Entradas con la Tag “Miércoles”

    Mi padre fallecía cada poco. Pero no lo hizo nunca por llamar la atención ni por fastidiar a nadie; simplemente se moría y ya está. Recuerdo que justo antes de expirar sonreía con cierta beatitud y, diciendo adiós con su mano velluda, dejaba de respirar. Lo mismo que la lavadora cuando para de centrifugar, poquito a poco y sin más. Mamá se ponía de luto, se apagaba la tele, porque era alegre, y todos llorábamos su partida. Luego, al volver a la vida, mamá lo recibía enfurruñada por su ausencia; con ese mohín que, según él, la ponía tan guapa. Entonces él la abrazaba y le hablaba al oído de angelitos, ánimas y purgatorios. Ella cedía, nos mandaba a la cama y se les oía cuchichear mucho rato. Papá era un vividor en eso de morir. Y mamá siempre se lo perdonó. Lo hizo hasta la muerte.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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  Érase un mascarón que vivió en la proa de un barco viajando a lo largo y a lo ancho de los mares. No hubo rincón ni playa ni paraje alguno que pasara desapercibido a sus ojos ávidos de todo. Pero a lo largo de los años comenzó a sentir el deseo de asentarse en tierra firme, de conocer a alguien que llenara con besos el vacío que no llenaban ya los mares. Para entonces, su hermoso traje azul y sus ojos soñadores habían perdido el color consumidos por la sal.
Cierta vez, en uno de los puertos a que arribó la nave, descubrió en un pequeño escenario de titiritero a una hermosa marioneta que soñaba con viajar. Había vivido siempre en ese puerto mirando llegar y partir los barcos, y había soñado con conocer a alguien que la llevara a recorrer el mundo, a visitar con sus ojos lo que sólo visitaba con la imaginación. El viento marino despeinaba sus cabellos lacios y su cuerpo de madera repetía, mecánicamente, las palabras del titiritero.
Así se conocieron el mascarón y la marioneta. Se besaron. Visitaron la playa cercana y se amaron en la arena, prometiéndose una colección de muñequitos de madera a los que darían un nombre y llevarían a la escuela, ayudarían a crecer y a ser felices. Y así durante varias noches, en las que el barco estuvo anclado en la bahía a la espera de buen tiempo y después durante varios inviernos, hasta que el cansancio del mar y el cansancio de la tierra les trajeron la indiferencia y el desamor.

Fernando López
El límite de la palabra. Ed. Menoscuarto – 2007

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    Me dicen que algunas brújulas,
no muchas,
empiezan a tomar conciencia,
y, avergonzadas,
arrepentidas de su tradicional actitud,
obcecada, tendenciosa, conservadora,
comienzan,
algunas,
no muchas,
a señalar hacia el Sur.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

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    Al acabar de tender la colada, ella queda aquí; su marido, al otro lado fumando al sol. Entonces se lanza.
—Rolando, ya no te quiero. No digas nada, espera que termine. He ido desamándote poco a poco. Y hoy he acabado del todo. No sé qué pensarás, tampoco me importa. Ni con qué cara estarás mirando esta sábana que me oculta, pero así no te tengo miedo, hijo de puta.
Rolando se levanta con toda la rabia concentrada en los ojos, en los músculos y la boca. Arranca la tela del tendedero y asombrado, sobrecogido, descubre que detrás ya no hay nadie.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

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     Encontraron el cadáver de la gloriosa y anciana actriz flotando en la piscina de su espléndida mansión. Pronto la policía detuvo a un muchacho, su notorio acompañante se declaró culpable de su muerte. Aprovechó sus últimos meses de vida en la cárcel, para escribir una especie de biografía o “memorias”. Las vendió en exclusiva, a buen precio, a un semanario sensacionalista. Indicó que los emolumentos le fueran entregados a su anciana madre. Lo ejecutaron en la cámara de gas antes de que la revista pudiera dar por finalizada la publicación de su biografía. Precisamente el último capítulo se publicó una semana después de su fallecimiento. En el mismo contaba y explicaba con todo género de detalles la muerte ocasional de la actriz que, borracha perdida, tuvo la desgraciada ocurrencia de arrojarse a la piscina repentinamente, sin que él pudiera impedirlo. Explicaba también que se había confesado culpable porque le hacía mucha ilusión ver publicada su biografía en una revista y rogaba a su madre que recortara todos los capítulos y los pegara en un álbum. La madre, compungida, así lo hizo y todas las noches, antes de apagar la luz, besaba con ternura y emoción el álbum de los recortes.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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    Anoche soñó que en el cole volvían a llamarle gallina. Se despertó embarazado y puso un huevo que vino a llenar el vacío que sentía por dentro. Ya en la oficina, solicitó baja por paternidad: un mes para incubarlo y cinco de debida crianza. Encaramado sobre su huevo hace patucos de punto mientras medita sobre la injusticia de una sociedad que no protege los derechos de los padres solteros. Ya no tiene trabajo, mas se siente realizado: escribirá un ensayo al respecto.

Alberto Corujo
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

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   Los ojos por dentro huelen a melón recién abierto. Los regalos que vienen por correo desde Bucarest suelen traer un olor a pecera reconfortante. Mi cama, de lunes a viernes, huele a madrugadas rotas por ladridos de niño, un olor que se parece a aliento de tortugo. El sombrero de mi abuelo tiene un perfume parecido a libro de 1984, el año en que se compraron muchos libros en mi casa porque aprendí a leer. Sé el olor que tienen mis lunares, sobre todo del que está en mi pantorrilla derecha, que huele a uvas pasas con leche desnatada. La que mejor ha olido siempre es mi mamá. Su mano derecha huele a natilla recién enfriada, la de mi papá suele oler a freno de mano, aunque es zurdo. Lo más terrible de mi vida olfativa, ocurrió solo una vez, con Aníbal, que en los primeros días olía a delicioso teclado de ordenador, después enfermó y olió mal, a escáner roto, en sus últimos días olía a red social y de un día para otro su olor desapareció; como su nombre, y pasó a llamarse un numerito inoloro y torcido: #Aníbal.

María Paz Ruiz Gil
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

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     Pasearse por el bosque vestida de rojo posiblemente fuera su último recurso. O lo provocaba o jamás estarían juntos. Y así fue.

Evelin Peyrano

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   Aún hierven los susurros en mi oreja. Pide que la haga mía, que la bese toda, que le lama la piel sudada, que la muerda. «Estoy mojadita», dice, y me excito al oírla. Me ordena que la golpee, que la ahorque. En realidad, probamos de todo. «Cómeme», sentenció finalmente un día, ebria de placer. Así lo hice. La corté en pedazos y la hice mía en cada bocado.

Christian Solano

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   Tras meses de entrenamiento, el aprendiz logró ver al ángel atrapado en el mármol. Tomó el cincel y martilló hasta tener su figura bien definida, a unos milímetros de tocar su carne. Pero la piedra se agrietó. El ángel extendió sus alas, se sacudió los guijarros y emprendió el vuelo sin más.
—No te preocupes —lo consoló el maestro escultor—, a todos se nos escapa el primero.

Hugo López Araiza Bravo
http://1antologiademinificcion.blogspot.com.es/2011/04/hugo-lopez-araiza-bravo.html

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