Entradas con la Tag “Viernes”

Jose Manuel Ortiz Soto copia   Cuando los recuerdos alcanzan al abuelo, todos a su alrededor pretextan cosas urgentes que hacer, y el viejo se va quedando solo, a merced de la melancolía.
En ocasiones, mi mano temblorosa ha tenido que enjugar sus lágrimas, como las veces en que rememora el accidente que hace años lo mantiene en esa silla de ruedas.
Mamá y la abuela acaban de venir a despertarme: «Tu abuelo agoniza, no pasará de esta noche», me dicen emocionadas; en su rostro no cabe más alegría. «En un rato estará junto a nosotros».

José Manuel Ortiz Soto

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millas23   El otro día, en el contestador automático de mi teléfono, una voz angustiada había dejado el siguiente mensaje: «Mamá, soy yo, Cristina, que si puedo cenar hoy en tu casa, sólo te llamo para eso, para saber si puedo cenar contigo esta noche, avísame, por favor, no dejes de avisarme, estaré toda la tarde aquí, soy Cristina.»
Evidentemente, no soy la madre de Cristina, así que se quedó sin cenar la pobre, y yo también, pues no fui capaz de freír un par de huevos conociendo el drama de esa pobre chica. Algunas voces anónimas son como microorganismos que te infectan el día, y no hay Frenadol que las pare.
Al día siguiente de lo de Cristina llegué a casa, le di a la tecla del contestador y alguien dijo: »Pedro, que lo de Luis, por fin, era maligno y encima Marisol se ha roto un brazo. A mamá no le hemos dicho nada todavía porque con las crisis respiratorias que tiene últimamente no lo soportaría. Nacho, por fin, va a repetir el COU.» Evidentemente, tampoco soy Pedro, no conozco a Luis ni a Marisol, y me importa un rábano que Nacho repita el COU, pero me amargó la vida esa acumulación de desgracias ajenas, qué quieren que les diga. Cuando llevas dos días seguidos escuchando mensajes de este calibre, el receptáculo donde se aloja la cinta del contestador empieza a parecerte un nicho ecológico donde se reproducen microorganismos perjudiciales para la salud emocional, así que desinfecté la cinta, pero al regresar del trabajo escuché: «Miguel, es la última vez que me das un plantón porque esta misma tarde me voy a suicidar.» Tampoco soy Miguel, pero estuve tres días con mala conciencia buscando una muerte violenta en la sección de sucesos, y así no se puede vivir.
De manera que hoy, decidido a defenderme, he marcado al azar unos números hasta dar con un contestador en el que he grabado el siguiente mensaje: «Marta, que vengas enseguida porque Manolito se ha caído por el hueco de la escalera y Ricardo se ha tragado una cuchilla de afeitar, pero no me puedo mover de casa porque no tengo con quién dejar al bebé. Date prisa.» Ha sido un desahogo, la verdad, me he quedado más ancho que largo. Y pienso subir el tono si la guerra se prolonga. El que avisa no es traidor.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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ESTEBAN DE GARIBAY   Un herrero de un lugar mató a un hombre. Fue condenado a ahorcar. Juntóse casi todo el pueblo, y dijeron al alcalde que no le ahorcase, porque era muy necesario al pueblo, que no podían pasar sin herrero para que hiciese rejas y azadas y herraduras. El alcalde dijo que no podía sino hacer justicia de él. Respondió un labrador:
—Señor, en este lugar hay dos tejedores, y para un lugar pequeño basta uno. Ahorcad un tejedor, en lugar del herrero.

Esteban de Garibay
(Mondragón 1525-1599) Cuentecillos para el viaje.Ed. Popular-2011

