Alberto-Chimal-LA-2007   Los actores salen del teatro cubiertos de copos livianos, blanquecinos: no es caspa sino la piel de sus personajes, vuelta ceniza.

Alberto  Chimal

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 enrique-rius-pena   Todos los padres están razonablemente seguros de que el pequeño campo de fútbol en las afueras de Menongue se encuentra limpio de minas.

Enrique Rius Peña
cortominuto.wordpress.com/2015/10/20/minas/

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millas23   El otro día, en el contestador automático de mi teléfono, una voz angustiada había dejado el siguiente mensaje: «Mamá, soy yo, Cristina, que si puedo cenar hoy en tu casa, sólo te llamo para eso, para saber si puedo cenar contigo esta noche, avísame, por favor, no dejes de avisarme, estaré toda la tarde aquí, soy Cristina.»
Evidentemente, no soy la madre de Cristina, así que se quedó sin cenar la pobre, y yo también, pues no fui capaz de freír un par de huevos conociendo el drama de esa pobre chica. Algunas voces anónimas son como microorganismos que te infectan el día, y no hay Frenadol que las pare.
Al día siguiente de lo de Cristina llegué a casa, le di a la tecla del contestador y alguien dijo: »Pedro, que lo de Luis, por fin, era maligno y encima Marisol se ha roto un brazo. A mamá no le hemos dicho nada todavía porque con las crisis respiratorias que tiene últimamente no lo soportaría. Nacho, por fin, va a repetir el COU.» Evidentemente, tampoco soy Pedro, no conozco a Luis ni a Marisol, y me importa un rábano que Nacho repita el COU, pero me amargó la vida esa acumulación de desgracias ajenas, qué quieren que les diga. Cuando llevas dos días seguidos escuchando mensajes de este calibre, el receptáculo donde se aloja la cinta del contestador empieza a parecerte un nicho ecológico donde se reproducen microorganismos perjudiciales para la salud emocional, así que desinfecté la cinta, pero al regresar del trabajo escuché: «Miguel, es la última vez que me das un plantón porque esta misma tarde me voy a suicidar.» Tampoco soy Miguel, pero estuve tres días con mala conciencia buscando una muerte violenta en la sección de sucesos, y así no se puede vivir.
De manera que hoy, decidido a defenderme, he marcado al azar unos números hasta dar con un contestador en el que he grabado el siguiente mensaje: «Marta, que vengas enseguida porque Manolito se ha caído por el hueco de la escalera y Ricardo se ha tragado una cuchilla de afeitar, pero no me puedo mover de casa porque no tengo con quién dejar al bebé. Date prisa.» Ha sido un desahogo, la verdad, me he quedado más ancho que largo. Y pienso subir el tono si la guerra se prolonga. El que avisa no es traidor.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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 Miguel Angel molina2   Ella encendió el tocadiscos y sentada en la cama comenzó a desnudarse. Él se acomodó y se limitó a mirar.
Ella fue desvistiéndose sin prisa. Primero la chaqueta, luego la blusa y después la falda. Él no quiso perder tiempo y fue bajándose la bragueta.
Mientras tarareaba una canción, ella se quitó el sujetador y el tanga. Él se acariciaba y solo era capaz de escuchar a su corazón desbocado.
Cuando ella se desnudó por completo apagó la luz, corrió las cortinas y bajó la persiana. Él se subió la cremallera y entre maldiciones arrojó los prismáticos al suelo.

Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.

