Me preguntó si quería casarme con él mientras me ofrecía una preciosa cajita forrada de terciopelo azul, envuelta en papel de celofán. Yo no había acabado aún el segundo plato. En mi opinión, él tenía que haber esperado un poco más (nos acabábamos de conocer) y también dejarme escoger, antes que nada, entre la extensa carta de postres del restaurante. Es así como se hacen estas cosas. Algo no funcionaba bien aquella noche, aunque la cena estaba resultando estupenda y llena de sorpresas, como en un cuento de hadas dispuestas a complacerme.
La cajita tenía forma ovalada y al abrirla pude ver en su interior un anillo refulgente, digno de una princesa. Pero yo no sabía qué tomar después del fricandó. Dudaba entre la copa de fresas con nata, la mousse de limón y el sorbete de moras al Calvados. Además, la cabeza me daba vueltas y más vueltas, como si el brillo del anillo aquel me estuviera hipnotizando.
Entonces él me lo preguntó de nuevo, y esta vez se puso de rodillas frente a mí (era un encanto), delante de todo el mundo.
Al final pedí el sorbete, dije que sí y me casé con aquel apuesto camarero.

Pedro Herrero
Los días hábiles. Serial Ediciones. 2016

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