Entradas con la Tag “Viernes”

    La dama llegó a la cita antes de lo previsto. Se la veía inquieta, ausente, asustadiza. Pero allí estaba al fin, haciendo realidad un sueño tan audaz como disparatado. El caballero la abordó de inmediato con voz temblorosa, pero sacando fuerzas de los contactos previos por teléfono, cuando ambos intentaban sintonizar sus pretensiones y especulaban con el aspecto que tendría cada cual. Hubo un instante de tensa vacilación por parte de la muchacha, un intento comprensible de volverse atrás y echarlo todo a rodar. Pero la voz de su galán, cada vez más sereno y confiado, logró tejer una nube de ensueño que aprestó el deseo y las ganas de dejarse llevar a cualquier parte. Y los dos salieron a la calle y pararon un taxi.
Al cabo de media hora, la otra mujer, la que de verdad había quedado con aquel hombre, hizo su aparición en el lugar acordado.

Pedro Herrero
Los días hábiles. Serial Ediciones. 2016

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    Ciertos pescadores sacaron del fondo una botella.
Había en la botella un papel, y en el papel estas palabras: “¡Socorro!, estoy aquí. El océano me arrojó a una isla desierta. Estoy en la orilla y espero ayuda.¡Dense prisa. Estoy aquí!”
–No tiene fecha. Seguramente es ya demasiado tarde. La botella pudo haber flotado mucho tiempo –dijo el pescador primero.
–Y el lugar no está indicado. Ni siquiera se sabe en qué océano –dijo el pescador segundo.
–Ni demasiado tarde ni demasiado lejos. La isla “Aquí” está en todos lados –dijo el pescador tercero.
El ambiente se volvió incómodo, cayó el silencio. Las verdades generales tienen ese problema.

Wislawa Szymborska

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   Cuatro amapolas muy negras corretean por el prado. Ríen a carcajadas, se empujan, se soplan detrás de las orejas que, en este caso, son los pétalos. Dan carreras, se zambullen en los charcos y, por fin, llegan al pie de la carretera. Se miran asustadas porque tienen que cruzar para seguir retozando. Están enrojecidas por el esfuerzo. Allí las atrapamos y enterramos sus pies en el suelo. Se quedan quietas para siempre y rojas, terriblemente rojas de sudor, esfuerzo e ira.

Federico Fuertes Guzmán
Mar de pirañas. Ed Menoscuarto. 2012

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   Una señora, moza, soltera y de no mal talle, recibió en su servicio, haciendo profesión de doncella recogida, a una beata devota muy mirlada. Sucedió que una mañana salió un galán del aposento de la dama algo más tarde que solía, a medio vestir, alborotado. Viólo, al salir, la beata, y la señora advirtiólo, de que tomó tanta pena, que, llamándola, le dio mil excusas, y le pidió con encarecimiento que no descubriese a nadie su flaqueza, que ella se enmendaría. La beata le respondió, compadecida:
—El alma esté bien con Dios, señora mía, que es lo que hace al caso, que el cuerpo no va ni viene que haga de las suyas.

  Juan de Arguijo
  Cuentecillos para el viaje – Editorial Popular – 2011

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   Tardaban en abrir la puerta. Verificó que el número del departamento fuera el correcto. Tantas veces había estado frente a una casa equivocada o acudido a una cita el día después que más le valía confirmar.
Sonrió acordándose de los tropiezos de su mente. De niña olvidaba los suéteres en la banca del colegio, de jovencita las gafas, los nombres de los maestros y los cumpleaños de los novios. El despiste había crecido con la edad. Un día regresó a casa en autobús, su marido sorprendido por la tardanza le preguntó por el auto: lo había dejado estacionado frente al trabajo. Repetidas veces trató de subirse a un coche ajeno y forcejeó con la cerradura hasta que el dueño la sorprendió.
Nadie abría la puerta. Se asomó por las ventanas.
Las persianas cerradas sólo enseñaban la capa de polvo sobre el esmalte.
Se hizo de noche. Las campanadas de la iglesia a los lejos la aclararon. Había olvidado su propia muerte.

Mónica Lavín

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    Saber que los dos galanes que la cortejaban en el baile han salido a la calle a pelearse por ella hace que la dama en cuestión se sienta inicialmente halagada. Es algo de lo que podrá presumir con sus amigas, algunas de las cuales nunca tendrán ni dos, ni uno, ni medio pretendiente en toda su vida, aunque finjan que eso no les importa.
Ahora bien, resulta que sus dos enamorados han decidido pleitear para ver quién se queda con la hembra, sin que la opinión de la misma parezca tener importancia. Y eso convierte la ilusión de ser objeto de una disputa viril en la certeza de saberse únicamente el trofeo del vencedor. Por otra parte, es evidente que quien gane la pelea la defenderá en el futuro contra cualquiera que se atreva a importunarla. Pero puede que, además, acostumbrado a perder los estribos con quien le lleve la contraria, los pierda también con su pareja, que hará bien en no oponerse a nada, como en su día no se opuso a que luchara por merecer su amor.
Pensándolo bien, la situación es tan delicadamente incómoda que la dama en cuestión pide la cuenta al camarero y se va con disimulo a otro local, donde los hombres que se interesen por ella se limiten a pedir permiso.

Pedro Herrero
Los días hábiles. Serial Ediciones. 2016

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    En Monzón de Campos estaba un hidalgo que había venido de las Indias, y un día, contando cosas de aquellas partes a otros vecinos, dijo:
—Yo vi una berza en las Indias tan grande, que a la sombra de ella podían estar trescientos de a caballo sin que les diese ningún sol.
Dijo otro, criado del marqués de Poza:
—No lo tengo en mucho, porque yo vi en un lugar de Vizcaya que hacían una caldera en la cual martillaban doscientos hombres, y había tanta distancia del uno al otro, que las martilladas del uno no oía el otro.
Maravillándose mucho el indiano, dijo:
—Señor, ¿y para qué era esa caldera?
Respondió el otro:
—Señor, para cocer esa berza que acabáis de decir.

Luis de Pinedo
Cuentecillos para el viaje – Editorial Popular – 2011

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   Muriósele a uno su mujer, con quien no había tenido, viviendo, un día de paz. Con todo esto, el día de su muerte, a gran priesa, hizo que un pintor la retratase. Algunos, que sabían lo mal que la quería, decían y extrañaban que al tiempo de la muerte la hubiese hecho retratar con tanta ternura y sentimiento. Oyólo uno y dijo:
—Hízola retratar en el día que mejor debió parecerle.

Juan de Arguijo
Cuentecillos para el viaje – Editorial Popular – 2011

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    Nada es lo que parece. El lobo se disfrazó de abuela; Caperucita de lobo; la mamá de Caperucita; el leñador de madre y la abuela de leñador.

Carlos Pos

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    Me toco la frente, los pómulos, el pecho, como si acariciara mi esqueleto.

Javier Villafañe

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