Aquel viajero regresó a su ciudad natal, veinte años después de haberla dejado, y descubrió con disgusto mucho descuido en las calles y ruina en los edificios. Pero lo que le desconcertó hasta hacerle sentir una intuición temerosa, fue que habían desaparecido los antiguos monumentos que la caracterizaban. No dijo nada hasta que todos estuvieron reunidos a su alrededor, en el almuerzo de bienvenida. A los postres, el viajero preguntó qué había sucedido con la Catedral, con la Colegiata, con el Convento. Entonces todos guardaron silencio y le miraron con el gesto de quienes no comprenden. Y él supo que no había regresado a su ciudad, que ya nunca podría regresar.

José Mariá Merino
Más por menos. Sial Ediciones.2011

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  Los niños vieron a los policías en la puerta del aula y al profesor haciéndoles señas para que se esperaran un momento y lo dejaran terminar de decir lo que estaba diciendo. Pero los policías entraron y se lo llevaron. Y los niños asustados fueron a la señorita Aurora: no deje que se lo lleven. Y la señorita Aurora indicándoles con las manos que se apaciguaran, y asiento, asiento, que si yo intento hacer algo me llevan a mí también y ustedes se quedarán sin saber lo que les voy a decir. Y contó apresurada la historia inmemorial de los que luchan por el bien de todos y, apuntando discretamente con los ojos al profesor del aula del fondo que llegó hasta la puerta, se saltó al tema del descubrimiento de América, y los niños, con el corazón heroico, la vieron buenísima y enorme y le pidieron que también les hablara del viaje a la luna.

Jorge Díaz Herrera
Más por menos. Sial Ediciones.2011

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  Era adicto al árbol. Nadie ha amado tanto a un árbol como este joven amaba al jacarandá, que una vez al año teñía de violeta indefinido, quizá lila (color de la añoranza, solía decir), el parque al que siempre, de par en par, se abría el balcón de su alcoba:
—También la tarde es violeta, y los pájaros, y el rocío, y la gente que pasa, y mis manos,¡mirad mis manos! -y las enseñaba a cuantos convivían con él.
Fue un siquiatra, enemigo de la poesía, el que desaconsejó la relación del muchacho y el árbol: Una relación -dijo- viciosa. Y el jacarandá fue podado, mutilado de una manera atroz. Mas esa primavera, sus flores fueron de un azul decidido, y también las mariposas que revoloteaban a su alrededor, y los gestos de sorpresa ante su hermosura, y la luz que invadía la casa. Y, a diferencia del daltónico, incapaz de entenderse con los colores, para él todo fue azul.
Molesto el siquiatra por su fracaso, dispuso, subiéndose en una silla para subrayar su poder, que el muchacho fuera llevado a otra habitación, la última, aquella a la que van a dar todos los pasillos, un lugar sin ventana, sin paisaje, sin atardeceres ni árboles. Allí se le oía suspirar y decir palabras ininteligibles que todos supimos de inmediato se trataban de poemas de amor a su árbol. Sólo cesaba la angustia cuando de noche la niña de la casa, con pasitos cortos y la melena suelta le llevaba ramas del jacarandá. Entonces él se dormía y soñaba unas veces que acariciaba el jacarandá, otras que besaba a aquella muchacha única, y las más de las veces que un siquiatra soberbio le perseguía.

