Cuando dijo que la amaba tanto como para pasar el resto de su vida con ella, la mujer le planteó un desafío para comprobarlo. Lo observaría comportarse durante todo un día. Cada vez que él hiciera algo que a ella le agradaba, trazaría un corazón en un anotador. En cambio, si él actuaba de manera negativa, ella iba a dibujar una pequeña calavera. Al otro día, contarían los corazoncitos y las calaveritas y, dependiendo de cual fuera el símbolo más repetido, ella tendría una respuesta.
A la mañana siguiente, él logró el primer corazón por llevarle el desayuno a la cama. Pero olvidó que ella prefería edulcorante en vez del azúcar, y sumó también así su primera calavera. Más tarde, la invitó al cine y le regaló un vestido que ella ansiaba. Pero también cometió algunos errores, como olvidar levantar los platos de la mesa o arrojar sus medias al costado de la cama.
Al anochecer, en el anotador había ocho corazoncitos e igual cantidad de calaveras. Todo indicaba que la prueba terminaría en paridad. Quizás por eso, aquella noche, él se fue a dormir nervioso. Y, cuando eso ocurre, es normal que él haga ruidos molestos durante el sueño. Y ella odia los ronquidos.
Él lo supo al día siguiente, al encontrar el anotador con nueve calaveritas sobre la mesa de luz. Afuera, ella se alejaba para siempre en un coche repleto de valijas. En el asiento trasero, sus hijos en común lloraban por no haber podido siquiera despedirse.

Martín Gardella
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