Entradas con la Tag “Lunes”

  En mi caso hacer el equipaje es toda una batalla, tengo pocas cosas pero mal definidas, hasta el punto que desconozco qué poseo en realidad, tan solo sé que algu¬nas pertenencias son ligeras y ovaladas pero éstas a veces se alargan inesperadamente hasta romperse y vaciarse por completo. Otras en cambio son pesadas y con sólo pensar en ellas modifican su forma, estorban por todas partes, me tropiezo con ellas, tengo las piernas llenas de hematomas, algún día van a lograr que me caiga y me dé un mal golpe.
Hay incluso algunas cuya existencia es dudosa, a menudo ignoro si pertenecen al pasado, al presente o tan sólo al universo de mis sueños. Así que no es extraño que a la hora de hacer las maletas nunca sepa si voy a tardar mucho o poco, son tantas las conjeturas, las hipótesis … La sucesión de enigmas me rompe los nervios, me fatiga en extremo, me deja sin fuerzas para nada. Y claro, en esas circunstancias siempre acabo anulando mis viajes.

Julia Otxoa

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  Al olmo de mi hermana le diagnosticaron la enfermedad holandesa de los olmos. El tratamiento era muy caro: se decidió que la enfermedad siguiera su curso fatal. Pero el árbol era viejo y astuto. A lo largo de un siglo había entrelazado sus raíces con la cañería de la cloaca. Su muerte resultaría más cara todavía. Por dos mil dólares, con una enorme jeringa conectada a un motor, se le inyectó lentamente, en veinticuatro horas, una cubeta de líquid con medicamento.
Según los expertos, el olmo está ahora sano y fuerte y no hay que hacer caso de sus síntomas de hipocondríaco. Como la tala es peligrosa, se duda entre la psicoterapia o la mudanza.

Ana María Shua

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   Alguien se sentó junto a él en el autobús y abrió una novela.
En sus páginas pudo leer cómo un hombre en gabardina se acercaba a una mujer en una esquina de luz macilenta. No llegó a saber qué le dijo, pues tuvo que levantarse a toda prisa para no pasarse de parada.
Caminó un trecho por la acera desierta, envuelto en el eco nocturno de sus propios pasos. En la esquina de las calles Bravo Murillo y Naranjo vislumbró a una mujer que esperaba bajo una farola enferma. Se acercó a ella con las manos hundidas en los bolsillos de la gabardina. Quiso hablarle, pero no le salieron las palabras. Ella lo miró con tristeza y dijo:
—Deberías haberte bajado en la siguiente, cariño.

Rubén Abella
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

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  Me distraigo viendo la lámpara mecerse levemente. A ratos me observo las manos, con sus cinco dedos, les doy vueltas con dificultad y las miro en silencio, desde la palma hasta el envés. La gente que me quiere me alimenta varias veces al día: leche, agüitas calientes, papillas, compotas y purés. No me gusta tanto, pero también me bañan, me echan colonia y me tienen siempre peinadito. Los pañales me los cambian unas cuantas veces al día y casi nunca se olvidan de ponerme la crema contra las rozaduras. Están todo el día pendientes de mí. Yo no hago prácticamente nada más que dormir, comer, oír, mirar y jugar con mis manos bobas. Ojalá pudiera expresar cuánto les quiero, más allá de las miradas tiernas o de esos abrazos torpes que intento darles cuando se acercan. Ojalá los años fuesen semanas. Ojalá tuviera tiempo para aprender a hablar de nuevo. Ojalá fuera un bebé y no solo lo pareciera.

