Entradas con la Tag “prep”

   Todo comenzó un domingo a las nueve de la mañana, con la inesperada muerte de mi vecino, después de una enérgica discusión por el alto volumen de la música. Una señora chismosa presenció cómo él se desplomaba frente a mí sin oponer resistencia. Aunque traté de explicarle que había sido un accidente, ella comenzó a gritarme todo tipo de improperios, tan excesivos como imperdonables. No me dejó, entonces, más remedio que matarla, ya que una testigo confundida sólo hubiera empeorado el asunto.
Apesadumbrado, fui corriendo a ver al cura párroco, creyendo que la confesión me ayudaría a aliviar el peso de mi conciencia. El sacerdote me escuchó en silencio, pero luego tuvo la desafortunada idea de decirme que yo estaba enfermo, que debía visitar a un psiquiatra, que esos pecados eran muy graves. Me pareció exagerada su reacción frente a una simple cadena de accidentes. Por las dudas, decidí asfixiarlo dentro del confesionario. No fuera a ser que su manía por cumplir el octavo mandamiento me terminara ocasionando algún problema.
Es por eso que vine a consultarlo, doctor. Quizás usted pueda recetarme algún calmante o indicarme un tratamiento. Pero luego entenderá que deberé matarlo. No confío en el secreto profesional. Y ya sabe que prefiero no tener testigos.

Martín Gardella

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    Era marino y se parecía a Conan el Bárbaro. Yo estaba en paro. Con el finiquito me fui a Amsterdam con mi amiga Marcia. No éramos de esas amigas que hablan sin parar de sus cosas. Nos gustaba beber juntas y ligar por separado.
No recuerdo su nombre. Lo cierto es que no llegué a entenderlo aunque se lo pregunté varias veces. Creo que era alemán. Hablaba un inglés macarrónico y entendí que estaba separado, que vivía en Sidney y que le gustaría vivir en Costa Rica.
Marcia y yo habíamos tomado la penúltima en el bar de nuestro hotelucho junto al puerto. Él estaba en la otra punta de la barra, y sólo se dirigió a mí cuando ya nos retirábamos tambaleantes a nuestra asquerosa habitación. La suya no era mejor, pero me sentía a gusto con aquel bárbaro. Pensé que en sus enormes maletas cabrían mis cuatro cosas, incluso yo misma. Vi un osito de peluche muy viejo encima de una de ellas. Por la mañana me dijo que debía irme, y ya junto a la puerta supe que eran vanas mis ilusiones de que al menos me regalara el osito.

Cristina Grande
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

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    El juicio se internó por un inexplorado territorio dialéctico de argumentos y contraargumentos, de criterios y anticriterios, donde los códigos morales fueron anatemizados acaloradamente por unos y defendidos con furia por otros. Todos se creían poseedores de la verdad, de modo que poco era de extrañar que el debate desembocara en una ardorosa confusión. Así, llegado el momento del veredicto, nadie supo quién era más culpable: el maniático que ocultaba su impudicia debajo de la gabardina, o el juez, que exhibía llanamente su pudor…

Günter Petrak

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    Jamás en la vida había sostenido con su hija (única, por cierto) una conversación en torno al tema sexual. Se consideraba muy liberal y progresista a tal respecto, pero no había tenido ocasión de demostrarlo, porque daba la casualidad de que la muchacha nunca había preguntado nada, con gran decepción por su parte y descanso y tranquilidad para su mujer, que en este aspecto era timorata y llena de prejuicios. Pasaron los años, y un día la muchacha anunció que se iba a casar. “Tendrás que decirle algo”, arguyó su mujer. Y una noche, padre e hija hablaron. ¿Qué le dijo el padre? ¿Qué cosas preguntó la hija? A ciencia cierta, no se sabe. El hecho es que la madre tuvo que esperar dos horas, y cuando salieron de la salita de estar la hija exclamó: “iMe dais asco!”. Y se retiró a su dormitorio. La madre pensó que había ocurrido lo que temía. Su marido lo había contado todo, absolutamente todo.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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    Detectar a un turista resulta sencillo. Por regla general caminan detrás de un papel grande que consultan cada siete pasos exactos, tratando inútilmente de doblarlo en contra de los elementos, más concretamente el viento. Dicho papel representa el lugar por el que el turista transita. Resulta habitual hallar en ellos marcas, inscripciones que nos darán información sobre los pasos que ha dado (ver Usted está aquí, en este mismo volumen).
El turista camina a menudo con la cabeza levantada, mirando al cielo. No lo tome por un gesto de arrogancia. Miran los edificios circundantes, tratando de reconocer en ellos un valor estético o histórico del que habitualmente carecen. Este rasgo resulta distintivo, y permite diferenciar con facilidad a los turistas de los nativos, que caminan por lo general mirando al suelo. Caminar mirando al cielo requiere una gran destreza, sobre todo en un terreno desconocido, lo que es algo connatural al turista. Conviene en todo caso tener cuidado, ya que podría tratarse también de un nativo que busca piso.
Se sabe que hay un índice elevado de casamientos entre turistas y vecinas que gustan de asomarse al balcón en pisos altos, y por azar cruzan sus miradas. Si es usted una de esas mujeres, tenga cuidado por tanto al asomarse, o no lo tenga, dependiendo de sus gustos y necesidades.
Resulta sencillo encontrar turistas en restaurantes típicos de comida autóctona, en los que los precios son altos y la calidad de la comida baja.
Algunos estudios revelan un alto índice de coincidencia entre los turistas y los aficionados a la fotografía: muchos de ellos llevan cámara.
Las relaciones entre el turista y el nativo son objeto de amplios estudios y análisis que no tienen cabida aquí. En todo caso conviene señalar que, en general, el nativo muestra por el turista un cierto rechazo al que no se le han podido atribuir razones antropológicas de peso.
Como paradoja, el nativo muta en turista en cuanto adquiere un viaje de fin de semana a una ciudad del extranjero, en la que éste, a su vez, se torna nativo. Los usos y costumbres de unos y otros permutan por tanto con sorprendente facilidad, por lo que conviene no denostarlos: cualquiera puede devenir turista y todos, aunque algunos lo nieguen, lo hemos sido en alguna ocasión.
El turista presenta algunos rasgos distintivos, como el vestuario o su color de piel, que nos permiten diferenciarlo con facilidad. En el caso de que todos a su alrededor presenten dichos rasgos ándese con cuidado: es muy posible que el turista sea usted.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

