Entradas con la Tag “Lunes”

    La prostituta ha decidido dejar la calle y buscar un trabajo digno. Por recomendación de una persona caritativa, se dirige a la oficina de colocación laboral. La recibe un secretario con un traje barato y corbata oscura. Impresionado por su decisión y su belleza, le aconseja pensarlo antes de precipitarse. Todavía es joven y goza de buena salud. Llaman por el interfono al secretario, que acude al despacho del director. Le explica el caso de la prostituta. «Envíemela: veré qué puedo hacer por ella», le dice. Una hora después, el director y la mujer abandonan la oficina en el coche oficial. ¿Acaso hacia una nueva vida?

José Alberto García Avilés
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

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    A Leandro le encanta viajar en tren. No por evitar atascos o rememorar su niñez, sino por motivos más carnales: el vaivén del Cercanías, unido a la visión de tantos cuerpos voluptuosos, le provoca una excitación dificil de superar. Así, se pasa cada viaje imaginando las prácticas sexuales más retorcidas con cada una de las viajeras, encontrándoles a todas algún encanto. Al llegar a su parada marcha, casi a la carrera, hasta su trabajo y se alivia recordándolas. Una vez saciadas sus ansias se pone la sotana y se reconcilia con Dios repartiendo a sus feligreses castigos y penitencias.

Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.
Ediciones de Baile del Sol. 2016

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    Es conocido que sólo tomamos conciencia del cuerpo cuando nos duele algo. Carecemos de cabeza, por citar un órgano, hasta la aparición de la primera migraña (o de la primera idea obsesiva). Personalmente, prefiero que me duela algo. No que me duela mucho, se entiende, pero sí lo bastante como para que me resulte imposible olvidar que soy frágil, que tengo que morir, que la plenitud no es de este mundo (ni de ningún otro, que se sepa). Una pequeña dolencia crónica, no demasiado molesta, le obliga a uno a relativizar las cosas y lo mantiene atado a la tierra, al polvo (es decir, al cuerpo). Por alguna razón, yo soy mejor persona cuando me duele algo que cuando no me duele nada (no descarto que estos ataques de bondad estén relacionados con las medicinas, sobre todo las que incluyen alguna porción de codeína, una sustancia que me inclina al bien).
En cualquier caso, tampoco es habitual que no duela nada. Un cuerpo estándar de hombre (1,75 de estatura y 70 kilos de peso) posee más complejidades que un rascacielos de doscientos metros. Los rascacielos disponen de un servicio de mantenimiento preparado para reparar en el acto cualquier desperfecto. Los cuerpos tienen la Seguridad Social, que no es tan solícita como los fontaneros o los albañiles de los hoteles de 400 habitaciones. De ahí la automedicación y, en general, la autoayuda. ¿Que hay una migraña en el último piso? Pues analgésico al canto (mejor con codeína). ¿Dolor en las lumbares? Ibuprofeno a toda pastilla (y perdón por la redundancia). ¿Dificultades con el sexo? Viagra a granel. Y así, mal que bien, vamos tirando.
Con los países sucede algo parecido a lo que ocurre con los cuerpos: que no los notas hasta que no te duelen. Y España lleva una temporada que, con perdón de Unamuno, no deja de dar la lata. Que nos duela un poco no está mal, así somos conscientes de ella. Pero lo de los últimos tiempos, por unas cosas o por otras, es un sinvivir. El problema es que acudes a los médicos (o sea, a los políticos) y a la segunda frase adviertes que no tienen ni idea de nada (ni del diagnóstico ni de las soluciones), están tan desconcertados como uno. Lo malo es que la automedicación, en lo que se refiere a la patria, es verdaderamente peligrosa.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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   En tiempos míticos, los Gigantes fueron guerreros temibles que se enfrentaron al poder establecido. Según predijeron las Moiras, los dioses olímpicos los vencerían si tenían por aliado a un mortal. Este papel le tocó a Heracles, y así los Gigantes fueron derrotados. Ya en tiempos históricos, y por puro instinto de supervivencia, los Gigantes suelen mimetizarse como molinos de viento. Es conocido que sólo otro mortal, un hidalgo, podrá derrotarlos.

