El amor enciende el corazón y apaga la luz.

Guillermo Samperio

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  Juan Ramón Jiménez abrió el sobre en su cama del sanatorio, en las afueras de Madrid. Miró la carta, admiró la fotografía. Gracias a sus poemas, ya no estoy sola. Cuánto he pensado en usted!, confesaba Georgina Hübner, la desconocida admiradora que le escribía desde lejos. Olía a rosas el papel rosado de aquella primera misiva, y estaba pintada de rosáceas anilinas la foto de la dama que sonreía, hamacándose, en el rosedal de Lima.
El poeta contestó. Y algún tiempo después, el barco trajo a España una nueva carta de Georgina. Ella le reprochaba su tono tan ceremonioso. Y viajó al Perú la disculpa de Juan Ramón, perdone usted si le he sonado formal y creame si acuso a mi enemiga timidez, y así se fueron sucediendo las cartas que lentamente navegaban entre el norte y el sur, entre el poeta enfermo y su lectora apasionada. Cuando Juan Ramón fue dado de alta, y regresó a su casa de Andalucía, lo primero que hizo fue enviar a Georgina el emocionado testimonio de su gratitud, y ella contestó palabras que le hicieron temblar la mano.
Las cartas de Georgina eran obra colectiva. Un grupo de amigos las escribía desde una taberna de Lima. Ellos habían inventado todo: la foto, las cartas, el nombre, la delicada caligrafía. Cada vez que llegaba carta de Juan Ramón, los amigos se reunían, discutían la respuesta y ponían manos a la obra. Pero con el paso del tiempo, carta va, carta viene, las cosas fueron cambiando. Ellos proyectaban una carta y terminaban escribiendo otra, mucho más libre y volandera, quizá dictada por esa mujer que era hija de todos ellos, pero no se parecía a ninguno y a ninguno obedecía.
Entonces llegó el mensaje que anunciaba el viaje de Juan Ramón. El poeta se embarcaba hacia Lima, hacia la mujer que le había devuelto la salud y la alegría. Los amigos se reunieron de urgencia. ¿Qué podían hacer? ¿Confesar la verdad? ¿Pedir disculpas? ¿De qué serviría tamaña crueldad? Mucho debatieron el asunto. En la madrugada, al cabo de algunas botellas y de muchos cigarros, tomaron una decisión. Era una decisión desesperada, pero no había otra. Y sellaron el acuerdo: en silencio, encendieron una vela y soplaron todos a la vez.
Al día siguiente, el cónsul del Perú en Andalucía golpeó a la puerta de Juan Ramón, en los olivares de Moguer. El cónsul había recibido un telegrama de Lima:
­Georgina Hübner ha muerto.

Eduardo Galeano

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  Estaba casado, tenía seis hijos, pero presumía de “conquistador”. Según él, ninguna mujer se le resistía. Todas caían, enamoradas, en sus brazos. Los amigos le envidiaban, le admiraban. “¿Cómo lo haces, qué les dices?”. Pero él se encerraba en un mutismo enigmático. No era cuestión de descubrir la miserable realidad de sus promesas… de falso hombre soltero. Juraba amor eterno, fidelidad absoluta, más allá de la vida y la muerte; mostraba las fotos de sus ancianos padres; las cartas de una primera novia que murió (auténticas, desde luego) y la ambición de compartir un hogar cristiano. Ambicionaba tener seis hijos por lo menos y llegado a este punto, insistiendo en el mismo, es cuando conseguía su propósito. Porque para tener tantos hijos era preciso actuar de prisa y sin pérdida de tiempo…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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  Se despierta de golpe. Está oscuro y aún queda mucho para que mamá venga a llamarlos. Estira la mano despacito y nota que su hermana está, como siempre, durmiendo a su lado. Se levanta en silencio y asoma la cara entre las cortinas. Los observa sin hacer ruido. Elena se acerca a abrazarlo y lo guía de vuelta.
?Ya vale ?susurra? vuelve a la cama.
En realidad no hay nada nuevo que ver. El parque está casi cubierto por cartones y la gente se amontona tratando de mantener el calor. Algunos duermen, se remueven incómodos. Muchos lloran. Las madres dejan que los niños apoyen la cabeza en su regazo. Los sigue viendo un rato después de cerrar los ojos.
Se duerme. Se despierta de golpe. Sigue oscuro y tiene mucho frío. Extiende la mano para buscar la de Elena pero roza el cartón y recuerda. En su ventana, la de su habitación, tres caritas los miran en silencio.

