Entradas con la Tag “Miércoles”

  Existe un frío brillante que se da algunos días de invierno. El sol está fuera y se aprecia su tacto, pero el aire helado y la temperatura, que pende de una nube para caer con escándalo, rompen toda la mañana limpia. Desde la casa se ve en la lejanía la Sierra; en días claros como éste uno parece volar por los valles, ríos y tierras que transcurren veloces hasta esa serranía que revienta enorme el horizonte. Así es la mañana; y el niño llega y encuentra a su caballo bregando con la muerte, tumbado y el costillar señalado como en un barco podrido de la marisma. El padre no habla, saca su escopeta y le pega un tiro en la frente tranquila, dura, y suena el eco como cayendo por la finca, tan alta, como rodando hasta el río que yace en la vaguada. El niño mira la casa, mira el enorme pino; todo es paz, la sombra mecida de los almendros se mueve sobre los surcos del terruño arado. Ahora hay silencio y ese sol leve, casi muerto pero luminoso, como si fuera el resto de una explosión lenta. El niño se pregunta todo, nada contesta. Entonces se va al coche y pone la radio, buscando entretener su aliento… Volverá años más tarde a la casa del pino y pensará en su caballo… y en su padre.

Francisco Silvera

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  El mundo es cruel, mi vientre es tibio: se resiste a nacer y lo comprendo. Y sin embargo, qué duro me resulta (pero no hay para una madre sacrificio excesivo) seguir cargando en mi matriz desmesuradamente dilatada a este adolescente cariñoso y rebelde que ya ha empezado a fumar a escondidas (pero una madre lo sabe todo) haciendo brotar columnitas de humo de mi ombligo.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

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  Apagó la pantalla del televisor, miró a su alrededor, y se convenció de que lo que ahora estaba viendo era algún otro capítulo deshilvanado de aquella misma telenovela.

Jorge Timossi

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  —¡Llueve! ¡Llueve! ¡Mamá, mira cómo llueve!
Eso exclama riendo la niña del vestidito rosa, que pasea de la mano de su madre. Para ser sinceros, no nos agrada demasiado el vestidito rosa. Pero así es como la ha vestido su madre, y uno bastante tiene con preocuparse de lo suyo como para ir censurando la vestimenta ajena, y mucho menos la de una niña tan simpática.
Así que la niña del vestidito rosa, riendo sin cesar, tira de la mano de su madre: una mujer de apariencia sobria y un punto distraída o cansada de los continuos hallazgos de su hija. Esto nos la vuelve poco amable, aunque cada uno educa a sus retoños como mejor entiende y uno tiene bastante con lo suyo, etcétera, etcétera. Reconozcamos que la señora conserva unos magníficos tobillos. Camina erguida como una reina. Tacón va, tacón viene.
—¡Mamá, llueve! ¡Mira cómo llueve! –insiste la niña.
La señora se detiene en seco, nunca mejor dicho, y le clava una mirada que si no tuviera uno ya bastante, etcétera, podríamos calificar de injusta o incluso de terrible. Le suelta la mano a su hija. Mira con didáctica vehemencia hacia arriba, hacia donde se elevan las hileras de balcones floreados bajo un cielo impoluto, azulísimo. Luego vuelve a mirar a la niña y pone los brazos en jarra.
—¡Llueve, mamá, llueve!
La niña ríe y ríe. Brinca en círculos, sacudiéndose los húmedos hombritos. Su madre menea la cabeza y resopla abultando los labios bien pintados.
—¡Llueve! ¡Llueve… !
Pero sucede que las evidencias rara vez son evidentes: la severa señora detiene el movimiento de su hija como quien posa un dedo sobre un trompo, le aprieta la carita iluminada y se agacha, hablándole al oído:
—Alba, hija. Oye. Que pareces tonta. ¿Es que no te das cuenta de que el agua cae de los balcones?
Alba aparta la cara, baja la vista un momento. Luego chasquea la lengua con fastidio y decide tener paciencia con su madre. Contesta muy despacio, subrayando cada sílaba:
—Ya lo sé, mamá: los balcones. Pues claro. Pero… ¡mira, mami, mira cómo llueve! ¡Qué bonita, qué requetebonita es la lluvia!
Dicho lo cual, Alba regresa de inmediato a su júbilo y a sus brincos, haciendo ondear ese insólito vestidito rosa del que ya no opinaremos.

