Hemeroteca del mes junio 2018

  Hay alguien que me está soñando. Seguro. A qué vienen, si no, todos estos zapatos sucios de barro al pie de mi cama, y este cansancio inmenso de todas las mañanas.

Ana Tapia

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  ¡He decidido dejar de ser pedante y engreído! ¡A partir de ahora, seré un individuo humilde, modesto, ya verán! ¡Seré el hombre más humilde y modesto del mundo; triunfaré en los principales torneos internacionales de modestia y humildad; accederé a los más altos estrados para exhibir mi nueva condición y nadie, pero nadie, será más humilde y modesto que yo: lo juro!

Armando José Sequera

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  Una vez en Barranquilla existió un hombre que dedicó su vida a estudiar el fenómeno de la sonrisa de la Gioconda.
Luego de muchos años de estudio e investigaciones, descubrió que Leonardo no pintó sobre el rostro de la mujer ninguna sonrisa. De su pincel surgió un rostro adusto con ojos del dulce color de las nubes del vino. Es el espectador quien al mirarla y quererla sonríe primero. Ella lo hace después.

Jairo Aníbal Niño

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  No tengo nada contra usted, se lo aseguro. He frecuentado a muchos como usted, me he encariñado con algunos, y ellos me han acompañado a lo largo de la vida. Si le restrinjo el acceso a mis escritos no es por hostilidad, sino más bien para no fatigarlo, para que después no se me acuse de abuso o de falta de consideración. Es cierto que en mi juventud recurría mucho más que ahora a sus servicios. Pero la vida me ha enseñado que para mí su utilidad, perdóneme que se lo diga, no depende de que esté siempre dando vueltas a mi alrededor, sino de un factor que podemos llamar eficacia. Con esto no quiero ofenderlo ni hacerlo a menos: mi respeto por usted es absoluto. Podemos decir que lo considero indispensable, pero en dosis moderadas. Un gran poeta dijo que usted, cuando no da vida, mata. Y yo no quiero que me mate ni que mate mis textos, señor adjetivo.

David Lagmanovich

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  A continuación viene un microrrelato pornográfico, por lo que os recomiendo que lo leáis como los ciegos, pasando suavemente las yemas de los dedos por cada línea, con los labios entreabiertos, que os detengáis unos instantes en la cavidad de una “o” y en las hendiduras de una “m”, que recorráis repetidamente con el tacto el mástil de las letras altas, que busquéis con atención en los espacios, en los silencios, sin los cuales no habría tensión ni vértigo, que no desdeñéis las conjunciones ni todas esas palabras supuestamente menos importantes pero imprescindibles para alcanzar el placer; que, sin embargo, al llegar a lo esencial, lo hagáis sin prisa pero con pasión, que no os importe el temblor de la mano ni que escape algún sonido incontrolado de vuestra boca, eso es, con el dedo ya casi horadando el papel, deseosos de llegar al final y también de demorarlo. Así. Así.

José Ovejero

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  Un bandolero refería en rueda de compinches: “Yo soy un hombre honesto, de palabra. Cierta vez use con una víctima la estúpida frase que nos atribuyen los literatos: “¿La bolsa o la vida?”. —La vida— me contestó el mocito—, valiente como el que más. Y tuve que quitársela. Luego, para respetar mi palabra, y ya que lo había dejado escoger entre la bolsa y la vida, deje al pie de su cadáver una cartera repleta de billetes: su bolsa.
Desde entonces, cuando trabajo interrogo así al candidato a interfecto: “¿La bolsa o la bolsa y la vida?”. Para dejar las cosas claras.

José María Méndez

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  Había una vez una princesa a quien despertó, no el beso de un príncipe, sino una revolución.

José Antonio Martín

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  Nunca pude alcanzar al amor de mi vida. ¡Cómo corría la condenada!

David Acebey

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  La energía atómica encadenada se ha desencadenado finalmente y ha destruido toda vida humana en el planeta. Solamente un habitante de un rascacielos de Chicago se ha salvado.
Después de haber comido y bebido lo que había en su nevera, visto y oído su biblioteca ideal, su museo imaginario y su discoteca real, desesperado de no verse morir, decide suprimirse y se arroja al vacío desde lo alto del piso cuarenta. En el momento en que pasa por delante del primer piso oye sonar el teléfono.

Kostas Axelos

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  Éranse una brizna de paja, una brasa y una judía verde que se unieron y quisieron hacer juntas un gran viaje. Ya habían recorrido muchas tierras cuando llegaron a un arroyo que no tenía puente y no podían cruzarlo. Al fin, la brizna de paja encontró la solución: se tendería sobre el arroyo entre las dos orillas y las otras pasarían por encima de ella, primero la brasa y luego la judía verde. La brasa empezó a cruzar despacio y a sus anchas; la judía verde la siguió a pasitos cortos. Pero cuando la brasa llegó a la mitad de la brizna de paja, ésta empezó a arder y se quemó. La brasa cayó al agua, hizo pssshhh… y se murió. A la brizna de paja, partida en dos trozos, se la llevó la corriente. La judía verde, que iba algo más atrás, se escurrió también y cayó, aunque pudo valerse un poco nadando. Al final, sin embargo, tuvo que tragar tanta agua que reventó y, en aquel estado, fue arrastrada hasta la orilla. Por suerte había allí sentado un sastre, que descansaba de su peregrinaje. Como tenía a mano aguja e hilo, la cosió y la dejó de nuevo entera. Desde entonces todas las judías verdes tienen una hebra.

Según otro relato, la primera que pasó sobre la brizna de paja fue la judía verde, que llegó sin dificultad al otro lado y observó cómo la brasa se iba acercando a ella desde la orilla opuesta. En mitad del agua quema a la brizna de paja, se cayó e hizo ¡psssssssssssshhhh…Al verlo, la judía verde se rió tanto que reventó. El sastre de la orilla la cosió y la dejó de nuevo entera, pero en ese momento sólo tenía hilo negro y por eso todas las judías verdes tienen una hebra negra.

Hermanos Grimm

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