Entradas con la Tag “Jueves”

  “Lo típico”, acerté a responder cuando Eva me preguntó en el recreo que qué me habían traído los Reyes. Por suerte a ella los Magos le habían puesto un movil de última-nueva-súper-mega generación que la tenía bastante entretenida y no pidió muchas mas explicaciones. “Lo típico”. Se me escapó una sonrisa. Aquellas Navidades habían sido de todo menos típicas:
Después de dos años viéndose a escondidas, que ella cree que no, pero yo sé que si, mamá pensó que la cena de Nochebuena era el momento indicado para presentar a la familia a su novio Eduardo que llegó sonriente y ya nunca mas se fue. El que retiró mas temprano de lo normal aquella noche fue el tío Gerardo. Cuando fui a buscar la bandeja de los turrones a la cocina escuché a tía Berta decirle a mamá, “de saber que Eduardo era el antídoto contra el cuñadisimo, te lo hubieras traído antes”. Ambas se rieron.
Eduardo es médico pero no tiene trabajo así que desde Nochebuena ha tomado el mando de la casa. Cocina medio bien y hace un chocolate exquisito con una pizquina de sal con el que Martina se relame. Y él sonríe al verla disfrutar. Es un año y dos meses mayor que mamá pero no lo parece y menos cuando sonríe. Yo no le creía la edad hasta que me enseñó el pasaporte.
-¿Ves? 16 de julio de 1969″.
-Jo, pues pareces mas joven.
-Gracias… Muchas gracias, pero esto último no hace falta que se lo digas a tu madre.
Y vuelve a sonreír, reímos los dos.
Me cae bien porque canta mientras cocina, porque tiene a mamá entretenida y por su sonrisa enorme. A mamá… bueno ya os podéis imaginar a mamá lo bien que le cae Eduardo.
Y Martina… La verdad es que Martina está encantada porque cree que desde Nochebuena vive con nosotras en casa el Rey Baltasar.

Aitana Castaño Díaz
http://sairutsa.blogspot.com.es/2016/01/lo-tipico.html

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  Detrás de una puerta cerrada es posible encontrar los más inverosímiles horrores y también extraordinarias formas de la felicidad. Cuando la puerta se abre, el número de posibilidades, que era infinito, se reduce a uno y entramos, por ejemplo, en un baño (es lo más común) o en nuestro propio dormitorio. Y cómo probar que esa realidad que se alza sólidamente ante nuestros ojos es la misma que nos aguardaba, agazapada, cuando estábamos tan cerca pero fuera de ella, detrás de esa puerta que volveremos a cerrar al salir para permitir una vez más el auge y la decadencia de los innumerables universos.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

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  Porque es tocando fondo, aunque sea en la amargura y la degradación, donde uno llega a saber quién es, y donde entonces empieza a pisar firme.

José Luis Sampedro

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  Los actores salen del teatro cubiertos de copos livianos, blanquecinos: no es caspa sino la piel de sus personajes, vuelta ceniza.

A. Chimal

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  Hoy he visto salir apresurado a Sebastián, el oculista, de la tienda de encurtidos. Ha entrado en su óptica justo en el momento en el que Felipe, el dueño de las olivas y los pepinillos, aparecía por la esquina. Cuando este ha llegado a su establecimiento, Mercedes, que es su esposa, justo volvía de la trastienda retocándose el pelo y la bata blanca. Al momento, Sebastián ha salido a su puerta a fumar nervioso y me ha visto en la ventana. Le he mantenido la mirada por primera vez. Y él a mí. Y justo en ese momento he decidido dar por terminado el luto. Ahora mismo me pongo ropa clara y voy a que me mire la vista. Ya va siendo hora de que me hagan un repaso.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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  Anoche discutimos por el mando de la tele. Pero luego, en la cama, nos acariciamos un poco y susurró mañana eliges tú el programa, amor. Y también: puede que tengas razón y sea buen momento. Me subió el camisón y por una vez no alargó la mano hasta el primer cajón de la mesilla, sino que entró desnudo y tembloroso, como un adolescente, y siguió invocando con palabras al hijo que no sabíamos imaginar.
Esta mañana nos levantamos a las siete. Mientras me duchaba, hizo el café. Al salir del baño me extrañó no oírlo silbar. Me acerqué a la cocina a medio vestir, con el pelo mojado. Pero estaba vacía: solo encontré la jarra de leche dando vueltas en el microondas.
Me he quedado un rato mirando la puerta de cristal. Fijamente. Como quien se asoma a su futuro. La leche burbujeó, lamió el borde del recipiente y se ha desparramado en dibujitos que igual significan algo. Aunque yo, francamente, no entiendo nada.