Juan Romagnoli
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

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    Para qué huir de ella. No puedes guardarte ni escapar. Antepone tu persecución a toda otra idea. Más pronto o más tarde, a la menor oportunidad, te atrapará. Con paso poderoso, como una sombra leonada, buscará hasta encontrarte. De nada te sirven la Capa de Invisibilidad y su caperuza cubierta de rocío, las Botas de Siete Leguas con las que corres treinta y dos veces más rápido que el más veloz de los hombres, la Hierba de Glauco que hace saltar las cerraduras de todas las puertas, el Tapete de Rolando que te permite convocar cualquier alimento que desees, la Flor Mágica capaz de colorear y perfumar cada una de tus desdichas. De nada te servirán cuando ella —ávida, arrogante, burlona— cierre los caminos y te cerque con infalible celeridad. Puede que llegue sin aliento —es vieja y seca—, que su jadeo delate lo agotador de la incesante tarea que la ocupa desde siempre, pero no puedes albergar dudas sobre el desenlace.

Ángel Olgoso
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

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 alonso-Ibarrola2   Cuando la muchacha habló de matrimonio, no quisieron escucharla. Opinaban sus padres que “aquello” era una locura. “¿Qué diría la gente?”. A la muchacha no le importaba nada la opinión de la gente. Tampoco le importaba vivir como los gitanos, de ciudad en ciudad, porque su marido actuaba en las plazas de toros. Se querían y eso, a su entender, era suficiente. No lo entendieron así sus padres y un día ella desapareció para siempre. Años más tarde, en el lecho de muerte, el padre los perdonó. El matrimonio acudió junto al moribundo. La hija besó con emoción la frente de su padre y luego aupó a su marido —un famoso torero-enano, figura destacada de un espectáculo cómico-taurino— para que hiciera lo propio…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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salvador elizondo   La casa de la señora Rodríguez de Cibolain siempre le ha provocado, no bien traspone el umbral, la sensación de ser otro; otro que ciertamente no es él, sino alguien que habita, provisto de una modalidad óntica imprecisa, esa casa lujosa, lóbrega y deteriorada; alguien de cuya presencia emana una radiación o quizá un aroma expansivo y horrible. Se trata probablemente del espíritu primario de alguna entidad misteriosa, infamemente vinculado con el ser de la señora Rodríguez de Cibolain el que hace posible, por una manipulación inefable de la esencia, que la señora pueda infundir su propia naturaleza a todos aquellos que penetran en ese espacio en el que su mirada impera como un espíritu glauco, inquietante, capaz de transformar a unos en otros y a otros en ella.

Salvador Elizondo

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miguel-angel-molina   Mi madre era la única del barrio que tenía todos los nombres imaginables: Tatiana, Olga, Anastasia… lo que me convertía en la envidia del colegio. Por eso no acallaba los rumores que la tachaban de ser una espía enviada por los rusos para salvarnos de Franco. Los padres de mis amigos la devoraban con los ojos, mientras que las madres sabían que aunque era alta, de piel clara, y pómulos prominentes, sus secretos no eran políticos. Jamás olvidaré sus besos al estilo ruso. Esos que me daba cada noche, antes de marcharse a trabajar, diciendo que eran solo míos.

Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.
Ediciones de Baile del Sol. 2016

