Hemeroteca del 15 febrero, 2018

  Últimamente ocurren cosas extrañas en casa. Por ejemplo, giro la llave de la luz y las paredes tiemblan. Las bombillas se prenden poco a poco, sin convicción, como si necesitaran tener algo hermoso delante para proyectar su claridad. Si llega mi hija mayor de visita, resplandecen como focos de un teatro ante la primera actriz. Es imposible hablar por teléfono sin que otras conversaciones se crucen con la nuestra y a menudo aparece la voz de una anciana que, cuando discuto de asuntos bursátiles con mi corredor, interviene indignada:
—¡Todo lo que usted dice son tonterías y se va a arruinar! ¡Venda esas acciones, desgraciado! —me grita.
He perdido mucho dinero por hacer caso de las advertencias de la vieja.
Los tenedores se niegan a pinchar, el papel de las paredes muda de formas y colores diariamente y el cuadro de cacería del salón un día amaneció con ríos de sangre procedentes del pobre ciervo atacado por los perros. Mi bufanda trató de estrangularme y sólo pude zafarme de su abrazo criminal gracias a la ayuda de los criados, que vieron cómo daba tumbos y rodaba asfixiado en el recibidor.
Estos trastornos y otros más, han surgido desde que cambiamos la instalación eléctrica. Yo sospecho que, al igual que en las clínicas devuelven la vida con electrodos a los que sufren un colapso, nuestra vieja casa, la que heredamos de mis abuelos y llevaba tanto tiempo aletargada, ha resucitado gracias a la nueva instalación y se ha dado cuenta de que somos unos intrusos. Nos odia.

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