millas23  Un chico y una chica muy jóvenes, de instituto, discutían acaloradamente en el metro. Me acerqué disimuladamente a ellos en el momento en el que la chica decía:
—¿Y por qué las mujeres tenemos que tomar somníferos en lugar de somníferas? Lo lógico es que hubiera somníferos para hombres y somníferas para mujeres.
—Eso es lo mismo que decir que los hombres deberíamos tomar aspirinos en lugar de aspirinas. Pues mira, yo me he pasado la vida tomando aspirinas y soy tan hombre como el que más.
—Ya está. Si no te sale el macho no te quedas contento. Naturalmente que los hombres deberíais tomar aspirinos. Yo, si algún día tengo hijos, les daré aspirinos, del mismo modo que a las hijas les administraré antibióticas cuando les haga falta.
—Y los chicos se sentarán en sillos en vez de en sillas, me imagino.
—Pues sí, se sentarán en sillos y dormirán en camos y comerán el sopo, no la sopa, con cucharos. Las cucharas son para las mujeres.
—Tú estás loca. Vete al psiquiatra.
—Y tú al psiquiatro.
El tren se detuvo, se bajaron y yo continué perplejo cinco estaciones más pensando que la chica llevaba razón. ¿Cómo era posible que una lengua tan sexuada como la nuestra cometiera unos fallos, o quizá unas fallas, de ese calibre? Todo el mundo, muy pendiente de que los niños no jueguen con muñecas ni las niñas con tanques, y sin embargo se obliga a las mujeres a viajar en el metro (en lugar de en la metra) y a los hombres a subir al tranvía (en lugar de al tranvío).
Angustiado por esta imperfección que acababa de descubrir en mi lengua materna (perdón, en mi lenguo materno), miré alrededor y vi a una chica leyendo un libro, lo que me pareció una perversión (debería leer una libra) y a un hombre rascándose la rodilla, cuando lo suyo es que se rascara el rodillo y así sucesivamente.
Llegué a casa (a caso en realidad) y le dije a mi mujer que todo estaba patas arriba. Cuando le expliqué por qué me miró de un modo raro y me pidió que hiciera unas tortillas para la cena.
—Unos tortillos, si no te importa —le respondí—, puesto que me voy a ocupar yo del asunto. Si quieres tortillas, las tendrás que hacer tú misma.
Por la noche, la oí hablar con su madre por teléfono (por teléfona, para decirlo con propiedad), y tuve la impresión de que me criticaba. Al día siguiente, se fue de casa, dejándome una nota en la que me pedía que no intentara localizarla. Le daba miedo (“o mieda, por emplear tu lenguaje”) vivir conmigo. La echo de menos, pero no podría estar con alguien que se expresara tan mal como ella. Así es la vida, o el vido, qué le vamos a hacer.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
Un comentario en “3.060 – La corrección en el lenguaje”
  1. Maria José dijo:

    ¡Pobre hombre! Se queda solo por llevar al último extremo una regla que a mí, particularmente, me parece tremendamente sexista, a pesar de pretender lo contrario. Creo que hay cosas más importantes en la vida que merecen nuestra atención y reivindicación.

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