PILAR-ADON   La señorita Ramírez nació en Tijuana. Tiene cerca de setenta años, pero sigue siendo señorita porque nunca se casó. Enseña unos dientes oscuros cuando afirma que ya no lo hará jamás: los hombres que ha conocido en su vida han sido demasiado aburridos o demasiado cobardes.
Se mueve con discreción por los pasillos con poca luz. Sabe espiar por el ojo de las cerraduras. Tiene buen oído y, lo más importante, un coche que conduce su amigo, el sargento Job, que se detiene con suavidad cerca de la primera chica que atrae la atención de la señorita, y habla por ella: «Sube». Y la chica obedece mientras la señorita repite que no quiere que nadie insulte a sus muchachas. «No se está muy bien ahí fuera», dice.
Por las tardes pasean en grupos por la carretera. Ella avanza más deprisa, sin querer ver el brillo que los faros de los coches producen en los ojos rasgados de sus chicas. Algunas se cogen de la mano y se aprietan los dedos con fuerza. Esa es solo una de las pruebas que la señorita Ramírez impone antes de seguir. Si quieren largarse, ese es el momento.
Pero no se van. Tras un buen baño y tres palabras de consuelo, todas cambian. Unas horas en la casa y ya parecen cándidas maestras de escuela. Y si alguien, alguna vez, pregunta que por qué solo chicas orientales, la señorita sonríe con sus oscuros dientes, y dice: «¿No lo sabe? En China no quieren niñas».

Pilar Adón
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012
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