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 pablogonz   Calle oscura. Un camión sin luces se detiene sobre los panzudos adoquines. Pausa. Pausa. Y un hombre salta de la cajuela. Joven, con la cabeza rapada y un largo abrigo. No lleva maletas ni armas. Mira hacia el camión que se aleja. Al fondo, arropado por las sombras, resuena el canto de un ave, oscuro. Estupor. Estupor. Y el primer paso hacia la puerta. «Sitúese ante la puerta y espere». «¿A qué?» «Sitúese ante la puerta y espere». El hombre entonces lo hace. Silencio mineral. Y los lentos taconazos que se acercan. ¿Calle larga? ¿Fingimiento? Una sombra densa oscurece su sombra. «¿Es usted un hombre prudente?», pregunta la voz a sus espaldas. «No podría asegurarlo», dice él volviéndose. Un hombre de cabeza grande y boca grande. Vestido por completo de blanco. Manos desnudas. Sin nudillos. Parece un bebé gigante. Es un bebé gigante. «Sitúese ante la puerta y espere». «Eso estaba haciendo». «Muy bien». Y el bebé comienza a pronunciar su grave silencio. Un minuto. Dos. Sepulcros dormidos. Trenes quietos. Y de nuevo la voz: «¿Es usted un hombre apasionado?» «No podría asegurarlo». «Muy bien». Pero la puerta cerrada, aún. ¿Preguntar? No. Pensará de mí que soy imprudente. ¿Volverme y ofrecer la mano? No quiero revelar mi pasión. «¿Es usted un hombre miedoso?» «Sí». «Muy bien». Y entonces la puerta se abre.

Pablo Gonz

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JULIA OTXOA   Los hombres a medio coser van por ahí deshilachados, como sin peso, como quien se deshace en el aire, y apenas hilvanado, al menor tropezón se abre en grandes rotos, por los que se asoman los curiosos para ver el paisaje o los turistas para contemplar los monumentos de la ciudad, hasta el punto de que muchos son los que han llegado a pensar que estos hombres, de tan rasgados, son casi transparentes. Pero ellos, ermitaños de la costura, aman sobre todas las cosas ir así por la vida, ligeramente esbozados entre las cosas, libres del peso de la ropa acabada sobre sus cuerpos. Deshaciéndose en largos hilos mecidos por el viento cual leves cometas o hermosos espantapájaros.

Julia Otxoa
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010

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Miguel Angel molina2   El infierno se había trasladado a la Colina del Suicidio. Bajo un ruido ensordecedor los brigadistas mantenían sus posiciones, esperando a la muerte lo más dignamente posible.
Charlie Donnelly, el irlandés, nunca imaginó acabar sus días junto al Jarama. Tenía veintitrés años y muchos poemas por escribir, pero prefirió luchar por sus ideas.
Tras un olivo, mientras mantenía a raya al enemigo dicen que exclamó: «Hasta las aceitunas están sangrando». Un tiro en el brazo, otro en el costado y el mortal en la cabeza silenciaron su fusil y su pluma para siempre. Hoy descansa sepultado en el olvido.

Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.
http://elpais.com/diario/2010/02/28/madrid/1267359864_850215.html
http://www.brigadasinternacionales.org/index.php?option=com_content&view=article&id=82:charlie-donnelly&catid=42:cronicas&Itemid=62

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rosalba cambra   Podrás ir caminando por el filo de la sombra hasta la parte alta de la ciudad. Nadie te dirá: por ahí no se pasa. Encontrarás entornada la verja de esa casa que te ensanchaba los ojos de deseo cuando eras chico. Ningún guardia te cerrará el camino, ni te prohibirá caminar sobre los macizos de anémonas hasta el estanque, entrar en los salones enguirnaldados sin que nadie te anuncie. Marcarás con caramelos tus itinerarios por las plazas, elegirás en la biblioteca central los manuscritos más ricamente iluminados para recortar las figuras, y nadie llamará a la policía, ni siquiera cuando en las farmacias te pongas a volcar uno a uno los tubos de píldoras fosforescentes que se desparramarán hasta la calle con un alboroto de perlas desenhebradas, o cuando busques en el negocio del anticuario, donde todo fue siempre demasiado caro, los más rotundos sillones coloniales, los espejos de azogue deslucido, y te los lleves sin pedir permiso. Ningún empleado del correo protestará porque te has puesto a abrir las cartas –a veces de amor– dirigidas a otros, o a usar los telegramas para hacer avioncitos que terminan por amontonarse en el mismo rincón. Ningún camarero te impedirá descorchar todas las botellas de los vinos añejos, y probar apenas un sorbo de cada una, sentado a la terraza frente al mar. Inútilmente esperando que la mujer más hermosa de la ciudad, que una mujer, que alguien, baje a sentarse contigo, y te acompañe después al teatro donde nadie te exigirá la entrada ni tratará de imponerte buenas maneras cuando te arrellanes en el palco presidencial frente al escenario vacío. Ese es el lado malo, ya te habrás dado cuenta, de ser el único sobreviviente.

