Entradas con la Tag “Lunes”

   En el convento de San Agustín, de Sevilla criaban un carnero enano que discurría por toda la casa, dejando poco limpios los claustros, el Capítulo y los lugares más frecuentados. Acordaron los padres, por no tenerle encerrado, que le atasen una taleguilla debajo de la cola, que recogiera lo que caía en el suelo. Para esto, ofreció fray Juan de Velasco un saquillo, en que le habían traído de Nueva España un poco de chocolate. Pusiéronsele al carnero, de suerte que vino a caer hacia la parte de fuera el sobrescrito que la talega trajo de Indias, y que no se le había borrado; y decía: «Para fray Juan de Velasco».

Juan de Arguijo
Cuentecillos para el viaje – Editorial Popular – 2011

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    Fiel al oficio secular, trabajadora todo el año, bajo el pico trae su viejo hatillo con un niño dentro, dormido, que a la vez bajo el brazo trae un pan. Un pan de yemas y boniato. Demasiado peso para ave tan nómada y torrontuda. Gran desgaste del espinazo, supones al vislumbrarla, como los arcoíris, lenta y cargada desde la rayita del horizonte. Pero las gratitudes que despierta esa supina abnegación de recadera menguan, y cómo, al descubrirse un buen día cuán cruel puede llegar a ser la cigüeña con sus propias crías más débiles: si una cigüeñita aún casi sin plumas no da oportunas señales de vitalidad, si se muestra apocada y remisa ante la comida, la mamá la echará fuera del nido con una seca patada, sin advertencias, desde lo alto del campanario. ¡Abusadora! Vamos a ver, qué carajo pasará por esa cabeza cuando rige a partes iguales la conducta de una buena comadrona y la de una mala madre.

Anelio Rodríguez Concepción
Mar de pirañas. Ed Menoscuarto. 2012

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    Algunos padres serán hijos de sus hijos en el Cielo. Los esperarán, absurdamente jóvenes, como lo eran cuando los despidieron a la puerta de casa para ir a una guerra o al viaje que los mataría. O cuando los besaron por última vez, en una cama de hospital, tragándose las lágrimas, pensando “qué será de ellos cuando yo me vaya”, mirando ansiosamente hacia el Futuro en esos ojos asustados por el beso demasiado largo y demasiado intenso.
Pero ellas, sobre todo, no podrán entenderlo. Las que se fueron cuando eran casi niñas y los parieron con su propia muerte. Esos bebés, pequeños como muñecos, a los que abrazaron apenas un momento, llegarán con una fotografía, un retrato, un camafeo, entre las manos incrédulas. Viejos o viejas, encorvados, renqueantes, con dentaduras postizas, con dedos deformados por la artritis, las encontrarán por fin entre la multitud de madres muertas y se apretarán contra su pecho y buscarán el latido remoto de su corazón y el olor inconfundible que nunca más se repitió sobre la tierra.

María Rosa Lojo
El límite de la palabra. Ed. Menoscuarto – 2007

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   El experimentado expedicionario permanece sentado en las escaleras que dan al camino que llevará al bosque, mientras le dice a su joven amigo recién llegado de Londres:
—Si presionas el dedo pulgar contra el pecho de un muñeco, puedes sentir los latidos del corazón y llegar a pensar que aquello que sostienes entre tus manos es en realidad un ser vivo. Pero se trata tan solo de un engaño. De una falsa sensación de vida. Porque el latido es el de tu propio corazón, y el muñeco, por mucho que te mire con sus ojitos brillantes y negros, jamás podrá verte.—El experimentado expedicionario mira a su joven amigo, y añade con una sonrisa no muy amplia—: Pues bien… Ese es el engaño al que se somete voluntariamente el explorador. Su desafío a su propia sensatez. Creer que todo lo inanimado que le rodea está dotado de vida. Un barco, estas botas, aquel rifle… Creer que incluso la espesura advierte su presencia y se apiada de él. De otra forma no podrá continuar y se refugiará entre las protectoras paredes de su cálido hogar, espeluznado ante la insalvable soledad del viajero.

Pilar Adón
Mar de pirañas. Ed. Menoscuarto – 2012

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    Mi esquizofrenia va de mal en peor: mi segunda personalidad dice que, como no se lleva bien con la primera, se aliará con la tercera para mitigar su soledad. La primera, entre tanto, alega que, por más esfuerzos que hace, no logra congeniar con la segunda, razón por la cual formará alianza con la cuarta, habida cuenta de que si la tercera se lleva bien con la segunda, es imposible que se lleve bien con ella. Afortunadamente, me he mantenido al margen de esta absurda disputa y no he sido involucrado en lo que, a todas luces, es una malsana maraña de incomprensiones.

Armando José Sequera
Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed Montesinos

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    A., en el lecho, se percató de que la única solución aceptable era rezar. Con grandes esfuerzos mentales, acertó a decir: “‘Santa Gema y San Gabriel, amparadme!”. Repitió la jaculatoria, que tantos sudores le había costado recordar, cien veces pues no recordaba bien si había que repetirla cien veces para ganar un día de indulgencia o bastaba con pronunciarla tan sólo una vez para ganar cien días de indulgencia. Por si acaso empleó el sistema más fatigoso… Resulta increíble la buena voluntad que es capaz de desarrollar una persona cuando cree que su última hora está cercana.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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    Fue uno de los trabajadores del Metro quien lo encontró. Muy temprano, al abrir la verja que lleva a los andenes. Notó un movimiento impreciso, como una sombra, y pensó que sería un perro o un mendigo que se hubiera quedado encerrado adentro la noche anterior. Le persiguió escaleras abajo y pudo ver un cuerpo sin pigmento, escurridizo y leve que se deslizaba entre el suelo y las paredes de la estación solitaria. Cuando parecía que iba a perderlo en el interior del túnel, algo en el suelo, de naturaleza adhesiva o rugosa, detuvo al insólito ser. Frenó bruscamente y toda su materia rebotó con temblores de gelatina. Se enroscó sobre sí mismo protegiéndose de todo lo que fuera sólido, luminoso o estridente, y dejó escapar un gemido que parecía proceder de otro mundo.
Lleva ya dos días en la oficina de objetos perdidos del Metro. A su lado un paraguas, un reloj, un móvil y un sombrero mejicano. Mueve sus extremidades nervudas tras el cristal. Sus ojos traslúcidos y tersos aún brillan con la esperanza de que alguna de las muchas criaturas pálidas como larvas que pueblan por las noches la Barcelona subterránea le perdone la terrible imprudencia de haberse demorado hasta la madrugada, y acuda urgentemente a rescatarlo.

Paz Monserrat Revillo
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

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    Con tristeza, el camaleón se dio cuenta de que, para conocer su verdadero color, tendría que posarse en el vacío.

Alejandro Jodorowsky

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    Mientras Aladino duerme, su mujer frota dulcemente su lámpara maravillosa. En esas condiciones, ¿qué genio podría resistirse?

Ana María Shua

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   -Mis cortesías, mis respetos -dice el conquistador, con grave sonrisa y reverencia.
-Mis escupitajos, mis insultos -traducen los lenguas, imitando su gesto.
Los mexicanos entienden perfectamente. Sonríen y devuelven los cumplidos. Besan la tierra con las manos y la boca, preparan secretamente las armas.
Los lenguaraces serán recompensados con justicia por el bando que resulte triunfador. ¿Acaso una traducción más literal habría evitado la guerra?

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

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