Entradas con la Tag “Lunes”

   -Mis cortesías, mis respetos -dice el conquistador, con grave sonrisa y reverencia.
-Mis escupitajos, mis insultos -traducen los lenguas, imitando su gesto.
Los mexicanos entienden perfectamente. Sonríen y devuelven los cumplidos. Besan la tierra con las manos y la boca, preparan secretamente las armas.
Los lenguaraces serán recompensados con justicia por el bando que resulte triunfador. ¿Acaso una traducción más literal habría evitado la guerra?

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

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   Esta noche es de luna hiena. Ríe mientras nos devora sin piedad.

Jesús Baldovinos Romero

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     Hubo un albañil muy conocido en Alcalá de Henares. Tuvo tres hijos, y enseñóles su oficio a todos tres, y aunque pensaba muy bien, no reparaba en guardar, comiéndoselo todo. Llegó a morirse, y viendo a sus hijos muy tristes de que no les dejaba nada más que el oficio, díjoles para consolarlos:
—Hijos míos no me tengáis por descuidado de vuestro bien, que además del oficio que os he enseñado, media calle Mayor y cuantas casas he fabricado de mi mano, todas han sido sobre falso; muy presto se irán viniendo al suelo y tendréis obras que os sobren.

Juan de Arguijo
Cuentecillos para el viaje – Editorial Popular – 2011

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    Ochocientos carromatos aguardaban ante la línea divisoria. Al otro lado se abría un vasto panorama de tierras vírgenes, ricas, fértiles y sin dueño. Quien llegara primero podría escoger la parcela que más le gustara. Bastaba con delimitar con estacas. Los caballos piafaban nerviosos, quizá contagiados por sus dueños. Resultaba un espectáculo grandioso y emocionante observar a los ochocientos carromatos, con sus lonas blancas, cargadas de gente y utensilios, aguardando la señal de salida… Un señor de chistera, blandiendo una bandera blanca en su mano derecha, se subió a duras penas a un barril y explicó a voz en grito que daría la salida, contando “Un, dos, tres…”. Se hizo un silencio impresionante en medio del desierto, castigado por el sol. ‘A la de una…”, empezó a decir. Exactamente no se sabe cómo ocurrió, pero el hecho es que un carromato se puso en movimiento, y al instante le siguieron en loca carrera los setecientos noventa y nueve restantes, levantando una gran polvareda. Rabioso, indignado, enfurecido, el señor de la chistera, subido en el barril, solo, en medio del desierto, gritaba: “iNo vale, hay que volver a repetir…!”.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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   Recuerdo cuando iba a parir en domingo. Mis tías y mi suegra me llevaron a la sala de urgencias del Seguro Social. Estando ahí recapacité y pedí que me llevaran a una clínica privada, pero ya tenía puesta la bata, y mis datos ingresados. Éramos las únicas. Los asientos blancos fijos al piso marcaban el perímetro de la sala, todos de espaldas hacia los ventanales sin cortina, que me mostraban una ciudad nublada y quieta. Ni un auto, ni un perro en la calle, ni otra puerta abierta además del hospital.
La jefa de enfermeras, una mujer pálida, obesa y de labios delgados me miró con fastidio y exclamó sin disimular: “¡Es domingo, hay partido de futbol!”. Vino hasta donde yo estaba y sin dirigirse a mí ni una vez ordenó que me prepararan para cesárea. Se apartó. La morena novata de recepción me dijo en confidencia: “¡Uf, los domingos no esperan por ningún parto, a todas las abren y las sacan rapidito!”.
Yo me exalté y les decía que sólo necesitaba un poco más de tiempo, ¡que me dieran tiempo! Y me descalcé y empecé a caminar al rededor de una mesita de centro rectangular, con mi gigante barriga embatada. El corazón me latía rápido y yo apuraba el paso. La morena me veía con compasión, “¿No sientes contracciones? ¿Quieres una inyección para provocarlas?” Y yo le volteaba el rostro y apuraba más el paso repudiando los fármacos. “¡Quiero una partera! ¡Consíganme una partera!” Pero las parientes que venían conmigo me miraban condescendientemente sin mover ni una ceja.
Nadie toma en serio a una parturienta primeriza, más que su hombre. Pero el mío no estaba ahí para defenderme y hacer cumplir mi voluntad. ¡Él hubiera derrumbado el hospital con una mirada de puños apretados! Me concentré en mi bebé y le pedí que naciera, caminaba más lento con ojos cerrados visualizando mi cuerpo flotar dentro del agua. De repente, me entró un terror indescriptible a sentir los dolores, pero también a la anestesia que te inyectan en la médula espinal, ¡y al bisturí! Tuve un ataque de pánico…
Entonces desperté amedrentada y palpé mi vientre plano y vacío. El sol estaba alto como todos los domingos cuando nos levantamos tan tarde, ordenamos un almuerzo a domicilio, vemos películas y cogemos sin tregua hasta que nos vuelve a dar hambre. Luego anochece y tardo mucho en conciliar el sueño, y me duermo pensando que aquello no puede ser todo en la vida.