Rafael Pérez Estrada
Más por menos. Sial Ediciones.2011

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  Por su cumpleaños, su mujer le regaló un galán, ese mueble siniestro que habita en el rincón de los dormitorios reproduciendo lo que más detestamos de nosotros mismos. El hombre ponía cada noche la chaqueta sobre los hombros del artefacto y colgaba cuidadosamente los pantalones de la cintura artificial creada a tal efecto (también la corbata tenía su lugar, incluso había un pequeño recipiente para el cinturón y los gemelos). Después se metía en la cama y mientras su mujer dormía, él contemplaba la silueta oscura de sí mismo colocada como un buitre a los pies de la cama.
—No quiero ver más ese trasto –le dijo a su esposa–. Está esperando que me duerma para saltar sobre mí. Regálaselo a tu hermano. O a tu padre.
—Pero, hombre, si es muy práctico.
—No quiero cosas prácticas. Todo lo práctico acaba matándome.
La mujer retiró el galán, pero lo escondió en el trastero en lugar de regalárselo a nadie de su familia, por si su marido cambiaba de opinión.
El hombre volvió a colgar la chaqueta y los pantalones en el interior del armario, pero ya no pudo desprenderse del malestar que le había producido la utilización del galán y cada vez que veía las perchas con sus camisas y sus trajes verticalmente ordenados en aquella tiniebla de ataúd, tenía la impresión de contemplar diferentes versiones de sí mismo; ninguna, por cierto, verdadera. Nadie, hasta el momento, le había representado como el galán, que ahora estaría en casa de su cuñado o de su suegro, ocupando un dormitorio que no le pertenecía.
Un día pasó cerca del cuarto trastero y le pareció que alguien le llamaba. Abrió la puerta y vio el galán desnudo, aterido de frío. Lo llevó al dormitorio y lo vistió con su mejor traje de franela, el de las recepciones y los cócteles. Después se metió en la cama, se durmió, y al poco, en efecto, el galán saltó sobre él, comiéndoselo entero, con pijama y todo. Su mujer todavía no lo ha echado en falta porque el galán la llena de atenciones.

Juan José Millás
‘Más por menos’Sial Ediciones.2011

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 Los carpinteros de la localidad de Weil construyen todos los años pequeños pájaros de madera que pintan luego de colores para colocarlos sobre las ramas desnudas de los árboles cuando llega el invierno. Luego al acercarse la primavera, se hace con todos esos pájaros una gran hoguera en la plaza central; dice la gente que sólo entonces se les oye cantar entre las llamas.

Julia Otxoa
Más por menos. Antología de microrelatos hispánicos actuales. Sial ediciones-2011

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  Lentamente se oscurece el cielo y la mirada del minotauro extiende un manto de estrellas sobre la tierra. Estrellas de agua solidificada y núcleo de perla. El suelo se estremece. Hace frío. La soledad y la noche son impenetrables. Sentado en su trono, el minotauro cierra los ojos. Recoge poco a poco las estrellas, y vuelve a emerger la luz que lo petrifica.

Andrea González

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  Quisiera violar a todas las mujeres del mundo. Una por una. Blancas, negras, amarillas, esquimales… Pero temo que mi vida se extinga antes. En cincuenta años de existencia, hasta la fecha, solamente he anotado un nombre en mi agenda: el de mi mujer. Se dice pronto: me muero. ¿Y las funestas consecuencias que acarrea? ¿Y las tristezas que promueve? ¡La muerte, qué responsabilidad! Mi mujer y yo, cuando nos encontramos en el lecho común, ni tan siquiera nos rozamos. Nuestros cuerpos permanecen separados, como nuestras mentes, nuestras ideas, nuestras ilusiones… Yo creía que la muerte venía de repente. Pero ahora sé que no, que no ocurre así, que anuncia su llegada, que se hace esperar, que nos acecha, que nos vigila, que nos susurra al oído ¡pronto!, complaciéndose en molestarnos, en asustarnos… “Pálpese el cuerpo. Toque. Toque. ¿Dónde está ese cáncer que tanto teme usted? ¿Dónde…?”. Y la angustia me hace sollozar en la oscuridad del cuarto. “¿Te ocurre algo?”, pregunta la mujer, semidormida. “Nada, nada”. A gusto le diría: “Es el cáncer, ¿sabes?”. Al día siguiente me levanto silbando una cancioncilla de moda y salgo a la calle. Le besaría al portero.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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Sonaban las once y media de la noche y entró en la casa de la vieja condesa. Sin ser visto atravesó el vestíbulo silencioso, apenas alumbrado, y no le fue difícil descubrir en el piso primero la escalera que conducía a la habitación donde le esperaba la joven. Empujó la puerta y ella estaba allí, sonriente, con las mejillas encendidas y las manos juntas, quizá asustada. Era una primera cita de amor y aguardaba, ilusionada, oír las mismas palabras que el pretendiente le escribía en sus cartas.
Dio dos pasos hacia la muchacha, alzó las manos y en vez de acariciarla se las puso en el cuello y apretó con toda su fuerza. Ella se debatió sin poder desasirse y, a los pocos minutos, él la dejó caer sin ruido al suelo y allí quedó con un rostro totalmente distinto.
Entonces, él buscó por todos sitios, abrió el armario y tomó sortijas y pulseras mas no encontró dinero. Luego bajó despacio, cruzó las habitaciones en penumbra y se alejó por la calle con pasos decididos.
A la noche siguiente se presentó en la casa del aristócrata donde había juego, tomó una carta y puso sobre ella no un fajo de billetes, como hacían los otros jugadores, sino un puñado de anillos y pulseras. Oyó una voz que anunciaba: “Reina de espadas”. Su carta no era aquélla, y había perdido todo… Al levantar la vista quedó aterrado: en el lugar del banquero estaba ella. Tenía la cara violácea, ojos en blanco y una extraña mueca en los labios; sobre la frente le caían mechones de pelo. Y vio que extendía su mano hacia las joyas, la mano, juvenil, suave y delicada, donde la noche anterior él debía haber depositado un beso.