Andrés Neuman
*A Erika, niña

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  Le aseguraban que la práctica del autostop entraña muchos peligros, pero él se negaba a admitirlo. ¿Cómo podía ser peligrosa, por ejemplo, la presencia de aquella dulce muchacha de ojos azules que llevaba sentada a su lado, recogida quince kilómetros antes? Quería llegar a Venecia. “¿Conoce usted Venecia?”. No, no conocía esa ciudad ni cualquiera otra de Italia. Jamás había estado en Italia. ¿Era normal?, se preguntó. No, no era normal. Fue un viaje maravilloso, turbado solamente por el recuerdo de la mujer, suegra e hijos que había dejado atrás. Intentó explicar lo ocurrido por carta, antes de afrontar el regreso.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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    Mi hijo quiere una peonza por su cumpleaños. —”¿Nada más?” pregunto yo, conmovido ante una petición tan modesta. —”Nada” —responde él sin la menor vacilación. A pesar de ello decido comprarle el castillo normando, provisto de almenas y puente levadizo; el tren eléctrico de vagones articulados, con su túnel y su estación de pasajeros; el disfraz, el sombrero y la espada del hombre enmascarado, y un balón de reglamento. El crío lo acoge todo con entusiasmo y pasa la tarde entera jugando en casa como un poseso. Ya en la cama, al darle el beso de buenas noches, quiero saber si le han gustado sus regalos. —”Mucho” —me dice, iluminando su rostro con una sonrisa llena de ternura. Luego añade: —”¿Y la peonza?”.

Pedro Herrero
Los días hábiles. Serial Ediciones. 2016

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  Los números cuadrados del taxímetro se iluminan, veo los ojos horrendos del taxista en el espejo y la coronilla de su cabeza con un par de orejas renegridas. Pienso en mi falda, jalo el borde para cubrirme las rodillas, imagino la impresión que debo darle tomando un taxi a esta hora, con la oscuridad apenas espantada por el alumbrado público, nebuloso e intranquilo. Lo que debe pensar de una mujer que anda en esta ciudad sin compañía. Debe oler el semen tibio aún entre mis piernas, debe oler la saliva que hiela los recovecos de mi oreja; seguro sabe que me robé un cenicero del hotel y que lo traigo en la bolsa. Nos vemos a través del espejo retrovisor, intento y no puedo identificar las calles, sólo la oscuridad ignota.
—No se preocupe señorita, a las niñas buenas, no les pasa nada.

Claudia Morales

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  Cuando llegó a la mayoría de edad, el poeta se mudó de la mansión familiar sobre la avenida T. S. Eliot a una casita modesta en la calle Pablo Neruda casi esquina Miguel Hernández, es decir, frente a la plazoleta La Pasionaria. Allí vivió largos años dichosos, mantenido por sus padres mientras escribía cantos de protesta contra la intervención estadounidense en diversos países. También militaba en otras causas nobles, generalmente africanas. A consecuencia del affaire Heberto Padilla comenzó a apartarse de sus primeras convicciones, por lo cual creyó conveniente mudarse a un piso de clase media en el paseo Paul Claudel. Después de varios cambios de gobierno que le acarrearon merecidas condecoraciones, un gobernador locuaz le ofreció la Secretaría de Cultura de su provincia. Pensó entonces que su residencia no estaría a la altura de sus nuevas obligaciones, por lo cual decidió adquirir un departamento en el Bulevar Marítimo José María Pemán, con sauna propia y piscina en la terraza. Allí, les confió a sus amigos, comenzaría para él una nueva etapa de felicidad.

David Lagmanovich

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  Lo encontró de pronto en el salón, abriendo y cerrando cajones. Ella dio un grito. Luego se ajustó el batín y, conteniendo la voz, dijo que quién era, que cómo había entrado y que por favor no le hiciera daño. Él, sin dejar de rebuscar desesperado, la miró un instante, le contestó que si se había vuelto loca y que cerrara la boca, anda; seguido, que si no había pilas para el mando a distancia en esa puta casa. Desconcertada se alejó. Fue en busca de la foto de su boda, la miró largamente. Entonces, después de vestirse, se dirigió al juzgado y allí presentó una demanda de divorcio contra ese extraño que era ahora su marido.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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  Según las creencias de los antiguos quiyús, si alguien deja cada día una flor sobre la tumba de la amada, al cabo de un cierto número de días (la cifra es secreta), la amada se levanta de la tumba, le revela una verdad al amado, y regresa a la tierra.
Así lo hice. Durante años, cada día, con sol o con lluvia, con nieve o con escarcha, dejé una flor sobre la sepultura donde descansa el cuerpo de mi amada.
Hoy, finalmente, apenas dejé la orquídea, la tierra se abrió y mi amada, resplandeciente y lozana, se elevó sobre la grava, me miró gravemente y me dijo:
—Vos siempre igual, Mauricio, seguís perdiendo el tiempo con supersticiones ridículas! ¿Cuándo vas a sentar cabeza? Me escupió y volvió a la tumba.

Fabián Vique

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