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Paz Monserrat Revillo   Es verdad que últimamente resultaba cada vez más complicado encontrar las llaves. Siempre enredadas en una maraña de monedas, bolígrafos, protectores labiales o envoltorios de caramelos… por pequeño que fuera el bolso. Pero hasta hoy nunca pensé que el gesto previo a abrir una puerta pudiera convertirse en un acto temerario.
Ha ocurrido hace una hora, al regresar del trabajo. Mi mano se ha sumergido, impaciente, en el bolso grande. En su descenso ha atravesado la zona superficial de las libretas y la cartera hinchada de resguardos, ha rozado con el dorso la espiral de la agenda y la caja de tiritas, y al llegar al fondo ha palpado unas cuantas monedas sueltas.Ha continuado indagando, las llaves no podían estar muy lejos. En las inmediaciones, un ánfora tapizada de poliquetos y un cofre oxidado que servía de refugio a un pulpo. Unos cuantos pececillos se han sorprendido al unísono al escarbar en la cueva del rincón, donde los rugosos corales le han propinado un arañazo en el pulgar.
Tan ensimismada estaba la mano en sus hallazgos abisales, que la tremenda descarga eléctrica le ha pillado desprevenida. Ha emergido disparada hacia la superficie, enredándose por un momento en unas extrañas cintas pardas.
Y aquí estoy yo. Sin aliento. Sentada en el rellano de la escalera. Mirando a mi bolso de reojo, y esperando que algún otro miembro de la familia se digne a volver a casa de una vez.

Paz Montserrat Revillo

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Gustavo-Martin Garzo   La falda se hincha, se eleva, y la chica trata divertida de impedirlo. Es una chica muy joven, y va acompañada de un amigo. Su falda es plisada, cortísima, de tela muy leve, y el viento se la levanta como si estuviera jugando con un papel. La chica se ríe nerviosa, y finalmente tiene que detenerse, que apoyarse contra la pared, junto al escaparate de la confitería. Sus ojos brillan de vergüenza y malicia, y el chico, que se ha detenido con ella, la mira maravillado. No se atreve a moverse, a hacer o a decir nada; asiste a la escena con el temor y la fascinación con que lo habría hecho al baño de la diosa en lo más escondido del bosque, a la visita del ángel a la más reservada de las doncellas.

Gustavo Martín Garzo
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

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carlos iturra   Muchas veces jugaron juntos, cuando niños y muchachos, en la populosa calle donde eran vecinos. Pero después sus derroteros se apartaron vertiginosamente, y mientras que Gonzalo siguió siendo un vecino de su calle, el flaco Pancho llegó a ser un político famoso. Era ya diputado por segunda vez y proyectaba ir a senador, contó Gonzalo al volver a casa, después de cruzarse con él en el centro. «El muy farsante —comentó—, a mí no me engaña: yo sé de dónde salió y quién es realmente, por debajo del personaje agrandado que se inventa. No lo habré visto sacándose los mocos a la carrera detrás de una pelota rota…».
En suma, el vecino de antaño se había convertido para él en un presumido, engreído, vanidoso, trepador, arribista, falso… Quedaba fuera de su alcance la idea de que el flaco Pancho en verdad hubiese crecido, mejorado, progresado, y que al ir encontrando hacia arriba espacios más y más amplios sus condiciones hubiesen podido desplegarse proporcionalmente, y que quizás a él le habría pasado lo mismo de haber estado en el lugar del otro, y que, en definitiva, aquel flaco Pancho insignificante que él conociera ya no existía, salvo en su propio recuerdo enconado.

Carlos Iturra
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010

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cesar_gavela   Empecé a perder el pasado poco a poco, pero ahora es el presente el que se me escapa; ya hay agujeros en mi vida. Veo los boquetes negros entre las casas y la calle. Crecen, se unen unos a otros; solo me quedan unos recortes. Trato de mirar por ellos.

César Gavela
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010

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manuel espada   A la paciente le parecían preciosas las notas de amor que el médico le escribía en las recetas, por eso se enamoró del farmacéutico que se las leía.

Manu Espada

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ESTEBAN DE GARIBAY   Un herrero de un lugar mató a un hombre. Fue condenado a ahorcar. Juntóse casi todo el pueblo, y dijeron al alcalde que no le ahorcase, porque era muy necesario al pueblo, que no podían pasar sin herrero para que hiciese rejas y azadas y herraduras. El alcalde dijo que no podía sino hacer justicia de él. Respondió un labrador:
—Señor, en este lugar hay dos tejedores, y para un lugar pequeño basta uno. Ahorcad un tejedor, en lugar del herrero.

Esteban de Garibay
(Mondragón 1525-1599) Cuentecillos para el viaje.Ed. Popular-2011

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