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jj millas2   Cada vez que la poli se da una vuelta por los almacenes situados en la periferia de las grandes ciudades, descubre algo de interés. Ahora acaba de encontrar, en un hangar de las afueras de Madrid, un millón de peluches falsos de los Lunnis, esos personajes de la tele con los que los niños se van a la cama, o se levantan de ella, ahora no caigo. El titular de la noticia hablaba, literalmente de «peluches falsos», lo que evidentemente es erróneo. Un peluche sólo puede ser falso si es un falso peluche, es decir, si está hecho de un tejido que no es. Un peluche de piel, por ejemplo, no sería un peluche. Los peluches incautados en esta ocasión por la policía eran  verdaderos porque poseían todos los atributos que se esperan de un peluche, incluso el de dar miedo. Lo que el redactor de la noticia quiso decir es que aunque parecían Lunnis no eran Lunnis, pues carecían de documentación, de papeles, de carné de identidad. En todo lo demás eran idénticos a los Lunnis. Quiere decirse que el DNI hace al monje.
Usted, querido lector, y yo somos idénticos el uno al otro en la medida en que lo son los Lunnis. Estamos hechos del mismo material, tenemos el mismo número de órganos, de extremidades, quizá de pelos en la cabeza, e idéntico número de huesos. También damos miedo, que es algo que nos une con los Lunnis y los peluches en general. Pero si la policía me pillara en la periferia de Madrid haciéndome pasar por usted, me detendría porque yo no soy usted. Es lo que ocurre con ese millón de Lunnis, que siendo idénticos a los verdaderos no disponían del certificado que acreditara su identidad. Eran unos indocumentados, unos «sin papeles».
Sorprende que para entrar en un país se pida a las personas lo mismo que a los muñecos de peluche. El problema de los que vienen en pateras no es que no sean hombres y mujeres como nosotros, sino que no tienen certificado de autenticidad. Usted los mira por arriba, por abajo, por el interior y se dice: «Coño, es como yo, o como mi cuñado.» De acuerdo, es como usted o como su cuñado de usted, pero no tiene papeles, lo que lo convierte en un hombre ilegal. Los Lunnis incautados en las afueras de Madrid son peluches idénticos a cualquier otro peluche, incluso pueden estar mejor cosidos que los peluches legales. Pero no tienen papeles, vaya por Dios,  de modo que la policía los ha requisado y se encuentran detenidos en comisaría a la espera de que el juez decida qué hacer con ellos. Lo normal es que el juez ordene destruirlos para que no se confundan con los verdaderos. Generalmente, se queman. Un millón de peluches quemados es un genocidio de peluches, un peluchicidio, pero las leyes están para cumplirse, aunque nos pongan los pelos de punta.
Ahora bien, imaginemos que un policía (corrupto o caritativo, no sabríamos cómo calificarlo) salva a uno de estos muñecos de la hoguera. Imaginemos que lo esconde y se lo lleva a casa y se lo regala a su hija pequeña como si se tratara de un peluche legal. La niña lo recibiría con gran alborozo y jugaría con él y dormiría con él y lo metería con ella en la bañera, etc. Los peluches son muy resistentes, duran toda la vida (toda la vida de ellos y la nuestra), de modo que la niña y el muñeco crecerían juntos sin que la hija del poli supiera que ha pasado su infancia junto a un muñeco ilegal, un muñeco que no debería estar en España porque no tiene papeles, no tiene carné de identidad, no tiene acreditación.
¿Sería esa niña, de mayor, igual que las demás niñas que crecieron con peluches legales? No lo sabemos. El peluche imprime carácter. El peluche puede ser cualquier cosa menos ingenuo. Los peluches tienen un alma pequeña con la que se comunican con los niños, empujándoles a ser obedientes o rebeldes, nerviosos o tranquilos, estudiosos o vagos, bondadosos o vengativos. Los peluches son los auténticos educadores de los niños, más en esta época en la que los padres están tan poco tiempo en casa.
Sostengo que, tal como haya sido tu peluche, así serás tú de mayor. Si tu peluche fue tranquilo, serás tranquilo; si nervioso, nervioso; si con tendencias criminales, con tendencias criminales… Si tu peluche fue chino, serás chino. El millón de peluches incautados en las afueras de Madrid procedía de China. Es probable que muchos de ellos —quizá veinte o treinta mil— desaparezcan en el trayecto que va de la comisaría al horno crematorio. Caerán en veinte o treinta mil hogares cuyos niños, de mayores, sin que ellos mismos lo sepan, serán chinos. Lo crean ustedes o no, así son las cosas.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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david_lagmanovich_jmv Apenas entró en el laberinto se sumergió en las tinieblas. Tonto de mí, pensó, además del ovillo debía haber traído una antorcha, cualquier fuente de luz. Pero ya estaba dentro: esperó que sus ojos se acostumbraran un poco a la oscuridad y avanzó tanteando las paredes. Iba dejando caer el tosco hilo del ovillo y temía que se le acabara, impidiéndole regresar. En más de una ocasión dudó en la intersección de dos pasajes, y varias veces rehizo sus pasos por haber tomado el camino equivocado. A medida que avanzaba, sin embargo, crecía su confianza: lo encontraré, pensaba, esta vez no se me escapará. ¿Qué haría ella, mientras tanto, allá arriba, casi en otro mundo? Después de un tiempo que le pareció infinito comenzó a advertir, no todavía la luz, sino una suerte de adelgazamiento de la oscuridad. Se movió con más facilidad en el tramo final. En el extremo del último pasillo vio una puerta o, más bien, una abertura en la que titilaba una luz temblorosa. Allí estaba el ser que buscaba: inmóvil, sentado de espaldas a la abertura en el muro, concentrado en la serie bélica que mostraba la pantalla del televisor.

David Lagmanovich
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

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