No sé ni cuánto tiempo hicimos el amor, ni cuándo nos quedamos dormidos, pero nos despertamos a la mañana siguiente muy abrazados y al instante me di cuenta de que la tormenta había cesado. Tras varios días de lluvia, la mañana olía ahora a fresco y por las rendijas de la persiana medio bajada, se filtraba un sol que se antojaba amable y generoso.
Desayunamos con calma, deleitándonos con el café que ella hizo aún con mi pijama puesto. Yo preparé unas tostadas. Apenas hablamos durante el desayuno. No hizo falta. Nos miramos, eso sí, y sonreímos un par de veces mientras ella hojeaba el diario del día anterior y yo entornaba los ojos tratando de rememorar la dicha de la noche pasada.
Nos vestimos con premura, dada la hora Ella me acompañó hasta la puerta, me acarició suavemente los cabellos, arreglándome el peinado con sus dedos, y me despidió con un beso empapado en lágrimas de felicidad, deseándome al mismo tiempo que tuviera un buen día.
Camino del coche, aparcado un par de calles más abajo de su casa, anduve con paso firme, feliz y seguro. Decidido, de una vez por todas, a decirle por fin a mi mujer que todo se había acabado, que había conocido a otra de la que estaba perdidamente enamorado. A confesarle que todas estas noches que últimamente no he dormido en casa, no me he quedado de guardia en el hospital, sino que las he pasado gozando de un cuerpo más joven que el suyo y alimentándome de unas ganas y una vitalidad de las que ella carece desde que tuvimos a Marcos. Incluso he sonreído, reafirmando así mi compromiso.
Pero el coche ha tardado en arrancar al menos cuatro o cinco intentos y la hora se me ha echado encima. Me he agobiado pensando que si no llegaba antes de que ella marchara al trabajo iba a tener que dejar al crío con la vecina. Y ha sido entonces cuando mi ánimo ha decaído por completo.

Raúl Ariza
La suave piel de la anaconda. Ed. Talentura. 2012
http://elalmadifusa.blogspot.com.es/
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