Yunuén Rodríguez

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   El dragón se va dando vuelta hasta poder morderse la cola, hasta masticársela con fruición, hasta comerse con la lentitud del mejor degustador del mundo. Pero no es hasta el momento en el que ya tiene la mitad de su cuerpo dentro de su boca que decide estornudar en un estallido de fuego que lo deja en el punto justo de cocción para terminar como se debe aquel banquete caníbal.

Alejandro Bentivoglio

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    Al fin se representaría la obra y le dieron el papel que deseaba; el papel de Aurelia la Loca. Era breve, pero maravilloso y ella podía sacarle todo el partido que fuera preciso. ¡Vaya que sí lo haría! Ahí estaba su oportunidad, la que tanto había soñado; una loca graciosa, simpática y romántica; le quedaba como hecho a su medida. Memorizaría su parlamento hasta el máximo, para que brotaran las palabras ágiles, sin el más leve titubeo, ni la menor vacilación. ¿Lo demás? Sonrió en su interior; sabía que lo podía hacer. ¡Y cómo lo podía hacer! Sobre todo “las dementes” le salían como a nadie, eran su punto fuerte y la admiración de sus maestros de arte dramático, hipnotizaba al espectador, llevándolo hasta donde ella quería. ¡El triunfo estaba en sus manos! ¡Realizaría sus sueños! Sentía impulsos de brincar, de gritar, de reír; pero tenía que controlarse, no era cosa de dejar traslucir sus emociones, como cualquier novata. Pero estaba radiante. Dio las buenas noches al director, sonrió a sus compañeros; la felicidad erguía su cuerpo y se le escapaba por los ojos y por los labios. Se dirigió a la puerta de salida; intentó varias veces abrirla, pero fue en vano, se encontraba cerrada con llave. Se volvió, dio algunos pasos y… sus cabellos se erizaron y con los ojos fuera de las órbitas, cayó desplomada. El cuarto estaba vacío.

Ana María Espinoza Monteverde

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    Aquél fue el día más importante de mi vida. Tenía tres años. Estuve perdido durante cinco horas que fueron como cinco siglos.
Cuando me encontraron era un niño feliz que conocía todos los secretos del mundo, de sus hablas y de sus gentes.
Nunca pude recordar el destino de mis pasos inocentes en aquel tiempo extraviado.
Ahora que soy viejo tan sólo reconozco algo parecido al aleteo de un pájaro con el que volaba en la orfandad de un desierto brillante.
Pero hace mucho que los sueños me sustituyen la memoria.

