Entradas con la Tag “Lunes”

   Gracias a sus periódicas remesas de dinero vivía con holgura su familia en el pueblo. Sus padres esperaban con ansia que volviera junto a ellos para que disfrutara por lo menos de unas vacaciones bien ganadas, pues llevaba ya cinco años seguidos en el extranjero. Ignoraban cuál era su ocupación. Se lo habían preguntado en varias cartas, pero respondía siempre confusa y vagamente. Trabajaba por las noches, desde luego. Sus padres lamentaban que, fuese en lo que fuese, tuviese un turno nocturno. En otra carta añadió que no podía ser de otra forma, lo que provocó todavía mayor confusión. Por fin un paisano llegó al pueblo de vacaciones v aclaró la ocupación del hijo. Actuaba en Una sala de fiestas. Aparecía ante el público, arrastrando una ternera, y empuñando un taburete. Luego se subía, mejor dicho, se sentaba… (el paisano por poco se equivoca) en el taburete y ordeñaba a la ternera.
Todos se reían y aplaudían. Los padres no terminaron de comprender aquella estupidez, pero pensaron que ciertamente era un trabajo cómodo y bien pagado.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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      Cuando dijo soy una buena persona supe de inmediato que me había vuelto a confundir de hombre. Tantos años de mostrador me han enseñado que hay ciertas frases que siempre significan lo contrario de lo que dicen. Las buenas personas no están tan seguras de sí mismas como para afirmarlo en voz alta. Mi corazón empezó a desbocarse en plan delator cuando a continuación dijo no soy una persona violenta.
Miré alrededor buscando la puerta de salida. Él no se dio cuenta de mi nerviosismo, o pensó que sus palabras me estaban excitando y que por eso mi respiración iba tan acelerada. Se acercó a la silla donde me había sentado a beber una coca-cola. Se quedó frente a mí de pie, tan cerca que seguramente oía mi corazón. Una gota de sudor cayó de mi codo a su zapato. En ese momento la nevera se puso a hacer un ruido espantoso. Sólo veía su bragueta y sus zapatos cuando agaché la cabeza para que me acariciara la nuca. Todo iba muy deprisa.
Era día 13. Después de comer me había tragado casi sin masticar media rosquilla de San Antonio. Bendecida, dijo la clienta que me la regaló, para que encuentres novio este año. Es una vieja gorda y simpática a quien el aparato de la tensión apenas le entra en el brazo. Esa misma tarde vino el representante de Lisartis a la hora de cerrar. No suelo comprarle nada pero es de los pocos a los que soporto porque no insiste, como si le diera lo mismo vender que no vender.
Acepté su invitación para cenar. Me pareció más guapo que otras veces. La rosquilla aún me bailaba en el estómago y de alguna forma podría ser que estuviera empezando a surtir efecto. La conversación era fluida, como de viejos amigos, y me sentí a gusto cuando en el coche me acarició el brazo.
Aún era de día cuando llegamos a su casa, un décimo piso en el Rabal. Lo primero que hizo fue llevarme a la ventana de la cocina y señalar al frente. En el horizonte se veía el Moncayo a la luz del crepúsculo y me pareció un espejismo maravilloso, allí en medio de la ciudad ardiente. No me iba a costar nada enamorarme.
La nevera se paró en seco justo en el momento en que le bajé la cremallera del pantalón. No me atreví a levantar la vista hasta su cara. Agradecí que de repente se hubiera hecho de noche. Hice lo que tenía que hacer con una facilidad asombrosa. Cuando estaba a punto de correrse dijo mi nombre con voz cavernosa y atribulada, como si él fuera Dios y yo Abraham matando a mi hijo. Luego me terminé la coca-cola y le ofrecí mi ayuda para preparar la cena. Con la rasera en la mano le dije que yo también me consideraba buena persona.

