Entradas con la Tag “Martes”

jose-emilio-pacheco    En el centro de la ciudad se levanta una estatua que cambia de forma. Por las noches representa a Diana, en el día asume la figura de Apolo. Si viste los atributos de Marte anuncia la guerra —tan claro y obvio es su simbolismo—. Nadie se atreve a contemplarla más de un segundo, pues si ve en ella la imagen de Thánatos sabe que en pocas horas encontrará la muerte.
Quizá la estatua sólo existe en la imaginación de quienes creen verla. Pero hay fotografías de sus innumerables mutaciones. En otros tiempos hubo incluso quienes osaron tocarla y, antes de morir, nos legaron su testimonio. Sea como fuere la estatua plural obsesiona a los habitantes de la ciudad. El rey quiso demolerla. El Concejo de Ancianos vetó la orden ya que, de acuerdo con la leyenda, cuando la estatua sea destruida se va a acabar el mundo.

José Emilio Pacheco
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

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juan-arguijo   A este mismo propósito un judío muy rico se convirtió en Roma, y a pocos días de cristiano le sucedió una grande desgracia en la hacienda. Consolábale su padre espiritual con decirle que con tales trabajos prueba Dios a sus mayores amigos. Respondió:
—Padre, no me espanto de que tenga Dios con sus amigos este trato; lo que me asombra es cómo en tan pocos días ha estrechado conmigo la amistad, tratándome como si nos hubiéramos conocido de muchos años atrás.

Juan de Arguijo
(Sevilla. 1560-1623) – Cuentecillos para el viaje.Ed. Popular-2011

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Gustavo-Martin Garzo   La falda se hincha, se eleva, y la chica trata divertida de impedirlo. Es una chica muy joven, y va acompañada de un amigo. Su falda es plisada, cortísima, de tela muy leve, y el viento se la levanta como si estuviera jugando con un papel. La chica se ríe nerviosa, y finalmente tiene que detenerse, que apoyarse contra la pared, junto al escaparate de la confitería. Sus ojos brillan de vergüenza y malicia, y el chico, que se ha detenido con ella, la mira maravillado. No se atreve a moverse, a hacer o a decir nada; asiste a la escena con el temor y la fascinación con que lo habría hecho al baño de la diosa en lo más escondido del bosque, a la visita del ángel a la más reservada de las doncellas.

Gustavo Martín Garzo
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

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Enrique Anderson Imbert2   Acteón buscó por el valle un sitio donde descansar de sus fatigas de cazador. Oyó risas de agua y de mujer y, asomándose a una cueva, vio un grupo de doncellas, todas desnudas, bañándose. Una de ellas, pequeña, morena, con los senos como dos cuernitos, le encendió la carne. Ranis, la llamaban sus compañeras. Acteón, enamorado, no podía quitarle los ojos de encima. Alguien lo descubrió. Hubo gritos. Un rápido movimiento de cuerpos que se apretaron en círculo alrededor de la más alta de todas: con sus desnudeces querían cubrir la desnudez de la diosa. Era Artemisa, a quien Acteón, absorto en su pequeña Ranis, ni siquiera había visto. Artemisa, con la cabeza sobresaliendo por encima de las demás muchachas, sonrojada de despecho, miró a Acteón y lo maldijo. Acteón se transformó en ciervo, huyó por el bosque y sus propios perros lo destrozaron. La bella Ranis, también perseguida por los celos de la humillada Artemisa, tuvo que expatriarse.

Enrique Anderson Imbert
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

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rosalba cambra   Yo vivía con mi abuela, mis tías, mis primas, y otras parientes mujeres. Sólo mujeres había en nuestra población.
Era huérfana de madre, y mi padre y mis tíos —hermanos nunca tuve—, mis dos abuelos y los parientes que hubieran correspondido a las parientes mujeres se habían ido a construir el camino que llevaba o debía llevar más tarde a la ciudad, cuando estuviera terminado.
Así me habían dicho.
La ciudad debía quedar muy lejos, porque después de doce años, que es mi edad, ellos seguían sin volver y el camino sin terminar.
Un día mi abuela mandó abrir la puerta en la muralla e hizo entrar a un cantor de esos que van por los caminos. Nos sentamos alrededor de él en la plaza. A mí me hicieron sentar delante de todas, y él cantó la historia de Pentesilea, reina de las amazonas, que en el asedio de Troya murió por obra del airado Aquiles, el cual, viéndola tendida tan bella sobre su propia sangre, rompió a llorar y se maldijo.
Yo sabía desde antes el nombre de mi madre: Pentesilea. Ahora sé el nombre de todas nosotras. Me pongo de pie y, en silencio, lo mismo hacen las demás. Siento todas las miradas puestas en mí. Doy un paso hacia adelante, hacia mi abuela que me tiende el arco y el carcaj. Y me detengo, porque estoy preguntándome si puede haber algo, en los cielos o en la tierra, que me obligue a aceptar.