Luis Mateo Díez
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

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    Detectar a un turista resulta sencillo. Por regla general caminan detrás de un papel grande que consultan cada siete pasos exactos, tratando inútilmente de doblarlo en contra de los elementos, más concretamente el viento. Dicho papel representa el lugar por el que el turista transita. Resulta habitual hallar en ellos marcas, inscripciones que nos darán información sobre los pasos que ha dado (ver Usted está aquí, en este mismo volumen).
El turista camina a menudo con la cabeza levantada, mirando al cielo. No lo tome por un gesto de arrogancia. Miran los edificios circundantes, tratando de reconocer en ellos un valor estético o histórico del que habitualmente carecen. Este rasgo resulta distintivo, y permite diferenciar con facilidad a los turistas de los nativos, que caminan por lo general mirando al suelo. Caminar mirando al cielo requiere una gran destreza, sobre todo en un terreno desconocido, lo que es algo connatural al turista. Conviene en todo caso tener cuidado, ya que podría tratarse también de un nativo que busca piso.
Se sabe que hay un índice elevado de casamientos entre turistas y vecinas que gustan de asomarse al balcón en pisos altos, y por azar cruzan sus miradas. Si es usted una de esas mujeres, tenga cuidado por tanto al asomarse, o no lo tenga, dependiendo de sus gustos y necesidades.
Resulta sencillo encontrar turistas en restaurantes típicos de comida autóctona, en los que los precios son altos y la calidad de la comida baja.
Algunos estudios revelan un alto índice de coincidencia entre los turistas y los aficionados a la fotografía: muchos de ellos llevan cámara.
Las relaciones entre el turista y el nativo son objeto de amplios estudios y análisis que no tienen cabida aquí. En todo caso conviene señalar que, en general, el nativo muestra por el turista un cierto rechazo al que no se le han podido atribuir razones antropológicas de peso.
Como paradoja, el nativo muta en turista en cuanto adquiere un viaje de fin de semana a una ciudad del extranjero, en la que éste, a su vez, se torna nativo. Los usos y costumbres de unos y otros permutan por tanto con sorprendente facilidad, por lo que conviene no denostarlos: cualquiera puede devenir turista y todos, aunque algunos lo nieguen, lo hemos sido en alguna ocasión.
El turista presenta algunos rasgos distintivos, como el vestuario o su color de piel, que nos permiten diferenciarlo con facilidad. En el caso de que todos a su alrededor presenten dichos rasgos ándese con cuidado: es muy posible que el turista sea usted.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

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    La mujer hermosa llega, sin saberlo, hasta un hotel plagado de monstruos. El lugar se ve muy diferente al sitio acogedor que mostraban las borrosas fotografías del folleto. Sospecha que sucede algo raro cuando nota que el único ser viviente que le da la bienvenida es un gato tuerto que la observa desde un viejo sofá orejero. Mientras espera ser atendida, recorre la recepción con su mirada. Piensa que la decoración es absurda, que los azulejos de un muro no combinan con los de la pared contigua, que son extraños esos murales de palmeras y ríos que cubren las columnas, y que, en cambio, son geniales esos cuadros con imágenes de montaña incrustados casi a martillazos en las paredes. En el aire, percibe un olor desconocido, una mezcla entre humo de chimenea y moqueta húmeda.
Siente miedo, pero piensa que ya es demasiado tarde para marcharse, que a esa hora sería difícil conseguir otro hospedaje. Además, la estadía fue pagada con anticipación, y no está dispuesta a perder su dinero.
Entonces, vuelve a tocar la campanilla del mostrador. Pero nadie aparece. Los monstruos se han escondido detrás del mobiliario o las cortinas, a excepción de algunos pocos que gozan del don de la invisibilidad (y tienen la ventaja de poder acercarse). La observan en absoluto silencio, absortos ante la belleza de esa mujer tan delicada e interesante. Temen asustarla y que decida abandonar el lugar repentinamente. Por eso, le ruegan al brujo anciano que esgrima uno de sus trucos para hacerlos parecer seres humanos normales y corrientes, al menos por esa noche. El viejo los satisface.
Cuando los hombres hacen su entrada en la recepción, ella sonríe y se tranquiliza. Su estadía transcurrirá sin sobresaltos y la joven regresará a su casa a la mañana siguiente. En poco tiempo, ella habrá olvidado aquel sitio tan peculiar. En cambio, los monstruos sufrirán por su partida eternamente. Y jamás podrán volver a dormir.

Martín Gardella

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