Cristina Grande
Más por menos. Antología de microrelatos hispánicos actuales. Sial ediciones-2011

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   Sé que no te has dormido porque oigo el ruido que haces al pensar, que es más pedregoso que el de los sueños, como de ladera desmoronándose. Y si encendiera la luz, no me cabe duda de que estarían todos tus pensamientos desparramados por la cama. Pero no me atrevo a verlos. Cuando al fin, empujo sin convicción un «qué piensas» cauteloso por lo oscuro del espacio, contestas. Y ese «nada» tuyo suena como un disparo en el cuarto. Es como una guillotina que corta la cama en dos. Y yo me quedo a vivir, ya para siempre, en la parte más helada.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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    El torturador lo sujetó del brazo para que las piernas no se le doblaran y el muchacho pudiera salir sobre sus propios pies del cuarto de los interrogatorios. Luego el muchacho quedó tendido en la banca de la prevención pensando en las caras de brazos remangados soltando golpe tras golpe y ahora nos dices todo lo que sabes y te vas tranquilo, y les juro que no sé nada, que yo nunca me he metido en política. Y respondía así, no porque pretendiera ocultar ningún secreto, sino sencillamente porque ésa era la verdad, de ahí que ni siquiera intentara esconderse cuando la guardia de asalto entró a la Universidad y se lo llevó junto con los otros, pese a que él dijera yo no tengo nada que ver, éstos son mis libros. Y después el dolor de la tortura como una marca para toda la vida. Y ya libre, otra vez en la Universidad, y recibiendo el abrazo de los amigos y aceptando inscribirse en el grupo más recalcitrante, pensando que una sola vez capan al gato, y si esto lo hubiera hecho antes no me habrían dado los golpes que me dieron, porque ahí sí habría tenido qué responderles cuando me interrogaban.

Jorge Díaz Herrera
Más por menos. Sial Ediciones.2011

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    A mi marido me lo trajo una tormenta. Y no es un decir, me lo entregó envuelto en lluvia. Estaba de romería con mis amigas, las pocas que quedamos, cuando empezó a caer un chaparrón de los que empapan el ánimo. Salimos corriendo mientras nos tapábamos con las sillas plegables. Y al pasar por el abrevadero viejo lo vi allí tirado. Hice como si no lo hubiera visto, seguí mi camino con ellas. Cuando llegamos a casa, esperé prudentemente a que cada una llegara a la suya. Me puse la gabardina y salí a buscarlo. Estaba empapadito. No hablaba. Me lo llevé a casa, lo bañé, le di de comer, y hasta hoy. Lo llamo Paco, y él a mí, vida mía. No sabe de dónde viene, y ni falta que me hace. A ellas les he dicho que lo conocí en el Carrefour de la capital y que se quedó prendado de mí. Yo no sé si me creen, pero tampoco me importa. Que se alegran, me dicen. Ya, les digo yo. Ahora a la romería voy de su brazo. Y si llueve, nos quedamos en casa, recuperando lo que la vida me debe.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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          Yo fui loco y ya soy cuerdo. Miguel de Cervantes

  El mucho leer le había trastornado el cerebro. Era viejo, flaco y visionario. Creía en la bondad, en la solidaridad y en la justicia. Cuando vino la República, su locura se exacerbó hasta el éxtasis y la guerra civil le cogió a contrapié. Lo fusilaron contra una tapia que creyó que era la frontera del paraíso, unos pistoleros, a los que confundió con ángeles, un día de sol que le pareció de buen agüero. Tuvo tiempo de reconocer ante los suyos, que le recogieron agonizante, que se había equivocado.

