De niña, sostuvo la agonía de un pájaro en su mano.
Muerta el ave, en los dedos siguió sintiendo el corazón del animal en el alado unirse con la nada.
Algunas tardes, en las luces más tenues de la ancianidad (aquellas que ni siquiera trazan sombras), abría las ventanas esperando un vuelo inalcanzable.

Rafael Pérez Estrada
(Los Oficios del Sueño, 1992)
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