Entradas con la Tag “Lunes”

    Detectar a un turista resulta sencillo. Por regla general caminan detrás de un papel grande que consultan cada siete pasos exactos, tratando inútilmente de doblarlo en contra de los elementos, más concretamente el viento. Dicho papel representa el lugar por el que el turista transita. Resulta habitual hallar en ellos marcas, inscripciones que nos darán información sobre los pasos que ha dado (ver Usted está aquí, en este mismo volumen).
El turista camina a menudo con la cabeza levantada, mirando al cielo. No lo tome por un gesto de arrogancia. Miran los edificios circundantes, tratando de reconocer en ellos un valor estético o histórico del que habitualmente carecen. Este rasgo resulta distintivo, y permite diferenciar con facilidad a los turistas de los nativos, que caminan por lo general mirando al suelo. Caminar mirando al cielo requiere una gran destreza, sobre todo en un terreno desconocido, lo que es algo connatural al turista. Conviene en todo caso tener cuidado, ya que podría tratarse también de un nativo que busca piso.
Se sabe que hay un índice elevado de casamientos entre turistas y vecinas que gustan de asomarse al balcón en pisos altos, y por azar cruzan sus miradas. Si es usted una de esas mujeres, tenga cuidado por tanto al asomarse, o no lo tenga, dependiendo de sus gustos y necesidades.
Resulta sencillo encontrar turistas en restaurantes típicos de comida autóctona, en los que los precios son altos y la calidad de la comida baja.
Algunos estudios revelan un alto índice de coincidencia entre los turistas y los aficionados a la fotografía: muchos de ellos llevan cámara.
Las relaciones entre el turista y el nativo son objeto de amplios estudios y análisis que no tienen cabida aquí. En todo caso conviene señalar que, en general, el nativo muestra por el turista un cierto rechazo al que no se le han podido atribuir razones antropológicas de peso.
Como paradoja, el nativo muta en turista en cuanto adquiere un viaje de fin de semana a una ciudad del extranjero, en la que éste, a su vez, se torna nativo. Los usos y costumbres de unos y otros permutan por tanto con sorprendente facilidad, por lo que conviene no denostarlos: cualquiera puede devenir turista y todos, aunque algunos lo nieguen, lo hemos sido en alguna ocasión.
El turista presenta algunos rasgos distintivos, como el vestuario o su color de piel, que nos permiten diferenciarlo con facilidad. En el caso de que todos a su alrededor presenten dichos rasgos ándese con cuidado: es muy posible que el turista sea usted.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

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    La mujer hermosa llega, sin saberlo, hasta un hotel plagado de monstruos. El lugar se ve muy diferente al sitio acogedor que mostraban las borrosas fotografías del folleto. Sospecha que sucede algo raro cuando nota que el único ser viviente que le da la bienvenida es un gato tuerto que la observa desde un viejo sofá orejero. Mientras espera ser atendida, recorre la recepción con su mirada. Piensa que la decoración es absurda, que los azulejos de un muro no combinan con los de la pared contigua, que son extraños esos murales de palmeras y ríos que cubren las columnas, y que, en cambio, son geniales esos cuadros con imágenes de montaña incrustados casi a martillazos en las paredes. En el aire, percibe un olor desconocido, una mezcla entre humo de chimenea y moqueta húmeda.
Siente miedo, pero piensa que ya es demasiado tarde para marcharse, que a esa hora sería difícil conseguir otro hospedaje. Además, la estadía fue pagada con anticipación, y no está dispuesta a perder su dinero.
Entonces, vuelve a tocar la campanilla del mostrador. Pero nadie aparece. Los monstruos se han escondido detrás del mobiliario o las cortinas, a excepción de algunos pocos que gozan del don de la invisibilidad (y tienen la ventaja de poder acercarse). La observan en absoluto silencio, absortos ante la belleza de esa mujer tan delicada e interesante. Temen asustarla y que decida abandonar el lugar repentinamente. Por eso, le ruegan al brujo anciano que esgrima uno de sus trucos para hacerlos parecer seres humanos normales y corrientes, al menos por esa noche. El viejo los satisface.
Cuando los hombres hacen su entrada en la recepción, ella sonríe y se tranquiliza. Su estadía transcurrirá sin sobresaltos y la joven regresará a su casa a la mañana siguiente. En poco tiempo, ella habrá olvidado aquel sitio tan peculiar. En cambio, los monstruos sufrirán por su partida eternamente. Y jamás podrán volver a dormir.

