Entradas con la Tag “Lunes”

jj millas2   Cada vez que la poli se da una vuelta por los almacenes situados en la periferia de las grandes ciudades, descubre algo de interés. Ahora acaba de encontrar, en un hangar de las afueras de Madrid, un millón de peluches falsos de los Lunnis, esos personajes de la tele con los que los niños se van a la cama, o se levantan de ella, ahora no caigo. El titular de la noticia hablaba, literalmente de «peluches falsos», lo que evidentemente es erróneo. Un peluche sólo puede ser falso si es un falso peluche, es decir, si está hecho de un tejido que no es. Un peluche de piel, por ejemplo, no sería un peluche. Los peluches incautados en esta ocasión por la policía eran  verdaderos porque poseían todos los atributos que se esperan de un peluche, incluso el de dar miedo. Lo que el redactor de la noticia quiso decir es que aunque parecían Lunnis no eran Lunnis, pues carecían de documentación, de papeles, de carné de identidad. En todo lo demás eran idénticos a los Lunnis. Quiere decirse que el DNI hace al monje.
Usted, querido lector, y yo somos idénticos el uno al otro en la medida en que lo son los Lunnis. Estamos hechos del mismo material, tenemos el mismo número de órganos, de extremidades, quizá de pelos en la cabeza, e idéntico número de huesos. También damos miedo, que es algo que nos une con los Lunnis y los peluches en general. Pero si la policía me pillara en la periferia de Madrid haciéndome pasar por usted, me detendría porque yo no soy usted. Es lo que ocurre con ese millón de Lunnis, que siendo idénticos a los verdaderos no disponían del certificado que acreditara su identidad. Eran unos indocumentados, unos «sin papeles».
Sorprende que para entrar en un país se pida a las personas lo mismo que a los muñecos de peluche. El problema de los que vienen en pateras no es que no sean hombres y mujeres como nosotros, sino que no tienen certificado de autenticidad. Usted los mira por arriba, por abajo, por el interior y se dice: «Coño, es como yo, o como mi cuñado.» De acuerdo, es como usted o como su cuñado de usted, pero no tiene papeles, lo que lo convierte en un hombre ilegal. Los Lunnis incautados en las afueras de Madrid son peluches idénticos a cualquier otro peluche, incluso pueden estar mejor cosidos que los peluches legales. Pero no tienen papeles, vaya por Dios,  de modo que la policía los ha requisado y se encuentran detenidos en comisaría a la espera de que el juez decida qué hacer con ellos. Lo normal es que el juez ordene destruirlos para que no se confundan con los verdaderos. Generalmente, se queman. Un millón de peluches quemados es un genocidio de peluches, un peluchicidio, pero las leyes están para cumplirse, aunque nos pongan los pelos de punta.
Ahora bien, imaginemos que un policía (corrupto o caritativo, no sabríamos cómo calificarlo) salva a uno de estos muñecos de la hoguera. Imaginemos que lo esconde y se lo lleva a casa y se lo regala a su hija pequeña como si se tratara de un peluche legal. La niña lo recibiría con gran alborozo y jugaría con él y dormiría con él y lo metería con ella en la bañera, etc. Los peluches son muy resistentes, duran toda la vida (toda la vida de ellos y la nuestra), de modo que la niña y el muñeco crecerían juntos sin que la hija del poli supiera que ha pasado su infancia junto a un muñeco ilegal, un muñeco que no debería estar en España porque no tiene papeles, no tiene carné de identidad, no tiene acreditación.
¿Sería esa niña, de mayor, igual que las demás niñas que crecieron con peluches legales? No lo sabemos. El peluche imprime carácter. El peluche puede ser cualquier cosa menos ingenuo. Los peluches tienen un alma pequeña con la que se comunican con los niños, empujándoles a ser obedientes o rebeldes, nerviosos o tranquilos, estudiosos o vagos, bondadosos o vengativos. Los peluches son los auténticos educadores de los niños, más en esta época en la que los padres están tan poco tiempo en casa.
Sostengo que, tal como haya sido tu peluche, así serás tú de mayor. Si tu peluche fue tranquilo, serás tranquilo; si nervioso, nervioso; si con tendencias criminales, con tendencias criminales… Si tu peluche fue chino, serás chino. El millón de peluches incautados en las afueras de Madrid procedía de China. Es probable que muchos de ellos —quizá veinte o treinta mil— desaparezcan en el trayecto que va de la comisaría al horno crematorio. Caerán en veinte o treinta mil hogares cuyos niños, de mayores, sin que ellos mismos lo sepan, serán chinos. Lo crean ustedes o no, así son las cosas.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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david_lagmanovich_jmv Apenas entró en el laberinto se sumergió en las tinieblas. Tonto de mí, pensó, además del ovillo debía haber traído una antorcha, cualquier fuente de luz. Pero ya estaba dentro: esperó que sus ojos se acostumbraran un poco a la oscuridad y avanzó tanteando las paredes. Iba dejando caer el tosco hilo del ovillo y temía que se le acabara, impidiéndole regresar. En más de una ocasión dudó en la intersección de dos pasajes, y varias veces rehizo sus pasos por haber tomado el camino equivocado. A medida que avanzaba, sin embargo, crecía su confianza: lo encontraré, pensaba, esta vez no se me escapará. ¿Qué haría ella, mientras tanto, allá arriba, casi en otro mundo? Después de un tiempo que le pareció infinito comenzó a advertir, no todavía la luz, sino una suerte de adelgazamiento de la oscuridad. Se movió con más facilidad en el tramo final. En el extremo del último pasillo vio una puerta o, más bien, una abertura en la que titilaba una luz temblorosa. Allí estaba el ser que buscaba: inmóvil, sentado de espaldas a la abertura en el muro, concentrado en la serie bélica que mostraba la pantalla del televisor.

