La amistad entre el recluso y el gendarme creció como una yerba silvestre, sin que ninguno hiciera el menor esfuerzo por estimularla. Se hizo grande abriéndose paso entre la hosquedad y el maltrato y sobrevivió a los temporales de odio incontenible que muchas veces los empujaban al uno contra el otro. Los remansos de paz y las conversaciones entrecortadas estimularon una relación casi infantil, animada por bromas y el tallado de troncos que cortaban del bosque de la prisión, e inventaron algunos juegos de azar y llegaron a intercambiar recuerdos de viejas añoranzas y de amores muertos. Pero el recluso nunca dijo una sola palabra de las razones por las cuales él estaba ahí, en esa cárcel llena de mosquitos y cercada por ríos de peces carnívoros y alambres de púas. Tan sólo el gendarme llegó a contarle varias veces que por caer en desgracia frente a un jefe abusivo me mandaron a hacer servicio en este lugar. Y sentían que aquel afecto les traía un poco de alivio a esa vida de aislamiento y de miseria. Hasta que el recluso le dijo al gendarme: si no te lo he dicho antes, te lo digo ahora, y no me preguntes nada ni creas que estoy loco, pero si eres mi amigo te pido que me dispares los tiros que se te antojen, con tal de que te asegures de que me he quedado bien muerto. Y lo animó incluso a que simularan una fuga, para que así te sea más fácil. Pero el gendarme se negó sin alternativa alguna, y entonces el recluso le acusó de cobarde, de verdugo frustrado, de hijo de puta y le escupió la cara, y el gendarme le respondió con un culatazo de su fusil, y la amistad entre los dos hombres se partió como de un hachazo, y les brotó para siempre un rencor imborrable, borrascoso, denso como el calor sofocante de esa maldita estancia.

Jorge Díaz Herrera
Más por menos. Sial Ediciones.2011
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