Martín Gardella

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    El inconsciente surge a la primera provocación ¿y qué puede hacer una? Sino rabiar de celos disimuladamente y admitir que sus celos son irracionales y no pronunciar reproche, censurando cualquier gesticulación delatante, y frustrarse porque comprende que no merece el desquite,  puesto que el inconsciente ajeno es ajeno pues, incapaz de sutilezas ni consideraciones al amor propio que no sea el propio. Y entonces desviar su ira hacia el objeto/sujeto de sus celos, y concentrarse mucho para que sufra de combustión espontánea o tropiece dentro de un nido de hormigas carnívoras, y en caso de que fallare la concentración, preguntarse ¿qué clase de mecanismo fisiológico de autoconservación son los celos? ¿qué hubieran hecho mis abuelas ancestrales en este caso? Y lamentar que una carezca de caverna y mazo; y envidiar a las mujeres de arrabal que han preservado su derecho a desgreñar, rasguñar y maldecir; y recordar que una es muy decente y reprimir los instintos hasta que le duela a una la barriga o hasta que la plática de alguien le distraiga; e inhalar profundo y exhalar y girar los hombros y relajar el cuello, y hacerle una bromita ingenua al que mostró sin querer sus deseos ocultos “jajaja ya mostraste tus deseos ocultos jajaja qué risa”, y pensar para una misma “pero ya vendrá el turno de que surja mi inconsciente a la primera provocación y reza porque no esté sujetando una plancha o la sartén”.

Yunuén Rodríguez
http://yunrodriguez.blogspot.com.es/

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    Miguel le prometió que era el hombre que buscaba y que juntos conseguirían todo lo imaginable. Sara aún recuerda aquella frase lapidaria que acabó por convencerla: «Juntos seríamos capaces de llegar a la Luna». Hoy, meses después, lo de ser los nuevos Armstrong y Aldrin es una quimera y sus ansias por conseguir lo inalcanzable son un imposible. Todo lo que se proponen les queda demasiado lejos y no llegan ni a fin de mes. Su vida es un quiero y no puedo pero continúan juntos. Nunca llegarán a la Luna pero ella al acostarse sigue viendo las estrellas.

Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.
Ediciones de Baile del Sol. 2016

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    La prostituta ha decidido dejar la calle y buscar un trabajo digno. Por recomendación de una persona caritativa, se dirige a la oficina de colocación laboral. La recibe un secretario con un traje barato y corbata oscura. Impresionado por su decisión y su belleza, le aconseja pensarlo antes de precipitarse. Todavía es joven y goza de buena salud. Llaman por el interfono al secretario, que acude al despacho del director. Le explica el caso de la prostituta. «Envíemela: veré qué puedo hacer por ella», le dice. Una hora después, el director y la mujer abandonan la oficina en el coche oficial. ¿Acaso hacia una nueva vida?

José Alberto García Avilés
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

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    A Leandro le encanta viajar en tren. No por evitar atascos o rememorar su niñez, sino por motivos más carnales: el vaivén del Cercanías, unido a la visión de tantos cuerpos voluptuosos, le provoca una excitación dificil de superar. Así, se pasa cada viaje imaginando las prácticas sexuales más retorcidas con cada una de las viajeras, encontrándoles a todas algún encanto. Al llegar a su parada marcha, casi a la carrera, hasta su trabajo y se alivia recordándolas. Una vez saciadas sus ansias se pone la sotana y se reconcilia con Dios repartiendo a sus feligreses castigos y penitencias.

Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.
Ediciones de Baile del Sol. 2016

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    Es conocido que sólo tomamos conciencia del cuerpo cuando nos duele algo. Carecemos de cabeza, por citar un órgano, hasta la aparición de la primera migraña (o de la primera idea obsesiva). Personalmente, prefiero que me duela algo. No que me duela mucho, se entiende, pero sí lo bastante como para que me resulte imposible olvidar que soy frágil, que tengo que morir, que la plenitud no es de este mundo (ni de ningún otro, que se sepa). Una pequeña dolencia crónica, no demasiado molesta, le obliga a uno a relativizar las cosas y lo mantiene atado a la tierra, al polvo (es decir, al cuerpo). Por alguna razón, yo soy mejor persona cuando me duele algo que cuando no me duele nada (no descarto que estos ataques de bondad estén relacionados con las medicinas, sobre todo las que incluyen alguna porción de codeína, una sustancia que me inclina al bien).
En cualquier caso, tampoco es habitual que no duela nada. Un cuerpo estándar de hombre (1,75 de estatura y 70 kilos de peso) posee más complejidades que un rascacielos de doscientos metros. Los rascacielos disponen de un servicio de mantenimiento preparado para reparar en el acto cualquier desperfecto. Los cuerpos tienen la Seguridad Social, que no es tan solícita como los fontaneros o los albañiles de los hoteles de 400 habitaciones. De ahí la automedicación y, en general, la autoayuda. ¿Que hay una migraña en el último piso? Pues analgésico al canto (mejor con codeína). ¿Dolor en las lumbares? Ibuprofeno a toda pastilla (y perdón por la redundancia). ¿Dificultades con el sexo? Viagra a granel. Y así, mal que bien, vamos tirando.
Con los países sucede algo parecido a lo que ocurre con los cuerpos: que no los notas hasta que no te duelen. Y España lleva una temporada que, con perdón de Unamuno, no deja de dar la lata. Que nos duela un poco no está mal, así somos conscientes de ella. Pero lo de los últimos tiempos, por unas cosas o por otras, es un sinvivir. El problema es que acudes a los médicos (o sea, a los políticos) y a la segunda frase adviertes que no tienen ni idea de nada (ni del diagnóstico ni de las soluciones), están tan desconcertados como uno. Lo malo es que la automedicación, en lo que se refiere a la patria, es verdaderamente peligrosa.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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   En tiempos míticos, los Gigantes fueron guerreros temibles que se enfrentaron al poder establecido. Según predijeron las Moiras, los dioses olímpicos los vencerían si tenían por aliado a un mortal. Este papel le tocó a Heracles, y así los Gigantes fueron derrotados. Ya en tiempos históricos, y por puro instinto de supervivencia, los Gigantes suelen mimetizarse como molinos de viento. Es conocido que sólo otro mortal, un hidalgo, podrá derrotarlos.

Juan Romagnoli
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

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    Para qué huir de ella. No puedes guardarte ni escapar. Antepone tu persecución a toda otra idea. Más pronto o más tarde, a la menor oportunidad, te atrapará. Con paso poderoso, como una sombra leonada, buscará hasta encontrarte. De nada te sirven la Capa de Invisibilidad y su caperuza cubierta de rocío, las Botas de Siete Leguas con las que corres treinta y dos veces más rápido que el más veloz de los hombres, la Hierba de Glauco que hace saltar las cerraduras de todas las puertas, el Tapete de Rolando que te permite convocar cualquier alimento que desees, la Flor Mágica capaz de colorear y perfumar cada una de tus desdichas. De nada te servirán cuando ella —ávida, arrogante, burlona— cierre los caminos y te cerque con infalible celeridad. Puede que llegue sin aliento —es vieja y seca—, que su jadeo delate lo agotador de la incesante tarea que la ocupa desde siempre, pero no puedes albergar dudas sobre el desenlace.

Ángel Olgoso
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

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 alonso-Ibarrola2   Cuando la muchacha habló de matrimonio, no quisieron escucharla. Opinaban sus padres que “aquello” era una locura. “¿Qué diría la gente?”. A la muchacha no le importaba nada la opinión de la gente. Tampoco le importaba vivir como los gitanos, de ciudad en ciudad, porque su marido actuaba en las plazas de toros. Se querían y eso, a su entender, era suficiente. No lo entendieron así sus padres y un día ella desapareció para siempre. Años más tarde, en el lecho de muerte, el padre los perdonó. El matrimonio acudió junto al moribundo. La hija besó con emoción la frente de su padre y luego aupó a su marido —un famoso torero-enano, figura destacada de un espectáculo cómico-taurino— para que hiciera lo propio…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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