Rosalba Campra

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millas23   Tengo que averiguar si los bolsillos, como los armarios empotrados, se comunican entre sí secretamente. En tal caso, igual que ahora puedo entrar en el armario de un hotel para aparecer al instante en el de tu dormitorio, también sería posible que un objeto cualquiera introducido en el bolsillo de mi chaqueta —un anillo, una flor, una postal— cayera en realidad en el de la tuya.
A ver si puedo confirmar esta hipótesis y encontrar el conducto que une todos los bolsillos del universo mundo, porque de esta manera, al meter mi mano en el bolsillo del pantalón, podría aparecer en el bolsillo de tu falda; así, en lugar de sentir a través del forro mi muslo, presentiría el tuyo, y al rascarme rascaría tu pierna, y al alcanzar con la punta de los dedos mi sexo estaría en realidad rozando el tuyo. Mientras esperara el autobús, metería distraídamente las manos en los bolsillos y nadie sospecharía que al acariciar mis ingles y sus alrededores estaría en realidad explorando la periferia de las tuyas.
Y tú, dondequiera que estuvieras —quizá en el metro o en otra parada de autobús—, percibirías mis caricias y meterías las manos en los bolsillos de tu falda, pero en lugar de alcanzar tu sexo tropezarías con el mío, porque tus dedos se habrían trasladado de bolsillo. Y así, aunque separados por calles y edificios, yo me ocuparía de tu excitación y tú de la mía sin que los transeúntes ni los guardias llegaran a percibir este tráfico de manos y de sexos. Y dejaríamos dispuesto que al morirnos nos enterraran con las manos en los bolsillos para no dejar de tocarnos, primero con nuestras fallecidas huellas dactilares y después con la punta de los huesos. Y así no importaría que nuestras tumbas estuvieran muy separadas, porque por entre los forros de nuestras mortajas intercambiaríamos uñas y falanges y gusanos de seda.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

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juan ramon jimenez Su madre le ofreció una naranja si hacía aquello que ella quería. La niña lo hizo con esfuerzo sonriente. Entonces la madre, carcajada soez de ojos y dientes, se comió la naranja y le tiró a la niña la piel.
La niña cojió la piel y se quedó mirando por la ventana ¿a Dios?
Tenía atravesada una letra de una palabra nueva en la garganta. Y sus ojos, como si la dosis de pena de toda su vida se le hubiera subido anticipadamente a ellos, como si hubieran visto, vivido en un segundo toda la vida, miraban, plomos fijos, densos, gastados, como los de una vieja.

Juan Ramón Jimenez
Antología del microrelato español. Ed. Cátedra. 2012

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marieta-alonso   En mi casa hablan todos a la vez, menos yo. Me miran y se .preguntan qué me sucede. Mi hermana sí que habla, ella sí que es de la familia. Comenzó a parlotear con catorce meses y no ha callado. Ellos dudan de si a mí no me cambiaron en Maternidad.
Somos seis, mi padre rozando los sesenta y mi madre los cincuenta, mi hermana con veinte, mi abuelo paterno con noventa, mi abuela materna, no sé, nadie ha logrado conocer su edad; y yo, a punto de salir de la niñez.
Lo de hablar sin parar debe de ser genético. Cada día se genera una tertulia a la hora del café, es una forma de hablar porque lo que es café no se toma, beben licor y otras infusiones. Mis amigas no logran captar todas las conversaciones.
No se explican cómo mi abuelo oye la radio, ve la televisión y lee el periódico sin que ello le impida mandarme quitar el dedo de la nariz.
Mi padre se preocupa por las finanzas, mi madre siempre pendiente del baño limpio, las camas hechas y el menú del día, mi abuelo no quiere llevar bastón, dice que ese artilugio es para viejos, mi abuela va detrás de su dentadura postiza, está convencida que se la escondo yo. En cambio, a mi hermana le preocupa la muerte, todas las mañanas nos despierta por temor a que hayamos fallecido durante la noche. Cada vez que visitamos un pueblo se va al cementerio. Le encanta pasear por entre las tumbas. Allí encuentra la paz. Mi madre consiguió quitarle, con mucho esfuerzo, la manía de visitar tanatorios. Dice que será médico forense. Por eso ha llamado tanto la atención que hoy su tema versara sobre la vida al decir:
—Estoy embarazada.
Y por vez primera en la historia de mi familia se hizo el silencio.

Marieta Alonso Más
Futuro imperfecto.Clara Obligado Ed. lit.- 2012

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