Nuria Mendoza

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  Y se levanta, y el corazón del animal aún palpita entre los despojos, y ella hace ademán de limpiarse —la boca, el rostro, los brazos, el pecho—, pero decide quedarse quieta y contemplar la escena un rato más.
Un minuto, quizá dos, y luego volverá a sus quehaceres diarios —la comida, la ropa, la compra, los niños—. Nada de eso importa ahora que sabe de lo que es capaz.

María José Barrios

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  La noche de diciembre se llena, en silencio, de nuevos transeúntes: hombres, mujeres, ángeles, colosos, demonios, gnomos, leones, esfinges o deidades, seres pálidos, de marmórea piel, que cruzan Madrid a toda prisa, embozados en sayos o capas, buscando la pensión salvadora, el techo cálido en que encontrar cobijo durante la madrugada de hielo, para volver horas después a atravesar como espectros veloces las calles, antes del amanecer, regresando al lugar del que partieron discretamente.
Esas noches ateridas, los pedestales de las estatuas más recónditas y los frontispicios de ciertas fachadas quedan exentos, vacíos, obsoletos, abandonados.

Miguel A. Zapata

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  Las niñas correteaban a la hora del recreo en el jardín, felices y tranquilas, en aquella apacible tarde de invierno. La hermana religiosa vigilaba y, al tiempo, hacía calceta, sentada en uno de los bancos. Por el sendero, apareció un anciano de noble aspecto, con abrigo y bastón. Al llegar a la altura de la religiosa, se detuvo, se desabrochó el abrigo y se mostró en toda su patética desnudez. Rápidamente, se cubrió de nuevo al tiempo que la hermana profería un grito de espanto. Las niñas interrumpieron sus juegos y se acercaron a la hermana, mientras el anciano se alejaba presuroso. La hermana, turbada, se aturulló y no supo darles ninguna convincente explicación. Las niñas pensaron que habría sido culpa de aquel anciano exhibicionista que todos los días, cuando la hermana hacía calceta, se desabrochaba el abrigo delante de ellas y les regalaba caramelos…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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  Últimamente ocurren cosas extrañas en casa. Por ejemplo, giro la llave de la luz y las paredes tiemblan. Las bombillas se prenden poco a poco, sin convicción, como si necesitaran tener algo hermoso delante para proyectar su claridad. Si llega mi hija mayor de visita, resplandecen como focos de un teatro ante la primera actriz. Es imposible hablar por teléfono sin que otras conversaciones se crucen con la nuestra y a menudo aparece la voz de una anciana que, cuando discuto de asuntos bursátiles con mi corredor, interviene indignada:
—¡Todo lo que usted dice son tonterías y se va a arruinar! ¡Venda esas acciones, desgraciado! —me grita.
He perdido mucho dinero por hacer caso de las advertencias de la vieja.
Los tenedores se niegan a pinchar, el papel de las paredes muda de formas y colores diariamente y el cuadro de cacería del salón un día amaneció con ríos de sangre procedentes del pobre ciervo atacado por los perros. Mi bufanda trató de estrangularme y sólo pude zafarme de su abrazo criminal gracias a la ayuda de los criados, que vieron cómo daba tumbos y rodaba asfixiado en el recibidor.
Estos trastornos y otros más, han surgido desde que cambiamos la instalación eléctrica. Yo sospecho que, al igual que en las clínicas devuelven la vida con electrodos a los que sufren un colapso, nuestra vieja casa, la que heredamos de mis abuelos y llevaba tanto tiempo aletargada, ha resucitado gracias a la nueva instalación y se ha dado cuenta de que somos unos intrusos. Nos odia.

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