David Lagmanovich
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

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carlos iturra   Muchas veces jugaron juntos, cuando niños y muchachos, en la populosa calle donde eran vecinos. Pero después sus derroteros se apartaron vertiginosamente, y mientras que Gonzalo siguió siendo un vecino de su calle, el flaco Pancho llegó a ser un político famoso. Era ya diputado por segunda vez y proyectaba ir a senador, contó Gonzalo al volver a casa, después de cruzarse con él en el centro. «El muy farsante —comentó—, a mí no me engaña: yo sé de dónde salió y quién es realmente, por debajo del personaje agrandado que se inventa. No lo habré visto sacándose los mocos a la carrera detrás de una pelota rota…».
En suma, el vecino de antaño se había convertido para él en un presumido, engreído, vanidoso, trepador, arribista, falso… Quedaba fuera de su alcance la idea de que el flaco Pancho en verdad hubiese crecido, mejorado, progresado, y que al ir encontrando hacia arriba espacios más y más amplios sus condiciones hubiesen podido desplegarse proporcionalmente, y que quizás a él le habría pasado lo mismo de haber estado en el lugar del otro, y que, en definitiva, aquel flaco Pancho insignificante que él conociera ya no existía, salvo en su propio recuerdo enconado.

Carlos Iturra
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010

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millas23   Cada vez que se cumple algún aniversario de la llegada del hombre a la Luna, me llaman de la radio y me preguntan que qué hacía yo mientras sonaba en todo el mundo la frase histórica del pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la humanidad. Y digo lo mismo, claro, porque las cosas son como son y yo siempre he estado más interesado en labrarme un porvenir que en forjarme un pasado. O sea, que me estaba comiendo un bocadillo de calamares fritos en un bar con el suelo lleno de cáscaras de mejillones y cabezas de sardinas. Tenían encendida en un extremo de la barra una televisión grasienta hacia la que mirábamos todos porque nos habían dicho que se trataba de un acontecimiento histórico, aunque lo verdaderamente histórico para nosotros habría sido que el bocadillo fuera de jamón de Jabugo, o, mejor aún, que no hubiera sido un bocadillo, sino un chuletón de Ávila, pongo por caso, con pimientos fritos.
Dirán ustedes que Armstrong no pisó la Luna a la hora de comer, pero es que yo lo vi en diferido, al día siguiente, y pensé que sucedía en ese momento, de manera que cada vez que contemplo aquellas imágenes, se me repite el bocadillo de calamares, que estaban fritos en un aceite que merecería haber sido de colza. No me pareció mal que el hombre llegara a la Luna, sino que tenía la sensación de que se trataba de un asunto que no me concernía. A veces se da este divorcio entre lo histórico y lo personal, como entre la macro y la microeconomía, que cada una va por su lado, qué le vamos a hacer.
Es sabido que hay quien hace la historia y hay quien la padece. La habilidad de quienes la hacen consiste en hacer creer a los que la padecen que son protagonistas de algo. Pero no es cierto: aquel pie que pisó hace no sé cuántos años el improbable suelo lunar no era el mío. Mientras se pisaba la Luna, en este planeta nuestro se pisoteaban demasiadas cosas. Aún se pisotean. Y la hora de comer continúa siendo la hora del hambre para mucha gente. Eso es lo histórico. Vale.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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Miguel Angel molina2    Al salir, la patera estaba inundada de sueños. Hoy los vómitos, el miedo y la muerte se han adueñado de los 12 por 2,5 metros en los que viajan. Solo les queda acurrucarse entre ellos y rezar para soportar el oleaje, el hambre y el frío.
Cuando la esperanza ya está lista para morir, divisan la costa y son rescatados. Es entonces cuando descubren sorprendidos el curioso comportamiento de aquellos a los que quisieran parecerse. Al ver a los pescadores llevarse la gasolina y a los vecinos arramblar con las herramientas y el ancla, sus sueños comienzan a esfumarse.

Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.

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alonso ibarrola   Afirmaba conocer el alfabeto de la mímica y entender a la perfección el lenguaje utilizado por los sordomudos. Es por ello que entró a prestar servicio en un nuevo y original programa televisivo. Su labor sería cómoda y bien remunerada. Debía limitarse a ofrecer las noticias que un locutor leía previamente, con los signos habituales del método para sordomudos. Días más tarde fue despedido de empleo y sueldo, por la denuncia de varios telespectadores sordomudos. Por lo que se pudo saber más tarde, era un impostor. Ignoraba totalmente el alfabeto mímico y se lo inventaba sobre la marcha. Alegó que tenía necesidad de trabajo y que estaba convencido de que la cosa no tenía la menor importancia, pues las noticias no tenían interés alguno y a nadie perjudicaba…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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alonso-Ibarrola32   He recibido carta de los Estados Unidos de América. Mañana el cartero me mirará con más respeto. Tras haber cenado, la abriremos. María recogerá el mantel. “Doblad las servilletas”, dirá. Yo la doblaré en cuadro, porque mi hijo mayor la dobla en triángulo y su hermana hace un nudo. Y en el silencio de la noche sólo se oye el rasgueo del papel al romperse. “Queridos padres y hermanos…” Comienzo a leer la carta en voz alta, pausada, un tanto monótona… Vive bien. Allí todos viven bien. Tiene automóvil, frigorífico, dice “quiero” y al momento se lo llevan a casa. Luego tiene diez, veinte años, toda una vida, si es necesario, para pagar. He terminado la lectura. Silencio. Mi mujer llora. Yo procuro no pensar en nada. Pero no puede ser: pienso. Me es imposible no pensar en nada. Resulta ridículo, pero veo unas cataratas, las del Niágara, que conozco a través de una película. Mi hijo vive a dos mil kilómetros de las cataratas del Niágara, pero yo le veo tranquilamente paseando bajo el torrente de agua con un paraguas… Ahora mi mujer me preguntará: “¿En qué piensas en este momento?”. La pregunta repetida mil veces al día. “Pensaba en las cataratas…” No, me resulta imposible. Inventaré si es preciso alguna historia maravillosa. La última vez me dije: basta. Porque, sin reflexionar, a la acostumbrada pregunta contesté: “Pienso en lo difícil que sería trasladar un ataúd de América a nuestras tierras…” Lloró y me reprochó mis tontas ideas. Pero yo siempre tengo la duda: ¿Subirán los ataúdes a los barcos como los automóviles, con grúas? Tiene que resultar muy extraño ver un ataúd suspendido en el aire…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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jj millas2   Es conocido que sólo tomamos conciencia del cuerpo cuando nos duele algo. Carecemos de cabeza, por citar un órgano, hasta la aparición de la primera migraña (o de la primera idea obsesiva). Personalmente, prefiero que me duela algo. No que me duela mucho, se entiende, pero sí lo bastante como para que me resulte imposible olvidar que soy frágil, que tengo que morir, que la plenitud no es de este mundo (ni de ningún otro, que se sepa). Una pequeña dolencia crónica, no demasiado molesta, le obliga a uno a relativizar las cosas y lo mantiene atado a la tierra, al polvo (es decir, al cuerpo). Por alguna razón, yo soy mejor persona cuando me duele algo que cuando no me duele nada (no descarto que estos ataques de bondad estén relacionados con las medicinas, sobre todo las que incluyen alguna porción de codeína, una sustancia que me inclina al bien).