Raúl Sánchez Quiles

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  Hay una tribu en el centro de África, cuyo nombre no consigo recordar ahora mismo, que no cree en la existencia de la espalda. Parece una negación absurda, desde luego, pero los antropólogos han aportado abundante documentación al alcance del escéptico o el curioso. Por lo general, en Occidente estamos dispuestos a admitir que la gente no crea en el alma, en Dios, en el diablo, los espíritus, y todo aquello que en general ni se ve ni se toca, pero nadie se atrevería a negar la existencia de las mesillas de noche o de las cornucopias. En otras palabras, entre nosotros el movimiento se demuestra andando.
—Mire usted qué BMW acabo de adquirir.
Personalmente, no creo en el BMW, así que no entiendo cómo hay tanta gente que se gasta el dinero en un automóvil completamente fantástico. Una vez subí en el de un amigo mío y me di cuenta enseguida de que no existía porque estaba lleno de prestaciones inverosímiles. No dije nada porque se había gastado en él cinco millones que no tenía, pobre.
Los millones son otra cosa en la que la gente cree mucho, incluso sin verlos. A esa tribu del centro de África le hablas de millones y es como si le hablaras de la espalda. Por eso no les duele ni una cosa ni la otra. En Occidente, en cambio, cada día hay más personas con problemas de espalda. Y de millones.
Yo, además de no creer en el BMW, reniego también de la existencia de las lavativas. Tengo razones antropológicas que aportaré con gusto. En casa de mis abuelos había una colgada de la cisterna del retrete. Por razones que no vienen al caso, de pequeño pasé muchos fines de semana con ellos y siempre que entraba a hacer pis tropezaba con aquel extrañísimo aparato cuya utilidad se me escapaba por completo. Cuando tuve edad de preguntar, me dieron unas respuestas claramente evasivas. Mi abuelo, por ejemplo, aseguraba que la goma aquella servía para metérsela por el culo, lo que como verán ustedes resulta más increíble todavía que el salpicadero del BMW de mi amigo. Crecí, pues, con la idea de que aquel aparato había sido fruto de mi imaginación: ya se sabe que los niños somos muy perversos. Un adulto como Dios manda no sería capaz de concebir una lavativa, ni un BWM, ni una cornucopia. Sin embargo, hemos sido capaces de concebir la espalda, que como artefacto raro tampoco está mal.
Seguramente, sería un gran negocio exportar espaldas a esa tribu de África que no cree en ellas. Todo lo que no existe alcanza un gran predicamento entre los seres humanos, africanos o no. Yo estoy dispuesto a aportar la mía, que me proporciona unos quebrantos insoportables. Y por un poco más de dinero, doy también la lavativa de mis abuelos, que no consigo quitármela de la cabeza, pese a que estaba pensada para el culo. Con lo que obtenga de la venta de estos dos objetos irreales quizá me compre un BMW inexistente. Gracias.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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  Como todos los días, hago el recorrido matutino hasta la escuela, con la esperanza de encontrarte en la entrada. Ahí estás, como todos los días, con tu rostro mustio y risueño conversando con tus amigas, libre de remordimientos y ajena a mi presencia. Te miro ir y venir entre ellas y tu delgada figura parece deslizarse ingrávida, casi etérea. Sé que eres real porque puedo verte, porque tengo que creerle a mis ojos y también a mis sentidos que no han dejado de añorarte. El contacto tibio de tus manos y el recuerdo de tus labios suaves, siguen aquí, muy dentro, doliendo, ahora que ya están ausentes.
Como todos los días, te miro de lejos y pienso en nuestra corta y triste historia, tan ilusionada al principio, tan llena de temor y deslumbramiento por ti, finalmente tan frágil. Cuatro meses fueron suficientes para que te alejaras, para que supieras que no era conmigo ni a mí, a quien le pertenecía tu corazón. Había otros rondándote, a ti, tan risa de campana, tan piel de canela, tan rostro bonito. Tengo tantas ganas de que sea mentira que ya no me necesitas cerca, que también me muevo y hablo fuerte, para que me veas que estoy aquí, que no me he ido, que como todos los días sigo persiguiendo el aire por donde pasas. Hay en mi actitud, una inefable ansia de poder acercarme y plantarme cara a cara frente a ti, pero el miedo al ridículo me detiene, me regresa al día del rompimiento y a lo necio de mi comportamiento. El tiempo que te sé de otro, no me hace más sabio ni mitiga esta desesperación amarga.
Como todos los días, atiendo poco a las clases y estudio mal; en que poco me valoro, que a veces, hasta pretendo darte la razón de tu desamor. No, desamor es una palabra muy cursi. Cuando me querías, sólo decías eso: “te quiero” o que te gustaba. Tan ávido de cariño y de la cercanía de una chica como tú, me encontraba, que me entra la duda de si en lugar tuyo, hubieras sido otra, estaría yo sufriendo igual, o quizás más. Me voy hundiendo, como todos los días, me voy creyendo el peor, el que vale menos que nada.
Como todos los días, te espero a la salida de la escuela y te veo marchar acompañada siempre de alguien. No hay cambios en esta rutina, en este círculo vicioso interminable y cruel que me domina y me nubla el pensamiento. Emprendo el camino de regreso a casa. Me voy derrotado, aplastado como todos los días. No me tengo lástima; pero me duele no haber sabido mantenerte a mi lado. Mañana estaré temprano a la entrada de la escuela, para mirarte de nuevo. Esta actitud estúpida y masoquista, me trasciende. Sabes, te amo (ahora tengo la certeza), te amo y te extraño, como todos los días.

