nadine algunas veces.
—En ti —le miento; para no preocuparla sin motivo.
De perfil, nuestros hijos no se distinguen de un serrucho. De frente son idénticos a esa efigie ladina de George Washington que aparece en los dólares. Una vez, en un viaje que hicimos a Rotterdam, me quedé sin florines y pagué al conductor de un autobús con mi hijo mediano:
—Tenemos instrucciones de no aceptar serruchos —me dijo él.
Entonces nos apeamos sin protestar.
Y pasamos todo el día perdidos.
Esto es el tiempo, el autobús se va, quedan los hijos, los hijos, esas vigas caídas, los hijos, los puentes levadizos y los puentes volados, Nadine y yo, este montón de escombros dondequiera que mire.

Ángel Zapata
Mar de pirañas. Ed Menoscuarto. 2012

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    Al acabar de tender la colada, ella queda aquí; su marido, al otro lado fumando al sol. Entonces se lanza.
—Rolando, ya no te quiero. No digas nada, espera que termine. He ido desamándote poco a poco. Y hoy he acabado del todo. No sé qué pensarás, tampoco me importa. Ni con qué cara estarás mirando esta sábana que me oculta, pero así no te tengo miedo, hijo de puta.
Rolando se levanta con toda la rabia concentrada en los ojos, en los músculos y la boca. Arranca la tela del tendedero y asombrado, sobrecogido, descubre que detrás ya no hay nadie.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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    Sentado en un rincón de la oscura taberna, el único cliente contempla en silencio el documental que pasan por televisión sobre la vida salvaje en la sabana africana. La joven camarera le ha servido un café bien cargado, con la misma indolencia que muestra la pequeña gacela del reportaje, mientras deambula por el prado lejos de la manada. El chacal la acecha, agazapado entre la maleza, y el locutor del programa asegura que las posibilidades que tiene la presa de romper el cerco del cazador son prácticamente nulas. Hay un cruce de miradas entre la fiera y el hombre, que sorbe lentamente su taza de café.También la gacela detiene su marcha, inquieta a causa de un ruido que llama la atención de la camarera, la cual deja un momento lo que está haciendo para fijar sus ojos en la pantalla. La vida, al parecer, se somete a unas leyes tan poco flexibles que acaban cuestionando nuestro romántico concepto de libertad. El locutor tiene una voz sedosa, profunda y convincente, y habla como si él mismo hubiera diseñado el comportamiento de todos los seres vivos del planeta. Ahora el chacal ha pedido la cuenta y la gacela, tras limpiarse las manos en el delantal, acude sin demora a cumplir con su destino.

Pedro Herrero
Los días hábiles. Serial Ediciones. 2016

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   El experimentado expedicionario permanece sentado en las escaleras que dan al camino que llevará al bosque, mientras le dice a su joven amigo recién llegado de Londres:
—Si presionas el dedo pulgar contra el pecho de un muñeco, puedes sentir los latidos del corazón y llegar a pensar que aquello que sostienes entre tus manos es en realidad un ser vivo. Pero se trata tan solo de un engaño. De una falsa sensación de vida. Porque el latido es el de tu propio corazón, y el muñeco, por mucho que te mire con sus ojitos brillantes y negros, jamás podrá verte.—El experimentado expedicionario mira a su joven amigo, y añade con una sonrisa no muy amplia—: Pues bien… Ese es el engaño al que se somete voluntariamente el explorador. Su desafío a su propia sensatez. Creer que todo lo inanimado que le rodea está dotado de vida. Un barco, estas botas, aquel rifle… Creer que incluso la espesura advierte su presencia y se apiada de él. De otra forma no podrá continuar y se refugiará entre las protectoras paredes de su cálido hogar, espeluznado ante la insalvable soledad del viajero.

Pilar Adón
Mar de pirañas. Ed. Menoscuarto – 2012

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    Huid de escenarios, púlpitos, plataformas, y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo: porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura.

Antonio Machado

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    Todo depende del color del cristal con que te cieguen.

Jesús Alonso Ovejero

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   Una señora, moza, soltera y de no mal talle, recibió en su servicio, haciendo profesión de doncella recogida, a una beata devota muy mirlada. Sucedió que una mañana salió un galán del aposento de la dama algo más tarde que solía, a medio vestir, alborotado. Viólo, al salir, la beata, y la señora advirtiólo, de que tomó tanta pena, que, llamándola, le dio mil excusas, y le pidió con encarecimiento que no descubriese a nadie su flaqueza, que ella se enmendaría. La beata le respondió, compadecida:
—El alma esté bien con Dios, señora mía, que es lo que hace al caso, que el cuerpo no va ni viene que haga de las suyas.

  Juan de Arguijo
  Cuentecillos para el viaje – Editorial Popular – 2011

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    Un estudio publicado por las seis principales compañías nacionales de correos establece que el motivo más habitual de devolución de correspondencia, tras el paradero desconocido del destinatario y la dirección ilegible, es el despecho.
También el miedo.

 Fernando León de Aranoa
0 Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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