eduardo gudino kiefferHace tiempo que la lluvia despliega sus transparentes abanicos sobre el mundo. El único sonido que se oye es el de las gotas suicidándose contra las aguas, contra el maderamen del Arca o contra las barbas de Noé, cuando éste se asoma a interrogar al cielo. Jehová suele responder sordamente, con tronantes borborigmos que obligan a las aves, posadas en altas perchas, a esconder la cabeza bajo el ala. Noé cierra entonces los postigos y va a acurrucarse entre su mujer, sus parientes y otros animales aterrados. No sabe qué responder a las miradas inquisitivas, y para evitarlas se entretiene recorriendo las novecientas cabinas repartidas en tres pisos, o contemplando la piedra preciosa que simboliza a la Luz Divina en medio de la catástrofe.
Afuera, efímeros cuchillos rasgan el aire. Nadie habla, nadie grita, nadie llora. Los animales están silenciosos. Sólo se escucha el ruido de la lluvia, aferrándolo todo con sus mojadas raíces. Hasta que se oye la otra voz. Primero suavemente, tímidamente; después nítida y pura, remontándose ondulante y azul desde la sentina. Las aves estiran sus cuellos, los animales se desperezan, la mujer de Noé siente que se le eriza la piel. Y la voz crece, crece en curvas magníficas, en benjuí y en mirra, en estelas de oro y de espuma. Acaricia y flagela, libera y cautiva. Ni querubines ni serafines son capaces de cantar así. Pronto el Arca es un pandemonio: los pájaros se golpean contra las paredes, la pantera está en celo, la mujer y las nueras de Noé han desplumado al pavo real para adornarse con profusión. Y aunque afuera sigue lloviendo normalmente, Noé se da cuenta de que algo no anda bien. Y baja a la sentina en busca de la voz. Al fin la encuentra en un penumbroso rincón. ¡Oh, el monstruo, el monstruo! ¡El monstruo de largos cabellos verdes, verdes, sí, de un verde flagrante y descomedido; verdes y desparramándose sobre los hombros pálidos y sobre el pecho como una cascada de algas! Noé se inclina asombrado, sobre el cuerpo increíble. Rayo de luna o pétalo de magnolia que abajo se oscurece y adquiere una leve pátina azulada, hasta transformarse después en una loca fiesta de escamas: oro y zafiros y esmeraldas y nácares y calcedonias entremezcladas en un juego armonioso, flexible, de luces vitrificadas y meandros paralelos… ¡Oh, el monstruo! ¿Cómo la demoníaca criatura ha logrado colarse en el Arca? ¿Cómo ha aparecido allí un ser que no existe, producto de una mitología aún no inventada? Noé se siente burlado. Y ni siquiera sabe que mientras arroja a la sirena por la borda, está arrojando al agua su propia imaginación que lo traiciona, y que seguirá traicionándolo porque las sirenas cantarán siempre, no sólo para Noé sino para sus hijos, para los hijos de sus hijos, para los hijos de los hijos de sus hijos, etcétera.
“Pero nunca nunca digas que oyes cantos de sirena, porque te acusarán de no descender de Noé. O de tener imaginación (que es casi peor).”

Eduardo Gudiño Kieffer

Un comentario en “La sirena en el arca”
  1. Rosendo dijo:

    Deliciosa la lectura de Las hadas.
    Gracias por compartir-

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