Rosalba Campra
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

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juan-arguijo   Al duque de Medina, D. Juan Claros, quisieron regalar los de Chiclana con un presente. Votábalo en su Concejo: unos eran de parecer que el regalo fuese de piñas; otros, cuyo voto prevaleció, acordaron que fuese de brevas, que las hay en aquella villa bonísimas.
Hincheron un costal de ellas, y atravesándose sobre un jumento, se sentó encima el embajador, acompañado de otro.
Llegaron como se puede entender del buen avío, y viéndolas el duque, mandó a sus criados que, atando a un poste al que las traía y desnudándole el medio cuerpo, se las tirasen todas.
Hízose así, y a cada golpe volvía el paciente al compañero, diciéndole:
—Mas ¡si fueran piñas !…

Juan de Arguijo
Sevilla, 1560-1623
Cuentecillos para el viaje.Ed. Popular-2011
http://www.iaph.es/web/sites/pinturas-juan-de-arguijo/arguijoysevilla/

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herramienta-varita-magica  — ¿Y las azules, las del abuelo? -preguntó Marius sacando dos varitas del arcón.
— ¿Funcionan?— le contestó su madre sin mirar.
El niño las examinó despacio. Una era celeste con un remate blanco en la punta. Tipo Merlín, sin duda. Conjuros de transformación. Hizo una filigrana y un chorro de chispas salió disparado, impactó sobre una tela y la convirtió en hierro.
La segunda era muy oscura. De Nigromancia. Hizo un movimiento y un humo negro y espeso serpenteó hasta alcanzar una mosca muerta, que empezó a frotarse las patitas.
— Sí. Las dos.
— Pues escóndelas aquí, rápido. La Inquisición no tardará en llegar.

Pepe Fuertes Tarazona
VIII Edición de Relatos en Cadena, de la SER
Relatos participantes. Ganador Semana 29

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 alberto tugues  Durante mucho tiempo, diez, quince años, envió siempre la misma carta al mismo destinatario, y siempre también, invariablemente, le era devuelta al cabo de unos días. Entonces abría el sobre, releía de nuevo la carta, y se disponía a reducir un poco más el texto, suprimiendo hoy, por ejemplo, casi media línea; luego, ya con las palabras bien tachadas, escribía en un sobre nuevo la misma dirección, y lo mandaba al mismo destinatario. Algunos decían que era una carta de amor. No lo sabemos. Pero lo único cierto es que el texto de la carta, con el paso del tiempo, se fue reduciendo cada vez más, hasta que sólo le quedaron seis palabras, que, éstas sí, al fin llegaron un día a su destino. Y decían las seis palabras: «Sí, fui yo quien lo hizo».

Alberto Tugues
Antología del microrelato español.Ed. Cátedra. 2012

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felipe_benitez_reyes   Lo remata la cabeza de un caballo encrespado, con la crin revuelta y su relincho congelado en la plata.
Perteneció a mi abuelo. Lo tenía sobre la mesa de su despacho y con él abría los sobres con limpieza de maestro de esgrima: el papel sufría una herida invisible. Cuando hundía la hoja en el sobre, la cabeza de caballo parecía cabalgar como una figura de guiñol.
A la muerte de mi abuelo, el despacho lo ocupó mi padre. El abrecartas no lo utilizaba: una secretaria le presentaba cada mañana la correspondencia ordenada en una carpeta.
A la muerte de mi padre, no pude ocupar su despacho, pero me traje a casa el abrecartas. Yo quisiera utilizarlo tan hábilmente como mi abuelo. Cada día acaricio la cabeza de plata de la bestia.
Desde hace años espero alguna carta para ir practicando.

Felipe Benítez Reyes

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ana m shua   Todos los patitos se fueron a bañar y el más chiquitito se quiso quedar. El sabía por qué: el compuesto químico que había arrojado horas antes en el agua del estanque dio el resultado previsto. Mamá Pata no volvió a pegarle: a un hijo repentinamente único se lo trata – como es natural-, con ciertos miramientos.

Ana María Shua

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