Se despierta de golpe. Está oscuro y aún queda mucho para que mamá venga a llamarlos. Estira la mano despacito y nota que su hermana está, como siempre, durmiendo a su lado. Se levanta en silencio y asoma la cara entre las cortinas. Los observa sin hacer ruido. Elena se acerca a abrazarlo y lo guía de vuelta.
?Ya vale ?susurra? vuelve a la cama.
En realidad no hay nada nuevo que ver. El parque está casi cubierto por cartones y la gente se amontona tratando de mantener el calor. Algunos duermen, se remueven incómodos. Muchos lloran. Las madres dejan que los niños apoyen la cabeza en su regazo. Los sigue viendo un rato después de cerrar los ojos.
Se duerme. Se despierta de golpe. Sigue oscuro y tiene mucho frío. Extiende la mano para buscar la de Elena pero roza el cartón y recuerda. En su ventana, la de su habitación, tres caritas los miran en silencio.

Rocío Romero
http://rromeropeinado.blogspot.com.es/2012/03/el-otro-futuro.html

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  Avanzo a través del túnel que excavé durante meses en la toba blanda. Me arrastro por este nauseabundo arroyo con la desesperación de los que se saben imantados por fuerzas fatales, de los que han infligido dolor, de los que han sido martillos inclementes para numerosos clavos. Después de dos horas de angustia, mi cuerpo asoma fuera de la boca del túnel. El zumbido de los oídos desaparece. Logro esquivar los reflectores en el mortal damero del patio de la prisión. Me muevo como un veneno recién inoculado. Acometo sin respiro los vastos y resbaladizos muros de cantería. Tras ocultar las sábanas encordadas, atento a los paseos de los guardianes, me interno en las sombras reconocibles de la tercera galería. Puedo escuchar el roce de mis pisadas y el frotecillo asombrado del mecanismo de la suerte. Por fin estoy ante los barrotes. Inspiro profundamente, adelgazándome, y me deslizo entre ellos. Con infinito alivio regreso a las dulzuras de mi celda, a salvo de la aturdidora, extenuante y espantosa libertad.

Ángel Olgoso
Relatos para leer en el autobus. Ed. Cuadernos del Vigia. 2006

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   Alguien se sentó junto a él en el autobús y abrió una novela.
En sus páginas pudo leer cómo un hombre en gabardina se acercaba a una mujer en una esquina de luz macilenta. No llegó a saber qué le dijo, pues tuvo que levantarse a toda prisa para no pasarse de parada.
Caminó un trecho por la acera desierta, envuelto en el eco nocturno de sus propios pasos. En la esquina de las calles Bravo Murillo y Naranjo vislumbró a una mujer que esperaba bajo una farola enferma. Se acercó a ella con las manos hundidas en los bolsillos de la gabardina. Quiso hablarle, pero no le salieron las palabras. Ella lo miró con tristeza y dijo:
—Deberías haberte bajado en la siguiente, cariño.

Rubén Abella
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

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  Un hombre recorre el desierto y al cabo de días infinitos encuentra un objeto brillante en la arena. Es un espejo. Lo recoge y, al verse reflejado, dice: “Perdone, no sabía que tenía dueño”.

Juan Villoro

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  El alto concepto que tiene de sí mismo sólo es comparable a su generosidad. Le gustaría despedazarse y repartirse entre el vecindario para que todos sus vecinos tuvieran un pedazo de su satisfacción.

Jesús Alonso Ovejero

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  Yo tenía veinte años y el Puente era una ciudad de barro y de camiones, poblada de aventureros y comerciantes, de mujeres adustas y de niños crueles.
Pero en ese mundo también estaba ella, como una luz del sueño y de la duda. Por eso, cuando la conocí, la ciudad se volvió otra. Se adornó con flores imaginadas; flores que yo sentía, sin necesidad de verlas. Y también fue por entonces cuando más brilló el pavés de las calles. Cuando, en cada casa, vivían personas buenas, dispuestas a ayudarme, aunque no sé en qué cosa, porque yo no necesitaba nada.

César Gavela
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

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  Perseguido por tres libélulas gigantes, el cíclope alcanzó el centro del laberinto, donde había una clepsidra. Tan sediento estaba que sumergió irreflexivamente su cabeza en las aguas de aquel reloj milenario. Y bebió sin mesura ni placer. Al apurar la última gota, el tiempo se detuvo para siempre.

Javier Puche

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  Tome unas zapatillas deportivas del número 32. Introduzca algo de arena en su interior.
Inclínese ante el retrete y vacíe allí la arena de las zapatillas.
Escuche.
Es un ruido de bambú hueco entrechocando, de Campanilla volando en Guatemala, de balbuceo de flauta, de pompas en los labios.
Así suenan los recuerdos de un hijo muerto.

Gabriel de Biurrun

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  “Lo que importa, muchachos, es el estilo”, afirmó el capitán, montado en su blanco alazán. Los soldados escuchaban en silencio con la espada desenvainada, mientras los caballos, quizá presagiando el combate, piafaban nerviosos. “La muerte no importa”, terminó diciendo el capitán y dicho esto gritó: ” ¡ Compañía! ¡A la carga…!”. En perfecta formación la caballería inició el ataque. Media hora más tarde en una extensión de veinte kilómetros, los cadáveres, tanto de soldados como de caballos, salpicaban el vasto campo de batalla. Toda la compañía había perecido. En tierra, los muertos componían bellas figuras. La mirada hacia adelante, el brazo erguido con la espada en alto, la chaqueta abotonada y el cuello de la guerrera perfectamente ajustado.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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  Me distraigo viendo la lámpara mecerse levemente. A ratos me observo las manos, con sus cinco dedos, les doy vueltas con dificultad y las miro en silencio, desde la palma hasta el envés. La gente que me quiere me alimenta varias veces al día: leche, agüitas calientes, papillas, compotas y purés. No me gusta tanto, pero también me bañan, me echan colonia y me tienen siempre peinadito. Los pañales me los cambian unas cuantas veces al día y casi nunca se olvidan de ponerme la crema contra las rozaduras. Están todo el día pendientes de mí. Yo no hago prácticamente nada más que dormir, comer, oír, mirar y jugar con mis manos bobas. Ojalá pudiera expresar cuánto les quiero, más allá de las miradas tiernas o de esos abrazos torpes que intento darles cuando se acercan. Ojalá los años fuesen semanas. Ojalá tuviera tiempo para aprender a hablar de nuevo. Ojalá fuera un bebé y no solo lo pareciera.

Raúl Sánchez Quiles

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