Luciano G. Egido
Cuentos del Lejano Oeste, ed. Tusquets. 2003
http://es.wikipedia.org/wiki/Luciano_G._Egido
http://www.lecturalia.com/autor/1019/luciano-g-egido

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    Presenteme en Belén, se teme el penetre que el mequetrefe emprende desde el este:
-¡Defenderé el bebé! -espeté enfervorecida.
De repente en este frente emerge el célebre Xerxes, ese pelele repelente, que me desteje:
-Resérvese, enhebre el eje. Serénese. Entrégueme el bebé, enteréme del event en el pesebre. Celebre.
-Deje de pretender -expresé-. Veré. Enséñeme el pene, ese que pende del pendex.*
Xerxes teme que pese, teme que enrede, emprende:
-Sé decente, tente de frente, ten fe. Ten sed. Neguéme: pretende que esté pepe, ¡qué nene!
-Espere -reflejele-, entérese que el ser endeble en ceguese el deber.
-¡El deber en el retrete! ¡Entrégueme el bebé! Espere que se entere Meneses…
-Meneses repéleme. Péguele, envenénele, deféquele, cercénele. El que se mete en el frente del bebé debe ser esplendente.

* Exigencia para detectar al invasor, dado que ningún cristiano de entonces estaba circuncidado.

Luisa Valenzuela

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    Hace días que el lunes anda como loco por estar junto al sábado. Cada año ocurre lo mismo cuando llega el buen tiempo y los fines de semana se transforman en pequeñas vacaciones que alteran la rutina de los días laborables. Desde principios de mayo el lunes suele quejarse de cualquier cosa, ya sea del clima, los negocios o la quiniela de fútbol. Nunca está cómodo iniciando la semana porque, en su opinión, la gente arrastra una resaca por los excesos del sábado y del domingo. El martes y el miércoles comparten ese punto de vista, pero como reciben un eco amortiguado de esos mismos efectos no apoyan a su compañero en sus reivindicaciones. Y con el jueves es inútil pactar, ya que su posición intermedia lo hace insensible a las inquietudes de los extremos. El viernes es, por tanto, el rival a batir. La inminencia del fin de semana lo convierte en un día positivo y eso se nota en el ambiente. Así que el lunes ha propuesto al viernes cambiar su lugar en el calendario. Le ha dicho que, empezando la semana en viernes, la gente no estará de mal humor. Y el viernes se lo está pensando. No en vano, está harto de guardar las formas hasta el mediodía, para ser considerado luego como la antesala del desmadre. Aunque solo fuera por variar, le gustaría dar a todos con la puerta en las narices por descanso del personal. Por ello ha prometido al lunes que estudiará a fondo su propuesta, y que ya le dirá algo el día menos pensado.

Pedro Herrero
Los días hábiles. Serial Ediciones. 2016

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   En el convento de San Agustín, de Sevilla criaban un carnero enano que discurría por toda la casa, dejando poco limpios los claustros, el Capítulo y los lugares más frecuentados. Acordaron los padres, por no tenerle encerrado, que le atasen una taleguilla debajo de la cola, que recogiera lo que caía en el suelo. Para esto, ofreció fray Juan de Velasco un saquillo, en que le habían traído de Nueva España un poco de chocolate. Pusiéronsele al carnero, de suerte que vino a caer hacia la parte de fuera el sobrescrito que la talega trajo de Indias, y que no se le había borrado; y decía: «Para fray Juan de Velasco».

Juan de Arguijo
Cuentecillos para el viaje – Editorial Popular – 2011

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    Fiel al oficio secular, trabajadora todo el año, bajo el pico trae su viejo hatillo con un niño dentro, dormido, que a la vez bajo el brazo trae un pan. Un pan de yemas y boniato. Demasiado peso para ave tan nómada y torrontuda. Gran desgaste del espinazo, supones al vislumbrarla, como los arcoíris, lenta y cargada desde la rayita del horizonte. Pero las gratitudes que despierta esa supina abnegación de recadera menguan, y cómo, al descubrirse un buen día cuán cruel puede llegar a ser la cigüeña con sus propias crías más débiles: si una cigüeñita aún casi sin plumas no da oportunas señales de vitalidad, si se muestra apocada y remisa ante la comida, la mamá la echará fuera del nido con una seca patada, sin advertencias, desde lo alto del campanario. ¡Abusadora! Vamos a ver, qué carajo pasará por esa cabeza cuando rige a partes iguales la conducta de una buena comadrona y la de una mala madre.

Anelio Rodríguez Concepción
Mar de pirañas. Ed Menoscuarto. 2012

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