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    Quisieron hacer el amor apoyados en aquel roble viejo, pero se fueron por las ramas…

Estela Maya

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   Es un hombre hecho a sí mismo, menos por la espalda que, como no llegaba, se la hizo un vecino más mañoso. No soporta a quienes dicen que por delante pierde mucho.

Jesús Alonso Ovejero

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    Cuando se detectó, la epidemia ya había dejado en blanco cientos de libros. Parece que empezó borrando al azar volúmenes de las grandes bibliotecas, luego de colecciones domésticas, librerías de barrio e incluso de alguna gran superficie.
Los investigadores siguieron el rastro de libros enfermos y dieron con la culpable: aquella librera insufrible, con su perfecto plumero siempre al acecho, castigo de los dobladores de solapas y de las manos churretosas, amante de escrupulosas devoluciones a la editorial por cualquier tacha.
Pronto confesó: el rabito de una letra –una a– sobresalía del borde de una página y no pudo contenerse. Como el que desbarata un jersey intentando arrancar un hilo. El texto de todos los libros impresos, hermanado, cruzado de referencias fruto de un diálogo de siglos entre los autores, cedió al descosido y fue derramándose inerte en el suelo de su pequeña librería. Aquel humilde montoncito de letras no abultaba lo que hubieras imaginado. Un par de sacudidas de plumero bastaron para limpiarlo todo.

Rosita Fraguel

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    Un carterista fue entrevistado por un periódico local. Reproduzco a continuación un extracto:
—¿Cuándo te llevaste la mayor sorpresa?
—En una ocasión, la billetera solamente contenía un papel con esta frase: «Espero que la próxima vez tengas más suerte».
—¿Qué les dirías a los que sufren tus hurtos?
—Me quedo con vuestras carteras y, a cambio, os perdono la vida.
—¿Por qué elegiste este oficio?
—Es el más cabal dentro del hampa, ni siquiera tocas a tus víctimas.
—¿Hay un código deontológico?
—Aunque le parezca mentira, yo no cojo las pertenencias que la gente se deja olvidadas sobre las mesas de los cafés.
—¿Qué te da miedo?
—Encontrar mi foto en una de esas carteras. Mi madre me abandonó cuando tenía cinco años.
—¿Recuerdas tu primera vez?
—Sí, con el dinero que conseguí pude comprar una cartera de piel que aún no me han quitado.

Mario Pérez Antolín
Oscura lucidez. Ed. Baile del Sol. 2015

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   Un señor con barba gris se ha sentado a mi lado. Es el único que no lleva corbata y maletín en este tren de alta velocidad. No sé por qué, me da por imaginar que es un científico que ha inventado el radiocontrol de voluntades ajenas. O un adivino que está leyendo mis pensamientos. O peor aún: un asesino cuyas víctimas son jóvenes incautas que viajan solas como yo. Mi corazón se acelera y cojo el bolso para cambiarme de asiento. “¿Adónde vas, hija?”, me frena agarrándome de la mano. “Ya verás qué bien estarás en la clínica junto al mar”. Y sus ojos se llenan de lágrimas. Viejo idiota. En la próxima parada saltaré al andén.

Beatriz Alonso Aranzábal

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