En cualquier caso, tampoco es habitual que no duela nada. Un cuerpo estándar de hombre (1,75 de estatura y 70 kilos de peso) posee más complejidades que un rascacielos de doscientos metros. Los rascacielos disponen de un servicio de mantenimiento preparado para reparar en el acto cualquier desperfecto. Los cuerpos tienen la Seguridad Social, que no es tan solícita como los fontaneros o los albañiles de los hoteles de 400 habitaciones. De ahí la automedicación y, en general, la autoayuda. ¿Que hay una migraña en el último piso? Pues analgésico al canto (mejor con codeína). ¿Dolor en las lumbares? Ibuprofeno a toda pastilla (y perdón por la redundancia). ¿Dificultades con el sexo? Viagra a granel. Y así, mal que bien, vamos tirando.
Con los países sucede algo parecido a lo que ocurre con los cuerpos: que no los notas hasta que no te duelen. Y España lleva una temporada que, con perdón de Unamuno, no deja de dar la lata. Que nos duela un poco no está mal, así somos conscientes de ella. Pero lo de los últimos tiempos, por unas cosas o por otras, es un sinvivir. El problema es que acudes a los médicos (o sea, a los políticos) y a la segunda frase adviertes que no tienen ni idea de nada (ni del diagnóstico ni de las soluciones), están tan desconcertados como uno. Lo malo es que la automedicación, en lo que se refiere a la patria, es verdaderamente peligrosa.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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Angel-Olgoso   Se untan con pomadas para cicatrizar las terribles grietas que deja en su piel la humedad constante y reblandecedora. Frotan sin piedad sus uñas con estropajos y perfuman su cuerpo con artemisa y lavanda para enmascarar el hedor a pescado. Toman infusiones con miel para suavizar sus destrozadas cuerdas vocales. Pero el efecto es poco duradero: ningún emplasto las libra del dolor de garganta, de las profundas estrías, del sabor submarino a algas que prevalece sobre cualquier empeño. Y, rendidas, vuelven disciplinadamente a su ocupación, como bestias uncidas al yugo, como esos niños con las orejas clavadas al banco de trabajo en la fábrica, regresan a su puesto en esta isla rocosa sin discutir la índole de su tarea, doce horas con el agua hasta la cintura, absortas entre las piedras infestadas de minúsculos cangrejos, percebes y pulgas de mar, en compañía de los cormoranes, de las flagelaciones de espuma, de la rutinaria pesadilla de las tormentas, del gemido agónico de los ahogados, siempre ojo avizor tras cualquier barco que cabotea cerca o hace ondear las velas, las grímpolas y las flámulas, llorando en silencio, soñando con subir a bordo y escapar lejos de estos bajíos, surcar las aguas crestadas de blanco hacia no importa qué país, perderse tierra adentro en un bosque de hayas, en un desierto quemado por el sol salvaje, en una atronadora ciudad, en las herbosas laderas de una montaña. Mientras tanto, la sombría marea baja les absorbe la vitalidad y sienten que su piel se va apagando como la de un lagarto que acabase de morir, ya no es más que un manchón de plata, con largos cabellos apresados en salitre y esa pronunciación de escamas abajo. Sin embargo, a pesar de todo, aún cantan con exquisita dulzura, quizá lo hagan al dictado de arcaicas servidumbres, pero cantan sin parar, aún cautivan, aún entonan promesas que atraerán irresistiblemente a marinos incautos.

Ángel Olgoso
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

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javier-alonso-garcia-pozuelo   El último ejemplar de Aprenda a controlar su ira reposaba sobre el expositor. El hombre de la mirada iracunda estaba, más o menos, a la misma distancia del libro que yo. Nada más verle avanzar en dirección al expositor, comprendí la magnitud de su insensatez. Lo supe de inmediato: sólo uno de los dos podía salir vivo de allí.

Javier Alonso García-Pozuelo

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