Rocío Romero
http://rromeropeinado.blogspot.com.es/2012/03/el-otro-futuro.html

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  Avanzo a través del túnel que excavé durante meses en la toba blanda. Me arrastro por este nauseabundo arroyo con la desesperación de los que se saben imantados por fuerzas fatales, de los que han infligido dolor, de los que han sido martillos inclementes para numerosos clavos. Después de dos horas de angustia, mi cuerpo asoma fuera de la boca del túnel. El zumbido de los oídos desaparece. Logro esquivar los reflectores en el mortal damero del patio de la prisión. Me muevo como un veneno recién inoculado. Acometo sin respiro los vastos y resbaladizos muros de cantería. Tras ocultar las sábanas encordadas, atento a los paseos de los guardianes, me interno en las sombras reconocibles de la tercera galería. Puedo escuchar el roce de mis pisadas y el frotecillo asombrado del mecanismo de la suerte. Por fin estoy ante los barrotes. Inspiro profundamente, adelgazándome, y me deslizo entre ellos. Con infinito alivio regreso a las dulzuras de mi celda, a salvo de la aturdidora, extenuante y espantosa libertad.

Ángel Olgoso
Relatos para leer en el autobus. Ed. Cuadernos del Vigia. 2006

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   Alguien se sentó junto a él en el autobús y abrió una novela.
En sus páginas pudo leer cómo un hombre en gabardina se acercaba a una mujer en una esquina de luz macilenta. No llegó a saber qué le dijo, pues tuvo que levantarse a toda prisa para no pasarse de parada.
Caminó un trecho por la acera desierta, envuelto en el eco nocturno de sus propios pasos. En la esquina de las calles Bravo Murillo y Naranjo vislumbró a una mujer que esperaba bajo una farola enferma. Se acercó a ella con las manos hundidas en los bolsillos de la gabardina. Quiso hablarle, pero no le salieron las palabras. Ella lo miró con tristeza y dijo:
—Deberías haberte bajado en la siguiente, cariño.

Rubén Abella
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

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  Un hombre recorre el desierto y al cabo de días infinitos encuentra un objeto brillante en la arena. Es un espejo. Lo recoge y, al verse reflejado, dice: “Perdone, no sabía que tenía dueño”.

Juan Villoro

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  El alto concepto que tiene de sí mismo sólo es comparable a su generosidad. Le gustaría despedazarse y repartirse entre el vecindario para que todos sus vecinos tuvieran un pedazo de su satisfacción.

Jesús Alonso Ovejero

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  Yo tenía veinte años y el Puente era una ciudad de barro y de camiones, poblada de aventureros y comerciantes, de mujeres adustas y de niños crueles.
Pero en ese mundo también estaba ella, como una luz del sueño y de la duda. Por eso, cuando la conocí, la ciudad se volvió otra. Se adornó con flores imaginadas; flores que yo sentía, sin necesidad de verlas. Y también fue por entonces cuando más brilló el pavés de las calles. Cuando, en cada casa, vivían personas buenas, dispuestas a ayudarme, aunque no sé en qué cosa, porque yo no necesitaba nada.

César Gavela
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

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  Perseguido por tres libélulas gigantes, el cíclope alcanzó el centro del laberinto, donde había una clepsidra. Tan sediento estaba que sumergió irreflexivamente su cabeza en las aguas de aquel reloj milenario. Y bebió sin mesura ni placer. Al apurar la última gota, el tiempo se detuvo para siempre.

Javier Puche

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