Mario Padilla Roa (maparo55)

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  Al llegar a casa, ella se sienta en su vieja mecedora, y se balancea suavemente. Los cuadros están todos descolgados, las paredes extrañamente desnudas, todos los cajones abiertos, como si alguien los hubiera estado registrando. A la cocina no quiere ni asomarse, pero puede ver, por la puerta abierta, los cubiertos esparcidos, los cajones desordenados, y el viejo mantel rojo abierto sobre el suelo.
Acaba de incinerar a su esposo. Veinte años bajo el mismo techo. Sólo un hijo. Y muchos recuerdos que ahora parecen querer salir todos a la vez. La ceremonia ha sido breve, concisa. Poemas de Keats y música de The Doors de fondo. Mientras recuerda la cronología de lo acaecido, piensa en cada palabra, cada abrazo, la emoción flotando como un viejo duende que atenaza la voz. Trata de relajarse, pese al desorden reinante, pese a lo acontecido en su ausencia. El balanceo es rítmico, suave, mientras los ojos parecen querer cerrarse. Al final de la ceremonia algunos quieren acompañarla a casa, pero ella no deja que eso ocurra. Prefiere estar sola, con sus pensamientos, sus temores, sus ilusiones. Y con la urna de cenizas. Solos de nuevo.
Ella, por primera vez, esboza una ligera sonrisa. En el contestador hay un par de mensajes, el piloto rojo parpadea. Decide pulsar el botón. Escucha indiferente el primero de ellos. El segundo es de una voz que amplía su sonrisa: ¿Nos vemos esta noche, donde siempre, a las nueve? Igual estás demasiado cansada, lo entendería perfectamente.
Ha dejado de mecerse. Se levanta y sube a su habitación. Abre el armario y saca vestidos que apenas se ha puesto. Prendas alegres, de colores vivos, llamativos. Elige uno. Se quita las prendas negras que cubren su cuerpo, y en su desnudez, frente al espejo, comprueba que aún se siente viva, joven. Elige un vestido de color fucsia y blanco y selo pone, hasta que queda ceñido, ajustado a cada curva. Se calza unos zapatos de tacón no muy alto. Mientras termina de acicalarse le entra una duda: la urna con las cenizas. No quiere dejarla sola, aunque tampoco puede llevársela. Sin pensarlo dos veces, en un acto repentino, coge la urna, se la lleva hasta el cuarto de baño y, tras darle un último beso, la vacía en la bañera. Echa un poco de agua hasta que toda la ceniza desaparece, desagüe abajo.
Últimos retoques, y se lanza a la calle. En el primer local que entra, pide una copa. Y entonces no puede dejar de oír un extraño ruido que crece pero que solo ella parece escuchar. Un sonido por las tuberías y bajantes del local, un movimiento inusual, como si alguien tratara de liberarse de los tubos de pvc, como si quisiera, de nuevo, revolverlo todo, hacer daño.

Antonio Luis Ginés

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  Lo cierto es que las sirenas desafinan. Es posible tolerar el monótono chirrido de una de ellas, pero cuando cantan a coro el efecto es tan desagradable que los hombres se arrojan al agua para perecer ahogados con tal de no tener que soportar esa horrible discordancia. Esto les sucede, sobre todo, a los amantes de la buena música.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

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  Ya era hora de que a mí también me tocara. Al Rufi le tocó una el año pasado, y ahora es su novia formal. Y a un tío mío le tocaron dos seguidas. Con una se casó a su manera y con la otra montó un negocio en la habitación del patio. Ya lo decía mi padre: hijo, búscate una que no te contradiga y que no huya. Y hoy hubo tómbola. Yo a esta quiero conocerla antes. Ir poco a poco. Ahora mismo la saco de la caja. Mañana la desdoblo. Y si eso, a la noche, la inflo.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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  Con esa exactitud tan característica de la ciencia, lo que no flota, se hunde sin remedio; lo que no vuela, cae al suelo. La energía, pura o no, nunca se destruye, pero sí se transforma. Y mucho. Y se convierte en otra cosa. Y aunque la recta tiene una dirección, no olvidemos que también posee dos sentidos. De ida, y de vuelta. Todo lo que sube, baja; lo que entra, sale. Y lo infinito solo está en el cielo. Solo. Por inercia, todo se mueve o reposa. Y la inercia, créeme, es lo peor. Vamos, para que me entiendas, que he dejado de quererte. De corazón y científicamente.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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