Juan Eduardo Zúñiga
Más por menos. Antología de microrelatos hispánicos actuales. Sial ediciones-2011

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    Los ladrillos se desprenden de los cimientos. La casa avanza con lentitud, como un dinosaurio viejo. Cruza la calle, es un buque de dos pisos que se aleja. Por unos segundos pienso que se derrumbará, pero sigue moviéndose como si nada. Desbarata los patios, revienta los tendederos donde la ropa blanca intenta sostenerse. Su torre cuadrada se lleva los cables de luz. Parte en dos la calzada y captura a las palmeras. Se aleja de mí. Sólo entré una vez y el recuerdo también se va, viaja con ella, lo puedo ver en el balcón central, es una mancha llena de imágenes que con los minutos se van desvaneciendo.
No puedo creer que ya no esté en su lugar, duró tantos años quieta, muy quieta, haciéndose vieja, tan familiar para los vecinos. Víctima de abandonos, de maltratos, de restauraciones. Quiero seguirla, pero avanza rápido y se pierde en las espaldas de los edificios. Desciende la noche, a pesar de la negrura, ahora es más fácil verla. En su andar la luna se atora en la torre, una mujer de lentes intenta liberarla. La casa no deja de avanzar. Puedo verla porque lleva su propio, inmenso foco encendido, todo lo demás es oscuridad. Es codiciosa porque en ella navegan los fantasmas que se fueron refugiando, con el tiempo, sobre las macetas del patio, dentro del sótano, entre la ropa del closet, en el horno cálido de la cocina.
Ya no la veo, sólo a la luna que desistió de luchar por zafarse, se resigna a perder su rumbo y sigue el mapa que va dejando la casa por toda la ciudad. Ahora yo formo parte del caos que dejó a su paso, mi mente está vacía, mis pensamiento se fueron con ella.

Gabriela d’Arbel

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     El Hospital General es gris por dentro y por fuera. Opalescencias; brillos de quirófano a veces. Relámpagos diagonales de acero pulido contra las concentraciones difusas de la luz eléctrica espaciada a lo largo de los corredores.
Conforme se avanza por los últimos pasillos, la luz se va haciendo más lúgubre pero más intensa. Cada vez más triste. Tan triste que exhala esa luz un olor antiséptico y atroz de tristeza. En el último cubículo, el más luminoso de todos, por el que el sol penetra de lleno a lo largo del pasillo hacia todo el hospital, está la figura que llaman del hombre que llora.
Mucho se ha hablado de esta misteriosa figura que conservan en el Hospital General. Mi abuela ha decidido llevarme a verla, pues es grande la fama del hombre que llora y dicen que a veces concede ciertas mercedes. Mientras vamos por los corredores del hospital las enfermeras como bultos grises y blancos cuchichean a nuestro paso.
Van a ver al hombre que llora ?dice una monja a otra.
Todo es blanco en esa habitación olorosa a formol. El anciano que yace sobre la cama es tan blanco como la manta que lo cubre hasta la barbilla.
El viejecito llora como mujer. Eso dice mi abuela.
Yo me quedo callado. Lo miro atentamente. Su boca se pliega como la de una máscara de teatro. Roja y húmeda chasquea una lengua larga y flaca como un verduguillo contra las encías desdentadas. Por sus mejillas agrietadas resbalan gruesos lagrimones desde sus ojos irritados y legañosos. Sólo su boca y sus ojos se mueven.
Dicen que es una pura cabeza y que no tiene cuerpo, pero esto yo no lo creo.

Salvador Elizondo

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